Ediciones B publica una nueva edición de El exorcista (1971) coincidiendo con la muerte de su autor, William Peter Blatty (7 de enero de 1928-12 de enero de 2017).

La imagen más icónica de la película de Friedkin: el padre Merrin (Max Von Sydow) delante de la casa de Regan McNeil.


El exorcista está inspirada en el exorcismo de Robbie Mannheim ocurrido a finales de la década de los cuarenta, con el que William Peter Blatty se obsesionó hasta el punto de adentrarse en los archivos de los jesuitas que estudiaba para documentarse sobre el suceso. El libro, convertido en un éxito atemporal y elevado a la categoría de obra de culto del género, cuenta la historia de Regan, una niña de once años que comienza a sufrir preocupantes trastornos de personalidad: la dulce muchacha que cada mañana le regala una rosa a su madre pasa a tener ataques agresivos y a utilizar un vocabulario obsceno. Médicos y psicólogos la analizan sin llegar a ninguna conclusión. ¿Se trata de un caso de histeria? ¿De un trastorno de personalidad? Ante la falta de respuestas esperanzadoras, Chris McNeil decide acudir a un sacerdote para que le practique un exorcismo a su hija.

La adaptación cinematográfica (William Friedkin, 1973) respeta la estructura de la obra y sus momentos cumbre: no en vano fue el propio autor quien adaptó el guión. Pero la película resulta más directa y obscena, adentrándose en el cargante ambiente de lo demoníaco, del pánico y del terror con mucha más violencia que el libro, más sutil, quizás incluso más lento. Sin embargo, esta delicadeza es lo que consigue hacer que la novela sea más terrorífica. Para introducirnos en la historia, Blatty la construyó casi como si de una crónica periodística se tratara: abundan las oraciones simples y cortas; se nutre de un riguroso lenguaje específico sobre enfermedades, síntomas, medicamentos y tratamientos médicos, y también de una fiel bibliografía de ensayos sobre el exorcismo y una meticulosa documentación sobre ritos llevados a cabo por diversos sacerdotes. Todo este ingente trabajo de documentación consigue mantener al lector en un estado de alerta semipermanente, dudando de cada nueva hipótesis y creyendo cada vez más imposible la cura de Regan.

William Peter Blatty con Linda Blair (Regan McNeil) y Max Von Sydow (padre Merrin) en los Globos de Oro 1974.

Este sentimiento de duda y desazón ante los desesperanzadores pronósticos de los expertos se intensifica por el asfixiante ambiente del hogar de Regan. Un hogar que se desmorona, y en donde los más allegados a la niña intentarán mantener la cordura y las fuerzas a base de café y tabaco: Chris McNeil, la madre; su asistente y la profesora particular de Regan, Sharon Spencer; Karl y Willie, el matrimonio que trabaja para la familia; y más adelante, también el padre Karras. Blatty construye a Chris a imagen de la mujer moderna de la época: actriz, bohemia, liberal, atea declarada y, al mismo tiempo, madre devota dispuesta a recurrir a cualquier remedio, incluso al exorcismo, para salvar a su hija. Este personaje conmoverá al lector y le hará empatizar con el drama familiar; y sin embargo, con su desesperación terminará por sembrar la duda y la desconfianza en su capacidad para afrontar la situación y en su propio equilibrio mental.

En contraposición, y con cierta ironía, Blatty dota a la narración de un espíritu escéptico con la figura del padre Karras, un sacerdote atípico que, tras la muerte de su madre, sufre una crisis de fe que constituirá su debilidad y su fortaleza a la hora de luchar contra el Maligno. El sacerdote aportará un enfoque clínico al caso de Regan, recurriendo a sus conocimientos en psiquiatría y revisando todas las pruebas médicas. Una vez agotadas todas las posibilidades lógicas, comenzará a atosigarle la posibilidad de que, en efecto, no se trate de una enfermedad mental, sino de una manifestación física del mal. Paradójicamente, Karras recuperará su fe en Dios gracias a la constatación de que el Diablo existe.

El padre Karras no se enfrentará solo al Diablo: en su ayuda acudirá el anciano sacerdote jesuita, arqueólogo y filósofo, Lankester Merrin, el exorcista al que hace referencia el título del libro. Pese a su frágil aspecto físico, su mente posee una poderosa fuerza otorgada por su inquebrantable fe en el poder de Dios, y fortalecida por el estudio, la reflexión y la edad.

«Era la voz del demonio, tonante y apagada a la vez, que gruñía como si pronunciara un sepelio.

─ ¡Merriiiiinnnn!»

Así es como los protagonistas (y el lector) descubren atónitos la aterradora realidad que esconde esta escena: Regan, o quienquiera que esté en su interior, conoce al padre Merrin, y se ha enfrentado a él. Esto significa que la presencia que ha poseído a Regan es un único ser eterno que sólo puede ser expulsado del cuerpo que está parasitando, pero que no puede ser destruido. El exorcista, pues, revela la desalentadora verdad del mundo: la guerra entre el Bien y el Mal es eterna, la única victoria posible es sobrevivir a las batallas a las que nos enfrentamos a lo largo de nuestra existencia.

William Peter Blatty plantea diversas cuestiones en torno a la doble moral del hombre. La primera recae sobre la actitud espiritual frente a la fe religiosa. Chris McNeil es atea declarada, por lo que no ha inculcado a su hija ninguna religión ni noción sobre Dios o el Diablo. No obstante, es precisamente Regan, un alma inocente y pura, quien sufre el fenómeno de la posesión. ¿Podría considerarse este hecho como una especie de castigo, de escarmiento divino, hacia dos almas indefensas ante los antojos del demonio por no tener la protección de la fe? Hay que tener en cuenta que, una vez agotadas todas las vías lógicas, una mente escéptica, en su desesperación, puede terminar por buscar la ayuda y el consuelo de la religión. Chris McNeil representa el lado vulnerable de la sociedad moderna, que en los momentos en los que se siente perdida, sin saber a quién acudir, se aferra a cualquier clavo ardiente.

Por otro lado, Damien Karras encarna el escepticismo ante la presencia maligna que domina a Regan, debido tanto a su formación como psicólogo como a su crisis de fe, provocada por el sentimiento de culpa por haber abandonado a su madre en la probreza. Karras es un reflejo del padre Merrin (quien padeció el mismo tipo de crisis en su juventud debido su incapacidad de amar al prójimo), y parece destinado a seguir el mismo camino del anciano jesuita

El Exorcista es una de las historias más terroríficas de nuestros tiempos, no sólo por el hecho de estar basada en un caso real, ni tampoco por su viveza, fruto de un intenso trabajo documental. Lo es porque cuestiona la condición del hombre, su capacidad para sobreponerse a sucesos violentos e inexplicables, y la ayuda que un ser superior en el que confía (el Dios cristiano en este caso) podría otorgarle para vencer a lo desconocido. El hombre, con dioses o sin ellos, está a merced de lo oculto.

Linda Blair y William Friedkin en el rodaje de la película (1973)