Presas fáciles iba a ser una historia noir, pero terminó convirtiéndose en un alegato contra los excesos de la banca en plena crisis financiera. Miguelanxo Prado descarga su indignación en 86 páginas de un estilo más sobrio del que tiene por costumbre; su enfado le lleva a construir una denuncia maniquea.

“Cuando el sistema deja de cumplir con sus funciones, cuando deja desamparados a los ciudadanos y permite que sean expoliados, justificándolo con palabrería de vendedor de feria, pierde su legitimidad.” (Miguelanxo Prado, Presas Fáciles)


Detalle de la portada de Presas fáciles, de Miguelanxo Prado

El 12 de febrero de 2013 Miguelanxo Prado (A Coruña, 1958) abrió el periódico durante el desayuno y se topó con una noticia que dejó el café helado: una pareja de ancianos se suicida cuando iba a ser desahuciada. Hasta entonces había tenido en mente la idea de hacer un nuevo álbum con el que pasárselo bien. Algo de género con un tinte policiaco, novela negra quizás… Prado pensaba en un relato de detectives, con investigación y un asesino. Pero el proyecto en el que se embarcó, lejos de mejorarle el humor, le dejó “cabreado” durante dos años. El autor de Ardalén (2012), conocido por un estilo pictórico a los pinceles y por el realismo mágico que transpiran sus historias, se puso a diseñar un thriller y acabó alumbrando un alegato social contra el papel de la banca en la crisis financiera.

Presas fáciles, publicado por Norma Editorial en mayo de 2016, comienza un año después del suicidio de los ancianos -primeras dos láminas del tebeo-.

Juan Taboada Rivas, un comercial de banca de 37 años, muere envenenado en su casa. Ese mismo día, el consejero delegado de otra entidad fallece tras ser atropellado. Cuando aparece el cadáver de una directora de sucursal, la inspectora de policía Olga Tabares y su compañero Carlos Sotillo comienzan a sospechar que están tratando con un asesino en serie.

Tabares y Sotillo se mueven durante 86 páginas al ritmo de una investigación policiaca: interrogatorios, pistas e informes forenses que en realidad reflejan una crítica rabiosa contra el status quo. La noticia del suicidio de los ancianos no se percibe en Presas fáciles como la gota que colma el vaso; parece que para Miguelanxo Prado el vaso había estallado hace tiempo y el líquido y los cristales estaban esparcidos sobre el tapete político español.

La obra transmite rabia ante la injusticia de un sistema que identifica a las víctimas con los verdugos. Presas fáciles ataca la idea de que los grandes perdedores de la crisis financiera (los ancianos que avalan con sus casas las hipotecas de sus hijos, las personas que pierden el empleo y tienen que dejar de pagar los préstamos, los mileuristas, los jóvenes que ni encuentran trabajo ni pueden permitirse seguir estudiando…) son los responsables de sus propias desgracias. “Esta estrategia es básica en la dialéctica del predador: convencer a la víctima de que es la única responsable de lo que ha sucedido es el logro máximo, la jugada maestra que garantiza la impunidad y la continuidad del sometimiento,” escribe el autor en el prólogo.

Presas fáciles plantea una hipótesis plausible: la rebeldía de los ciudadanos frente a una ruptura del contrato social por parte de las instituciones. Miguelanxo Prado recoge la idea que desarrolla Rousseau en El contrato social o los principios del derecho político (1762), según la cual las personas acuerdan una serie de derechos y deberes para vivir en sociedad. Estos derechos y deberes constituyen las cláusulas del contrato social, mientras que el estado sería la entidad creada para salvaguardar la integridad del mismo. En el álbum que tratamos, el estado habría dejado de proteger a sus ciudadanos, vulnerando sus derechos en beneficio de las grandes corporaciones y un grupo de personas se habría visto legitimado para tomarse la justicia por su mano. Justicia que se torna en violencia, producto de la impotencia y de la rabia, y que en un giro final de la historia cuestiona la soberanía, la separación de poderes, e incluso un mecanismo político en el que las instituciones estarían cavando su propia tumba. “La posibilidad de que hechos como estos se conviertan en mecha de una revuelta social no debería subestimarse”, advierte el autor.

Prueba de esta rabia es el estilo que Miguelanxo Prado escogió para dar forma al tebeo. Presas fáciles rechaza la paleta de colores fantásticos tan protagonista en varias obras icónicas del autor, como Ardalén o Trazo de tiza (1993), y desgarra las páginas en una escala de grises que contribuye a hacer las emociones crudas y la historia unidimensional. El dibujante no abandona los lápices negros y el acrílico con los que suele trabajar, pero sí que se aprovecha de la ductilidad de estos materiales para desatar su enfado. Entre la maestría de sus líneas hay muchos más ceños fruncidos, labios en tensión y miradas de reproche que en trabajos anteriores. La inmediatez del lenguaje del cómic resulta perfecta para trasladar un mensaje en muy poco espacio que desnude la hipocresía del sistema.

Los problemas de Presas fáciles nacen, precisamente, de estas virtudes: la simplicidad del mensaje, la falta de profundidad en la historia y la poca flexibilidad de las emociones. En el álbum de Miguelanxo Prado todo parece blanco o negro. Los asesinados no tienen más que un papel, el de malvados que merecen su muerte, y los asesinos recorren el camino de la indignación al crimen en un abrir y cerrar de ojos. En Presas fáciles la sociedad española tiene la piel mucho más fina que en la realidad e incumple sus propias reglas de convivencia con una facilidad pasmosa. Simplificar los argumentos nunca es positivo, porque la falta de reflexión y de profundidad en el debate resta contundencia a cualquier postura -y daña a las más legítimas-. En cualquier caso, este cómic cumple su cometido como álbum de ficción: muestra posibilidades alternativas que quizá no estén tan lejos de nuestra realidad, aunque por el camino se deja las posturas más interesantes que nacen del rechazo a estas injusticias.

El lanzamiento de Presas fáciles continúa la estela de obras que reflejan la situación de crisis y se solidarizan desde el mundo del cómic con sus víctimas. En la última edición del Salón del Cómic de Barcelona se dedicó una exposición a esta temática, “Novelas gráficas comprometidas”, en la que además del trabajo del artista gallego se encontraban láminas de Paco Roca, Manel Fontdevila, Miguel Gallardo, JAN, Fermín Muguruza e Isaac Rosa, entre otros. La muestra puso el foco sobre las situaciones de marginalidad, los desahucios, el movimiento de los indignados, la corrupción en España, el racismo, la migración y la indigencia.

Desde que en 1983 Miguelanxo Prado se estrenara con Fragmentos de la enciclopedia délfica, el autor se ha convertido en uno de los máximos exponentes del cómic europeo. De formación técnica y pictórica (estudió arquitectura y pasó del lienzo a las viñetas), el historietista gallego cosechó dos distinciones en Angulema, el certamen de cómic más importante de Europa; trabajó en la creación de más de 1.500 personajes para la serie de animación de Men in Black; ganó un Eisner a la mejor antología por su colaboración con Neil Gaiman en Sandman: Noches eternas; creó un largometraje de animación llamado De Profundis; y se llevó el Premio Nacional del Cómic en 2012 con Ardalén. Además, desde 1998 dirige el encuentro Viñetas desde el Atlántico, en A Coruña. En la actualidad se encuentra trabajando en un nuevo relato fantástico, con meigas, demonios y trasgos, que ahondará en la tradición mágica gallega.