La fuerza de su mirada, la novela más célebre, y la considerada como su obra maestra, de Tim Powers, es también la más cruel con sus personajes, y la más críptica para el lector. Su tono reposado, su narración entre visillos, a veces atropellada pero nunca descarrilada, desconciertan a quien pasa página tras página, a la vez que lo maravilla.

Pintura de Enrique Corominas

Con el permiso del respetable, empezaremos esta reseña desde la piedad. Tim Powers tiene la proverbial y fundada reputación de ser cruel con sus personajes principales. En sus obras, el esfuerzo se paga con sangre. “El quien algo quiere, algo le cuesta” del refranero suele ser literal -y sufriente- en sus páginas. Pero por muchos ejemplos que cada cual pueda poner, y son en verdad numerosos porque son característicos de su literatura, ningún acto de vesania es comparable con el que perpetra en La fuerza de su mirada (1989, Gigamesh, 2004). La crueldad aquí se torna tortura, sadismo.

Nuevamente, Powers hace arrostrar peligros al enésimo héroe improbable, a una persona casi buena para nada excepto en su área de estudio o de trabajo. El neoyorquino convierte a los pobres diablos que protagonizan sus novelas en aventureros a la fuerza, en supervivientes por inercia. A veces, su supervivencia parece más una maldición que una opción; el rasgo que les hermana suele ser la determinación por no doblegarse, por seguir aferrándose a una vida que no hace más que someterles a desgracias. Con todo, ninguno es tan desgraciado como Michael Crawford, un ginecólogo por el que el lector sentirá tanta compasión, que no empatía, que deseará enarbolar en su nombre una bandera blanca con sabor a tregua. Crawford será mutilado, desollado, apaleado, humillado, crucificado, se consumirá físicamente de tal manera que terminará por parecerse a un simio arrugado y calvo. Su delito será haberse emborrachado y corrido una buena juerga durante su noche de bodas.

Cubierta de la edición de Gigamesh

En unas iniciales sesenta páginas memorables, el autor mete ya en faena a lector y personajes. En ese lapso, han aparecido los poetas malditos Percy Shelley y lord Byron, coprotagonistas de la novela, y Crawford se ha pillado una buena curda, ha perdido un dedo y ha enviudado de forma salvaje por segunda vez. Más adelante, el médico, que tendrá que adoptar el apellido “Aickman” para ocultarse de sus perseguidores, se preguntará si sus tragedias no responden a un acto de premeditación diabólica. Pero se lo preguntará como quien piensa, en retrospectiva, sobre un hecho desafortunado del día, con una resignación estoica que provocará desconcierto en el lector. Precisamente, esa resignación total ante su destino, que se troncará en aceptación de suspiro profundo y encogimiento de hombros, dictará sus pasos y sus acciones, no siempre claros y no siempre razonables según la lógica común.

Tim Powers siempre ha llevado con maestría, y con no poco arte funambulista, al lector por terrenos espinosos. Sus novelas mezclan erudición y gran documentación, y eso es lo que las hace atractivas en primera instancia, aunque no suelen ser la clave única de su éxito: ésta es más bien la manera en la que va soldando los intersticios, las lagunas históricas, con elementos de su propia cosecha.

El novelista tiene preferencia por los tiempos largos, por tomarse las cosas con calma en sus explicaciones. Sus obras tienen movimiento perpetuo. Rara es la página en la que no suceda algo. La fuerza de su mirada, que debe por cierto su título a un extracto del poema de Clark Ashton Smith Esfinge y Medusa, de 1975, no es que no sea excepción a la regla, es que posiblemente marque la batuta de dicha regla. A pesar de que antes de este libro Powers ya ha desarrollado callo con algunas otras obras muy distintivas, como En costas extrañas o Las puertas de Anubis, es La fuerza de su mirada la que termina de concretar sus coordenadas literarias, sus pasiones, pulsiones, querencias y también vicios. Un amplio sector crítico y aficionado sostiene que ésta es su obra maestra; si por obra maestra entendemos obra más representativa, críticos y público aciertan plenamente.

Powers vuelve a construir un universo sugerente, que enseña entre visillos, fraccionariamente, y en el que cuesta entrar. El acomodador Powers cobra cara la entrada a este club cerrado que ha puesto en marcha. Tras las páginas memorables, que hacen salivar pensando en todo lo que aún queda por contar y presentar, Powers rompe el ritmo (que es un término que desconoce en su acepción común) y sume a su novela en una cierta narcolepsia que, sin ser jamás letal y aburrida, no alcanza el nivel de prodigio narrativo de la subida de telón. Sabedor, como los buenos cronistas, de que mantener el pulso a un nivel tan grande es tarea titánica, cuando no imposible, va articulando los pilares de su historia y de su narración con calma y a su modo, que es muy particular. Powers suele empezar dando por sentadas cosas que sólo explicará, y casi siempre de pasada, muchas páginas más adelante. Logra así imágenes y escenas tremendas, que serán norma habitual en la novela, pero genera también una sensación de que lo que sucede nunca jamás va con el lector. Y ese es el problema: que aunque todo sea maravilloso y esté cosido con punzadas geniales, el lector se sentirá con suma frecuencia violentamente apartado de la narración, como si se le hubiera obligado a asistir a la excelsa función desde el patio de butacas o desde un burladero.

Fate. Ilustración de Bayard Wu

El narrador aquí es como una especie de guía entre tinieblas, un Caronte que va siempre varios pasos por delante y que sólo transige con esperar al rezagado lector cuando ha perdido el resuello, el paso o la orientación. Es el palafrenero de un carruaje con caballo desbocado que se precipita cuesta abajo con tumulto y por el que no se preocupa demasiado. El palafrenero Powers va a su encuentro al trote, silbando, con la seguridad aplastante de que el caballo espumeante, la trama, podrá desbocarse pero no descarrilar: cuando el carruaje está a punto de vencerse hacia la cuneta, un contundente giro de brida lo endereza.

El argumento tiene altibajos y principalmente muchos momentos crípticos. Sirvámonos de unos cuantos ejemplos. En La fuerza de su mirada cobra especial relevancia Villa Diodati, la idílica finca suiza en la que, una noche de estío de 1816, la cuadrilla integrada por Byron, los Shelley (Percy y su esposa Mary Wollstonecraft) y John Polidori, combatirían el tedio con historias de fantasmas. Como es un hecho real de las biografías de los Shelley y Byron, Powers lo integra en su ficción con una obsesión no compartida por el lector tras la vitrina acristalada. De hecho, la parte suiza suena a veces muy forzada. El autor se esfuerza por explicar la importancia que tienen las piedras y el agua en el enfrentamiento entre fenómenos de la naturaleza que adviene en la novela, y también narra de qué manera los Alpes son determinantes en la eliminación del estigma que persigue a los personajes. Todo está planteado como si fuera un código secreto que el narrador revela un tanto a regañadientes, con descuido. No obstante, hay una parte que es aún más frustrante: Venecia. A la ciudad de los canales viajarán Byron y Crawford/ Aickman para poner fin a la amenaza vampírica sui generis planteada durante páginas y páginas. En el corazón de la ciudad italiana moran, por motivos coherentes con el universo literario construido por el autor, los jefes de los nefilim, las criaturas malignas del relato. Las escenas nocturnas que nacen en esa urbe son de un poderío intenso, pero están muy condicionadas por las elecciones narrativas de Powers. Así, el hecho de que de pronto “existan” y se “revelen” unos villanos apenas atisbados con anterioridad, que la raza de los nefilim, en suma, posea una jerarquía, y que se tome conciencia de ellos prácticamente de sopetón, sólo redunda en acrecentar la extrañeza del lector.

Grieving Sisters. Ilustración de Bayard Wu

Esta extrañeza es paisaje natural de La fuerza de su mirada, una novela de vampiros que nada tienen que ver con el canon clásico. Los chupasangres de Powers son en verdad una suerte de lamias que pueden petrificarse y adoptar la forma de serpientes voladoras indestructibles; unos seres que no poseen individualidad sino que están interconectados por el atavismo de su raza (para entender este concepto es preciso leer la novela). Estos seres, los nefilim (“gigantes de la tierra”, en hebreo), tienen ghouls humanos –nefers– que les sirven para cumplir sus propósitos cuando éstos descansan. Dichos ghouls pueden incluso, como es el caso de Crawford o el poeta John Keats, estar emparentados con nefilims, lo que hace que estas criaturas egoístas y sin un atisbo de humanidad les amparen bajo su protección. La creación de esta “mitología”, nacida del clasicismo judaico sin desdeñar aportaciones griegas y romanas, es confusa; podrán pasar páginas sin que se entienda exactamente qué son nefilims y nefers. Nuestra misma presentación es restrictiva.

Quizás por su propia complejidad argumental, La fuerza de su mirada ha sido catalogada como una novela de vampiros. Los objetivos de los nefilim, aquellos a los que se les chupa la sangre, padecen los mismos síntomas de las víctimas vampíricas literarias. Los nefilim actúan a veces como vampiros (una niña regresa y reclama entrar en Villa Diodati, aporreando el cristal de la puerta de entrada y mirando con ansia desde el pozo de sus oscuros ojos; no pueden actuar más que de noche; se levantan de sus tumbas), y sin embargo no terminan de ser vampiros. Powers desubica al lector dotando a estos seres de características propias que no encajan en ninguna composición de lugar. La intención en sí es elogiable, ya que es prerrogativa de todo creador con personalidad –y la de Powers es apabullante-; lo que ya resulta menos convincente es que el creador vaya siempre demasiado por delante de su público. Cuando se crea casi de la nada una historia tan personal, sin tender puentes hacia una correcta comprensión, de tal forma que siempre queda un retintín incómodo, una sensación de que algo no se comprendió o que el intelecto no asimiló, el defecto no puede ser si no grave. Gravísimo.

Terminaremos con una anáfora. Empezamos estas líneas con una imploración a la piedad. Las concluiremos de la misma manera. En La fuerza de su mirada, Powers no deja títere con cabeza (y de paso, demuestra una siniestra pasión por la ventriloquía). No discrimina entre bandos: los “villanos” padecen tanto como todos los protagonistas “buenos” de la novela. El lector de La fuerza de su mirada está condenado a maravillarse, pero como convidado de piedra, como huésped molesto. Puede mirar pero no tocar. Y se le advierte: salirse del estrecho y tortuoso camino pautado conduce al calvario.

Villa Diodati