Estados Unidos de Japón, de Peter Tieryas, nace como un intento de sucesor espiritual de El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, pero lo único que logra es magnificar los logros de aquella novela. De hecho, los muy escasos, tempranos y efímeros, méritos del libro de Tieryas se deben a la obra distópica de Dick.

Ilustración de John Liberto para United States Of Japan de Peter Tieryas

Estados Unidos de Japón (Ediciones B, colección Nova, 2017; publicada originalmente en 2016) plantea una ucronía indisimuladamente deudora de El hombre del castillo (1963). Tal hecho debería haber sido manejado con reverencial respeto por el autor pues, subido a hombros de un gigantesco Philip K. Dick 1928-1982), partía con la ventaja de tener muchos mimbres de su historia ya diseñados, elaborados y planteados por el genial escritor estadounidense. Sin embargo, Peter Tieryas (Corea del Sur, 1979) ha decidido escupir sobre este patrimonio, vejarlo, e incluso diría sodomizarlo, haciendo un uso industrial de él, desmontándolo y vaciándolo de contenido hasta reducirlo a un pésimamente disimulado libelo cultural anti-japonés (o pro-estadounidense, depende del punto de vista) vestido con los andrajosos ropajes de un thriller de tercera fila.

La primera consecuencia de este monumental estropicio es que lo poco digno de la novela está en los elementos extraídos, directa o indirectamente, de la obra Dick, sobre todo en el contexto, la ambientación y los sub-temas derivados. En concreto, la primera veintena de páginas posee una calidad más que notable: no sólo por la prosa prometedoramente firme, sino por la inteligencia demostrada al tomar ciertas decisiones capaces de dotar a la historia de un ritmo narrativo sostenido, de un interés que no decae en ningún momento, de unos personajes interesantes construidos con apenas unas puntadas, y de un motor narrativo tan llamativo para el gran público como es el final de la IIª Guerra Mundial y el hilo temporal donde la victoria y gobierno de los Estados Unidos de América corresponde al mando imperial japonés.

Ilustración de John Liberto para United States Of Japan de Peter Tieryas

Ilustración de John Liberto para United States Of Japan de Peter Tieryas

Asistimos a la apertura de los campos de concentración y reclusión de miles de asiático-americanos, y a la presentación de Japón como un país liberador ¿y libertador? Estamos en 1948 y dos prisioneros de guerra se las prometen felices en ese mundo nuevo que está por venir. Ambos sueñan con un futuro romántico, pleno en derechos y libertades, cuya culminación será el nacimiento del fruto de su amor, Beniko.

A partir de este punto comienzan sus problemas y, por desgracia, también los nuestros.

Este sueño compartido funciona como una especie de locus amoenus (narrativo), o espacio ideal e idílico, al que constante e implícitamente se alude como lo prometido y no cumplido por parte del gobierno de Japón, ejerciendo de contraste entre la promesa libertadora y el efectivo gobierno autoritario. Para este proceso de contraste se utilizan varias estrategias.

Una es echar mano de Beniko Ishimura y destrozarlo como personaje, diseñando un antihéroe de libro, demasiado prototípico y estático: cínicamente relacionado con el gobierno imperial, del que ya no espera gran cosa, ha tenido la suficiente sangre fría como para denunciar a sus padres por traición al Emperador (su delito: soñar más allá de sus posibilidades). La segunda de estas “estrategias” es dotar a Beniko de un complemento, Akiko Tsukino, agente de la policía secreta japonesa (la Tokko), capaz de ampliar y reforzar la característica principal de Beniko: la obediencia debida a la autoridad gubernamental y, especialmente, al Emperador. Akiko actuará ciega de obediencia, irreflexiva y autómata, ejecutando con eficacia las órdenes recibidas. Tercera: se crea una alternativa al gobierno japonés y a sus secuaces a través de un videojuego en línea llamado United States of America (USA). Ilegal e imprevisible, se cuela inopinadamente entre los pasatiempos de la población, llamándola a la rebeldía y al alzamiento, despertando sentimientos libertarios adormecidos y reprimidos desde hace décadas por el gobierno japonés. El grupo responsable se hace llamar “los George Washingtons”; de sus miembros sólo sabemos inicialmente que tienen que ver con un viejo general nipón, Kazuhiro Mutsuraga, cuya hija, Claire, ha desaparecido misteriosamente. Llegados a este punto, la cuarta estrategia está clara: la lucha de los opuestos.

Ilustración de John Liberto para United States Of Japan de Peter Tieryas

Beniko y Akiko unen sus fuerzas para dar caza y detener a los responsables de haber diseñado, y estar difundiendo, el videojuego despertador de conciencias y voluntades. Por el bando japonés, el contexto se define sobre referencias culturales claramente identificables con el Japón contemporáneo, mezcladas con alusiones históricas a los orígenes clasistas del estado tras la Restauración Meiji, al personalismo divino que todavía conserva la figura del Emperador, o a los rigores autoritarios de su ejército. Mientras que por el bando estadounidense abundan las reiterativas referencias al espíritu libertario, a los valores liberales más allá de la raza o la bandera, e incluso a cierto universalismo transnacional capaz de unir a personas sin importar su origen, además de una mal disimulada superación del gobierno como autoridad por encima de las personas y sus voluntades.

Estos opuestos expondrán sus motivos, y medirán sus fuerzas, en una trama irregularmente llevada donde los momentos de acción parecen querer compensar un ritmo lastrado por una literatura chabacana definida, especialmente, por diálogos huecos y sin sentido, por personajes planos sin nada que aportar más allá de su función estratégico-narrativa, por un argumento malgastado al que no se le logra sacar ningún provecho más allá del inherente a los tópicos y a los tropos que maneja, o por momentos ridículos e indignos donde podemos llegar a leer absurdos como este: “Akiko estaba reunida con sus superiores cuando se tiró un pedo que agujereó la silla. Fue un pedo tan fuerte que los oficiales cayeron de espaldas” (página 156).

Ilustración de John Liberto para United States Of Japan de Peter Tieryas

Ilustración de John Liberto para United States Of Japan de Peter Tieryas

El despropósito alcanza su culmen cuando, al cerrar el libro, nos paramos un momento a pensar sobre qué nos ha intentado contar la novela. Si su idea era la de establecer un antagonismo cultural entre el personalismo autoritario nipón y el humanismo libertario estadounidense, el fracaso puede calificarse -sin miedo a equivocarnos- como de absoluto. Ahora mismo Peter Tieryas debe de estar tirándose de los pelos al comprobar qué de real hay en todo lo que ha alabado, o qué de material hay en su hermoso discurso pro-estadounidense, una vez que Donald Trump ha llegado a la Casa Blanca con un discurso radicalmente imperialista, nacionalista y estatalista. Irónico, cuanto menos.

Si la idea de fondo de Tieryas era la de definir un simple entretenimiento narrativo, entonces el fracaso es quizás incluso más notable. Porque, cuando se juega con ideales e ideologías, el riesgo de volver a Lo Real y comprobar la base falsa sobre la que se sostiene el pacto ficcional está permanentemente presente. Pero la necesidad de un entretenimiento que no nos expulse constantemente del texto, con roturas de ritmo o con aberraciones a la lógica ficcional, además de un deus ex machina abusivo cuyos términos se nos hacen imposibles de aceptar, es un imprescindible que aquí rara vez se cumple. La historia no es capaz a recuperar el pulso e interés de sus páginas iniciales. Es más, renuncia por completo a volver a ese punto, demostrando ser más una excusa que un punto de apoyo.

De todo esto parece darse cuenta hacia el final cuando, a modo de redención, se empiezan a abrir puertas a otras soluciones, a otras formas de hacer las cosas, de pensar y de ser. Demasiado tarde. Porque el lector ha tenido que pasar ya por aberraciones con una entidad lo bastante notable como para olvidar o perdonar ahora sin consecuencias.

Estados Unidos de Japón resulta ser una novela sin alma, una inmensa oquedad sostenida sólo a través del espectáculo de fuegos de artificio que nos proveen las escenas de acción salpicadas aquí y allá. Nada más. La reflexión ha sido sustituida por el tópico ideológico tantas veces reproducido. Los personajes protagonistas han sido suplantados por robots ficcionales, limitados únicamente a cumplir su función narratológica y sin un más allá por el que llegar a sentir curiosidad e interés. Pero el mayor de los mazazos se lo lleva la coherencia interna de una trama sometida a vaivenes y cambios que la agrietan hasta desorientarnos y, finalmente, confundirnos sobre cuál es el mensaje a transmitir. Quizás porque estemos ante más de cuatrocientas páginas de una inmensa, oscura y fría nada sin más objeto que el de sobrevivirse a sí misma, aunque sea a costa de unos lectores incautos.

Una y no más.

Ilustración de John Liberto para United States Of Japan de Peter Tieryas