Walter Tevis, famoso autor de novelas policíacas, imprimió una vuelta de tuerca a las convenciones sobre el alienígena hostil al humanizarlo en cada una de sus obras. El hombre que cayó en la tierra, que conoció una buena adaptación cinematográfica con David Bowie, es además esperanzadoramente cientificista.

Fotograma de la película de 1976 dirigida por Nicolas Roeg

Siempre hay alternativas o matices a los temas clásicos, incluso en un tema tan manido, a priori, como la presencia en la Tierra de personajes extraterrestres. De hecho, destacan, a poco que se mire, dos nombres ineludibles: Fredric Brown (1906-1972) y Walter Tevis (1928-1984). Cada uno a su manera, ambos autores fueron capaces de introducir perspectivas completamente novedosas. Brown utilizaba el humor para reírse de los extraterrestres, ridiculizar su figura y, de paso, revisar las hasta entonces extravagantemente radicales reacciones humanas ante ellos. Tevis se sirvió de un sentido de la sensibilidad hasta entonces inédito para mostrarnos a los alienígenas desde un punto de vista extraordinariamente humano -incluso más que muchos humanos-, por su sentido de la empatía.

Brown y Tevis tuvieron mucho en común. Coétaneos (aunque sin ninguna constancia de que mantuviesen ningún tipo de contacto), fueron lectores voraces con complicadas relaciones personales, marcados por la IIª Guerra Mundial, relacionados con la escritura en su época de madurez como autores; con sus miradas puestas también en otros géneros literarios1, se fijaron en el mismo tema con la intención de aportarle una nueva perspectiva. Y vaya si lo consiguieron. Aun conservando cada uno su estilo, entre Marcianos, Go Home! (1955; Bibliópolis Fantástica, 2003, y también en Universo de locos, y otras novelas de marcianos, Gigamesh, 2007) y El hombre que cayó en la Tierra (1963; Contra Ediciones, 2016) se acomete la mayor y más vigente renovación de esta temática que haya tenido lugar. Los dos escritores rompieron con la tradición instaurada a partir de La guerra de los mundos (1898) de H. G. Wells -definitivamente asentada en el imaginario colectivo tras la memorable retransmisión radiofónica de Orson Wells2 (1938)-, y popularizada masivamente desde el pulp, que presentaba invariablemente a los seres extraterrestres como una especie alienígena repulsiva de indiscutible afán conquistador y siempre hostil para con la raza humana.

Podemos hoy comprobar la vigencia de El hombre que cayó en la Tierra gracias a la reedición publicada por la editorial barcelonesa Contra, realizada a partir de la traducción que José María Aroca hizo en su día para la editorial Acervo. Este origen lastra algo, quizás, la frescura del texto, pero a cambio tiene el mérito de ofrecernos una obra considerada clásica y fundamental ya con anterioridad a su adaptación cinematográfica de 1976. La novela se centra en el alienígena Thomas Jerome Newton, originario de un planeta próximo al nuestro llamado Anthea, cuyo inexorable languidecimiento ha llevado a sus habitantes a dedicar sus cada vez más escasos recursos a enviar un representante lo suficientemente inteligente y audaz como para asegurar un éxodo seguro al mundo vecino. Newton es en efecto muy inteligente y audaz: en pocos años construye, de incógnito y en su “planeta de acogida”, una empresa altamente innovadora con cuyos beneficios financia el proyecto espacial que llevará a la Tierra a sus congéneres. Pero en sus cálculos no cuenta con la perspicacia del ser humano y, especialmente, de un ingeniero químico, Nathan Bryce, quien desde el inicio comienza a sospechar que algo hay raro tras una tecnología tan innovadora aparecida, prácticamente, de la nada.

La novela se centra en la relación entre estos dos “hombres”; el lazo que los une es tan fuerte que todas las demás relaciones, así como los protagonistas secundarios, parecen huecos de alma y carentes de sentido: el abogado que ayuda a Newton a constituir y gestionar la empresa, Farnsworth, desaparece paulatinamente hasta borrarse como si nada. La mejor amiga de Newton y única mujer de la trama, Betty Jo, se acerca progresivamente a Bryce hasta disolverse cual azucarillo, sin tener claro el cómo y el porqué. Y lo mismo pasa con otros personajes menos relevantes, cuya aparición circunstancial y esporádica está sometida al desarrollo de los personajes principales; una vez cumplida, se volatilizan definitivamente y como si nada. Tevis no concibió esta novela como una historia de personajes sino de mensajes.

La primera de esas cargas de profundidad tiene que ver con el afán humano por apostar todo su futuro al progreso científico-técnico. Durante la novela se juega constantemente con la referencia a la figura mitológica de Ícaro, hijo desobediente del arquitecto/inventor Dédalo3. Este mensaje se combina con las poco claras intenciones de Newton respecto a las innovaciones que su empresa introduce en la sociedad.

Bowie / Newton, un alienígena existencialista atrapado en esta Tierra

Otro aspecto interesante, vinculado también con el sistema científico-técnico, es la reivindicación contundente de inversión en ciencia básica. Los recelos de Bryce surgen de que no existe, en todo el sistema investigador humano, una base científica conocida y viable sobre la cual se puedan sustentar las innovaciones introducidas por Newton.

La última de estas cargas de profundidad se dirige hacia una naturaleza humana que, aunque reconocidamente frágil, se analiza también con un claro tono de desconfianza y pesimismo. Tevis define este mensaje en diversas pero compatibles direcciones. Por un lado, destaca en Newton un alto componente humano, aproximando su naturaleza física y psicológica hasta una práctica coincidencia. De hecho, son circunstanciales y fácilmente disimulables las diferencias entre antheanos y humanos, y en el balance se mantiene un cierto equilibrio entre beneficios y perjuicios tanto para los unos como para otros. Por otro lado, la humanidad también parece jugar al despiste respecto a sus intenciones para con la posibilidad de utilizar ventajosamente una tecnología de origen alienígena y, por tanto, sin competencia a la hora de poder dominar a otros con ella.

Para reforzar este mensaje, todos los personajes, principales, secundarios, o circunstanciales, contienen en su perfil alguna tara o debilidad en cuanto a su carácter o hábitos de vida. Newton es un bebedor compulsivo de ginebra, cada vez más dependiente del vaso y la botella. Bryce se decanta más por el whisky, y posee una vida desordenada que lo lleva a saltar de trabajo miserable en trabajo miserable, a pesar de su brillante inteligencia como ingeniero químico. Betty Jo resulta ser una mujer insegura, con una fuerte carencia afectiva, que busca paz interior en la simple compañía de un hombre. E incluso Farnsworth, frío y eficaz abogado, va poco a poco degradando su imagen y su carácter. El ser humano esconde tras de sí sombras y demonios que, en toda vida digna de tal nombre, acaban alguna vez por mostrarse ante los demás e, incluso, por tomar el control y el rumbo de sus días.

La trama principal de Walter Tevis en El hombre que cayó en la Tierra busca romper las barreras entre terrícolas y alienígenas de una forma muy original: equiparándolos, estableciendo un paralelismo entre ambas especies, reduciendo las diferencias hasta convertirlos en casi intercambiables. La fragilidad de Newton, su debilidad con el alcohol, su sensibilidad ante la presión atmosférica o las altas temperaturas, su tendencia a la melancolía o al extrañamiento, su agobio ante las aglomeraciones o su preferencia por la soledad, hacen de él un personaje extraordinariamente humano. En cierto sentido, la desnaturalización del cliché extraterrestre esconde una reivindicación del ser humano a partir de sus debilidades, de sus estrepitosos fracasos, de sus vicios más deleznables. Fue esta reivindicación entre la conexión literatura-vida la que Tevis imprimió en todas sus obras y que, llevada aquí a la ciencia-ficción, nos ha regalado una novela clásica sublime e imprescindible.

NOTAS:

1 Brown publicó varias novelas del género policiaco de popularidad variable, mientras que Tevis es conocido por ser el autor de dos novelas más por su adaptación cinematográfica que por su texto: El buscavidas (1959) y El color del dinero (1984).

2 Aunque es una historia de sobra conocida, nunca está de más el recordar la conmoción social causada en una sociedad estadounidense que, ante el realismo de la interpretación, salió a la calle despavorida ante la posible invasión alienígena que se estaba narrando. Desde entonces es obligatorio anunciar, antes del comienzo de cada emisión de una interpretación radiofónica, que se trata de una ficción.

3 Sobre la historia de Ícaro existen dos versiones. En la primera, y más popular, Ícaro cae al mar después de que se hubiesen derretido las alas de cera inventadas por su padre Dédalo, al acercarse demasiado al sol. En la segunda no se trata de las alas y las artes del vuelo, sino de las velas y las artes de la navegación. No obstante, en ambas versiones Ícaro naufraga en medio del mar, en una zona conocida desde entonces como Icaria.

Fotograma de la película de 1976 protagonizada por David Bowie