Will McIntosh demuestra en Apocalipsis suave una claridad de ideas muy de agradecer en cuanto a las relaciones personales, a cómo construirlas y definirlas en sus distintos niveles, aunque un uso demencial del tiempo, que roza lo increíble; es una pena porque la novela tenía potencial para haberse convertido en una de las principales obras de la ciencia-ficción publicadas en España durante 2016.

Portada de la edición de Gigamesh

Si consideramos a las Ciencias Sociales como una rama principal del árbol de la Ciencia, a la par que las Exactas en igualdad de legitimidad y posibilidades, Apocalipsis suave (Gigamesh, 2016) podría representar una de las principales obras de la ciencia-ficción publicadas en España durante 2016. Su base se asienta, principalmente, sobre heterogéneos y numerosos aspectos procedentes de la Economía, la Sociología, la Antropología Cultural, la Ciencia Política o la Psicología, disciplinas que aportan importantes granos de arena en la construcción de un hipotético Estados Unidos en declive. Aunque su uso podría haberse mejorado bastante.

Will McIntosh (Nueva York, 1962), doctor en Psicología Social por la Universidad de Georgia, ha utilizado su conocimiento y experiencias para articular y escribir este texto, por momentos sobrecogedor y siempre inquietante. De hecho, apenas salimos en toda la novela de esta zona de confort.

Las acciones se suceden dentro del estado de Georgia, entre Savannah -ciudad de muchas plazas y musgo español por todas partes- y Athens, con ecos lejanos de Atlanta, y anecdóticas referencias tanto a otros estados (como la guerra por en agua en Arizona) como a otras zonas del planeta (Rusia y China). Una postura respetable, pero excesivamente conservadora, acentuada además por el escaso provecho del espacio, cuando nos estamos refiriendo a una situación caótica de magnitud global.

Will McIntosh

La tendencia del texto es a pivotar siempre sobre las relaciones personales y, especialmente, las de tipo romántico. Jasper, nuestro protagonista, se siente solo y necesita desesperadamente de alguien que lo quiera. El canon cultural romántico occidental, contemporáneamente tan demodé y en aparente firme declive, tiene para Jasper una importancia capital. Por eso intenta buscar a una mujer con la que tener una relación estable, de amor sincero y auténtico; emociones honestas y crudas en medio del desconcierto general. Candidatas no le faltarán. Sophia: una mujer casada con otro hombre que duda entre el amor real e inestable o el amor inexistente pero seguro. Phoebe: una joven risueña para quien las relaciones afectivas son aún inmaduras y de tanteo. Ange: una amiga con derecho a roce a quien el tiempo y la amistad acercan cada día un poco más. Deirdre: una estrella del rock de carácter inestable con importantes problemas afectivos de origen infantil…

Y si el amor romántico tiene el mando de la novela, en muchos pasajes con un dominio apabullante que distorsiona y contrasta fuertemente con el supuesto contexto apocalíptico y de caos que rodea a Jasper, también debemos considerar la importancia de las relaciones paterno-filiales. Incluso, irónicamente, el texto explora mucho más a fondo este punto de vista que el del amor romántico, pues son más personajes, más contextos y más perspectivas las que nos muestran la importancia de la familia heterosexual de toda la vida como ancla de seguridad, certeza y regularidad. Lo hace a través del personaje de Deirdre: a quien se apunta, sin llegar a ahondar tanto como merecería, como una hipotética víctima de violencia doméstica. Lo hace a través de Phoebe: quien debe tomar una dura decisión al decidir entre maximizar sus opciones de supervivencia o aumentar los riesgos al ayudar a una madre que estaba ya muy mayor. O con la pareja estable que forman dos buenos amigos de Jasper, Jeannie y Colin.

En el siguiente nivel, superadas las dimensiones individual y familiar, Apocalisis Suave toma partido por la tribu como una nueva institución ideal para la protección y realización de las personas. En su exploración de la tribu McIntosh opta, además, por un modelo de organización extraordinariamente similar a la tradicional comuna: con una aportación especializada de cada miembro, donde todos suman y lo hacen de forma complementaria y equilibrada respecto a los demás, y un gobierno de autoridad distribuida, en el que todo se intenta decidir por consenso en las pocas ocasiones en que es necesario tomar una decisión. En contra de la comuna sólo existen tres alternativas: un Estados Unidos en descomposición, culminado con el asesinato del presidente en el Despacho Oval, y un ejército sin ética ni control; las tribus criminales, representadas por los lllamados “Saltimbanquis”, que quieren consolidarse como alternativa al gobierno federal, y la huida individual de personas sin esperanza y sin rumbo, con todas las opciones de encontrar una muerte prematura. Por si no quedaba suficientemente claro, el contraste acentúa aún más a la tribu como el modelo de organización social ideal elegido.

Pero si McIntosh demuestra una claridad de ideas muy de agradecer en cuanto a las relaciones personales, a cómo construirlas y definirlas en sus distintos niveles, todo este trabajo se viene relativamente abajo cuando se insertan en un contexto general que, por momentos, roza el esperpento. La novela nos sitúa en el período entre 2023 y 2033, en el que la gente tiene teléfonos móviles pero no pueden saber la hora si no tienen reloj, en un país con una tasa de desempleo estimada del 60% pero donde todas las estructuras están todavía en pie, en un entorno donde los virus de diseño campan a sus anchas por la calle, pero donde en las zonas densamente habitadas no tienen problemas, con tribus y personas viviendo tiradas en las calles sin más peligrosidad de la que podemos encontrar en ciertas zonas del planeta hoy en día, y así sucesivamente. El contexto general no encaja en el particular, haciéndolo chirriar, e incluso descarrilar, cada vez que ambos se encuentran.

Para resolver este problema de notable magnitud la novela recurre a una solución poco elegante, pero efectiva: la introducción de un virus, conocido como Doctor Alegre, con cuya infección todo carácter agresivo o traza de rebeldía queda suprimido. Se reduce a las personas a un espíritu de buen rollo y colaboración, de respeto y diálogo. Pero este punto tiene tres problemas. Primero, se desarrolla de forma incoherente: mientras Jasper infecta con el virus a una persona con su simple exposición y contacto (le tira sangre infectada con el virus a alguien a la cara, con la ayuda de una pistola de agua), en todos los demás casos el virus se transmitirá por vía intravenosa. Segundo, el virus funciona como un Deus Ex-Machina, justificando la estabilidad en un contexto que, aun así, tendría que ser mucho más inestable (¡es un virus de diseño sin control, por el amor de Dios!). Y tercero, con lo mucho que podría aprovecharse para una reflexión profunda, incluso actualizada a la luz de los avances científicos disponibles, se queda en un papel secundario casi hasta el final, justo cuando parece querer aprovecharse, aunque de forma acelerada y poco hábil.

Finalmente, no podríamos acabar esta reseña sin dedicarle un comentario al uso insostenible y a las consecuencias catastróficas de la dimensión temporal. Cada uno de los diez capítulos de la novela se sitúan en un tiempo distinto, con saltos temporales irregulares que oscilan desde los tres años a los tres días. Este juego con el tiempo obligaría a esperar un proceso de maduración y de cambio progresivo que, sin embargo, no aparece por ningún sitio.

Los sucesos y las evoluciones, personales y contextuales, se producen a salto de mata. Dentro de un mismo capítulo también se juega con una progresión y un cambio internos que se gestionan también de forma poco hábil, haciendo referencias a otros puntos temporales sin la debida justificación, desorientando la lectura e, incluso, complicando sobremanera la comprensión de qué está pasando y por qué. Quizás este uso del tiempo sea resultado de su estructura original fragmentaria, pues Apocalipsis Suave se publicó primero en forma breve en la revista Interzone (2005), y después como novela (2011); pero aun así es exigible un mayor mimo en aspectos fundamentales como este.

Apocalipsis suave alberga un enorme potencial, por desgracia desaprovechado. Afronta con inteligencia el análisis de los cambios personales y sociales que tenemos en este siglo XXI, y nos presenta personajes con un fondo que podrían resultar humanamente desgarrador, y apunta a consecuencias o variables tecnológicas con consecuencias o paradojas de enorme interés. Pero todo ello acaba malogrado por un uso del espacio-tiempo demencial y sin sentido producto de un uso incorrecto del conocimiento social empleado, reflejado en un contexto general lleno de incoherencias y problemas, o por un dominio tan abrumador del enfoque amoroso-romántico que acaba achicando y asfixiando otros puntos de vista bastante más humanos y prometedores -reducidos a la mínima expresión, cuando no a un fugaz cliché-. Lástima que la entrada de Will McIntosh en España sea a través de una obra floja, un cascarón averiado sin alma, con mucha más fuerza potencial que real.