Ilustración de Bastian Kupfer para Fabulantes (2017).

En 2010 Chelsea Elizabeth Manning fue acusada de transmitir a la web WikiLeaks documentos clasificados sobre las invasiones estadounidenses en Afganistán e Irak, entre ellos un vídeo, hoy célebre, en el que se ve a dos helicópteros de los EEUU disparando sobre civiles (periodistas de Reuters entre ellos). Las condiciones de la detención sin cargos y aislamiento del por entonces soldado Bradley Edward Manning, primero en el campamento estadounidense de Arfijan en Kuwait y luego en un centro de detención militar en Virginia, fueron denunciadas como severísimas, lindando la tortura, por Human Rights Watch y otros. Tras varias vicisitudes, en 2013 se la condenó a 35 años de prisión; por hacer sólo un poco de siempre necesaria demagogia, a dos de los soldados más mediáticos de entre los responsables de las torturas de Abu Ghraib les cayeron entre tres y diez años.

He usado la expresión “el por entonces soldado”: ¿estaba Chelsea ya ahí cuando filtró los documentos, fue encarcelada y sentenciada, si bien las acciones las cometiera el soldado Bradley, el aún-no Chelsea? “Quiero vivir como una mujer de nombre Chelsea”, dijo. Poco antes de ser detenida, envió una carta en la que informaba a sus superiores de lo mucho que sufría en relación a su género: luego se comentó que su homosexualidad era un secreto a voces, a pesar de que por entonces estaba prohibido que los gais declarados sirvieran en el ejército de los EEUU, y que discutía violentamente con sus compañeros. ¿Significa esto que Manning traicionó a la inteligencia de su país trastornado por sus “problemas de género”? ¿Que, de ser así, sus superiores deberían haberlo previsto, impidiéndole el acceso a la información confidencial? Al margen de que esto funcione como una oportuna estrategia de la defensa, veámoslo en cambio del lado de los fiscales: Manning era un hacker que sabía muy bien lo que se hacía, con la consciente voluntad de desvelar los crímenes de guerra perpetrados por su país, y que habría publicado la información en Internet con un alter ego femenino, “Brianna”.

Aquí empieza lo nuestro: su “aún-no-Chelsea” era ya un hecho en la red. Por eso tal vez haya que plantearlo no como un intervalo entre dos polos, masculino y femenino, que descompondría al sujeto Manning en una inestabilidad de tiempos y aspectos identitarios. Al contrario, ella se reveló en ese ámbito virtual que funciona como puente entre lo que no puede definirse, lo indecible, lo inimaginable, lo que era reprimido en el ejército, lo que ella misma pensaba y repensaba, dándole vueltas, cavilando qué sería, dónde ubicarlo (¿y si soy una mujer?), con su lugar en el mundo, con su nombre, su cargo, las fronteras, la legislación, el derecho penal y la estrechez de una celda militar. Ese puente es una imagen que es su verdad más propia, la más íntima, la que perfora su identidad histórica, la que atraviesa su género culturalmente definido, más acá incluso de la propia transición somática.

Lo virtual, la imagen que se revela por aglomeración de bits, es ya la verdad de cada sujeto aunque no se corresponda con la efectividad de los hechos. Hablar de ciberespacio, como lo demuestra el género cyberpunk, es hablar del inconsciente: sin tiempo, sin creación genuina, condenado a reciclar lo ya visto, donde los deseos se cumplen, donde los fantasmas retornan y la negación no existe, los tiempos se cruzan, las identidades se superponen, donde todo es sexo.

El espía que surgió del I.C.E.

La versión en castellano de Neuromante (Minotauro, 2007) se vuelve por momentos ilegible a causa de la pésima traducción de J. Arcolada Rodríguez y J. Ferrer Ramos.

Es tentador verlo como una polaridad cuerpo-alma, en donde el cuerpo es real pero está constreñido por la cárcel de la carne (o el modo en el que el lenguaje y los símbolos hacen cárcel con la carne) y el alma es su trascendencia, máxima expresión del sujeto porque supera el límite sensible a la vez que lo determina. Pero, se podría pensar, poder prescindir del cuerpo en el ciberespacio ¿no significa un grado extremo de alienación? ¿Una situación en la que lo vivido en la red cobra independencia respecto del cuerpo orgánico e incluso obtiene el valor de realidad que éste ve perdido? ¿Se cae en la farsa de que la vida real, el cuerpo físico, no sabe que cuando está conectado sigue respirando, sudando, comiendo y cagando? [email protected] no saben que sudan y cagan, pero lo hacen, dan ganas de decir parafraseando a Marx. Sin embargo, en tanto que virtualidad, el ciberespacio es un fantasma de la carne.

Cuando William Gibson escribió la que se considera la obra fundacional del género, Neuromante (Neuromancer), publicada en 1984 y la primera en ganar los Nebula, Hugo y Philip K. Dick, no tenía ni idea, se dice, sobre computadoras, incipientes en aquellos años, a pesar de aventurar conceptos que hoy manejamos como el de realidad virtual. La novela, una compleja trama sobre hackers, multinacionales e inteligencias artificiales ambientada en un futuro distópico, ofrece grandísimos hallazgos, un clima de cine negro de molde que es una oda al simulacro, y un muy poco carismático protagonista, Case, otrora jinete de la red, que hoy deambula consumido por la culpa y las deudas. Gracias a un nuevo y peligroso encargo ve restaurados los implantes de la estructura neuronal que le permite conectarse al ciberespacio, arruinada desde la misión anterior; sus actuales jefes le requieren para quebrar las defensas de ciertos programas informáticos y acceder a un misterioso objetivo… Esas defensas, esos cortafuegos, son llamados “hielo” o, en inglés, I.C.E. (Intrusion Countermeasures Electronics).

Case navega como nadie: mientras su cuerpo real es descrito como un semicadáver cuyas experiencias más interesantes sólo las obtiene gracias a los estupefacientes, sus recorridos a lo largo del hielo son de una intensidad visceral. Cuando por ejemplo se introduce en el software de la asesina cyborg Molly, puede sentir su dolor o su éxtasis como si fuera su propio cuerpo. ¿Es esto una advertencia, la tópica advertencia, de que la sociedad de consumo, el progreso descarnado o los medios de masas han anulado la capacidad de sentir nuestro cuerpo animal, o nos imponen el recurso a una aplicación para poderlo hacer?

Muy bien pero, ¿y si también es un canto hacia esas prótesis virtuales? La filosofía cyberpunk deja muy claro que no hay diferencia entre una vida somática y una vida en la imagen, por llamarla así, pero no porque la primera esté cada vez más consumida por el acoso de lo virtual, sino porque lo virtual causa y justifica, paradójicamente, al cuerpo real que es su soporte. Tal vez la gran cuestión no sea si realmente podemos experimentar la realidad más allá del simulacro, sino que, si todo es simulacro, ¿por qué seguimos preguntándonos por su más allá? Esta pregunta es la que debería conmover el género de la ciencia-ficción distópica. No es resignación posmoderna, es que, por decirlo con Kant saqueándolo un poco, imponemos un plus a la superficie fenoménica para hacerla no sólo accesible a nuestro intelecto sino, añado, que justifique nuestro circuito deseante. Esa máxima que reza ‘vemos lo que queremos ver’ se puede conjugar ahora como ‘ver es ya desear’, ya que sólo porque hay deseo podemos ver el mundo.

Y de la imagen del deseo habla Neuromante. Gibson describe el ciberespacio en el que Case se zambulle como una composición visual semigeométrica, de intensidades cromáticas y texturas sinestésicas: pero no hay una representación última de los programas o las inteligencias artificiales con las que interactúa. Una de ellas, por ejemplo, llamada Wintermute, para facilitar la comunicación se le presenta siempre en una mediación visual, es decir, en las vestiduras de personas conocidas y en escenarios ya vistos, extraídos de entre los recuerdos más recientes o más arraigados, ya que de otro modo no podría “darse a ver”. Así, Case goza de un momento íntimo, somnoliento y deletéreo, cuando puede volver a hacer el amor con Linda en un mundo tejido con recuerdos, o puede saborear el placer de asesinar a un antiguo enemigo aun sabiendo que es sólo una de las apariencias de Wintermute.

Hay otros elementos en la novela que insisten en este aspecto, como ese personaje con dos identidades, la real sepultada (reprimida) por otra, simulada por una IA que es la que en verdad controla el cuerpo (el hardware); o los hologramas que generan los implantes de Riviera, puros haces de luz que fantasean una serpiente y un alacrán disfrazando lo que en verdad es una goma que aprieta su brazo y la jeringuilla que inyecta heroína; o esos personajes que genera la realidad virtual, superponiendo rasgos de personas ya vistas (el niño que tiene los ojos de Riviera, etcétera) tras rebuscar en la memoria de Case.

Ilustración de Sy Mead (182) para Blade Runner: es lo más parecido estéticamente a las ideas de Gibson hasta la fecha. Se lleva años hablando de una adaptación de la novela que nunca se lleva a cabo; actualmente el proyecto está en manos de Vincenzo Natali, director Cube y de la infame Splice.

El camino de cookies amarillas

El universo desplegado en Neuromante va mucho más allá: hay aumentos cibernéticos, modificaciones genéticas por moda, drogas epidérmicas, estaciones espaciales con forma de huso como la que se ve en Interstellar, suburbios acosados por neones como los que se ven en Blade Runner (Gibson dijo que el mundo que había imaginado encajaba perfectamente con el que aparece en la cinta de Scott, aunque otras voces apuntan a que se dejó inspirar por ella), inteligencias artificiales con aspiraciones emancipatorias como las que aparecen en Ghost in the Shell, o escenarios oníricos que son áridos parajes conceptuales como en Inception.

Ante un mundo sintético en el que todo es pura apariencia, todo es referible, todo es un como otra cosa… ¿dónde hallar lo esencial? La respuesta es obvia: en las súper-apariencias. Incluso lo más propio de Case, lo más recóndito, que es su memoria, es decir, el pasado no concebido como historia sino como instancia psíquica, podría ser también simulada: no habría distinción entre los procesos sinápticos del cerebro y el sistema de aprendizaje y autoescritura de un programa informático, entre el sueño y lo programado, las fantasías propias y las inducidas. Las IAs almacenarían en datos los gestos, las decisiones, las preferencias o las obsesiones del sujeto, incluso sus lapsus, tal y como los buscadores de Internet almacenan cookies para facilitar, se lee en los mensajes de advertencia, la experiencia del usuario.

De este modo, la realidad virtual será para el sujeto lo más real, pero no porque en ella encontrará una experiencia más profunda, más esencial, de su yo (‘¡Facebook me conoce mejor que yo mismo!’). No: la realidad virtual es la verdad porque es la expresión del estilo del sujeto, el modo en el que la superficie visual del mundo es configurada, organizada, moldeada por él y, sobre todo, es el modo en el que le da un sentido y un significado acorde con sus posos de memoria, de deseo, con sus influjos, represiones, identificaciones y proyecciones que se activan en cada acontecimiento (‘¡Facebook me ayuda a tropezar con la misma piedra!’). Dicho de otro modo, a cada momento cualitativo de su vida (peligro, violencia, enamoramientos, euforia, decisiones agónicas, dolor, miedo, resacas químicas, orgasmos) el sujeto va a construirle una identidad virtual a posteriori en la que debe creer para que tenga efectos de verdad y encaje en su historia personal. Lo de Gibson es una oda a la superficialidad: no es una crítica ni una ironía, es una toma de postura que nos dice que la verdad se organiza en momentos que son siempre un paso en falso (un bug) que se rellena contingentemente mediante un rodeo.

Es como el gran Mago de Oz para la pequeña Dorothy y sus amiguitos: un acontecimiento sin causas aparentes, a priori sin relación con nada, una novedad radical que debilita toda estabilidad, significante vacío pero con efectos de verdad para otros significantes. La moraleja de esta historieta no es que, dado que Oz es una farsa, las virtudes que el espantapájaros o el león obtienen son, en realidad, fruto de su propio avanzar, de su camino de experiencia personal, del ingenio demostrado, del valor probado y no adquirido. En cambio, para que el león y las otras criaturas hayan podido desplegar estas características, era necesaria una trampa significante que les adjudicara, más allá de sus características explícitas, una identidad en la que creer como si siempre hubiese sido así. No hay más cerebro dentro de la cabeza de paja del espantapájaros que el que desde fuera se le dice que tiene, o una vir-tud que siempre es vir-tual.

El mago de Oz (1939), puro cyberpunk: más allá del arcoíris no hay nada, pequeña Dorothy.

Fin de la primera parte