E. T. A. Hoffmann abrazó la literatura sin pretensiones, pues su gran pasión fue la música. Sus cuentos, fuente de inspiración para innumerables escritores, se leen con fascinación. En ellos, como en El magnetizador, explora conceptos como la soledad destructora del artista y da pábulo a las nuevas innovaciones científicas

El Magnetizador. Ilustración de Miguel Navia

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (Königsberg-1776, Berlín-1822) tenía alma de artista. Fue caricaturista, pintor, compositor, tenor y escritor, facetas, o aficiones, que combinó durante años con su trabajo de jurista en la administración del Estado Prusiano. Aunque su gran pasión fue la música —cambió su tercer nombre, Wilhelm, por Amadeus, en honor a su admirado Wolfgang Amadeus Mozart— en la que puso toda su ilusión, sus composiciones pasaron sin pena ni gloria, cayendo en el olvido. Donde realmente encontró la trascendencia fue en la literatura, actividad a la que se dedicó de manera ociosa y sin intención profesional. Quizás esa falta de pretensión literaria es lo que le permitió escribir de una manera desenvuelta y natural, proporcionando a sus escritos una naturalidad y fluidez que hacen de su lectura una amena delicia.

Hoffmann pertenece a ese Romanticismo oscuro y tenebroso, predecesor de la literatura de terror de hoy en día, que ve en el artista un reflejo de la irracionalidad y crueldad de una Naturaleza devastadora, que juega y se divierte con sus criaturas hasta destruirlas. Este artista, reflejo de la maldad, es egoísta, oscuro y sin escrúpulos; arrastrado por su ambición a un desenfreno obsesivo y destructivo, le lleva a utilizar a los que le rodean, intentando doblegar y anular su voluntad utilizando las más oscuras artimañas, llegando a aniquilar a sus semejantes. El artista de Hoffmann es un ser magnético, poderoso, fuerte y misterioso que fascina y atemoriza a los de su alrededor -como Alban en El magnetizador (1814/1815), el conde S… en El huésped siniestro, Coppelius o Coppola en El hombre de arena-, pero también es un hombre demente, y esta demencia le vuelve vulnerable y puede conducirlo a la perdición, como el ladrón Cardillac en La señorita Scudéry; Bethold en La iglesia de los jesuitas de G***, Lothar en El hombre la arena, el ludópata Sigfredo en La suerte del jugador, o el avaro Daniel en El mayorazgo. Todos ellos tienen en común el carácter autodestructivo: la fijación de Cardillac por las joyas y las piedras preciosas provoca su asesinato; Daniel, se precipita al vacío arrastrado por la obsesión por las riquezas de la familia del barón R***; Alban destruye a toda una familia; Lothar se tira de un campanario arrastrado por la locura.

El Magnetizador. Ilustración de Miguel Navia

Luis Fernando Moreno Claros, prologuista y traductor de El hombre de la arena. 13 historias siniestras y nocturnas (Valdemar, reeditado en 2014), define el estilo de escritura de Hoffmann como “realismo mágico”, ya que la rigurosa descripción que hace de la vida cotidiana de la alta sociedad de su época y los minuciosos detalles del entorno nos abren una amplia ventana de conocimiento sobre su tiempo. Hoffmann se mofa de la realidad y de su fragilidad introduciendo sutilmente lo siniestro, normalmente presentado en la conversación que mantiene un grupo de aristócratas sobre alguna de las nuevas teorías científicas o explicando sucesos extraños que han vivido —El magnetizador, pero también El hombre de la arena o El huésped siniestro-. Entremezcla con maestría lo real con lo fantástico para sumergir al lector en un universo perfectamente reconocible como su propia realidad, en el que pueden suceder hechos misteriosos.

En 1813 publica su paradigmático (y estupendo) cuento El magnetizador. La historia comienza con un grupo de personas (el barón, Franz Bickert, María y Ottmar) que conversan sobre los sueños y los estudios que se están haciendo sobre ellos.

Todo se complica cuando una joven -María- se desmaya y un hombre misterioso, Alban, hace su aparición, prometiendo curarla de su enfermedad con los más novedosos métodos…

Hoffmann utiliza como hilo conductor la teoría del magnetismo animal, también conocida como mesmerismo, desarrollada por Franz Anton Mesmer (Iznang, Suabia-1734, Meersburg-1815), padre de la hipnosis moderna. El magnetismo animal es una terapia basada en la sugestión que se empleó durante la segunda mitad del siglo XVIII como cuidado para diferentes enfermedades y dolencias. El romántico alemán, fascinado por esta técnica y conocedor de la maldad que albergan algunos hombres en su interior, hace un análisis de la naturaleza del hombre y presenta a un personaje como Alban, apasionado, terrible, enigmático y poderoso que, arrastrado por un frenesí obsesivo por María, termina por doblegar su voluntad hasta matarla.

Atraer por entero a María, su existencia toda, absorber su ser de tal modo que la destrucción de ese íntimo enlace supusiera también la destrucción de la joven” confiesa Alban a Theobald en una carta; su mayor deseo es controlar a María, con quien siente una afinidad espiritual instantánea; el hecho de que ella sienta una profunda aversión hacia él le provoca una rabia descontrolada que no hace más que incrementar su obstinación y ansias de dominio. La muerte de María desencadena toda una serie de sucesos trágicos que provocan la destrucción de todo un linaje, por lo que podemos pensar que no es sólo ella quien despierta el peligroso interés de una representación del mal, sino que es toda la familia la que arrastra una especie de estigma que atrae a este tipo de seres oscuros que se creen por encima del Bien y del Mal.

Y si el hombre lograse obtener la plena posesión de los profundos misterios de la Naturaleza, a mí me parecería como si la madre hubiera perdido un instrumento cortante con el cual tallaba muchas cosas hermosas para el entretenimiento de sus hijitos; y que encontrándolo los niños, llevados por el entusiasmo de imitarla y labrar como ella aquellas formas y grabados, no lograrían sino herirse con él”, confiesa por su parte el pintor Franz Bickert a su amigo barón. Sus temores se ven encarnados en el temible Alban, el destructor de toda la familia de su querido amigo. Durante la conversación mantenidas entre ambos sobre el poder de los sueños y el magnetismo en la fatídica noche en la que María cae enferma, Bickert trata de disipar la tenebrosidad que está apoderándose de la velada. Desgraciadamente, no conseguirá apartar al misterioso médico de la familia, lo que provocará su destrucción y arrojará a Bickert a un extraño estado de depresión y demencia que le llevará a continuar viviendo como un ermitaño en el castillo del barón (la soledad es otra constante en Hoffmann) y a pintar la horrible historia de la Ottmar, el barón, María e Hipólito.

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

Precisamente, Bickert representa el otro artista de Hoffmann: Franz Bickert es pintor y, al igual que Alban, es capaz de leer entre líneas la realidad, tiene una mayor sensibilidad hacia los entresijos y misterios que esconde la Naturaleza al hombre pero, a diferencia de aquél, se muestra respetuoso y cauto con ella, intuye todo el dolor que puede causar quien se atreva a dominarla y utilizarla para su beneficio. La afinidad de sensibilidad entre Alban y Bickert provoca que entre ambos exista un fuerte rechazo y una cierta de rivalidad. Alban describe a Bickert en la carta dirigida a su amigo Theobald como “un viejo pintor histriónico y absurdo que a menudo representa con gusto el papel de payaso”, y Bickert se refiere a Alban como “el doctor maravilla […] la profunda mirada del visionario…su aire solemne…la predicción profética…”. Si bien esta afinidad tensa que existe entre ambos artistas provoca que se mofen el uno del otro, también permite a Bickert sospechar las intenciones de Alban con María, aunque su propia cobardía termine por evitar que tome partido, como sucede en otros cuentos del escritor romántico.

E.T.A. Hoffmann nos legó una maravillosa colección de cuentos, cuya estela tanto literaria como musical se ha notado tanto en el maestro de lo siniestro Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft o el padre del surrealismo, André Bretón, así como en las óperas Los cuentos de Hoffmann de Jacques Offembach, o Cóppelia de Leo Delibes.