Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay, es una inquietante novela que genera sensaciones a base del desconcierto por unos hechos misteriosos y sin explicación racional. Conoció una estupenda adaptación cinematográfica a cargo de Peter Weir en 1975.

Ocurre a veces que un terror a pleno día, surgido de la alteración de idílicas situaciones cotidianas, produce mucha mayor inquietud que el que tiene lugar en mitad de una noche cerrada. La costumbre por asociar horrores con tinieblas, por esperarlos en medio de ambientaciones alarmantes, lleva a que ese terror diurno y anómalo nos coja desprevenidos, indefensos y desconcertados. Este terror es el que practica, con suma elegancia, la australiana Joan Lindsay (1896- 1984) en Picnic en Hanging Rock (Impedimenta, 2011).

Se podría decir que este tipo de terror ha de ser elegante para ser efectivo. O por ser todavía más específicos: este terror ha de ser sutil. No tiene que postularse claramente, sino por medio de pequeños detalles que, puestos en conjunto, provoquen un recurrente escalofrío en la médula. Picnic en Hanging Rock es una novela en la que resultan más terroríficas las consecuencias que las circunstancias. Claro que para llegar hasta éstas primero deben de haberse producido unos hechos sobrecogedores. En este libro lo son todavía más por su carácter misterioso e indefinido.

Tres alumnas modélicas -Miranda, Marion Quade e Irma Leopold-, guapas, listas y de grandes fortunas, desaparecen una soleada tarde de San Valentín de 1900 sin mediar motivo ni explicación mientras exploran las inmediaciones de una región monolítica de gran antigüedad, Hanging Rock (en Victoria, región de Australia). Poco después, y en circunstancias todavía más extrañas, se evapora también su profesora de matemáticas, la cartesiana Greta McCraw. A raíz de esta cuádruple desaparición se iniciará una búsqueda, infructuosa en sus primeros estadios, que sólo arrojará algo de esperanza cuando una de las tres muchachas aparezca magullada y amnésica. Como si fuese portadora de una maldición, su reaparición provocará un cataclísmico estado de histeria colectiva que afectará a todo el entorno inmediato del colegio de señoritas Appleyard y a varios habitantes de los alrededores.

El no saber, y no comprender, lo que ha pasado será la clave de toda la historia. El misterio es tan sólido, las reacciones tan factibles, el drama tan devastador, que las dudas sobre la veracidad del episodio narrado perseguirían a Lindsay hasta su muerte en 1984. Las numerosas teorías que circularon en apoyo de una u otra tesis -veracidad contra ficción- son las pruebas más fehacientes del impacto profundo que originó la novela. Nada incomoda más al ser humano que la incertidumbre; en combatirla ha dedicado tiempos, esfuerzos y talento, y ha podido derrotarla parcialmente gracias a los avances científicos y de la tecnología. Por eso, contar algo que se sale de los parámetros conocidos, y que no contiene una respuesta fácil o racional, crispa los nervios. En el caso de Picnic en Hanging Rock, la explicación estuvo durante muchos años envuelta en una nebulosa. Sólo tres años después de la muerte de Lindsay se supo de la existencia de un capítulo aclaratorio -un tanto decepcionante- que iba a servir de resolución del enigma. El editor original tuvo el buen tino de no incluirlo en la edición de 1967, como también ha hecho la de Impedimenta de 2011, dejando al lector sumido en sus propias elucubraciones y turbaciones. El cierre de Picnic en Hanging Rock es tan perturbador, tan insatisfactorio a la hora de ofrecer certezas, tan desesperanzador, como el de Grandes esperanzas (1861) de Charles Dickens, otra novela con capítulo final retocado e idénticas impresiones globales.

Claro que Lindsay no realiza nada nuevo en la literatura: Ambrose Bierce escribió un cuento titulado Desapariciones misteriosas, en las que relata casos de ausencias abruptas. El estilo y el fondo pudo influir en la escritora australiana: Bierce narra los sucesos con cierto desapego e indiferencia, con una distancia que los hace todavía más horribles por cuanto parece que sean puras anécdotas sobre acontecimientos “normales”. Muchos años después, José Miguel Vilar-Bou presentaba para la antología Aquelarre La luz encendida, un cuento en el que también iban produciéndose desapariciones súbitas sin tener muy claros sus porqués. Además, la naturaleza imperturbable, ajena a las existencias que la rodean, fue reflejada por Ralph Adams Cram en El Valle de la muerte mejor que por Arthur Machen o Algernon Blackwood, dos autores que utilizaron marcos naturales para ofrecer soluciones místicas en las que el entorno se entendía como puerta o nexo de contacto con civilizaciones u horrores ocultos. El concepto de una Naturaleza diabólica en su impasibilidad y desinterés quizás albergue más puntos de unión con Ritual de David Pinner o con el espléndido relato de Lisa Tuttle Recorriendo el laberinto (puede leerse en Nido de pesadillas, Fábulas de Albión, 2015).

Las imágenes de este artículo pertenecen a la película de Peter Weir, cuya sofisticada estética (Bafta a la mejor fotografía en 1977) ha inspirado a cintas como Las vírgenes suicidas de Sofia Coppola (1999), y sin duda marcará la miniserie que se estrenará este año bajo la firma de la australiana Foxtel.

Con todo, hay un detalle de cosecha propia que magnifica la inquietud respecto de los casos mencionados: se trata del hecho, aparentemente incidental pero profundamente premeditado, como todo cuanto se lee en estas páginas, de que la mayor parte de las desaparecidas y de las víctimas colaraterales sean niñas. Lindsay es muy inteligente a la hora de presentarnos a Miranda, Irma y Marion; nos da tiempo y motivos para encariñarnos de ellas: del atavismo de una Miranda cómoda en cualquier sitio y con cualquier persona; de la curiosidad congénita de Marion Quade; de la dulzura desarmante de Irma Leopold… La decisión está pensada para dejar un vacío tremendo en el lector tras su repentina marcha; vacío que acelerará el deseo de que la historia termine bien, aun sabiendo que no va a ser así. Lindsay logra que la decepción se transforme en desolación conforme van avanzando las infructuosas pesquisas. El retorno de una de ellas se interpretará como una desilusión parcial, entre otras razones porque la niña que regresará no será Miranda a secas, la presencia sobre la que bascula buena parte de la tragedia, ese ángel que Madame de Poitiers, la profesora de francés, comparará con un cuadro de Botticelli en el epitafio que, sin saberlo, dedicará a la chica (la imagen será potenciada en la estupenda adaptación de Peter Weir de 1975, con la que el cine australiano se terminó de abrir al mundo).

Joan Lindsay en 1925.

Y así, casi sin pretenderlo, Joan Lindsay nos habrá internado en una historia sin moralejas ni éticas, más de sensaciones y de pulsaciones. Picnic en Hanging Rock es una novela que se sufre a flor de piel, uno de los casos de injusticia más flagrantes que haya narrado la literatura. Y un retrato primoroso de personajes.

La novela se abre con una relación de los personajes principales al modo de las intrigas de Agatha Christie, sólo que sin la mediación de asesinos ni asesinados. Está allí para que identifiquemos pronto a los protagonistas, para que asumamos cuanto antes el drama. Sí, es verdad que hay una huérfana desamparada (Sara Waybourne), la compañera de habitación de Miranda, y una madrastra que va hundiéndose en la desesperación hasta caer en la caricatura (la señorita Appleyard), y un héroe involuntario (Michael Fitzhubert) de carácter melancólico, y hasta un detective en apuros (Bumpher) y un pícaro a lo Dickens (Albert Crundall), todos ellos radiantes, deseosos de vivir, con perspectivas de futuro. La desaparición de cualquiera de ellos supondrá una calamidad. De eso trata precisamente Picnic en Hanging Rock, eso mismo declaman sus rocas impertérritas, sus jornadas calurosas, el discurrir de la vida natural que sigue su curso indiferente.

En este escenario de ensueño no hay mayor atrocidad ni mayor maldad, ni peor terror, que el de no saber si la vida nos depara un destino truncado.