Stanislaw Lem se erige en crítico, autocrítico, lector y científico en el conjunto de reseñas sobre libros inventados (y no obstante muy reales) Vacío perfecto, un libro que induce a reflexionar a cada página y a profundizar sobre cada cuestión planteada.

Pintura de Jeremy Geddes

Si la bibliofilia fuese una religión, su cielo sería una inabarcable biblioteca, en cuyos estantes aguardarían los libros creados, aquellos que están por crearse y los que son imposibles de ser escritos. Los guardianes de los libros, como santos, serían aquellos que hicieran de la fe su propio objeto de amor o, en otras palabras, aquellos que convirtieron el propio libro en literatura. Borges se habría ganado a pulso el honor de ser el director principal de la biblioteca. Pero su ayudante, si no su inmediato subalterno, sería Stanisław Lem.

Hoy hablamos de libros. O mejor, de libros que tratan de libros y que, como no podía ser menos en el caso de Lem, suponen un divertido calambur. Me veo en la tesitura de reseñar un libro de reseñas de libros imaginados por su autor, quien a su vez reseña su propio libro (Vacío perfecto, Impedimenta, 2008). Los libros son tan serios como cómicos, tan exactos científicamente como imposibles de ser escritos. ¿Qué hacer entonces cuando se intenta dar una conferencia para sordos, u ofrecer un significado siempre esquivo en pos de resultar indirecto y no obvio? Sólo queda el silencio; siempre que el escritor no se salga por la tangente, rompa la cuarta pared y ponga en las manos del lector un libro que per se no existe. Pues, hablando del contenido en bruto, ¿qué puede contener un libro que habla de libros que no existen?

Sin embargo, esto es decir poco. Habrá que añadir, haciendo caso al matemático alemán Georg Cantor (1845-1918), que la nada, así como el infinito, también es cuantificable. El estilo de Lem coquetea con la frontera que enfrenta al tecnicismo científico con el lenguaje metafórico de la literatura. Así produce una ilusión de realidad que pocos han conseguido. Parece que en verdad posee los ejemplares que reseña, les otorga la verdad que las grandes obras literarias muestran, y la verdad que los grandes teoremas científicos demuestran. Y no son nada; sueño de la razón y el ingenio en su más alta cumbre. El suyo es el Vacío Perfecto, aquel que sin ser, grita historias, teorías extraordinarias sobre el universo, que atrapa al lector aun siendo nada.

Es habitual que veamos al crítico como un reconstructor de obras de arte (dejemos a parte a aquellos que caen de rebote en una revista para dar rienda suelta a sus frustraciones). El crítico tiene algo de escritor, y así está reconocido, de algún modo, por la sociedad. Desde que autores como Baudelaire dieran rienda suelta al crítico en el panorama artístico, su papel ha ido evolucionando hasta ser clave para determinar la naturaleza de una obra de arte. La proliferación de comentarios ha ido en aumento hasta el punto de poder hablar de un renacimiento escolástico en las artes. Más se ha escrito de Proust que lo que Proust mismo escribió.

Pintura de
Jeremy Geddes

Pintura de Jeremy Geddes

 El límite que separa al escritor del crítico es harto impreciso. Cada vez más, el artista es referencial, se cataloga a sí mismo en un género o movimiento, y pocos son los que huyen de ser comparados con un catálogo de influencias. Lem ve que precisamente el acto más creativo que puede haber en este sentido es anclar la cadena del pasado a una fantasmagoría. Si el crítico, el nuevo artista, está preso de la obra de otros, su única posibilidad es hacer de la influencia una excrecencia de su imaginación, ser esclavo del comentario y del libro que comenta, que no deja de ser una invención suya.

Lem reconoce cierta burla en sus reseñas. No sólo por las estilísticamente imposibles caricaturas que son algunos de los libros presentados, sino por la propia labor de comentarista. Aunque amante de la ciencia y la literatura, el autor polaco se ha situado en los márgenes de la Academia en ambos aspectos. Las cosmogonías de Lem han reflejado siempre tesis que, aun pudiendo discutirse, no son en absoluto banales. Por otro lado, los géneros característicos de la Academia son el comentario, el prólogo, el prefacio…, con la intención, a diferencia de Lem, de repetir y perpetuar la tradición, impidiendo la innovación y la crítica. Es, por contrapartida, el Vacío Imperfecto; y el libro de Lem un reverso paródico de su propio género: de la nada crea libros que sí tienen ideas, pese a ser diluidas en la metaficción de una aparente vacuidad de contenido. En cierto sentido, es la reseña la que da contenido al libro, y así, Lem es más escolástico que los mismos académicos. Pero también el comentario deja de ser tal y se ensalza como cuento o ensayo original. Penetra oblicuamente en la temática que expone, eludiendo la posibilidad de ser escrito. Con esta forma de ser abordado, el texto adquiere más matices, que quedarían borrosos o toscamente patentes en la narración, de haberse realizado en papel.

De cada uno de los libros poco puedo hablar, pues cada reseña es por sí sola reseñable. La variedad de temáticas es abrumadora: desde novelas vanguardistas, pasando por críticas políticas y antropológicas, hasta cosmogonías y reformulaciones científicas. La taxonomía que hace Lem en la primera de ellas es una de tantas posibles, y no voy a esforzarme por ofrecer algo tan efímero y arbitrario como una clasificación. Cierto que hay una estructura que atraviesa todas ellas, la referencia constante a sí misma, para desmontar la discursos oficiales de los temas que trata. Incluso cuando la reseña no deja de ser una broma, revierte constantemente sobre el acierto de permitir ciertos derroteros para la literatura. Tomó en esto un camino distinto a Borges o Lovecraft, cuyos intereses eran sólo literarios -crear unas bellas metafísicas cuyo planteamiento no trascendía a un análisis de lo que se traía entre manos-. Una óptica que Lem rompe al acceder a este recurso desde la disparatada objetividad del crítico, y no desde el literato que se guarece en su registro gremial.

Pintura de
Jeremy Geddes

Pintura de Jeremy Geddes

 La distancia que pone respecto a sus ideas permite a Lem abordarlas con crudeza. Comentar un libro es confrontación, incluso con gusto. El esteticismo del Libro de Arena o del Necronomicón, no pasa de un guiño, de una alegoría, a lo sumo de condimentar una atmósfera o un mensaje limitado (con esto no digo que no haya profundidad en estas invenciones, sino que, quizás, se circunscriben a un terreno tan estrictamente literario que son incapaces de volver sobre sí mismas y dar una vuelta de tuerca). Vacío Perfecto se pone en tela de juicio, ése es su primer paso. En efecto, de nada vale, incluso aunque la reflexión conduzca a la misma literatura si, como Borges, no existe un contacto con lo cotidiano y se interesa más en encontrar indescifrables paradojas que se dan sólo en un plano abstracto y ajeno. En otro libro de Lem, Provocación (Funambulista, 2005), se hace más hincapié en este intento de desbordar el texto hacia la realidad. La primera de las reseñas contenidas en este otro libro, “El genocidio de Horst Aspernicus”, tiene por temática el Holocausto y la posibilidad de ser explicado sin legitimarlo. Ante una cuestión tan compleja, controvertida y cercana (Lem estuvo a un paso del Zyklon) la firmeza y frialdad son necesarias para cualquier crítico, más para el «autor» del libro (que no existe), y ahí, como dijo Canetti en su prólogo al Diario de Hiroshima del doctor Hachiya, no cabe una mera reflexión estética, ni un artificio abstracto con el único objetivo de ser lúcido o presentar una enseñanza teológica sobre la literatura. Otro asalto ganado al Vacío Imperfecto: la aparente objetividad de corte académico queda denostada al mostrar el patetismo de este formato. La farsa se mezcla con la idea del libro reseñado y gana fuerza por cuanto emplea un discurso hegemónico con la intención de mostrar la comicidad de una poco auténtica seriedad a la hora de abordar ciertos temas.

Lem no es complaciente; siempre mete el dedo en la llaga y lo hace, para colmo, indirectamente, como si no tuviera interés alguno en hacerlo. Quien haya leído con insistencia sus novelas y ensayos, dará cuenta pronto de que sus peripecias literarias buscan forzar las convicciones del lector. Me decanto por considerar el aspecto irónico de las reseñas y no hacer caso a Lem cuando incide en la jocosidad y lo inarticulable como motivos. Sea como sea, propone un cambio de óptica, y no sólo un alarde de agudeza. Vacío perfecto es una acrobacia de estilo en el gran teatro del mundo. Para los escritores, una lección de humildad y gracia literaria, ya que remarca aquello que falta a la inmensa mayoría de quienes escriben libros: callarse; someter la evidencia al rumor, la obviedad al recoveco, y la zafia claridad geométrica a la especulación imaginaria y sin barreras que hay en el polisémico vacío de las cosas, y no en el detalle nimio y superficial. Para el lector, el llamamiento a la interpretación y a expandir la lectura a lo meramente escrito.

Todo lo dicho, no es más que una disertación que parte del germen más primario del Vacío Perfecto (sin entrar en las particularidades de cada capítulo). Sin embargo, me encuentro en la necesidad de admitir, si bien Lem lo hace consigo mismo, yo mismo dudo de la función que tiene este escrito. Tengo la sensación de que no he avanzado, porque he intentado jugar a lo mismo que Lem, y ello sólo puede hacerse desde la lectura de su libro, y no desde mi reseña. ¿Acaso una reseña no trata de ocultarse para dar paso al libro? ¿A qué ha venido entonces todo esto? ¿No era preferible callarse o decir simplemente «lean Vacío perfecto»? Posiblemente era la mejor opción. Mi única esperanza, en tal caso, es que, al menos, no hayan llegado a leer esta última línea.