Ilustración realizada por Christian Bravery (Barco Fantasma)

Los “Cuentos del Mar de los Sargazos” son un buen ejemplo de las obsesiones de William Hope Hodgson, así como de sus aciertos estilísticos y estructurales. La atmósfera de estos relatos, publicados en varias revistas entre 1906 y 1920 (póstumamente), incide en la capacidad de sugestión de la soledad humana ante lo desconocido.

“Y, sin embargo, insisto una vez más, en cualquier momento pueden llegarnos noticias de lo desconocido, noticias surgidas de la desolación espantosa del Mar de los Sargazos, el lugar más solitario e inaccesible de todos cuantos hay en la tierra”

                                                                                                                          William Hope Hodgson

El próximo año se celebrará el centenario de la muerte del escritor William Hope Hodgson (1875-1918) y su obra aún sigue siendo un gigantesco mar desconocido. Su corta vida dio un puñado de novelas y muchísimos cuentos, todo ellos reunidos por Valdemar en Los mares grises sueñan con mi muerte, cuentos completos de terror en el mar (2014), una preciosa edición a cargo de José María Nebreda, con un excelente apéndice de Jesús Palacios. Quien navegue por el desafiante volumen encontrará todos los temas que obsesionaron al escritor: masas informes muchas veces indescriptibles, ambientes marineros viciados, criaturas descomunales y protagonistas asediados por la soledad.

Una de las grandes colecciones de relatos que lo componen son los denominados “Cuentos del mar de los Sargazos”, relatos breves publicados en revistas entre los años 1906 y 1920, aproximadamente, casi en paralelo a la publicación original de Los Botes del Glen Carrig (Chapman & Hall, 1907) y su reedición posterior (Holden & Hardingham, 1920)[1]. Es posible, por tanto, identificar las consonancias que puedan tener los relatos del “Mar de los Sargazos” con Los Botes…, debido a que el autor los escribió en el mismo intervalo de tiempo.

Iustración
Kevin Mark
(Corsario, ¡quiero mis galletas de vuelta!)

Iustración Kevin Mark (Corsario, ¡quiero mis galletas de vuelta!)

Todo marinero experimentado, al menos en los siglos en donde floreció la navegación a vela, conocía un lugar del Atlántico al cual temerle. El Mar de los Sargazos, en la parte septentrional de dicho Océano, forjó su oscura fama -entre los siglos XVII y XVIII principalmente- debido a la inexistencia de vientos y mareas que muchas veces dejaban a la deriva a los grandes buques, atrapados entre grandes concentraciones flotantes de Sargassum, el alga que le da nombre al mar. No es de extrañar que este inhóspito lugar frente al Caribe, ubicado entre el norte de América y Europa, haya sido un célebre y funesto cementerio de barcos, tragados por algas y fungosidades con el paso de los años. El valeroso capitán Flint termina allí en la tercera temporada de la exitosa serie Black Sails (Jonathan E. Steinberg & Robert Levine, 2014-2017) con toda la tripulación del Walrus, aunque logra salir ileso. Del mismo modo, Cristóbal Colón debió cruzarlo en su primer viaje…  Y así, hasta glosar interminables -y peligrosas- referencias.

El primer cuento de la colección es “Desde el mar sin mareas”, originalmente publicado en dos partes separadas, de 1906 y 1907, respectivamente. Cuenta la historia de un pasajero llamado Arthur Samuel Philips que naufraga en una horrible tormenta y se ve enfrentado junto a toda la tripulación del Homebird incluido su agónico capitán a un peligro incierto que habita bajo las algas al quedar varado en pleno Mar de los Sargazos. No es descabellado asociar el nombre del pasajero al de otro marino célebre: Arthur Gordon Pym. Tal y como el personaje creado por Poe, el pasajero del Homerbird relata su peripecia. La primera parte corresponde a los sucesos inmediatamente posteriores a la tormenta, mientras que la segunda trata de otros sucesos tiempo después, cuando Arthur Samuel tiene ya una hija.

Hodgson despliega toda su maestría para narrar los pormenores de una navegación marcada por el mal designio. Las explicaciones de la tormenta, así como sus mayores detalles, son dignos de una persona que fue testigo en la cubierta de un barco de toda clase de fenómenos meteorológicos. “Desde el mar sin mareas” es el primer cuento en el cual nos encontramos con la creación de la atmósfera propia que caracteriza la narrativa del inglés. Los barcos, aquellas máquinas erguidas frente al horizonte y al mar por el poder masculino, deben verse enfrentados constantemente a una masa acuática que guarda peligros inconcebibles, pulpos y cangrejos gigantes, figuras antropomórficas a la luz de la luna, o a la propia soledad del hombre.

Continúa el volumen con “El misterio del buque abandonado”(1907). El cuento es bastante rápido: con tintes aventureros y oscuros narra la aventura del navío de cuatro palos Tarawak al descubrir un naufragio en el Mar de los Sargazos y ver por la noche luces en él. La tensión se vuelve máxima cuando los marineros proceden a investigar el siniestro y a huir, ya que “había[n] visto una masa ondulante que se movía bullendo de cosas vivas, gigantescas ratas, miles, cientos de ratas” (Hodgson, 158). Los roedores los persiguen hasta que los tripulantes abordan el bote en el cual vinieron, mientras en un “destello de entendimiento” asumen que la tripulación del buque abandonado había sido devorada por los animales. Poco después al ir remando, se dan cuenta que las ratas se lanzan al mar y los persiguen…

Ilustración
de Kristian Llana

Ilustración de Kristian Llana

Tras éste se pasa a “La cosa en las algas”, publicado en 1912. Como el anterior, lo que más se insinúa es su carácter aventurero. La niebla, con su poder de hacer irreal lo que se ve, impide a los marineros y al Capitán Jeldy contemplar “algo” que los ataca, que se lleva al primer oficial y destruye el gallinero del barco. Hodgson, como se comprobará más adelante, desplaza todo el miedo que pueda provocar el relato hacia la propia sugestión de los personajes, pues su arrojo se ve mermado al ser incapaces de distinguir qué es aquello que puede partir una oveja en dos y que palpa la cubierta con movimientos ciegos y arrastrados. “El descubrimiento del Graiken”, de 1913, es el relato con mayor índice de aventura de toda la antología relacionada con el Mar de los Sargazos. Narra la obsesión de un hombre, Ned Barlow, en buscar el barco perdido Graiken en los Sargazos, donde navegaba su prometida. Barlow secuestra el barco del narrador y éste es llevado contra su voluntad para salvar a la mujer. “La llamada del amanecer”, publicado en 1920, es el último cuento de Hodgson que compone la colección; trata de la exploración de un bote por el continente de algas al escuchar durante varios días un oscuro lamento que sólo se manifiesta al amanecer.

El último relato lo compone una curiosidad. “La Balsa” es un relato a la usanza de Hodgson, pero no es suyo: corresponde a un pastiche, una copia de la manera de narrar de Hodgson que, por mucho tiempo, se le atribuyó. Según José María Nebreda, fue en verdad escrito por un tal C.L. en octubre de 1905. Es una excelente falsificación de estilo, y ya para 1905 es posible identificar cómo los cuentos hodgsonianos del Mar de los Sargazos influyeron en muchas personas que los leyeron.

Ilustración
de Kirill Khrol (Tormenta)

Ilustración de Kirill Khrol (Tormenta)

Soledad y atmósfera

En general, todos los cuentos presentes en la colección obedecen a un patrón común muy parecido a Los Botes del Glen Carrig. Para Jesús Palacios en su apéndice “Mar adentro”, Los Botes… y los “Cuentos de los Sargazos” conforman un universo que define perfectamente cómo es el mar de Hodgson: una “superficie miasmática, cubierta de excrecencias, fungosidades y vegetación mutante, bajo la que se esconden animales horripilantes, hambrientos y depredadores” (Los Mares Grises…, 730). Existe para cada uno de los personajes de Hodgson (esencialmente masculinos) un horror que nace de la discontinuidad de la propia identidad. El mar, en condiciones normales, no representa más que una destrucción latente del ser humano, pues él navega con la sombra siempre antagónica del infinito azul. El marinero solamente sobrevive al mar en cuanto su construcción y su seguridad, es decir, su barco, es capaz de separarlo de él. Cuando éste se hunde, o el mar se apodera de él, es momento de enfrentarse casi seguramente a una muerte terrible, ignominiosa, pues probablemente el cuerpo, la esencia, no podrá ser encontrada jamás. ¿Qué pasa entonces con el mar creado por Hodgson? Su mar es mucho más agresivo, es menos benévolo y rezuma vida. Tal como le sucede a Arthur Samuel Phillips en “Desde el mar sin Mareas”, el hombre debe entender que el mar es una línea discontinua que ya no puede ser separada de los barcos, pues los seres que habitan en sus simas sólo buscan activamente la destrucción humana. Al hilo de este argumento, Jesús Palacios señala que “los tentáculos y pinzas son como extensiones naturales de las propias aguas” (730).

Ilustración de Blake Rottinger (Ballenero)

En “El misterio de buque abandonado”, la masa de ratas que persiguen a los marineros son animales curtidos por el mar, ya que dentro de la narración muchas veces se señala lo desmesurado de su tamaño. La inexistencia de huesos o rastros humanos cada vez que éstos son devorados sólo parece indicar el control total que la Naturaleza, con sus monstruos, ejercen sobre quien osa entrometerse. En “La llamada del amanecer”, por su parte, la destrucción material del cuerpo humano llega a un punto culminante, pues la llamada sólo es audible, y aunque se investiga el triste naufragio, no se halla nada ni nadie, sólo es un eco de horrores antiguos.

Superando todo el entramado de monstruos, además de las tendencias a las convenciones sentimentales que tanto critica H. P. Lovecraft en El Horror sobrenatural en la literatura (Valdemar, 2010), se hace patente lo esencial en la narrativa del inglés: es la soledad frente a la naturaleza lo que genera más terror en sus relatos. Todas las amenazas pueden ser interpretadas de forma natural, pues el autor escuda el argumento en el desconocimiento (hasta hoy) de la gran mayoría de criaturas que viven bajo el vasto océano virgen. Los pulpos gigantes, además de los cangrejos, parecen ser ante los ojos de los marineros algo curioso, pero no del todo inverosímil. Por el contrario, la soledad del hombre es lo que lo sugestiona todas las interpretaciones que pueda tener frente a estos sucesos. Nada es más poderoso en los cuentos de Hodgson como la propia creación de la atmósfera. Incluso en los relatos que son mucho más dados a la aventura que al terror, se desprende un tenue tufillo misterioso. Si desprendiéramos todo el elemento fantástico que configura los relatos, nos quedaríamos con un escenario perfecto para la sugestión. Los golpes que siente Arthur Samuel Phillips en la segunda parte de “Desde el mar sin mareas” son terribles, pues su mente comienza a jugar, comienza a interpretar lo imposible y lo hace patente. Tal situación es similar en la niebla de “La cosa en las algas”, o a las criaturas que se pueden ver en la travesía de “La llamada del amanecer”. De este mismo modo, la soledad del ser humano sólo es realzada por la capacidad de sugestión. Incluso cuando se tiene acompañantes, la atmósfera inmersiva es mayor y los hace parecer simples sombras desdibujadas frente a los protagonistas; están, pero siempre hay algo más que puede estar o no estar.

Para el ermitaño de Providence, pocos autores son capaces de igualar el presagio de fuerzas desconocidas del universo como lo hace Hodgson. Sus alusiones casuales y sus detalles insignificantes, muy dados a influir en las vidas de hombres solitarios y maniáticos (tal y como lo hará también Joseph Conrad), son fundamentales para comprender de una u otra forma la capacidad de la vida para sorprender, así como la propia manifestación de una psique aterrada y sugestionada por un entorno hostil y desconocido.

Ilustración realizada por Christian Bravery  (Puerto Pesquero)

NOTAS:

[1] La mayor parte de datos bibliográficos y biográficos de Hodgson han sido extraído del prólogo a Los botes del Glen Carrig (Valdemar, 2002), escrito por José María Nebreda y titulado “Mares tenebrosos”, así como del prólogo a Los mares grises sueñan con mi muerte (Valdemar, 2014), también de Nebreda, y titulado “Los cuentos del Mar de William H. Hodgson”.