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Glaxo Robot, por Chris Moore.

Ahora que Hillary Clinton y Donald Trump han anunciado a sus candidatos a vicepresidentes, dos hombres blancos, de mediana edad y cristianos, cabría preguntarse qué hubiera pasado si alguno de ellos hubiese sido un robot. Tal eventualidad la anticipó el escritor de ciencia-ficción John Sladek (Iowa, 1937- Minnesota, 2000) en su novela de 1983 Tik-Tok (y traducida tres años después por la editorial Acervo).

El aspirante Tik-Tok que se lanzará a la carrera por la Casa Blanca no será un ingenuo y simple mister Chance1, sino más bien un psicópata con odio hacia la humanidad y un amplio historial delictivo. “Sólo quiero saber qué se siente al obrar el mal, al cometer pecados”, asegura en un momento de su disparatada autobiografía, que narra en primera persona -salvo un titubeo momentáneo en tercera al inicio de la novela, y que sirve para demostrar que el robot no está en sus cabales, que tiene una peligrosa disfunción de personalidad con la que altera la realidad- desde su nacimiento en una cadena de montaje hasta el momento en que se prepara para ser desguazado. Sin arrepentimientos ni excusas, va desgranando con sinceridad desarmante su existencia. Esta decisión de contar su historia no responde a la mera vanidad: es una venganza final contra la humanidad, su burla postrera, en la que admite todos sus delitos sin castigo. Es su última lección sobre la estupidez humana.

A diferencia de Isaac Asimov, muy presente en esta obra como no tardaremos en comprobar, John Sladek no tenía motivos, en 1983, para creer en la buena voluntad de sus congéneres ni para abordar con esperanza el futuro. Sladek no compartía la visión sana y orgullosa de Ronald Reagan sobre los Estados Unidos: el presidente (1981-1989) usó durante su mandato la metáfora bíblica de la ubérrima ciudad en la cima de una colina2 para referirse al estado de gracia de una nación casi tocada por el Altísimo. A lo largo de dos eternas legislaturas, que modificaron irreversiblemente el sustrato ideológico y económico del país, Reagan hizo creer a sus gobernados que vivían en Nuevo Edén. Mientras la vida en Villa Celestial era pintada del color del arcoiris, Regan y su palmera Margaret Thatcher reiventaban un nuevo concepto de Estado, cada vez más reducido y menos puesto a disposición de los ciudadanos. En los tiempos de Reagan, abogar por más derechos y libertades te convertía en un peligroso comunista (y por lo tanto en un traidor a la patria).

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El simpatiquísimo Tik-Tok, muñeco de las historias del Mago de Oz de Baum, que se describe a sí mismo como un “esclavo” al servicio de Dorothy.

Sladek tenía un serio problema con las consignas de la administración Reagan: a sus 46 años sabía que eran bulos descarados. Había descubierto que Estados Unidos no era el Paraíso en la Tierra y que el “sueño americano” era una campaña de marketing. En su juventud había transcurrido largas temporadas en el extranjero, donde sorprendió a marroquíes, españoles, austriacos y alemanes con sus extravagantes hábitos de escritura. En 1966 se asentó en Inglaterra, y en 1989 volvió a Iowa para establecerse como autor de éxito. Su amistad y colaboraciones con el depresivo Thomas M. Disch le volvieron pesimista patológico. Precisamente, el cénit de la cooperación entre uno de los grandes nombres de la ciencia-ficción y quien pasó durante años como sucesor espiritual de Kurt Vonnegut por la acidez de sus sátiras, Black Alice (1968), una historia ambientada en los Estados Unidos durante la lucha por los derechos civiles (por los que se postuló a favor), inspira de manera directa Tik-Tok.

Se podría hacer una lista interminable de los temas parodiados y satirizados por Sladek en la novela, por lo que nos ceñiremos tan sólo a los tres más importantes: la segregación, la fama y la política (con la p minúscula de podredumbre).

Los robots del libro sufren las mismas situaciones de aislamiento que los negros en los estados esclavistas de USA. Carecen de identidad, no pueden tener posesiones, pues son ellos en sí mismos una posesión, no existen como ciudadanos. Los robots se ensamblan para servir exclusivamente a sus amos: su mansedumbre se acentúa por los circuitos asimov que tienen implementados. En 1942, Asimov postuló sus tres leyes de la robótica, las tres condiciones que determinaban la humanidad de unos robots más humanos que los propios humanos; a través de ellas, sus criaturas de acero velaban por la integridad de sus homólogos en carne y hueso. Lo que el Buen Profesor ideó como un pasatiempo con diversas variables, Sladek lo rechaza como un símbolo de esclavitud, de diferenciación3. Para él, suponen una discriminación que constriñe a los robots, que los supedita a los caprichos de una raza idiota, decrépita y babeante. Los circuitos asimov dejan a los robots inermes ante sus dueños. La analogía con el esclavismo sudista puede verse mejor con tres ejemplos, que pueden valer como leyes Sladek de la robótica: un robot no puede representarse a sí mismo en una película o espectáculo, y su papel lo ejerce un ser humano disfrazado; un robot no puede buscar el beneficio para sí mismo, sólo para su amo; un robot no posee nombre, se lo ponen sus compradores. El de Tik-Tok se lo debe el anti-héroe de esta novela a los hijos pequeños de sus últimos propietarios, que lo bautizarán como un personaje de El mago de Oz, de L. Frank Baum.

El inicio de la meteórica carrera de Tik-Tok como artista conceptual le convertirá en el abanderado involuntario de un movimiento llamado “Un sueldo para los robots”, transposición paródica de la lucha por los derechos civiles de los negros en los Estados Unidos de mitad del siglo pasado. Tik-Tok descubrirá así los vaivenes de la fama y su puerilidad. Se aprovechará de la pantalla que le da su reputación para esconder sus crímenes. Como persona respetable y admirada, Tik-Tok será agasajado hasta lo ridículo. La despiadada futilidad de su condición de personaje público se reflejará en las banales (y hasta ofensivas) entrevistas televisivas que concederá en horario de máxima audiencia. Tik-Tok terminará matando ante los ojos de sus arrebolados seguidores a un minusválido, pero la vulgarización de su fama, y su consiguiente impunidad, le amparará. Sólo un guardia de seguridad reacciona, pero es obligado a rectificar cuando comprueba la feroz oposición que encuentra entre los apóstoles de “Un sueldo para los robots”.

La creciente fama del líder robótico será la antesala de su salto político. Tik-Tok, implacable durante la exposición de sus tropelías, se verá superado por la lógica y las dinámicas de los políticos y de quienes idean estrategias y mensajes. Al hablar de política, en minúsculas, Sladek se vuelve furibundo, y escribe diatribas como esta, con la que una asesora intenta vencer los reparos del candidato a vicepresidente: “Tener un pasado sucio es muy normal actualmente. Los electores lo saben pero no les importa, son tan insensibles o están tan desesperados que se limitan a cerrar los ojos e intentan elegir al criminal que menos posibilidades tiene de fastidiar en la Casa Blanca”. Cambiemos “Casa Blanca” por la residencia de cualquier primer ministro del mundo, y el mensaje seguirá sin perder ni su fuerza ni su vigencia4.

Es una pena que la mala edición de Acervo, plagada de errores ortográficos o de sinsentidos en su traducción, empañen una lectura que tan bien explica el callejón sin salida moral, ético y político en el que nos hallamos. Con un sentido del humor inquebrantable, John Sladek nos congela la sonrisa al hacernos pensar en los temas que plantea, que ya parecían viejos en 1983 y que todavía hoy siguen estando de actualidad. Basta con seguir las noticias diarias sobre el declive de los valores europeos, o, por poner otro ejemplo más, con escuchar unos minutos a Donald Trump, para darnos cuenta de que el Apocalipsis llama ya a nuestras puertas.

NOTAS:

1 Nos referimos al protagonista de la novela Desde el jardín (1971), de Jerzy Kosinski, cuya adaptación cinematográfica, Bienvenido mister Chance, a cargo de Hal Asby (1979), es el tonto testamento filmíco del extraordinario actor Peter Sellers (1925-1980): mister Chance es el jardinero de un millonario que es descubierto a la muerte de aquél en su mansión, en la que vivía recluido. Su limitada inteligencia y su parquedad de palabra será confundida por varios poderosos conmilitones de su difunto señor por pragmatismo y sabiduría natural, lo que llevará a que sea postulado para la Casa Blanca.

2 Sermón de Jesús en la montaña (Mateo, 5 14-16)

3 Para ahondar todavía más en la burla a Asimov, en el penúltimo capítulo (hay uno por cada letra del alfabeto anglosajón, como pasaba en La historia interminable, de Michael Ende), se descubre que Tik-Tok tituló a sus memorias Yo, robot, como la antología de 1950 en la que se plantean numerosas variaciones a las tres leyes robóticas.

4 De hecho, es de una clarividencia devastadora. Uno de los frentes anti-robots se llamará Personas Primero, y responderá a las siglas PP, que son las del partido gobernante en España. Acosado por mil escándalos políticos y de corrupción, que distan mucho de terminarse, y que sin embargo han disparado su representación en las últimas elecciones de junio, el Partido Popular (PP) ha aprobado leyes contrarias al Estado del Bienestar que se plasman en el ideario del ficticio Personas Primero. Además, Sladek, buen observador de los tejemanejes políticos, legó una frase que debería ser eslogan de la oposición española: “finalmente, el cielo quedó cubierto con las nubes del PP”.