John Martin, Satán presidiendo el Concilio Infernal, 1824

Libro descatalogado, ejemplar para coleccionistas, La raza futura, del místico Edward Bulwer-Lytton, influyó muy poderosamente en rosacruces, teósofos y nazis. El mismísimo Adolf Hitler se basó en sus teorías de superioridad racial mientras ordenaba la búsqueda de esa energía, llamada Vril, que contenía el interior de la Tierra y que era capaz de alentar a una civilización hiperdesarrollada. 

La raza futura (1871), de Sir Edward Bulwer-Lytton, debería figurar en los anaqueles de libros prohibidos. Al menos en esa sección de publicaciones malditas cuya lectura e interpretación han influido en movimientos literarios, ocultistas e ideológicos extremistas, capaces de manipular a una sociedad en un momento determinado de la historia. En La raza futura todo está servido para el asombro, pero también para el recelo: mundos subterráneos iluminados por extraños poderes, razas implacables capaces de destruir ejércitos con una energía desmesurada y un simple golpe de varita, y la constatación de que aquellos que una vez buscaron refugio en la oscuridad de las cavernas, quizá algún día vuelvan a reclamar su heredad.


Esta obra, hoy tan difícil de encontrar en las librerías, ha sido el libro de cabecera de rosacruces, teósofos, exploradores obsesionados con la teoría de la tierra hueca, místicos nazis defensores de la superioridad racial, e incluso, más recientemente, de algún que otro friki de Star Wars que vio en el todopoderoso “Vril” un remedo de la “Fuerza” de los caballeros Jedi. Misticismos aparte, La raza futura es una de las primeras obras de ciencia-ficción de la literatura inglesa; una historia que, bajo una artesonada cubierta utópica, esconde en sus páginas el terror de una distopía en la que rezuman, como un ominoso vaticinio, Darwin y sus teorías de la selección natural por el dominio de los más fuertes.

También es una novela de anticipación que, como señaló en su momento Bernard Shaw, adelantó temas tan sensibles como la emancipación de la mujer, el temible poder de la energía atómica y el genocidio racista. Sin embargo, ni Adolf Hitler ni la teósofa Madame Blavatsky, dos de los más conocidos admiradores y manipuladores del contenido de La raza futura, supieron ver el profundo trasfondo sociológico y filosófico que contiene esta obra, relegada al olvido durante décadas por el carácter maldito que le deparó ese excesivo aprecio que depararon a este libro los brujos nazis.

Edward Bulwer-Lytton, en un retrato de Henry William Pickersgill.

Edward George Earle Lytton Bulwer-Lytton (Londres, 1803-Torquay 1873) fue uno de los más destacados escritores de su tiempo, capaz de tocar todos los palos, desde la poesía y la dramaturgia hasta la novela, donde destacó con obras muy singulares que demostraron su pericia en géneros diferentes. Los últimos días de Pompeya (1834) marcó un antes y un después en la novela histórica, mientras que Zanoni (1842) sigue siendo hoy día un acertijo ocultista para los estudiosos, dubitativos a la hora de situarla en el género fantástico o entre los “manuales” masónicos del siglo XIX. Otra de sus novelas históricas, Rienzi. El último de los Tribunos Romanos (1835) fue transformada en ópera pocos años después por Richard Wagner y admirada por diversos pensadores de corte fascista en la primera mitad del siglo XX.

Aunque no era uno de sus fans más destacados, H. P. Lovecraft incluyó a Bulwer-Lytton en su canon personal, recogido en El horror sobrenatural en la literatura. A la vez que criticaba su “pomposidad” y “retórica ampulosa”, el maestro de Providence no dejó de subrayar el “singular encanto” de las historias fantásticas de Lytton “con base psíquica”, y la base simbólica de las mismas. Lovecraft se fijó también en el relato de terror más conocido de Bulwer-Lytton, la novelette La casa y el cerebro (1859; Impedimenta, 2013), incluido en la mayor parte de las antologías victorianas de terror. “Es uno de los mejores cuentos de casas encantadas escritos hasta la fecha”, dijo al respecto.

Tal amplitud de intereses literarios es un fiel reflejo de la agitada vida de Bulwer-Lytton. Los libros no le quitaron tiempo para dedicarse a la política, donde bandeó entre liberales y conservadores, y no le fue mal, pues ocupó durante mucho tiempo un escaño en el Parlamento y llegó a ser nombrado Secretario de Estado para las Colonias (1858). Su fama fue tal que, cuando el rey Otto de Grecia abdicó en 1862, le fue ofrecida la Corona griega. Sin pensarlo dos veces, Bulwer-Lytton rechazó tal honor. A su muerte, fue enterrado en la Abadía de Westminster. Fue en contra de su voluntad, pero también de la de aquellos que veían a este hombre de aspiraciones renacentistas como uno de los ocultistas más poderosos, y temibles, de su tiempo.

Y es que sus intereses reales estaban, además de en la literatura, en otros escenarios, mucho más sombríos y alejados de las luces y oropeles de la vida pública. “El ocultista más importante del siglo XIX”, lo denomina el especialista en lo oculto Gary Lachman. El también experto en teosofía Joscelyn Godwin lo califica como “la figura clave” en torno a la cual osciló el ocultismo de su época. Los rosacruces británicos llegaron incluso a otorgarle el título de “Gran Patrón” de su cofradía. Aunque el propio Bulwer-Lytton quiso eludir tal notoriedad y negó tal preponderancia entre los rosacruces, su presencia en los círculos esotéricos más importantes, así como su creencia en la eficacia de los rituales mágicos, lo sitúan en ese vórtice del ocultismo de la época victoriana, como bien se refleja en su obra literaria.

En concreto, Bulwer-Lytton facilitó la ósmosis a Gran Bretaña del renacimiento ocultista que se estaba produciendo en la Francia de la segunda mitad del siglo XIX. Zanoni muestra con detalle esa influencia del ocultismo galo como si esta novela fuera una sintética enciclopedia de conocimientos esotéricos, cargada de conceptos y pistas de platonismo, pitagorismo, neoplatonismo, la cábala, el mundo astral, las sociedades secretas, la fisionomía oculta, el mesmerismo, las enseñanzas de Cagliostro y de Jacques Cazotte, así como referencias a otros sistemas de iniciación espiritual.

La Sociedad Vril, de la que se supo sólo una vez terminada la Segunda Guerra Mundial por boca del alemán emigrado a los EEUU Willy Ley en un artículo de elocuente título (Pseudoscience in Naziland, 1947), se supone que fue un círculo escindido de la esotérica pre-nazi Thule Gesellschaft

A pesar de ese compromiso con el ritualismo ocultista, la fascinación de Bulwer-Lytton por este mundo de sombras nunca se convirtió en obsesión. El escritor siempre dejó claro su escepticismo sobre la presencia o participación de espíritus y demonios en esos ritos en los que le gustaba participar. Sí reconocía la existencia de ciertas fuerzas “desconocidas” que actuaban directamente sobre la voluntad humana y que, en algún momento, podrían ser interpretadas y explicadas por la ciencia. Esta es la esencia de La raza futura, donde una de esas fuerzas desconocidas, el “Vril”, sustentaba la creación bajo tierra de una civilización mucho más avanzada que las existentes en esos tiempos sobre la superficie del planeta y cuyo dominio no respondía a la magia ni la hechicería, sino a los superiores conocimientos científicos de esos habitantes intraterrenos. Precisamente, uno de los títulos alternativos que se utilizó en subsiguientes ediciones de The Coming Race fue el de Vril. The Power of the Coming Race, desplazando la atención del lector a la naturaleza de esa conjunción de fuerzas naturales que era el Vril y al riesgo de su empleo, y dejando en un segundo término las maravillas utópicas de la raza que dominaba su uso.

La raza futura relata las andanzas de un ingeniero estadounidense que, a través de una profunda mina localizada en una región que el autor se niega a desvelar, accede por accidente a un increíble mundo subterráneo habitado por una raza varios miles de años más adelantada que la civilización humana de fines del siglo XIX. El mundo de los Vril-ya, como se denomina a sus habitantes, parece, como se indicó, la feliz plasmación de una utopía de progreso. La tecnología permite a sus habitantes volar como pájaros y en aeronaves, sus comunidades viven en paz y no conocen ni el crimen ni las leyes; disponen de robots para las tareas cotidianas y la emancipación de las mujeres es total. Ellas son incluso más fuertes y altas que los hombres, y tienen igual o más capacidad de decisión que éstos. “La ‘gy’ (mujer) en cuanto a lo físico es mayor y más fuerte que el ‘an’ (hombre). En voluntad también aventaja a éste; es más resuelta que él. Como la voluntad es esencial para la dirección de la fuerza Vril, ella puede hacer sentir sobre él, más potentemente que él sobre ella, el místico elemento”, cuenta el narrador.

Los Vril-ya dominan esa fuerza que condensa todas las energías del universo y les permite, incluso a la edad más tierna, desde mover montañas a reducir a polvo a ciudades enteras. De hecho, son los niños y adolescentes los encargados, como parte de su aprendizaje, de acabar con las amenazas físicas para esa civilización, ya sea encarnadas en animales salvajes o en pueblos rebeldes. Niños omnipotentes, armados con las varitas de metal que les permiten manipular el Vril, fuente de todo poder. El conocimiento de la energía Vril constituía el vínculo más fuerte entre aquellas comunidades. La palabra A-Vril era sinónimo de civilización”, explica el protagonista humano. Y ahí está la clave del relato de Bulwer-Lytton. El autor no se deja engañar por ese carácter feliz y meticuloso de la sociedad de los Vril-ya, sino que empieza a indagar con inquietud esa insana realidad ambigua, donde todo el poder del universo está en manos de una raza. Una raza perfecta, extremadamente bondadosa con los suyos, sí, pero en todo momento dispuesta a acabar de un plumazo con cualquier cosa que amenace esa perfección, desde un lagarto gigante subterráneo a un pueblo enemigo que desafíe el “orden” reinante. La utopía deviene en distopía y el respeto en temor. Los más fuertes son quienes imponen su voluntad y su desprecio aséptico hacia los más débiles se convierte en la única ley. El protagonista empieza a advertir que, más tarde o más temprano, será inevitable un choque entre este mundo “feliz” y la imperfección que habita la superficie de la tierra.

Un choque que, no lo duda el ingeniero, se saldará con el exterminio de los habitantes de la superficie. Así lo corroboran sus anfitriones, que han tenido a bien perdonar, de momento, la vida del “intruso” exterior: Hay en nuestros antiguos libros una leyenda que en su tiempo fue creída por todos, según la cual fuimos traídos de una región que parece ser el mundo del que usted viene, a fin de perfeccionar nuestra condición y alcanzar el más puro refinamiento de nuestra especie, por medio de las terribles luchas que nuestros antepasados tuvieron que desarrollar y que, una vez que nuestra educación se haya completado, estamos destinados a volver al mundo superior y suplantar a todas las razas inferiores que lo pueblan”.

Para ello se servirían de esa potencia increíble, el Vril, producto del dominio de la gravedad, la electricidad, el magnetismo y otras fuerzas naturales, muy parecido a esa energía mitológica que narran el Ramayana y las ancestrales epopeyas de la India, capaz de crear mundos o de exterminarlos. Esta maravilla natural inspiraría el camino de algunos de los grupos ocultistas que alimentarían el Nazismo, como la Sociedad del Vril o la Sociedad de Thule, y que animaría a los científicos de Adolf Hitler, un gran lector de Bulwer-Lytton, a tratar de obtener esa fuerza sin límites y a investigar en el terreno de la energía atómica. De la misma forma, la belleza de los Vril-ya, de sus ana (hombres) y sus gy-ei (mujeres), inspiraría a los ideólogos nazis en su búsqueda de la pureza racial y el sometimiento de las que ellos consideraban como razas inferiores.

Supuesto retrato de Maria Orsic (apellido de dudosa grafía), joven croata emigrada en 1919 a Alemania, pronto simpatizó con los ramalazos místicos de los nazis. Se dice que habría sido una de las fundadoras de la Sociedad Vril, de la que se erigió como su médium, junto a otras jóvenes como Traute A o Sigurn, al recibir información en antiguo sumerio para ayudar así a Alemania a construir… platillos volantes. Esas instrucciones, y otras muchas, llegaban desde el planeta Aldebarán, además de otras noticias de seres alienígenas que se suponía eran los antepasados fidedignos de la raza aria. Por eso Orsic nunca se cortaba el pelo, pues le servía a modo de fibra de comunicaciones (¿será el flequillo de Trump en realidad una sofisticada antena?)

Mucho antes que a los ideólogos nazis, La raza futura llamaría la atención de Helena Blavatsky (1831-1891), quien no dudó en utilizar algunas de las ideas que expresó Bulwer-Lytton para conformar su propio corpus teosófico en sus dos textos principales: Isis sin velo (1875) y La doctrina secreta (1888). Ahí están las referencias al Vril y al cataclismo universal mencionado por Bulwer-Lytton. Una catástrofe de dimensión planetaria ocurrida en un remoto pasado, que llevó a naciones enteras a esconderse bajo la superficie del planeta, en vastas cavernas donde habrían evolucionado hasta extremos inconcebibles para las civilizaciones de la superficie. Su eco, como recoge Madame Blavatsky en su obra, se refleja en leyendas que aún hoy día resuenan por todo el mundo, desde los vastos túneles que horadan supuestamente los Andes, en América, hasta los míticos y espirituales reinos subterráneos de Shambhala y Agartha, en los confines de Asia.

Ese mundo subterráneo iluminado por el Vril, y que alberga a millones de seres dispuestos a retomar cuando llegue el momento su antiguo lugar sobre la tierra, acabará por espantar al protagonista de la novela. Ayudado por Zee, la “gy” que se había enamorado de él y de esa manera lo había sentenciado a muerte por pertenecer a una raza inferior, el ingeniero escapa por una abertura y alcanza los túneles de otra mina, donde sus trabajadores no sospechan de la belleza y el horror que se esconden a kilómetros de profundidad. El libro termina dejando muchas incógnitas sobre ese universo subterráneo, maravilloso y terrible a un tiempo. Fueron muchos los lectores, especialmente en la convulsa Europa de los años veinte y treinta del siglo pasado, que pensaron que Bulwer-Lytton contaba hechos reales o, al menos, escondía una clave en las páginas de la novela sobre la existencia de un mundo intraterreno y la posibilidad de acceder al mismo. La indudable vinculación de Lytton al ocultismo ayudó a que la leyenda se expandiera, al tiempo que se desvirtuaba el afán didáctico y moralista de la obra.

Es curiosa la atracción esotérica que ha tenido esta novela de Edward Bulwer-Lytton, y que no lograron otras creaciones literarias anteriores y posteriores sobre la tierra hueca, varias de ellas de indudable mayor calidad literaria. Ludvig Holberg, Edgar Allan Poe y Jules Verne abordaron este manido tema antes que Lytton. Después lo hicieron autores de la talla de George Sand o Edgar Rice Burroughs. Sin embargo, el impacto de los relatos “intraterrenos” de estos escritores, más conocidos que Bulwer-Lytton, no alcanzó las cotas de fascinante misterio de éste. La explicación puede estar en el cuerpo filosófico que deja La raza futura, mucho más susceptible de ser manipulado y convertido en una punta de lanza ideológica y mistérica.

No son muchos los lectores que en este umbral del siglo XXI se han detenido a saborear la increíble historia que nos ofrece Bulwer-Lytton en La raza futura, y, desgraciadamente, buena parte de quienes han oído hablar de la novela la relacionan inmediatamente con esas doctrinas teosóficas o totalitarias que la fagocitaron. Bueno, a Friedrich Nietzsche y Richard Wagner les ocurrió igual, pero ahí está su notable ascendencia intelectual y musical en nuestros días. Quizá haya llegado el momento de recuperar a Bulwer-Lytton y su libro de los polvorientos estantes donde aún se puede encontrar, justo en un tiempo en el que la capacidad de creación y a la vez de destrucción del ser humano ha puesto en una encrucijada la supervivencia de la actual civilización. Al menos, de la civilización que habita la superficie del planeta…