Cátedra recupera, dentro del catálogo de su colección Letras Populares, Gestarescala (Galactic Pot-Healer, 1969), descatalogada en castellano desde 1975. La nueva edición, publicada en 2016 con traducción y prólogo de Julián Díez, descubre una de las obras menores de Philip K. Dick, pero a la vez una de las más consecuentes con sus obsesiones literarias.


Si es evidente que soy, pues existo. Y si a través de mis experiencias y consciencia puedo saber también quién, cuándo y cómo soy. La pregunta fundamental sin respuesta, por qué soy, no posee una vía evidente de explicación; una opacidad que aumenta si tenemos en cuenta que, junto a nosotros, seres inteligentes y con capacidad de reflexión para buscar las respuestas a estas preguntas, se encuentra una vasta realidad material con la que interactuamos. ¿Quién ha creado esta realidad, si no lo hemos hecho nosotros? ¿Cómo ha sido posible? ¿Por qué existe? Sólo el método científico más sofisticado y actual se ha acercado a demostrar que para la existencia de un universo no necesitamos un porqué, una razón.

Pero, hasta hoy, y aún hoy, nos cuesta aceptar y asumir que no somos hijos (e hijas) de la causalidad sino de la casualidad. Síntoma de esto, cada año aumenta la venta de los libros de autoayuda. Las religiones -teístas y no teístas- siguen viviendo una época de apogeo, intensificada además por otras creencias new age con creciente peso e influencia (como la estupidez de El Secreto). La filosofía existencialista vuelve a situarse en el centro del discurso. Y la psicología del comportamiento recupera al hasta hace poco debilitado materialismo empírico para mostrarnos que son los experimentos la técnica adecuada para saber, a Ciencia cierta, cómo somos y por qué somos como somos (¡ojo!, no por qué somos). El mundo entero, tras el fin de la época de las certezas que supuso la modernidad, parece haberse vuelto loco por la búsqueda de la respuesta a una pregunta que quizás -y muy probablemente- sea imposible de responder.

La ciencia-ficción ha sido, también en esta cuestión, prospectiva y visionaria. Philip K. Dick (1928-1982) ha sido un explorador existencialista ambicioso y tenaz y, en muchos sentidos, un adelantado a nuestro presente. Todo su discurso literario da vueltas al porqué de la existencia de nosotros, los seres humanos, e incluso de Lo Real, en cuyo seno ese Ser y esa Existencia tienen lugar. Y lo ha hecho desde una duda interior, desde un cuestionamiento de lo establecido, que lo condujo por un espinoso camino desde la mera inquietud existencial hasta una incierta inestabilidad mental (habitualmente descrita como esquizofrenia, aunque resulta dudoso que así fuera). En este recorrido intelectual y creativo hizo acopio de numerosas referencias y materiales, inspiraciones y visiones: reflexionó sobre todas1 e, incluso, intentó utilizarlas y aprovecharlas en sus textos, hasta el punto de reflejar con el conjunto de su obra a toda nuestra desesperada sociedad actual.

En este contexto, el atractivo de Gestarescala (Cátedra, Letras Populares, 2016; originalmente publicada en 1969) se encuentra en cómo esta novela es capaz de sintetizar, quizás mejor que ninguna otra, al Dick explorador existencialista. Su búsqueda de un sentido a la vida, en sus múltiples vías y aspectos, se encuentra reflejada en estas páginas. Pero si ha permanecido relativamente en el olvido, hasta el punto en que la única edición en castellano disponible hasta ahora era de 19752, es porque su representatividad ideológico-filosófica llega a nosotros mediante un estilo literario terribilísimo: sin una planificación clara, la novela discurre a salto de mata, improvisada y salvaje, incontrolable y desordenada. Tampoco ha ayudado al conocimiento de la novela que, en un síntoma de su carácter cuasi-mítico contemporáneo, el interés por Dick discurriese más por la excentricidad de sus visiones3 (alucinógenas o místicas, a gusto del interpretador) que por el origen intelectual exhaustivo de sus referencias analíticas e interpretativas.

Aun así, el desorden de Gestarescala se podría entender a la luz de las múltiples referencias que Dick intenta poner en juego. Cuando uno tiene tanto que decir, y no cuenta con una estructura bien diseñada y/o su técnica de escritura no es la mejor, el caos resulta a veces tan predecible como inevitable. Y aquí las referencias son numerosísimas.

Ilustración de QuikHoney

De inicio, la novela fundamenta sus pilares en el concepto aristotélico de potencia. A través de él, Dick intenta ilustrar el conjunto de posibilidades de realización de las personas y cómo las estructuras sociopolíticas del Estado, al coartar las posibilidades de la persona para la elección y el acto, también coartan/limitan/frustran/castran a esta potencia. Como consecuencia, todos los habitantes de la Tierra viven “alienados”, privados de la posibilidad de desarrollar autónomamente su potencia, conscientemente alejados de su voluntad, distanciados por tanto de sus deseos. Este distanciamiento toma en Dick distintas formas: la de la añoranza del pasado (cualquier tiempo pasado fue mejor), la del escepticismo respecto a su realidad presente (acudiendo a artificios como “El Juego”, para huir de esa sensación de desarraigo) o la fe en un futuro alternativo (desconfianza en el progreso de su presente, pero al mismo tiempo fe en la posibilidad de otros caminos o alternativas).

Joe Fernwright representa en este contexto a la mayor parte de la población de la tierra. Alfarero de profesión y de actividad restaurador, la sociedad global altamente tecnificada lo tiene como a una persona inservible; por eso vive encerrado en un cubículo, tedioso, a la espera de una llamada de necesidad que, sabe, no se va a producir. Y Dick nos deja claro que es un representante del conjunto pues, en los compases iniciales, se esfuerza en dibujarnos las demás variables participantes a través de las cuales el sistema político estructura el extrañamiento humano respecto a Lo Real.

Ya comentamos el contexto sociopolítico: vive en una sociedad totalitaria con limitaciones tanto en la esfera pública como en la privada. Pero también debemos considerar el contexto laboral: las personas sin profesión productiva reciben un subsidio muy similar en su definición a lo que hoy entendemos por Renta Básica. El contexto económico: el dinero fiduciario ha impuesto su naturaleza fluctuante haciendo que, en este momento, su valor sea inestable y bajista en contextos cortísimos de tiempo (un día). El contexto social: recluidos en sus cubículos a la espera de unas órdenes que nunca llegan, las conexiones humanas, y más las amistades, son prácticamente inexistentes. Y el contexto familiar: como se verá muchas veces en Dick, su protagonista vivió una relación castrante con una mujer dominadora (Kate) que, ahora, intenta compensar en sus carencias afectivas con otras mujeres moldeadas respecto a un perfil más maternal (¿Complejo de Edipo, quizás?).

Y, entonces, Glimmung aparece en la vida de Joe. En la segunda parte de la novela se le presenta una oportunidad para romper con su realidad y ser trasplantado a otra, la del Planeta del Labrador, donde su vida sí puede tener sentido. Su labor: participar como restaurador en el rescate de Gestarescala, un edificio catedralicio hundido bajo el mar. Aquí puede volver a ser productivo, ejerciendo su profesión; reconocido por los demás; recibiendo un salario que convierte en irrelevante el deterioro del valor del dinero fiduciario terrestre, y, quizás, reconstruyendo su vida al lado de otra mujer (Mali Yojez). Tal promesa procede de un ser definido como “especie” por su carácter poliédrico: puede estar en varios lugares a la vez, adoptando distintas formas -que no personalidades-, configurándose como un personaje pseudodeídico, alrededor del cual la novela va a intentar definir un escenario casi mitológico.

Cuando uno tiene tanto que decir, y no cuenta con una estructura bien diseñada y/o su técnica de escritura no es la mejor, el caos resulta a veces tan predecible como inevitable.

Así, la novela introduce un extraordinario giro copernicano cuando, efectivamente, Joe pasa de vivir Lo Real en La Tierra a vivirlo en el Planeta del Labrador. En La Tierra, la existencia del Ser se analiza exógenamente, observando su vida a partir de su relación con Lo Real: cómo las estructuras institucionales globales lo influyen y determinan. En el Planeta del Labrador, el Ser pasa a analizarse endógenamente: utilizando figurativamente a la introspección para explorar la forma en que la persona define su Ser a través de la experiencia.

Para este objetivo, en esta segunda parte de Gestarescala, Dick utiliza para el diseño de la escenografía, el contexto y los personajes, el marco de pensamiento del psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (1875-1964). Y lo hace del último Jung, aquel más alejado de las posiciones freudianas, más maduro en cuanto a la definición y tratamiento de los conceptos de inconsciente universal y de arquetipo, más oscuro en su análisis del inconsciente, y más asertivo en cuanto a la función de los arquetipos como modeladores de la experiencia y -en consecuencia- de la conciencia humana. Esta inspiración debemos tomarla en términos estrictos, hasta el punto de llegar a considerar al Planeta del Labrador como una representación simbólico-metafórica de la mente humana, y a todos sus elementos, principalmente, como figurantes funcionales.

De esta forma, el espacio planetario se divide entre una superficie luminosa y un mar oscuro y tenebroso (consciente/inconsciente) en el que domina Glimmung (la voluntad) sobre todas sus especies autóctonas (los deseos), aunque Glimmung encuentra una fuerte oposición en los Calendas y en su libro donde se contiene todo lo que ha sido y es y será (el destino). Estas dos entidades mayores, Glimmung y los Calendas (voluntad y destino), mantienen una lucha sobre si, finalmente, el reflote de Gestarescala tendrá lugar o no. En esta lucha, todos los personajes contratados por Glimmung se entienden como entidades de parte y, por eso, su prometedor planteamiento individual se percibe aquí como plano, en cuanto a los personajes secundarios, y tosco y desaprovechado, en cuanto a los personajes principales. Esto es consecuencia de convertirlos -llegado determinado punto- en arquetipos fácilmente identificables como, por ejemplo, ánima (Mali Yojez), ánimus (Harper Baldwin) o la sombra (a quien encuentra Fernwright en el mar). La trama sufre además de constantes saltos en sus hilos narrativos, justificados por la necesidad de introducir elementos imprescindibles como son los deseos reprimidos presentes en el inconsciente -transformados en actos en la mente consciente- (la vasija), el inconsciente colectivo (la catedral de Gestarescala) o la mente racional (el robot Willis).

En la tercera parte, a modo de brevísimo colofón contenido en las últimas páginas del capítulo final, la trama sitúa a Joe Fernwright en otro planeta (Betelgeuse Dos), donde podrá ejercer plenamente su profesión. Incluso, podrá compatibilizar aquello que venía haciendo (restaurador de la alfarería para otros) con aquello que siempre quiso hacer (elaborar sus propias vasijas). En pocas líneas se mantiene una coherencia total tanto en el tratamiento de la alienación y el extrañamiento iniciales de Joe: la actitud pesimista con su presente lo lleva a no volver a La Tierra; su etapa en el Planeta del Labrador es considerada como un período positivo de autoconocimiento y cambio personal: en Betelgeuse Dos la persona inicialmente alienada ha dado paso a otra capaz de desarrollarse positivamente, convirtiendo su voluntad en acto.

En términos generales, el esquema de Dick nos ofrece una reinterpretación de la novela de aprendizaje a partir del autoconocimiento4. Joe Fernwright atraviesa todas las etapas propias del bildungsroman: desde la toma de conciencia inicial respecto a su situación de alienación, pasando por el desarrollo de un proceso de aprendizaje personal que se realiza en un plano psicológico pero que posee consecuencias en todas las facetas de su vida, para acabar con un aprendizaje y un perfeccionamiento que nos lo muestran como a un hombre en proceso de plena realización. Dicho progreso será, además, evidentes desde un punto de vista estrictamente moral.

Ilustración de la edición americana de Berkley/NAL de 1970

A la hora de analizar la novela resulta también de interés enfocar los elementos de forma independiente y a la luz de las creencias y opiniones personales de Dick. Aunque es evidente el peso del marco teórico-analítico junguiano, a la hora de jugar con sus elementos constitutivos, la trama los pondera según la posición relativa de nuestro autor con respecto a cada uno de ellos. Resulta innegable el peso del individuo en Dick (Joe Fernwright) y, dentro de él, la mayor importancia de la dimensión femenina (Mali Yojez) que la masculina (Harper Baldwin); o la mayor importancia de la voluntad humana (Glimmung) que el destino (los Calendas), o lo que se entiende por la inmanencia del “deber ser” frente a la potencia y voluntad del Ser. A los lectores dickianos tampoco les va a sorprender el papel relativamente secundario que adoptan en él tanto el inconsciente colectivo (la catedral) como la mente racional (el robot Willis) -cuyo tratamiento se puede considerar negativo y, en el caso de la mente racional, incluso rozando la ridiculización más descarnada-.

Por otro lado, nuevamente, Dick juega en esta novela con dos realidades. Si bien aquí, en vez de jugar con la dualidad Lo-Real/Lo-No-Real, distingue y analiza Lo Real en sus dos planos constitutivos: Lo-Físico/Lo-Mental. En cuanto a la trama general, Dick se adentra en un análisis metafísico del Ser tocando, además, con cierta intención de fondo, tanto su problema óntico -el Ser- como su problema teleológico – cómo los fines del Ser podrían funcionar como el bisturí de Lo Real-. Sin embargo, es aquí donde Gestarescala acumula la mayor parte de dudas y lastres: el tratamiento de los hilos narrativos y los personajes no posee orden ni concierto y, cuando aparece, es porque el marco de pensamiento a que la novela se debe así lo impone. Dick se desdibuja como autor para presentársenos como pensador, y lo hace de forma sobresaliente. Pues aquí hay grandes ideas… aunque fatalmente escritas.

Aunque es evidente el peso del marco teórico-analítico junguiano, a la hora de jugar con sus elementos constitutivos, la trama los pondera según la posición relativa de nuestro autor con respecto a cada uno de ellos

Un Dick intelectualmente ambicioso nos trae una novela extrañamente magnética. Mientras te pasas horas entretenidísimo, intentando desentrañar el reloj que mueve las manecillas creativas de la trama, también te desesperas con unos personajes toscos y de brocha gorda y con la sucesión de escenas inconexas o pésimamente relacionadas. En vida, sobre todo durante sus últimos años, Philip K. Dick rehuyó de Gestarescala, y aunque el tiempo le ha dado la razón en cuanto a su carácter menor, también debemos ser justos y reconocer que, todo el material aquí presente y su curiosísima elaboración, hacen de ella una novela muy interesante y con una lectura de fondo todavía disponible para los curiosos que quieran acercarse a ella.

NOTAS

1 Los materiales de estas reflexiones se encuentran recogidos en una inabarcable Exégesis que, si los anuncios y previsiones no yerran, Minotauro publicará por primera vez en España durante 2017.

2 Se publicó en la editorial argentina Intersea, con prólogo e introducción de Andrés Esteban Machalski. Algunas de las decisiones actuales tomadas por Julián Díez en 2016 tienen su origen en esta edición austral tendiendo a conservar, curiosa y sorprendentemente -pues entonces se tomaron decisiones a partir de criterios ciertamente dudosos-, la mayor parte de ellas sin apenas alteración.

3 Declara el inicio de sus visiones en 1974.

4 Aunque en este tipo de textos es el tiempo, a través de la edad, la forma en cómo la persona aprende y realiza su transformación. Dick nos ofrece aquí una versión donde el progreso del espacio-tiempo queda en relativo suspenso para, a través de la introspección, de la exploración del uno-mismo, prepararse para el cambio que se va a dar en la siguiente fase de la vida de Joe, ya lejos de La Tierra.