Ilustración de Eduardo de Jevenois para Fabulantes.

George Orwell escribió 1984, la distopía de distopías, como una sátira y no como una profecía, como ha querido interpretarse de manera recalcitrante.
Es una descripción pragmática del poder, a partir de la tensión dialéctica constante que reside en la dicotomía individuo-sociedad, y que se plasma en el control de la información a través de la manipulación directa del lenguaje y la resituación del cuerpo en el entramado social y urbano, causa y consecuencia entre sí.


La llegada de Trump al poder ha hecho que las ventas de 1984 (DeBolsillo, reedición de 2013) se disparen. Apenas un par de semanas después de su llegada a la Casa Blanca, la editorial Signet Classics tuvo que lanzar una nueva edición para satisfacer la demanda del libro. Como no podía ser de otra manera, Fabulantes no podía perder la oportunidad de lanzar, en un especial de distopías, un artículo sobre este clásico imprescindible para la literatura universal y la ciencia-ficción en particular.

Muchas veces se han contrapuesto, en el plano de las profecías políticas, Un mundo feliz y 1984. Sin embargo, es esta última la que ha logrado convertir el apellido de su escritor en un adjetivo habitual, cuyas connotaciones hacen que un escalofrío recorra tu espalda, levantes las manos y sientas en tu nuca la mirada de un voyeur a punto de matarte.

La explicación, quizás, se deba a la disparidad de ambos estilos. La escritura de George Orwell, más clara, sin adornos, excesivamente seca frente a las ampulosas descripciones de Aldous Huxley, mucho más interesado en los detalles científicos, genera en el lector una sensación de brutal realismo. En las páginas de 1984 casi puede palparse la suciedad; las imágenes son tan nítidas como viciadas por la degradación de un mundo al borde del derrumbe. Hay una cercanía social, más que científica; una aproximación que la utopía de Huxley sólo puede traducir con alegorías, a mi gusto, demasiado evidentes (olvida el hecho de que la satisfacción sólo puede perpetuarse en la carencia constante). Hay que recordar que para Orwell, tal y como explica en su ensayo de 1946 La política y la lengua inglesa, el lenguaje erudito y retorcido que corrientemente usan las élites inglesas no hace más que ocultar la verdad y legitimar el crimen disfrazándolo de justicia social (una forma exagerada de dar cuenta de esa imposibilidad de asimilar como experiencia algo poco articulable en nuestra cotidianidad). La sordidez de su prosa es pareja a la sordidez del mundo de Winston Smith y, en cierto sentido, ello hace que la distancia que podríamos tomar con Un mundo feliz se reduzca hasta sentir los ojos del Gran Hermano atravesando el papel.

Al enfrentar estas dos ópticas que, cada una a su manera, se hacen cargo de una hipotética configuración social, se descubre que 1984 no está escrita por un elitista obsesionado con el futuro, ni para una tribu de milenaristas científicos; tampoco es un humanismo pseudo-religioso. Orwell, si bien no de una forma ortodoxa, se enmarca en la tradición del marxismo. Poco le importaba el futuro más allá de ciertas acciones políticas que puedan llevar los agentes en la historia. Lo que significa, en resumidas cuentas, que su novela es una sátira, no una profecía, la conclusión histórica de cierta forma de pensar, o la defensa romántica del hombre contra el Leviatán social (reducir 1984 a la muerte del amor, del individuo como un soñador que se resiste a ser integrado, o cosas parecidas, es un burda simpleza). Basta un vistazo a los primeros capítulos de la novela para reconocer las intenciones de Orwell: una descripción pragmática del poder, a partir de la tensión dialéctica constante que reside en la dicotomía individuo-sociedad; una contradicción irresoluble que inundó no sólo el bloque soviético sino también el capitalismo de entonces y de nuestros días.

El pulido trasfondo de 1984 se percibe mejor cuando descartamos esa visión apocalíptica e irreflexiva. No hace falta la programación genética, ni ninguna técnica científica o pavloviana para manipular la naturaleza de la mente. Tampoco infundir terror en la sociedad hasta que finjan creer lo que la versión oficial estipula en los boletines informativos. Los habitantes de la distopía orwelliana no viven aterrados. Todos están convencidos de la felicidad que viven y, en este sentido, la vigilancia no es un método, en verdad, eficiente. Nadie desea, como da a entender Winston en un lapsus frente O’Brien, que la telepantalla se apague (una pregunta tan inocente y, a su vez, tan comprometedora).

Este firme convencimiento de las personas se sustenta, o al menos así puede deducirse de la distopía de Orwell, en un pilar: el control de la información. Es difícil resumir en un párrafo la sutil gestión de la opinión que llevan a cabo las élites de Oceanía, la piedra angular que sostiene toda la novela. No obstante, merece la pena dar unas cuantas vueltas al epicentro en torno al cual se erige 1984. La lectura que quiero proponer aquí es tan personal como difícil de resumir en pocas líneas. Me contento con dar unas pequeñas pinceladas que estimulen la imaginación y las ganas de discutir de quien se sumerja en la pesadilla de Orwell.

Este control de la información se manifiesta en dos sentidos. La manipulación directa del lenguaje y la resituación del cuerpo en el entramado social y urbano se superponen, son causa y consecuencia entre sí, sin poder ser diferidas la una de la otra.

La neolengua: la manipulación de doblepensar

Es casi de cultura popular saber que el idioma que se trata de imponer en Oceanía es la llamada «neolengua». Como dice un camarada de Winston, la «neolengua» es la única lengua que destruye, con cada edición del diccionario, palabras y estructuras gramaticales hasta simplificar el lenguaje en una retorcida síntesis que tiene como fin estrechar el mundo que habitan los miembros del Partido, fomentar una alienación desde la misma función que organiza la realidad. Esta destrucción, curiosamente, no es una censura (tal y como la entendemos por lo general), sino que se trata de aplicar a términos concretos una gran carga significativa, de forma que con una misma palabra pueda designar un significado y su contrario a la vez.

Es imposible abordar la «neolengua» sin reconocerla como un reflejo de la propaganda de nazis y soviéticos, los cuales estudiaron cómo bastaba cambiar la palabra para que tras ella fuese el objeto designado por el individuo. Así es que la libertad se ve limitada, no por coacción o «recortes de censura», sino por falta de pensamientos, por pura incapacidad para poder designar un contenido a una idea. La memoria, la identidad y la realidad se reconstruyen a partir de esta manipulación lingüística.

¿No es contradictorio que dotar a las palabras de mayor significado provoque menor capacidad denotativa? Los conceptos de la «neolengua» son más abstractos en tanto que adoptan una mayor polisemia y, en cuanto tal, quedan completamente vacíos por no poder usarse con precisión por requerir un acto de voluntad para pulir, a su vez, todas estas connotaciones. Hablar, después de todo, es tomar la decisión de decir algo frente a otras tantas posibilidades que se niegan. Si para Funes «el Memorioso» (J. L. Borges, 1944) conocer era olvidar, siguiendo la misma regla, hablar es decidir no decir algo frente a algo que queda sin ser nombrado. Pero, en Oceanía, esa decisión no la toma el hablante, sino el Estado.

La apabullante flexibilidad de la «neolengua» y su sencillez la hacen un arma de manipulación infalible. La dimensión valorativa del lenguaje pertenece por entero al Partido, y la decisión de un significado u otro no pertenece al individuo, quien en la incertidumbre se agazapa sin conocer la respuesta, tan siquiera la pregunta. Esto es el doblepensar: el desconocimiento amparado por el saber y un conocimiento que se funda en la necedad, proseguir con las actividades sociales sin poder pensar la alternativa, pues la alternativa es también parte del sistema. El individuo se somete a la tensión de pensar una cosa y la contraria, de forma que nada sea imposible, no haya una verdad matemática, y los acontecimientos que los periódicos inventan puedan darse con una normalidad pasmosa. Hoy muere alguien, y mañana puede resucitar, pues nunca estuvo muerto: está muerto y vivo, y depende de cual sea la percepción del Partido, la memoria la acatará sin rechistar.

¿En qué mundo puede desembocar un pensamiento semejante? En uno no demasiado distinto del nuestro. A diario somos víctimas de una historia reconstruida, de un lenguaje informativo y políticamente correcto que conduce nuestra opinión a la ignorancia, de un espectacular juego de neón que nos hace consumir una realidad efímera. Aquellos que pretenden encorsetar la crítica de Orwell al socialismo estalinista (una lectura, por otro lado, no desacertada) olvidan que la denuncia de 1984 puede ser extrapolado a cualquier otro sistema. Ofrecer una interpretación unidimensional de la esclavitud que Orwell retrata, es sucumbir a la frivolidad de creer que la felicidad no implica el miedo de perderla, que la seguridad no conlleva el terror a ser descubierto en un renuncio hacia las instituciones. La delgada línea que separa la utopía de la distopía es aquella que el Partido quiere borrar. Lo mejor y lo peor. He ahí el doblepensar.

Más mecanismos de control del individuo

Es casi una obligación del lector que, a la par que avanza en la trama, reflexione con Winston sobre las posibilidades de no ser descubierto y seguir siendo una «minoría de uno» viva. A poco que lo piense, caerá en la cuenta de que el doblepensar es la clave de la persecución. El pensamiento inducido por el Partido es el mismo causante del crimental. La paranoia que sufre Winston es un producto social, el aceite de una maquinaria que vive de la persecución, que encuentra su razón de ser en una afirmación constante del poder sobre los individuos y, para ello, necesita que ellos mismos sean partícipes de su culpabilidad, que siempre exista enemigo, que siempre haya guerra. Un ejemplo histórico ilustra, de forma paroxística, este Estado que se legitima gracias a la confrontación constante y a la persecución: la Kampuchea Democrática (1975-79) y la obsesión de Pol Pot por encontrar el «enemigo interior».

Sin embargo, no es esta dialéctica sólo un aspecto meramente psicológico. Había antes incidido en que el control de la información se llevaba a cabo a través de ese dardo envenenado que es el lenguaje, pero también a partir de las técnicas de resituación de los cuerpos. Con este concepto me refiero a la posibilidad de generar una vivencia concreta respecto de uno mismo controlando el cuerpo y su entorno, algo que todo sistema político sabe hacer más o menos toscamente.

Las descripciones de los espacios, la arquitectura de los edificios, la claustrofóbica atmósfera de la habitación 101, la amplitud del campo en el que se encuentran Winston y Julia, la fantasmagórica presencia del pasado que hay en el cubil que alquilan para sus encuentros… Orwell no plasma el estado psicológico en el entorno de sus protagonistas. Al contrario, los espacios definen, encierran y dan alas a la psicología de los personajes. ¿Por qué no tener contenta a la gente, dando la ración de chocolate que merecen, o las cuchillas de afeitar que necesiten? Porque la pobreza, los edificios al borde del derrumbe, la falta de luz son medios que abocan el cuerpo a la alienación. Pareciera, entonces, que Orwell diseñó la novela de una forma bastante contraintuitiva, pero a la vez muy interesante: generó una atmósfera, unos espacios determinados, un puesto de trabajo grisáceo y en contacto con la piedra angular de todo el sistema (el lenguaje a través de los medios de comunicación), y a partir de ahí diseñó un personaje que se adaptara a estos huecos, introduciendo en él, a su vez, la semilla de la discordia, el conflicto que siempre debe ser lo que impulse una novela al desenlace.

El Poder Total

Como buen marxista que era Orwell, considera el sistema de opresión del Gran Hermano como un adoctrinamiento, una gestión de todos los aspectos de la vida, hasta el detalle más ínfimo, y no sólo ciertas actividades sociales y económicas. Y así, aunque el cuerpo nunca podrá ser sometido y borrado como reducto de la individualidad, el Partido sí que puede manipularlo hasta el punto de que sienta lo que debe sentir; que su memoria, las cicatrices que en él dejen el tiempo y la experiencia, puedan ser sustituibles por otras.

Si la primera parte de 1984 incide en la disciplina cotidiana de la conducta, en las aparentemente inofensivas técnicas de control, la segunda se centra en cómo el Estado toma control directo y claro del cuerpo del individuo para reinsertarlo en una sociedad que no puede permitirse la más mínima desviación (programada por ellos mismos). La verdad que reside detrás de esta conversión forzada se revela en la conversación que el protagonista mantiene con O’Brien. Dos tesis son remarcables por la claridad expositiva de Orwell y porque eliminan, en cierto sentido, la estigmatización política que 1984 ha sufrido con el tiempo.

La primera de ellas es que no hay finalidad alguna en este ejercicio del poder. Las intenciones del Partido no son la felicidad, la justicia, ni la estabilidad. Se trata de ejercer un poder total que sea capaz de controlar incluso las variables físicas. La verdad, igual que las confesiones, se crea, y existe un pleno convencimiento de ello. No se finge, se acepta la verdad de que «El objeto de la persecución no es más que la persecución misma. El objeto de la tortura sólo tiene como finalidad la misma tortura.» Sólo la colectividad es capaz de generar este poder, y para ello debe “curarse” de los elementos que lo distorsionan. ¿Qué finalidad puede haber detrás de la necesidad de supervivencia? ¿Qué ocurre cuando una colectividad hace uso de esta legitimación de la vida? La violencia y la dictadura se justifican por la naturaleza de sí mismas, y el poder se quiere como un fin, no como un medio. La tecnología del poder en todo su esplendor.

Hasta aquí, no hablamos más que en un plano muy teórico que podemos asumir como parte de un agudo análisis de Orwell sobre la anatomía del poder. El momento más espeluznante del interrogatorio de Winston es el momento en que O’Brien le pregunta, adquiriendo un tono con tintes expresionistas, cómo un hombre puede ejercer su poder sobre otro. La respuesta es inquietante y terriblemente obvia: «Haciéndole sufrir». Quizás la ampulosa fantasía que vivimos a menudo logre paliar, como un analgésico, y desplazar esta cuestión considerándola sólo un caso extremo, una manifestación del poder del Estado a un grupo muy reducido de personas que, si acabaron sin dientes en comisaría, «algo habrán hecho». Sin embargo, esta lógica puede ser más retorcida cuando se proyecta sobre la vida cotidiana. Si recapitulamos lo dicho, las formas de las ciudades, el fomento de la atomización de los individuos en calles anchas e hiperpobladas, en centros comerciales que constituyen verdaderas fábricas de consumidores amoldados (literalmente) a los productos que se ofertan… no deja de ser un sufrimiento mitigado por dosis endulzadas de breves de satisfacción. Bajo él hay intensas jornadas laborales, la incertidumbre de no saber si mañana podré saciarme tanto como ayer y la paranoia constante de que somos objeto de la peor farsa kafkiana. En última instancia, O’Brien lo dice claramente: hay que controlar la materia, el cuerpo, para poder controlar la mente, que emplea la información como soporte de la realidad. Se puede decir sin miedo a exagerar que no pude existir un estado sin tortura.

Controlar el receptor, controlar el mensaje. No hace falta nada más, y la asfixiante atmósfera de Orwell halla aquí su fuente de inspiración. Si es capaz de generar esa aprensión en el lector es porque juega con todo aquello que sentimos cotidianamente y nos resistimos a articular en pos de la seguridad de una vida que es, a su vez, una impostura. Creo que, aunque sea por esta pericia de Orwell para iluminar los resquicios oscuros de nuestra alienación, al menos desde el punto de vista político, 1984 es una verdadera obra maestra que merece ser tan disfrutada como «sufrida» por cualquiera que quiera cuestionarse a sí mismo.

Extracto de la entrevista documental sobre Orwell de la BBC, se puede ver completa desde este enlace