Jaybird, multipremiada obra de los hermanos Lauri y Jaako Ahonen, inquieta desde la planificación de sus primeras páginas y crea en poco más de 70 páginas una opresiva atmósfera que recuerda a películas como Psicosis de Alfred Hitchock o ¿Qué fue de Baby Jane? de Robert Aldrich

Portada de Jaybird en la que ya queda claro el carácter agobiante del cómic

 

 

En el arco de tres años, los hermanos finlandeses Lauri y Jaako Ahonen ganaban algunos de los mejores premios del cómic por su trabajo en Jaybird (ECC Ediciones, 2015). Aunque los premios rara vez son indicativo de la calidad o méritos de una obra, sirven para tomar el pulso a ciertas tendencias o para dar a conocer, en el mejor de los casos, a artistas con talento o con algo que contar. Prometen mucho los Ahonen no sólo por su maña, sino sobre todo por la forma en la que plasman en cómic un tema socorrido, muchas veces explotado en algunas obras maestras del cine (como Psicosis o ¿Qué fue de Baby Jane?): el de la soledad derivada del aislamiento.

En el palmarés de Jaybird figura un premio máximo en el Salón de Lucca (2014), uno de los más aguerridos del Viejo Continente, y un par de distinciones de máximo nivel en su país natal (2013). Asimismo, cuenta con una trayectoria en Estados Unidos digna del mejor sueño americano: una modesta campaña de crowfunding, resuelta favorablemente en su último tramo, situaba al cómic en la meca del noveno arte. Su bendición oficial llegaba después de la mano de Dark Horse, y le catapultaba hasta San Diego, en cuya Comic Con quedó finalista en dos categorías de los prestigiosos Eisner. La historia indudablemente sería bonita, y atraería al Hollywood de Meg Ryan o Anne Hathaway, si no fuera porque el trasfondo de su narración no admite princesas, carrozas ni buenos chicos con sonrisa ancha. Insistimos: Jaybird se compenetra mejor con Norman Bates y Baby Jane.

Como pasa con los dos psicópatas, hay algo inquietante en los rasgos aniñados del arrendajo protagonista. La inocencia del pequeño, embutido desde el inicio en lo que parece un delantal de preescolar, es el primero de los detalles que crean una sensación incómoda en el lector. Jaybird (“arrendajo” en inglés) está totalmente fuera de lugar con ese uniforme cándido, símbolo de su desconocimiento del mundo, mientras realiza las innumerables tareas del hogar. Su primera aparición ya lo muestra delicado, indefenso, abrumado por el peso de la tradición familiar.

Los Ahonen, Lauri a los lápices y al dibujo digital, y Jaako al guión, apuestan por pocas y grandes viñetas o por dibujos a doble página. El arranque es espectacular: cuatro dobles láminas con hileras infinitas de retratos familiares acaban bruscamente en una esquina oscura, que limpia con un quitapolvos y evidentes dificultades el pequeño arrendajo. Este comienzo aprovecha las posibilidades de las contracubiertas interiores de una manera que sólo supieron hacer ciertos libros ilustrados o de “sigue la historia” de la década de los ochenta y noventa. El efecto logrado es el de suscitar congoja.

Desde un momento temprano, casi desde que giramos el segundo par de páginas, sufriremos una muy acentuada sensación de angustia y claustrofobia. El estudiado arte de los hermanos Ahonen se enfoca en la construcción de una atmósfera opresiva que va haciéndose más irrespirable conforme se avanza en la lectura. No tardamos en descubrir que el arrendajo vive con una madre inválida, que se comunica con él mediante un sistema de campanas que recorre todo el pasillo. Esta novela gráfica es casi muda, pero uno se siente francamente incómodo con el repicar silente y apremiante de tanto badajo dispuesto para acentuar el control materno. El grito de estas campanas es una prolongación del de la madre. Tirar del cordel puesto al lado de su cama es exhortar al joven hijo a cumplir con presteza la orden o el capricho de alguien que se deleita en el miedo del retoño. Es más, como iremos comprobando a cada paso, es dicho miedo el que alimenta y da sentido a la existencia en una casa que, como la de la señorita Havisham de Dickens, vive congelada en un glorioso pasado que ya es sólo telarañas.

La perspectiva en Jaybird importa. Muchas de las viñetas están planteadas para dar la impresión de que el pequeño arrendajo es espiado por alguien “de fuera” a través de las rendijas de las ventanas tapiadas. El exterior está lleno de peligros y amenazas que acechan y hieren con su mirada de basilisco. Los extraños sólo traen mal, desgracias y destrucción: la madre habla expresamente de guerra, y las láminas adquieren un confuso color negro, donde las formas se entremezclan en una amalgama de puntos y líneas. Al contacto con ese exterior, el trazo se vuelve violento y amorfo, pues representa la mirada de un niño que reconstruye esos riesgos desde su imaginación. El pequeño sólo admitirá la presencia foránea de una tarántula, su única comunicación con el mundo.

La noche no arrullará al pequeño arrendajo en su cubil, en su minúscula habitación-trastero para las escobas, sino que traerá consigo la intranquilidad del insomnio y la claridad de ideas distorsionadas de largas veladas sin sueño. Al final, todo acabará al gusto de Norman Bates, de Baby Jane. El proyecto universitario de Lauri Ahonen seguirá viviendo más allá del cierre de sus cubiertas, minando la confortable seguridad del lector. Haciéndole dudar de la veracidad de cuanto acontece de puertas para afuera.

A veces, el cómic adopta estos tonos oscuros y confusos para representar los miedos y la impresión que, sobre el exterior, tiene el pequeño arrendajo.