Peter Pank, de Max, es el reflejo de los deseos de libertad y de las esperanzas de futuro de una generación de jóvenes que, reprimidos por la dictadura franquista, encontraron nuevas maneras de expresarse con autenticidad. Hoy queda como el espectro de un fracaso, como la constatación de que una obra así no podría ver la luz en estos tiempos de represión de lo políticamente correcto.

Portada del cómic Peter Pank  de la editorial La Cúpula

Los ochenta fueron un punto de inflexión cultural para España. El péndulo político había alcanzado el cénit en los cincuenta, poco a poco recorrió el tramo de un opuesto a otro, y en la penúltima década del XX alcanzó el paroxismo opuesto. Fue un momento de euforia artística, de embriaguez de libertad. Con el fin de permitir una transición mucho más pacífica, la política supo aflojar la soga y hacer que lo impensable hacía apenas diez años fuera una realidad. Hoy día, encadenados por la censura descarada y la tolerancia represiva que la encubre, genera una especie de fascinación aquella época donde cada artista tenía una personalidad que expresaba sin vergüenza. En contraste, hoy el público es homogéneo y no es afín al sentido que antaño tenía una postura estética. Donde había punks, mods, rockers, pijos, todos ellos política y socialmente  comprometidos con su autenticidad, abundan hoy tribus urbanas que son el reflejo banal de la moda, el “Made en China” de lo genuino, el remake de la leyenda.

Algunas reliquias perduran. Las peores, como Alaska o Ramoncín, conservadas en el rancio vinagre de las glorias pasas, los reality shows y las tertulias, los estampados en camisetas y compilaciones de La Movida. Las mejores, verdaderas obras de arte, a veces logran superar las expectativas del merchandising, y o bien son consagradas por su valor añejo, o imposibles de digerir ahora que, esa cuerda que aflojaron, vuelve a apretar el cuello. Peter Pank (edición integral de La Cúpula, 2011) pertenece a este último grupo.

Leer este cómic de Max (seudónimo de Francesc Capdevila [Barcelona, 1956]) en la actualidad es recibir un golpe generacional. La rebeldía de los ochenta en estado puro machacando fantasmagoría de la libertad contemporánea. De hecho, no cabe duda que un cómic como Peter Pank, de haberse publicado ayer, habría sido denunciado por todos los colectivos existentes. Es el fruto del amor entre J. M. Barrie y Eskorbuto, una biblia de lo políticamente incorrecto: violaciones, sado-masoquismo, drogas, violencia, herejías y una anarquía visceral; todo ello amalgamado cemento del humor negro y lo irreverente.

El tomo publicado por La Cúpula recoge los tres volúmenes de Peter Pank, lo que permite ver la cambiante trayectoria del personaje en tres actos. Si el primero (“Peter Pank”) es casi una trasposición de la historia original de Peter Pan (cambiando el final y algún que otro detalle), el segundo (“Licantropunk”) presenta una trama mucho más profunda en su contenido y pop en su forma. Con muchos más guiños a clásicos, tanto a figuras literarias como al mundo del cómic, supone una relectura, en mi opinión, del primer volumen. Max juega con la identidad y los tópicos, una interesante interpretación del combate entre esa impronta genuina que pretendían los ochenta contra el doble, vacío y sin color, en que terminará por convertirse. Por sobre-interpretada que pueda parecer esta perspectiva que adopto, porque resulta reprobable que Max pudiera ver el futuro, no cabe duda de que se da un dialéctica a través de dobles clásicos (hombre-lobo, vampiros, parejas pares con humores contrapuestos, etcétera). Ello apunta, habitualmente, a una introspección en el personaje. La conclusión de este volumen no hace sino confirmar dicho punto de vista.

Por otra parte, la última aventura de Peter Pank (“Pankdinista!”), menos trabajada en cuanto a referencias, aparenta ser una catarsis de lo mostrado anteriormente. Incide mucho más en los aspectos sociales que las distintas tribus representan, y en el combate por la hegemonía en Punkilandia se remarca la caída del espíritu de los ochenta: la destrucción del orden en pos de una violencia ritualizada entre bandas que terminan por descubrir sus semejanzas, que han sido engañadas por sus ropajes y gusto musical, y el posterior exilio de un mundo que antes había que proteger y que ahora no merece la pena. El final abierto no son los puntos suspensivos del héroe que cabalga hacia el horizonte, a la espera de encontrar nuevos pueblos que salvar; es agridulce y melancólico, esperanzador pero con una gran dosis de cinismo en el fondo. No se trata de ir más allá por el mero hecho de alcanzar las Américas, sino de admitir que el futuro no podía ser el reciclaje de la dictadura, y que más valía la incertidumbre que eso. Esta violencia de origen no llegó a comprenderse y convirtió los ochenta en marcas, nostalgias y estilos vendidos por los grandes almacenes, en una vulgar imitación del mercado extranjero que invadió nuestro país.

Ya sea voluntaria o involuntariamente, Max logró hacer de su cómic una parodia de su tiempo. Hablaba de cómo sólo en un momento de tanta libertad se podía dar algo tan descarriado e incorrecto. Ello no quita que recogiese también los vicios que corrompieron su esencia. Aunque se ve un impulso revolucionario en Peter Pank, la tensión con sus compañeros es constante. Sus actos son el paradigma hobbesiano que parecían proyectar la primera Ola punk, más nihilista y que tuvo mucho impacto en España hasta la impregnación política del movimiento. La liberación es absoluta; la guerra, contra todo orden. Y luego, Peter es quien dirige esa selva en la que todos están en contra de todos. Se aprecia en estos detalles la falsa libertad, ajena al cauce político, que caracterizaba el reverso de la explosión de creatividad de los ochenta. Da un paso más allá, en este sentido, en lo que respecta a su tiempo y al nuestro; pues en ninguno de los dos casos se permite una parodia del presente tan demoledora. En el primer caso, por lo inusual de un análisis crítico en el marco de una explosión de creatividad que buscaba asentar ciertas categorías con las que dirigir la juventud de entonces: era tanto como hacer un alegato contra el alcohol estando borracho. Hizo falta tomar distancia para que el tiempo pusiese todo en su lugar y se tuviera el balance de artistas consagrados, de bajas por la droga y de comercialización de los gustos. Lo que olvidan decir los chismorreos de nuestros padres respecto es que fue un envite político lo que impulsó esta situación, una estrategia que ayudó a endulzar la década en la que España se unió al mercado internacional y a las alianzas del Atlántico. En el caso del siglo XXI, el discurso hegemónico está tan arraigado a la psique social que el esperpento ha sido relegado a un cinismo poco combativo, ególatra y altisonante; y, a no ser que irrumpiera con brutalidad las convicciones sociales, no trascendería de este esquema. Sin embargo, el humor negro es cada vez más escaso, asfixiado por la censura positiva y la tentación de ser la edulcoración de un producto de baja calidad.

Hay excepciones, por supuesto. Pero no puede negarse que jugar en el borde de la navaja ha sido siempre un baile descompasado que nadie ha estado dispuesto a aceptar. Y Peter Pank ha logrado sobrevivir y abrirse camino a través de estos ya desolados caminos. Su secreto seguramente sea la sinceridad y sencillez con las que Max agita la panacea cultural de su tiempo hasta mostrar su lado más patético. No hay lugar a una retórica ni a imágenes baratas. El estilo seco del cómic ayuda a incidir esa sensación de crudeza velada por la imaginación y la inevitable sombra del pastiche que aversiona.

La explosión de la adolescencia de la democracia es el delirio de grandeza de Peter Pank, y su impulsiva forma de ser. La conclusión del original, Peter Pan, y su lucha por seguir siendo un niño es el estigma que

han heredado las jóvenes generaciones futuras. Los adultos, desengañados tras la embriaguez de la adolescencia de la democracia, por efecto rebote, han asimilado los nuevos roles sociales. Por su parte, los jóvenes imitaron este egocentrismo pubescente y fueron víctimas del perfeccionamiento político que se experimentó con sus progenitores: pasaron a ser un sector de consumo con rasgos propios, cuyas actitudes, incluso las más serias por librarse de estos grilletes, serían tachadas de inmadurez y típico de «chavales que no saben de qué va la vida».

Peter Pank, quizás sin esa pretensión, logró jugar con esta asignación de roles al elegir como antagonistas principales de los punks a los amantes del rockabilly, el movimiento de los padres del punk; y como parte de su generación y opuestos a estos, a los hippies, contra quienes reaccionaría el punk de los setenta. Si bien es posible que esto no sea más que una huella inconsciente de los ochenta o que Max fuera su vez un creyente de este optimismo post-dictadura, al menos ha hilado lo suficientemente fino como para legarnos una radiografía desmenuzada de lo que hubo, con sus puntos álgidos y sus recaídas, sus esperanzas y desengaños: una generación, como dice la Polla Records, con mucha mala hostia, que casi fueron una revolución, pero que descubrieron que el famoso No future hacía referencia a ellos, y que Dios seguirá en el cielo por mucho Evaristo se siga cagando en él.