La leyenda de Sleepy Hollow se ha convertido en un clásico de Halloween. Washington Irving ambientó su más famoso relato por esas fechas. Es uno de los primeros cuentos estadounidenses de la literatura

Sleepy Hollow, Ilustración realizada por María Emegé para Fabulantes

La identidad de una nación no se calibra por su sangre derramada ni por la estatura de sus glorias heroicas sino por la variedad y riqueza de sus mitos y leyendas. Para construir una identidad nacional, los patriotas teóricos rebuscan primero en cancioneros y en el folclore: son los puntos en común de un pasado remoto de supersticiones los que más eficazmente configuran el corpus necesario para dar empaque a las pulsiones nacionalistas.

No debe sorprender que, en pleno auge nacionalista, cuando las fronteras trazadas en mapas durante siglos empezaran a zozobrar por el impulso de nuevas ideas de raza y libertad, abundasen los buscadores de leyendas. En el Romanticismo, Ludwig Tieck construyó desde su Phantasus (1812-16) un primigenio pangermanismo lleno de elfos y otras criaturas mágicas que campaban mano a mano, codo con codo, con sus equivalentes humanos en un totum revolutum de razas elegidas. Por aquella época, también Washington Irving recorría ciudades, catedrales o cementerios europeos en pos de viejas historias que trasladar con propiedad a su propia tierra, unos Estados Unidos jóvenes que precisaban de leyendas.

Su grand tour europeo dio como resultado Libro de apuntes (1819). Su mismo título indica una voluntad arquitectónica. Es la obra de un observador curioso y atento. No en vano, Irving llegó a escribir sobre sí mismo: “Soy un inveterado viajero, he leído algo, visto y oído mucho, y soñado mucho más”.
Los sueños de Irving pasaban por dotar de personalidad a la patria en la que había nacido en 1783, hijo de dos inmigrantes ingleses profundamente devotos de la figura de George Washington. Tocado por tanto con el halo de la leyenda ya desde la cuna, Irving tuvo siempre la mente abierta a las historias populares. En compañía de Cecilia Böhl de Faber, la Marquesa de Arco Hermoso a la que la posteridad literaria reconoce por su seudónimo Fernán Caballero, pudo escuchar muchas en su vagar por tierras españolas. Irving fue embajador en España durante la presidencia de John Tyler, entre 1842 y 1845; antes había sido secretario de dicha legación durante tres años. Esta prolongada estancia le convertiría en un consumado hispanista, conocedor de las costumbres, el idioma y el espíritu de los habitantes de la Península Ibérica. Por eso, su obra cumbre, Cuentos de la Alhambra (1832), tiene un nítido poder de evocación que sólo logran quienes son capaces de trasladarnos a épocas exóticas sin haberlas vivido necesariamente.

Edición de Celeste Ediciones 1

Para escribir su cuento más famoso, merced quizás a Tim Burton o a Arthur Rackham, La leyenda de Sleepy Hollow, Irving no necesitó alejarse mucho de su Nueva York natal. Ambientó la acción en el valle del Hudson, en una región llena de silencios y donde la vida transcurre con indolencia. Así lo describe el autor: “[El valle era] casi una arruga entre dos grandes colinas, que no tiene paragón, por su tranquilidad, con muchos otros sitios de nuestro planeta. Lo atraviesa un arroyo con ese suave ronroneo que invita al descanso. Y los únicos ruidos que turban su paz son, acaso, el canto repentino de una codorniz o el pico de algún pájaro carpintero sobre un tronco“. Es un paraje bucólico, idílico, en el que se construyó en 1835 una casita, Sunnyside, hoy museo dedicado a su memoria, un pedazo de paraíso, como indica su nombre, emplazado en este remanso de paz que sin embargo “es un escenario donde danza con sus secuaces el demonio de la pesadilla“.

Una de las caraterísticas menos comentadas del célebre cuento es que, en verdad, narra la historia de dos fantasmas. O mejor dicho, de uno inesperado.

The Headless Horseman, por Arthur Ignatius Keller

Porque si es verdad que el Jinete pulula como heraldo de venganza por esa región de ensueño, todavía desfasada y de tradiciones autárquicas, no es menos cierto que por sus verdes campos trota también el espigado maestro de escuela Ichabod Crane. Irving presenta así a su personaje: “El nombre de Crane [grulla, en inglés] le encajaba como un guante. Era alto, muy flaco, de hombros estrechos, brazos largos, piernas largas, manos que se alejaban un kilómetro de sus mangas, pies que se podían usar como palas. Su figura era destartalada. […] Su cabeza era pequeña, chata en la cima, rodeada por dos grandes orejas, con dos enormes ojos verdes y vidriosos incrustados en ella. Su nariz era larga y parecía buscar algo en el suelo […]”. En la siguiente frase entendemos por qué se bautizó a uno de los villanos más icónicos del panteón de Batman con sus rasgos y apellidos: “Cualquiera que le viera en un día ventoso […] habría creído que […] algún espantapájaros había echado a andar“.

Crane es el verdadero fantasma del valle del Hudson. Un fantasma que aparece a la luz del día y que es plenamente visible para todos, pero que desaparece sin dejar el mínimo rastro y casi pocos testimonios físicos de su existencia. Un fantasma, en suma, que parece ingrávido y fuera de lugar en esas tierras duras y aún áridas, donde las mansiones de la vecina Nueva York aún tienen gabletes de estilo inglés u holandés, en función de los ricos comerciantes que las habiten. Los personajes y el paisaje parecen detenidos en el tiempo, aunque ninguno ofrece una sensación de tanta extrañeza como Ichabod Crane, dotado de una cierta sensibilidad artística y de algunos vicios muy humanos como la glotonería o el afán por enamorarse.

Irving contempla sus lánguidas idas y venidas, y el trote furioso de su jinete infernal, como quien ve transcurrir la vida desde la mecedora de su porche, sin sobresaltos. No es en absoluto descabellado imaginar al autor con una pipa entre los labios, mientras va refiriendo, en ese tono irónico (con un prurito socarrón) que algunos narradores reservan para narrar las estampas más solemnes, una leyenda que es en verdad un canto a una tierra y a un modo de vida. Irving quiso ensalzarlos para los siglos de los siglos. Tampoco él, que habia recorrido mundo, quiso marcharse muy lejos: está enterrado en el cementerio local tras fallecer en la soleada Sunnyside en 1859.

En apenas una semana se dirimirá el resultado de las elecciones presidenciales más importantes de la reciente historia de Estados Unidos. Están en juego el futuro de las esencias libertarias -y de tolerancia (aparente)- con las que los Padres Fundadores concibieron una nación en la que sueños como los de Irving pasaron de ser leyendas a lugares comunes.

Washington Irving

Para nada es casual que Irving decidiera ambientarla en una “triste noche” otoñal, cuando los relojes de la incipiente comarca marcaban la hora de las brujas, el Halloween que ya se festeja en medio mundo. El Jinete Sin Cabeza trota imperecedero, con la misma indiferencia hacia la sociabilidad y la hostilidad, en su perpetua carrera contra el ocaso. Rezagado, Ichabod Crane, al que el atinado corto de Disney (1949) vistió con los paños fantasmagóricos, sigue transmitiendo los miedos derivados de una atmósfera truculenta sencillamente perfecta. Es por eso que hoy, en tan señalada fecha, en la onomástica de su último paseo, les traemos a ustedes el recuerdo de ambos espectros.

NOTAS

1 La Edición de Celeste Ediciones de La leyenda de Sleepy Hollow es un libro cuidado, bien traducido y prologado por Ernesto Pérez Zúñiga, con un glosario final de términos, personajes, expresiones y hasta poemas que denota la pasión con la que se ha editado y preparado. Al pie de cada una de sus páginas nos saluda una miniatura del jinete sin cabeza desde su caballo encabritado.

Fotografías realizadas por Ana Picos para Fabulantes