Portada de La plaga de los zombis y otras historias de muertos vivientes Valdemar

Amados muertos es un buen ejemplo de la visión moderna del zombi literario. Recopilado en una antología de Valdemar, mezcla sexo con alienación y se pregunta quién es verdaderamente el zombi: si el no-muerto o los vivos.

La tradición literaria del zombi es muy escasa en comparación con el visceral y mórbido carnívoro moderno. Está de más decir que las manifestaciones iniciales de muertos que regresan se nos han presentado en formas de vampiros, fantasmas y ghoules, pero no en un ente que fuera capaz de izarse como la representación más baja de los instintos necrófagos que todo humano reprime. Si bien el ghoul es lo que más se le asemeja, el zombi no sólo come carroña sino que consume de forma voraz e insaciable cualquier carne que se cruce por su camino.

La antología denominada La plaga de los zombis y otras historias de muertos vivientes (Valdemar, 2010, con traducción de Marta Lila) nos adentra justamente en la modernidad zombi en su máximo esplendor. Al abrir sus páginas, no se encontrará en ellas cuentos clásicos: toda referencia que uno pueda imaginar sobre mitologías antiguas o criaturas de grimorios medievales será remplazada audazmente por imaginarios visuales modernos y referencias explícitas a la cinematografía que subyace en la creación del arquetipo actual del monstruo. Bajo ese alero, la antología es una recopilación interesantísima de los escritos más representativos del género.

Amados Muertos (1), de Ian McDowell, es el antepenúltimo cuento de dicha recopilación.  Oscuro y escatológico, es capaz de resumir la filosofía literaria que subyace tras el zombi. Sirve además como una adelantada conclusión al catálogo de obras cronológicamente recopiladas y ordenadas por el especialista Jesús Palacios en tres categorías: zombi vudú, zombi pulp y zombi post-Romero.

Propio de la línea instaurada después de La noche de los muertos vivientes (1968) de George A.  Romero, es un cuento en el que McDowell traza una horrible parodia en donde se mezclan el terror visceral junto a referencias al cine B y escenas turbias de sexo y vómito. Tim, el protagonista, es un fracasado maquillador y productor de películas de terror sumido en la miseria después de que sus locas fantasías se comenzaran a levantar de las tumbas y a comer carne humana. Vive con su novia Marta en un antro de drogas y perdición ubicado en una distópica California donde los zombis ya han sido dominados (no de la forma más ortodoxa), mientras le hace pequeños trabajos a una agrupación llamada “La Juguetería Mágica”. Esta agrupación se dedica a recolectar muertos vivientes y a transformarlos en maniquíes artificiales mediante una terrible fórmula: “Le retirarían la piel, junto con los contenidos de su cavidad abdominal; aquélla sería sumergida en el mismo agente biosintético curtidor que se usaba para fabricar las populares chaquetas de piel vuelta, mientras que los intestinos serían desechados y reemplazados con bolas de poliestireno o algún otro relleno similar. Le extraerían los ojos y se los remplazarían por unos de cristal, (…) le sellarían los dientes para bloquear la entrada al estómago y para evitar que mordiese. Le inyectarían conservantes en su cuerpo desollado, como en una antigua película de Clive Barker”… Posteriormente, coserían la piel y la volverían a poner en el cuerpo del zombi, ya ciego e incapaz de hacer daño, con el fin de entregarlo a pervertidos sexuales que lo usan a su antojo.

El maquillador Tim es el encargado de hacer una réplica para el funeral de una malograda Dolly Parton en escayola mientras su cuerpo zombi sería convertido en juguete, pero su repulsión lo hará cometer un error garrafal al desconectar unos de los cables que mantienen el cadáver inmóvil por corriente alterna y éste se levanta para atacarlo. El trabajo falla; coronando el pésimo día de Tim, su novia muere por sobredosis.

La representación de esta Dolly Parton zombi será una de las primeras pistas para poder desentrañar la maraña que McDowell intenta representar. Prácticamente la vida de Tim girará durante toda la narración entre dos mujeres: el inicio dado por la zombi que se levanta y su novia Marta, que no hace más que brindarle un sexo ocasional insulso y enfermizo. Son ellas quienes nos darán pistas sobre la condición de fracasado patológico de Tim.

La incapacidad de lograr una erección con Marta se ve paradójicamente contrariada con su sorpresivo embarazo. El sexo resulta un consuelo y de tanto trabajar con fórmulas artificiales creando simulacros de personas, Tim no se contenta con su propia realidad: ya no le sirve. Y es ahí donde el zombi cobra un sentido increíble: la Dolly Parton zombi es para Tim lo que Marta es incapaz de ser, y más aún, lo que nadie puede ser dentro de su propia artificialidad y que sólo la muerte puede proporcionar: “Con su verdadero pelo de color parduzco, muy corto y sin maquillaje, Tim casi no la reconoció. Era una mujer pequeña de mediana edad y de triste apariencia, con patas de gallo y una ligera papada (…)  muerta, desnuda y con una batería de coche conectada a la cabeza mediante dos pequeñas agujas clavadas detrás de cada oreja”. Dolly Parton de pronto aparece con patas de gallo y papada, muy alejada de las grandes pelucas o la exuberancia propia de su figura. Cuando se levanta y camina Tim no puede más que caer en pánico: “De hecho era la primera vez que veía un fiambre en movimiento”.

¿Quién es realmente entonces el ávido ser de carne humana? Porque el zombi que se levanta por su propio pie e intenta comer instintivamente resulta ser el antagonista perfecto para un personaje principial reprimido que termina autocastrándose para darle de comer a una zombificada Marta; queda así patente su opción de infelicidad y castración frente a los fracasos continuos de su vida. ¿Es entonces el zombi el monstruo o el propio Tim? Dentro del cuento jamás se muestra a un no-muerto comiendo carne; es más, toda imagen cruel siempre tiene que ver con Tim y su drogadicta pareja.

Es así como Amados muertos de Ian McDowell se posiciona como uno de los mejores cuentos dentro de su antología, y se convierte a su vez en una manifestación atractiva y amplia del zombi moderno. Su temática, que en un principio parece bastante simple y hosca, sólo es posible desentrañarla totalmente en más de una lectura. Por ello y por sus explíctos detalles escabrosos y repulsivos es necesario entrar a él como un amante del género, aquel incondicional que asiduamente ve The walking Dead o que creció con las películas de Clive Barker, y que está acostumbrado a lo truculento del “otro zombi”, aquel ser que cuando se levanta de la tumba será reinterpretado por cada lector en función de sus propias vivencias. Lo observamos con una cierta repugnancia, con una cierta compasión. A fin de cuentas, ya dejamos atrás nuestros instintos más primitivos… ¿O no?.

NOTAS:

(1) El título original del cuento es “Dead Loves” (recopilado de la antología Mondo Zombie, editada por el escritor John Skipp en 2006); ya en  la edición de Valdemar (2010) de La plaga de los zombis y otras historias de muertos vivientes aparece con el título de “Amados muertos” (tanto en el índice como en el mismo título del cuento); aún así, Jesús Palacios en el apartado que dedica al “Zombi Post-Romero” lo llama “Amores muertos”, por lo cual se asume que existe un pequeño error de coordinación entre  Marta Lila Murillo, la traductora, y el antólogo.