La tensión entre el tiempo pasado y el futuro aflora en la muy original fantasía El hombre que hablaba serpiente, del estonio Andrus Kivirähk, publicada por Impedimenta en traducción directa del original, y cuyo tono humorístico refuerza la presencia de secundarios de lujo que tratan temas ecologistas muy actuales.

Vagabundos, de Jakub Rozalski

Portada de la edición de Impedimenta

 

El tiempo vuela. Por mucho que nos esforcemos, somos incapaces de obviar que está ahí y no se detendrá jamás, hagamos lo que hagamos. Este sentimiento de inevitabilidad e inexorabilidad es si acaso el síntoma más preciso conocido por el ser humano de su pésima, desastrosa relación con Cronos. Durante siglos quisimos plantarle cara, a través de fuentes de la eterna juventud, elixires rejuvenecedores, cremas, cirugía, conjuros y pócimas… Todavía hoy nos resistimos a aceptar que quizás no podamos ganarle nunca.

Este amplio catálogo de trucos, tretas y engaños, responde a una idéntica y única emoción: el miedo paralizante al deterioro de las cosas, al envejecimiento, a la muerte, al cambio drástico y sin preaviso. Es un miedo cerval de naturaleza antropológica cuya causa fuerza magnética nos mantiene hieráticos y cabizbajos y mudos la más de las veces, estáticos como figuras de mármol.

Andrus Kivirähk en pose ecologista

 

A veces hay quien, audaz y sigiloso, le mira a los ojos con igual intensidad e, incluso, consigue extraer algunos de sus misterios o, por lo menos, aventurar alguna hipótesis sobre ellos. Andrus Kivirähk (Tallin, Estonia, 1970) ha afrontado el reto con El hombre que hablaba serpiente (2007; Impedimenta, 2017).

La novela nos sitúa en un tiempo de transición. Inexorablemente, la vieja Estonia se está muriendo. Con ella se diluyen sus referentes y leyendas, se olvidan sus historias orales y figuras míticas, se sustituyen sus creencias religiosas y comportamientos morales.

O sea, los estonios están perdiendo a su Sapo del Norte como figura protectora contra invasores y amenazas internas; a su relación normalizada con los animales del bosque -hasta la humanización: el oso, por ejemplo, seduce, se reproduce y convive con parejas humanas-, a quienes hablaban en su idioma (el sérpéntico); o a sus ritos de sacrificio para proteger a los lagos y a las cuevas de los enfadados dioses que gobiernan directa y cruelmente sus vidas. En esta sociedad cazadora-recolectora, además, todos son conscientes de esta lenta pérdida, aunque cada uno se lo toma de distinta forma e intenta sobrellevar el proceso como mejor entiende y puede.

1920- No se preocupe, tengo esta, de Jakub Rozalski

 

Por otro lado, muchos de los antaño habitantes de los bosques se han ido desplazando hacia la aldea. Allí reinan nuevas lógicas, distintas de las anteriores: cuando en el pasado la caza y la subsistencia estaban garantizadas por una naturaleza que plegaba sus designios ante la voluntad humana, ahora ésta debe doblar el espinazo con sudor y trabajo si quiere conseguir algo. La necesidad de realizar estos esfuerzos obliga a inventar aparejos y herramientas, a explotar la naturaleza, y por ende, a romper los lazos de comunidad existentes. Las realidades antes unidas en hermandad, ecología y humanidad se desligan ahora hasta oponerse y enfrentarse la una a la otra. En esta sociedad agrícola existe la consciencia de un advenimiento, del nacimiento de algo nuevo, pero también una consciencia igualmente clara de que esta nueva sociedad es mejor, superior a aquella de los bosques, y por eso se despliega hacia ella un más que notable sentimiento de rechazo.

Competidores de Jakub Rozalski

 

En medio de estos dos mundos está el joven Leemet. Es un caso extraño: nacido en la aldea pero retornado al bosque, educado por su madre y su tío Vootele, aprende serpéntico con fluidez y conserva en su memoria todas estas tradiciones pendientes de un hilo. Pronto descubre la historia familiar que relaciona a su pasado con los osos, se convierte en el último hablante humano del idioma atávico, e incluso establece amistad con un ofidio de nombre Ints. Con todo, a pesar de sus esfuerzos por naturalizarse con el bosque y su cultura, Leemet es incapaz tanto de evitar las malas reacciones de quienes reniegan o recelan de él por haber nacido en la aldea, como de negar la seductora realidad de esa aldea que lo llama desde la distancia con sus cantos de sirena. He aquí la cuerda invisible cuya tensión mueve a nuestro héroe-protagonista durante toda la novela. De un lado, el pasado entendido como vida y memoria, del otro lado el futuro entendido como progreso y olvido.

Aquí es cuando la voz narradora hace su elección, arriesgada, de toma de posición y tono elegido para explicárnosla. Podría optar por un nacionalismo conservador y ruralista, defendiéndonos a ultranza al bosque y sus costumbres. O podría optar por enrocarse en la aldea cosmopolita, como el símbolo de una humanidad amnésica en constante cambio y hacia adelante. Pero no. En coherencia con Leemet y su perfil, con un pie en cada mundo, nos explica las razones por las cuales ambas realidades son inclusivas: la memoria y la puesta en valor del pasado no excluyen a la necesidad de las personas de mejorar su calidad de vida.

El Buitre en el Norte, de Asgeir Jon Asgeirsson

 

 

Para reforzar este mensaje, Kivirähk construye un elenco de personajes que sirven de contrapunto idóneo a un Leemet perfectamente definido en todos sus caracteres fundamentales. Con estas ideas claras, el escritor echa mano de un tono humorístico, usa la fuerza de la metáfora y el simbolismo de la ironía, para incidir insistentemente en este mensaje, a través de peripecias y aventuras, en un baile constante de referencias heterogéneas a distintas fuentes de la mitología o la literatura fantástica o la ciencia-ficción. El equilibrio en la elección e incorporación de estas referencias, el manejo sutil del humor, la naturalidad de la voz narrativa y la riqueza de matices aportado al lienzo por el elenco de personajes, inyectan interés e intensidad a la novela. Sin embargo, esta historia tan originalmente construida y brillantemente organizada acaba por disfrutarse a golpes de ingenio ya que, a veces, de tanto insistir en su mensaje principal, puede resultar algo repetitiva en cuanto al uso y posibilidades de sus claves maestras.

Vía Láctea, de Jakub Rozalski

Menos mal que, para aliviar los momentos de tedio, siempre nos queda el recuerdo imborrable de los personajes extremos que, como mandan los cánones tanto de la novela de aprendizaje como de la de aventuras, harán pivotar a Leemet entre los dos extremos de esta cuerda invisible: el druida Ülgas, tirando de él hacia la cueva a través de los dioses y su ira, el notable Johannes tentándolo con las maravillas que el avance socioeconómico y/o los medios al alcance de su poder pueden aportarle.

Ellos son quienes amplían también el campo temático central a otros aspectos contemporáneos, cuya aparente complejidad se transforma aquí en liviandad gracias al perfecto manejo del tono: la idealización del pasado, la dominación de las sociedades modernas frente a las tradicionales, la ruptura de la humanidad con la naturaleza y con las costumbres del pasado, o la soledad que acompaña a los personajes que viven en estas posiciones extremas de odio al Otro, son algunos de esos temas paralelos aportados por estos espléndidos secundarios.

Por encima de ellos aflora el miedo antropológico que sale fuera de cada uno de nosotros con los procesos de modernización y/o de cambio como en el que estamos globalmente inmersos. Ello dota a la novela, asentada sobre la base tradicional estonia, de una vía de transculturalidad y universalidad suficientemente sólida e intensa como para conectar a nivel profundo con una amplia comunidad de lectores. A sentir con fuerza esta tensión ayuda la extraordinaria traducción directa a cargo de Consuelo Rubio Alcover para disfrutar reflexionando y riendo al tiempo.

Actitud del Guerrero, de Jakub Rozalski