Ilustración realizada por Hittouch para Fabulantes

La Navidad es una festividad que traspasa el espíritu incluso del más amargo y misántropo ser humano. Bien lo pudo constatar Ebenezer Scrooge, el avaro de la inmortal novela de Charles Dickens Canción de Navidad (A Christmas Carol, 1843) o muchos de aquellos escritores que encontraron en la festividad un campo de cultivo para sus oscuras fantasías y ensoñaciones. Un ejemplo claro es el erudito M. R. James, aficionado a contar, y regalar, historias terroríficas imperecederas y excelentes a sus alumnos de Eton durante el periodo navideño. No debemos olvidar tampoco al monstruo contemporáneo Grinch, creado por el escritor infantil Dr. Seuss (How the Grinch Stole Christmas, 1957) y que hoy es un icono literario y cinematográfico. Al Grinch volveremos al final de este artículo.

Asimismo es muy difícil no remitir al ballet en dos actos del compositor ruso P. I. Tchaikovski El Cascanueces (1892), por ser una de las obras más representada por estas fechas. La historia es una revisión del clásico El Cascanueces y el Rey de los Ratones de E. T. A. Hoffmann (Derr Nussknacker und Mauseköning, 1816), que nos adentra en una fantasía grotesca y navideña a la vez, aunque el libreto operístico se basara en la revisión del cuento efectuada por Alexandre Dumas (padre).

Ilustración clásica de El Cascanueces y el rey de los ratones

Es nochebuena: Marie y Fritz Stahlbaum han recibido sus regalos. Ella recibe una hermosa muñeca nueva y Fritz húsares nuevos para su ejército en miniatura. Poco después de ver el gran regalo mecánico que siempre obsequia el padrino Drosselmeier por Navidad, Marie descubre debajo del árbol un hermoso cascanueces con la forma de soldado uniformado, que el señor Stahlbaum adjudica a los hermanos como regalo por igual. Fritz, al ver al hombrecillo, le rompe la boca con una nuez demasiado dura, y Marie estalla en llanto por la herida causada al juguete. De este modo, lo relega a una vitrina, herido; es entonces cuando el soldadito se encuentra de lleno con un ejército de ratones comandados por un horrible roedor de siete cabezas dispuesto a destruirlo. Ante la afrenta, el cascanueces lidera el ejército de muñecos y soldados en miniatura propiedad de Fritz, que termina en una aparatosa derrota que por poco acaba también con la vida de la pequeña Marie.

De E.T.A Hoffmann ya hemos hablado. Sus El hombre de arena o El Magnetizador son obras de un desenfado y naturalidad fascinantes. Como refiere Irene Martínez en este último artículo, Hoffmann jamás desarrolló la literatura como profesión; de hecho, es su falta de pretensión literaria la que lo hace ser aún más rico en significados. En El cascanueces es continua la referencia al lector, que Hoffmann identifica varias veces como un lector infantil encandilado, como sus protagonistas, con su historia. El padrino Drosselmeier es un alter ego del propio autor dentro de la narración (Hoffmann desarrolló en vida diversas profesiones, una de las cuales fue jurista, al igual que Drosselmeier). De este modo, es fundamental habituarse al sistema de cajas chinas que realizará el alemán: en primer lugar, somos los lectores infantiles quienes leeremos la narración de la historia, y, en segundo lugar, son Marie y Fritz quienes escuchan a Drosselmeier contar “el cuento de la nuez dura”, para que comprendan el origen del Cascanueces. De esta forma, los hilos que separan la ficción de la realidad se harán mucho más débiles, pues cuando leamos seremos a su vez infantes encantados buscando la misma fantasía que los niños Stahlbaum escuchan por boca de su padrino.

Lovecraft apunta a propósito de Hoffmann: “(Sus) famosos relatos y novelas […] son el prototipo de la riqueza de fondo y la madurez de forma […] En líneas generales, expresan más lo grotesco que lo terrible[1]”. El autor se esmera muchísimo en crear una atmósfera harto irregular, extravagante y cruel. Tanto en el caso de las batallas como en las intervenciones del cascanueces en la vida real de la casa Stahlbaum, el narrador se mantiene a raya con leves toques terroríficos muy sutiles para un cuento infantil. Esta querencia por lo siniestro puede observarse específicamente cuando describe al rey de los ratones: “Pues escuchad ahora, niños, a sus pies [de Marie] comenzaron a brotar, como impulsados por una fuerza subterránea, cal y ladrillos rotos, y asomaron por el suelo siete cabezas de ratón con siete coronas brillantes, silbando y siseando de la manera más horrible. Poco a poco fue asomando el cuerpo, en cuyo cuello se asentaban las siete cabezas[2]. Esta descripción contrasta portentosamente con el desarrollo de la historia en el llamado “reino de los muñecos” al que es llevada Marie por el cascanueces.

El Cascanueces y el rey de los ratones, ilustrado por Roberto Innocenti

Hoffmann, como un gran demiurgo, pondrá fuertes temáticas en un ambiente infantil y grotesco. Digno de mención es el encuentro en la gran capital del reino, en la plaza. Allí reina el desorden; es una plaza de estilo medieval, con mercaderes y comerciantes. En medio del alboroto, el alcalde grita: “-¡Confitero! ¡Confitero! ¡Confitero!-” y todo el mundo queda en silencio. Marie no puede evitar preguntar al cascanueces quién es ese confitero, y como respuesta, el hombrecillo de madera explica: -“¡Ah, mi señorita Stahlbaum! Aquí se llama confitero a un poder desconocido, pero espantoso, del que se cree que de los hombres puede hacer lo que quiere; es la fatalidad que gobierna sobre este pequeño pueblo alegre […]. De repente cada uno ya no piensa en nada terrenal, en empujones o chichones, sino que se conciencia y dice: ¿Qué es el hombre y qué va a ser de él?“- Así, tal y como señalado por Caranci Sáez en su texto sobre El hombre de arena, Hoffmann concluye sus personajes con el golpe lacerante del destino, que es la fuerza insoslayable y punitiva al que cada persona se ve enfrentada, y que el autor no pierde oportunidad de aplicarlo, en esta ocasión, a la forma infantil.

La tradición romántica alemana también se jacta de ciertos elementos similares a los utilizados por Hoffmann. Los hermanos Grimm en Hansel y Gretel, por ejemplo, ponen la casa de la vieja bruja hecha totalmente de pan de jengibre y otras delicias, al igual que Hoffmann con sus pueblos de Pfefferkuchheim y Bonbonhausen, que son bañados por ríos de miel, limonada, mermelada, etcétera. Y es que el Sturm und Drang se dedicó a recopilar todas aquellas leyendas y cuentos de hadas que poblaban la imaginación de la gente. Hoffmann como romántico, disfruta y celebra aquella mezcla extravagante y a veces cruel de un mundo que es a su vez infantil y grotesco.

Todo lo que se narra en El Cascanueces obedece a una estética de fantasía grotesca infantil. El cuento desde un principio tiene como único objetivo el contar a los niños una historia entretenida y ágil, pero con tintes oscuros y en cierto grado adultos. A los lectores de hoy puede resultarnos un cuento un poco anacrónico, pero es indudable su influencia: vemos sus toques extravagantes, por ejemplo y por citar un único caso, en el ya mencionado Grinch, pues es imposible negar que, al menos en la versión cinematográfica del año 2000, los decorados y las entrañables trenzas de Cindy Lou nos hace recordar tenuemente a la tierna Marie. Resulta atinada la observación de Lovecraft cuando se refiere a Hoffmann como escritor de una brillantez absoluta, con una “riqueza de fondo y madurez de forma”: más que lectores, nos hace grandes observadores y, junto con los pequeños hermanos Stahlbaum, también protagonistas.

NOTAS:

[1] H.P Lovecraft. El horror sobrenatural en la Literatura. Valdemar, 2010.

[2] Para este artículo, me he basado en la traducción hecha por José Rafael Hernández Arias para Valdemar presente en Cuentos Fantásticos del Romanticismo Alemán, 2008, que también incluye La maravillosa Historia de Peter Schlemihl, entre otros.

Retrato de E.T.A. Hoffmann