Otra vuelta de tuerca es, posiblemente, el libro más conocido de Henry James y también una de las grandes cumbres de la literatura sobre fantasmas. Pero, ¿existen realmente los fantasmas en esta obra? Os proponemos unas cuantas claves de lectura en el presente artículo, surgidas desde el mismo desconcierto que abrumó a James tras la redacción de la novela.

Ilustración de Ana Juan para la versión de Otra vuelta de tuerca de Galaxia Gutenberg (2013)
Henry James

Escribir a día de hoy sobre Otra Vuelta de Tuerca, de Henry James, acaba siendo una tarea ciertamente peliaguda. El motivo no es la exigua cantidad de fuentes o la dificultad de la obra. La razón es, precisamente, el exceso de literatura que se ha escrito sobre ella desde su publicación en 1897. Parece que no hay un solo recoveco que no haya sido analizado e interpretado hasta el hastío académico por muy diversas corrientes críticas. Una pequeña reflexión tras su lectura nos hace comprender que el éxito y la controversia generada por esta narración gravitan en torno a dos elementos clave.


El primero de ellos nos trae aquí: es una historia de fantasmas. El segundo motivo se hace explícito a partir de la lectura: resulta tan opaca que parece imposible creer que James sólo nos esté contando una historia de fantasmas.

Henry James (1843- 1916), escritor de origen norteamericano, pasó gran parte de su vida en el continente europeo. De los europeos heredará el gusto por la exquisita y refinada clase burguesa en la que se basan la mayor parte de sus obras. De los estadounidenses dirá que carecen de “elementos de alta civilización”. En su interés por el estudio de ambas culturas explorará el efecto de la interacción entre la sociedad americana y la europea en gran parte de sus obras, entre las cuales destacan las ya archiconocidas Daisy Miller (publicada por entregas en 1878 y en forma de libro un año después) o Retrato de una dama (1881). Igualmente, la psicología de los personajes inmersos en las tramas de la sociedad será otro de los grandes temas que permanecerán presentes en su obra hasta el final de sus días como escritor. Precisamente, de forma paralela a la publicación de Otra vuelta de Tuerca, el autor se mudará a su casa de campo, Lamb House, en Sussex, Inglaterra, entorno del cual toma la inspiración para describirnos los sucesos que ocurren en la majestuosa Bly. La incursión de una sencilla institutriz en la enigmática clase alta inglesa es el punto de partida ideal para una historia de terror al estilo de Henry James.

Otra vuelta de Tuerca narra la experiencia de una joven que se entrevista para trabajar como institutriz de dos adorables pequeños, Miles y Flora. La única condición que se le impone será la de no molestar nunca a su propietario bajo ningún pretexto. La joven queda seducida por el encanto del dueño, a pesar de la extraña petición, y acepta. Con sólo estas primeras páginas, James nos invita a entrar en una historia en la que no sabemos dónde asirnos, en la que, en palabras de su protagonista, estamos tan perdidos “como un puñado de pasajeros en una nave a la deriva ¡Y lo más extraño es que era yo quien empuñaba el timón!”. ¡Y qué verdad nos dice esta única frase! El lector lo entenderá: yo no puedo dar más pistas.

 

Ilustración de Ana Juan

La narración se presenta como la clásica historia de fantasmas contada al calor de la chimenea. Entre sus páginas nos encontramos de nuevo frente a la imagen recurrente de “la mansión maldita” o “la casa encantada”, a ese largo pasillo alumbrado por una tenue vela cuyas maderas crujen al paso sigiloso de una asustada joven en camisón blanco. Después de que el lector contemporáneo, iniciado en el extenso género del terror, haya devorado todo tipo de motivos temáticos, resulta realmente delicioso volver al cálido regazo de aquello que nunca pasará de moda.

Si nos desplazamos más de un siglo atrás, encontramos que a la afición a la literatura gótica del Romanticismo y las posteriores publicaciones de penny dreadfuls se sumaban la participación de la investigación científica en el estudio de lo paranormal. En época de James, se consolidó aún más el interés por lo inexplicable con la inclusión de la fotografía, herramienta perfecta para recolectar testimonios de apariciones fantasmales. En este contexto, no es de extrañar que cualquier autor aprovechara el filón del género para llevar a cabo su propia creación. Como resultado del interés general por “el aspecto misterioso (uncanny) de la experiencia humana”, y tras el fracaso de su incursión en el mundo del teatro con la obra Guy Domville en 1895, Henry James decide sumergirse en la escritura de esta historia de fantasmas.

Según la correspondencia personal de James con amigos, la inició sin saber con certeza a dónde le llevaría. La improvisación le hizo continuar por un camino que no deseaba y, sin embargo, debido a su “fatídica pasión técnica, que impide que deje cualquier cosa que haya empezado”, finalizó la novela. El resultado fue, según su criterio, “un estudio sobre nada en absoluto”, lo que se debía a que “algo que suponía que era un tema resulta ser realmente nada”. James continúa en su análisis con otra afirmación más enigmática si cabe: “El pequeño libro en cuestión es realmente un ejercicio en el arte de no verse uno mismo fracasar”. ¿Es el artista el que no quiere aceptar su fracaso o es la protagonista de la historia la que se niega a aceptar la derrota? A James se le empieza a escapar la historia de las manos, ¿o es más bien esa la impresión que quiere causar en el público?

Es a partir de esta última cuestión donde se abre ante nosotros el amplísimo abanico de lecturas e interpretaciones que ha recibido la obra a lo largo de los años. Otra Vuelta de Tuerca es una historia de fantasmas contada con una ambigüedad exasperante. De hecho, con el paso del tiempo, el propio autor empieza reconocer que su intención inicial quedó superada por el desarrollo de la trama. Parece que la propia obra somete al autor, adquiere vida de forma independiente, se rebela y busca enriquecerse a través de la angustia del lector. Lo más escalofriante para el James maduro, conocedor del efecto que ha tenido su obra en el público, es el hecho de que el Mal surge de la experiencia del lector, donde los fantasmas no son tal sino el reflejo de lo más oscuro de nuestra conciencia. E igualmente, si dejamos a un lado la existencia de las extrañas apariciones, nos aterran los otros dos motivos que aparecen sobre la mesa: la pérdida de la inocencia y la locura.

Ilustración de Ana Juan

Diseccionar la obra, sin embargo, no nos va a dar las respuestas, pues éstas no parece tenerlas ni siquiera el propio James. Es mejor no revelar nada en absoluto, ese “nada” sobre el que habla el autor, bajo riesgo de hacer a la novela perder su fuerza narrativa. El éxito de este cuento reside en mantenernos como funambulistas en equilibrio sobre ese vacío, con la constante sensación de que encontraremos algo perturbador. En cada página, hacemos un intento por encontrar alguna pista que descifrar. James, sin piedad, no deja nada escrito que nos pueda desvelar hacia qué lado inclinarnos, no encontramos certeza alguna, no leemos más allá de las propias palabras. No hay teoría previa, aunque haya numerosas teorías posteriores. James, siempre atento a la reacción de su lector, le cede la obra. El mismo autor, en su ensayo El arte de la Ficción (1884) comprende que una obra de arte no es un verdadero éxito sin la existencia de la teoría crítica. Ciertamente, esto es Otra Vuelta de Tuerca.

En El Arte de la Ficción, James expone igualmente su idea de lo que debe ser una novela, a medio camino entre el realismo y el movimiento impresionista. Para James, la novela es la representación de la realidad relativa. Ésta consiste en el flujo de pensamiento del propio ser en interacción con el entorno, la realidad de James es experiencia individual e irrepetible. En este sentido, Otra Vuelta de Tuerca es una novela realista. Poco importa la fantasía añadida, lo que leemos es la realidad psicológica de nuestra narradora, la institutriz, desde su punto de vista. No podemos escapar de ella, no sabemos qué ocurre ahí fuera, ella es la que lleva el timón en nuestra “nave a la deriva” y es precisamente este efecto el que más nos inquieta. Nosotros, como ella, también hemos sido abandonados, hemos sido lanzados a este mar de palabras que James ha construido para nosotros y, en la deriva, sentimos el pánico de no saber.

Otra Vuelta de Tuerca se narra de tal manera que los sobreentendidos resultan abrumadores y opacan la resolución de los hechos. Podría ser un cuento de fantasmas, una historia de terror psicológico o la tragedia de un barco que naufraga. No lo sabremos jamás porque nada queda dicho, aunque ya se haya contado todo.

Ilustración de Ana Juan