Sensación dentro del género, y única novela china en haber ganado el prestigioso Hugo, El problema de los tres cuerpos es un bienintencionado intento por alabar la ciencia. Sus fallos formales dejan en suspenso el potencial de un argumento que debería enderezarse en las siguientes novelas de la trilogía En busca del pasado de la Tierra.

Poster promocional para la película china estimada para 2017: The Three-Body Problem: I


-Una sociedad con una ciencia tan avanzada debe poseer valores morales igualmente evolucionados.

-¿Le parece que esa conclusión tiene rigor científico?

(Silencio)” (Liu Cixin, El problema de los tres cuerpos)

En otoño de 2015, cuando Donald J. Trump no era más que un millonario ególatra y el burro al que todos intentaban poner la cola en la fiesta de las primarias al partido republicano de EEUU, Mark Zuckerberg, creador de Facebook, decidió tomarse un respiro en su club de lectura y asomarse a una novela china de ciencia-ficción que estaba dando mucho de qué hablar en Silicon Valley. El problema de los tres cuerpos, de Liu Cixin (China, 1963), había tomado a la carga las librerías de género de Estados Unidos: era la primera obra no escrita en inglés en ganar un premio Hugo a la mejor novela y, además, su autor había cerrado un acuerdo para adaptar cinco de sus libros a la gran pantalla. Quizá por influencia de Zuckerberg o quizá porque la ola de Liu Cixin era demasiado grande como para dejarla pasar, a finales de ese mismo año el presidente Barack Obama echó el libro en una maleta y se lo llevó para disfrutarlo en su descanso navideño.

Junto a Zuckerberg y a Obama, millones de personas han leído ya a Liu, el primer escritor chino de ciencia-ficción en alcanzar fama internacional. En castellano su publicación llegó en septiembre de 2016 dentro de la colección Nova de Ediciones B. Ante lo jugosas que prometen ser las ventas del autor, la editorial se ha comprometido también a lanzar en 2017 sus dos continuaciones, El bosque oscuro y El fin de la muerte, que completan la trilogía original, En busca del pasado de la Tierra. Sin haber leído estas dos últimas sólo se puede valorar hacia dónde apunta la primera: un ejercicio bienintencionado en su fondo pero con graves fallos en la forma.

Éstos desmerecen una propuesta fresca y con una moraleja aguerrida, que clama por la necesidad de repensar los esfuerzos científicos y el sustento moral desde los que crecen; una llamada a alejar la ciencia del partidismo y una invitación a explorar, a investigar, pero sin perder de vista el “Nullius in verba:” no apoyar nada que esté basado en la palabra, la fama o la supuesta autoridad de alguien.

Cubierta de la edición de NOVA de El problema de los tres cuerpos

“Nullius addictus iurare in verba magistri,
quo me cumque rapit tempestas, deferor hospes.”

(Horacio, Epístolas, Libro I)

“No me vi obligado a jurar por las palabras de maestro alguno,
me dejo llevar como huésped de paso a donde me arrebata la tempestad.”

En el último tercio de su vida, Horacio (65-8 a.C.), uno de los más grandes poetas latinos, quiso convencer a Mecenas de su necesidad de retirarse de la vida urbanita y poder dedicarse a la contemplación y a la reflexión filosófica. Para ello, en el primer libro de sus Epístolas, recurre a la historia de Vejanius, un famoso gladiador al que el público del Coliseo pide regresar después de haberse ganado su “rudis,” la espada de madera que simbolizaba la jubilación como luchador y la libertad. Vejanius colgó sus armas en el templo de Hércules y se apartó del circo y de los combates sin plegarse ante la autoridad ni a los deseos de nadie. En 1663 la Royal Society de Londres tomó como lema el “Nullius in verba” de Horacio precisamente para defender su independencia de cualquier otra institución y, derivado de esto, la necesidad de apoyarse en el método científico para validar todo avance del conocimiento.

Aunque el método científico lleva casi cuatro siglos detrás de los grandes éxitos tecnológicos de la humanidad, desgraciadamente también se esconde como instrumento de las mayores atrocidades. Su problema, precisamente, es que su falta de ideología, de moral, puede servir a los propósitos más espúreos. Liu Cixin (en China el apellido se utiliza delante del nombre) consigue evocar en El problema de los tres cuerpos los fantasmas de la ciencia al servicio de las mentes más retorcidas. Leyendo su obra es imposible no acordarse de Robert Oppenheimer, director del proyecto Manhattan y responsable último del desarrollo de la primera bomba nuclear, y de su reflexión al contemplar la primera explosión de la bomba, una prueba en el desierto de Nuevo México:

Supimos que el mundo no sería el mismo,” explicó Oppenheimer. “Unas personas rieron, unas pocas lloraron, muchas estuvieron en silencio. Yo recordé una línea de la literatura Hindú, del Bhagavad-Gita. Vishnú está tratando de persuadir al príncipe para que haga su deber y, para impresionarlo, toma su forma con múltiples brazos y dice: ‘Ahora me he convertido en la muerte, destructora de mundos.’ Supongo que todos pensamos eso de una u otra forma.”

El problema de los tres cuerpos comienza durante el periodo de la Revolución Cultural en China. Ye Wenjie, estudiante de astrofísica e hija de un profesor universitario, asiste al juicio en el que los guardias rojos condenan a su padre por contrarrevolucionario al enseñar en sus clases la teoría de la relatividad, considerada reaccionaria a finales de los años sesenta. Tras el juicio, Ye se ve forzada a vivir en los bosques del norte de China, donde es reeducada en una brigada de trabajo por haber pertenecido a una familia de intelectuales. Allí, en lo más remoto del país, se reencuentra con la ciencia cuando dos oficiales del ejército le ofrecen trabajar en una base con una enorme antena de observación espacial.

Un segundo protagonista de la novela es Wang Miao, ingeniero jefe en un proyecto de estudio de nanomateriales. Wang se ve envuelto en la investigación de unas extrañas muertes que están asolando la comunidad científica. Sus averiguaciones le conducen a un juego de realidad virtual, Los tres cuerpos, en el que una civilización llamada Trisolariana busca sobrevivir en un planeta que orbita alrededor de tres estrellas. Para avanzar en la investigación, Wang trata de resolver en el videojuego el insondable problema de los tres cuerpos en física, según el cual la estable interacción gravitacional entre dos objetos en el espacio se convierte en aleatoria e impredecible cuando en la ecuación aparece un tercer objeto. Aquí es donde el autor intenta lucirse (y a veces lo consigue gracias a la variedad de recursos que utiliza en la narración) introduciendo elementos de la ciencia-ficción dura, principalmente matemáticas, y física teórica y aplicada.

Quizá el episodio más destacable del libro sea uno de los viajes dentro del videojuego, en el que el protagonista construye, junto a varios personajes históricos, un modelo de ordenador hecho con personas. Las explicaciones de cada uno de los elementos, cómo éstos almacenan y transfieren información corriendo de un lado a otro o levantando banderas, es un ejercicio no sólo de inteligencia, sino también de habilidad narrativa.

Todo lo que escribo es una torpe imitación de Arthur C. Clarke,” señala Liu en un perfil que le realizó The New York Times en 2014. Desde luego, las influencias del escritor británico son innegables. El problema de los tres cuerpos se lee como una mezcla del posibilismo de la prosa de Clarke, la voluntad didáctica de la serie Cosmos y el costumbrismo de las novelas de Yu Hua (Vivir, Hermanos). Sin embargo, a diferencia de este último, que resulta polémico en el gigante asiático por la crudeza con la que retrata la sociedad, Liu Cixin es un príncipe de la literatura china.

Ilustración de Stephan Martiniere para El problema de los tres cuerpos

Nacido justo antes de la Revolución Cultural en la provincia de Shanxi, entre Pekín y Xian, el escritor se formó como ingeniero y trabajó como informático en una planta de energía durante once años antes de empezar a publicar. Casi desde su debut, en 1999, Liu comenzó a acaparar premios. En 15 años como escritor, ha sido galardonado nueve veces con el Galaxy Award, la distinción más importante para un autor de ciencia-ficción en China.

China se encuentra camino de una rápida modernización y progreso, algo como lo que ocurrió en EE.UU. durante la época dorada de la ciencia-ficción, desde los años treinta hasta los sesenta,” afirma el autor. “A ojos de la gente, el futuro está lleno de atracciones, tentaciones y esperanza. Al mismo tiempo, también está lleno de amenazas y desafíos. Esto lo convierte en un terreno fértil para el desarrollo de la ciencia-ficción.”

Al haber tenido una trayectoria tan exitosa pero ser un desconocido en el extranjero hasta hace un par de años, resulta muy complicado enfrentarse a su obra sin caer en el orientalismo. Son muchas las críticas que abundan en la riqueza de su puesta en escena, confundidas quizá por el exotismo que trae al género, pero pocas señalan la falta de profundidad de sus personajes, los errores de planteamiento o el deus ex machina con el que resuelve las encrucijadas.

El problema de los tres cuerpos es una novela con buenas intenciones, hábil en muchas fases y de fácil lectura, pero que se pierde en su propio laberinto. Esta primera entrega no merece estar en el panteón de las grandes obras de ciencia-ficción. Puede que las grandes alabanzas a Liu pequen de orientalismo, pero también resulta un soplo de aire fresco que un escritor fuera de la burbuja anglosajona consiga hacerse con uno de los grandes premios. Tan sólo por esto, ya merece la pena leerla y esperar a sus continuaciones. Y desear también que los protagonistas de la trilogía sigan el consejo de Oppenheimer después de alumbrar la bomba: “los pueblos de este mundo tienen que unirse o, de lo contrario, perecerán.”

Liu Cixin