El Rojo, ilustración de Mariano Henestrosa para Fabulantes.

La selva lo devora todo. Ni el hierro más templado ni la voluntad más firme pueden resistir su hambre y evadir el mal “palpable en ella, siempre en penumbra”. Pero la selva esconde también secretos y ante su obsesión ceden incluso las mentes más racionales. En El Rojo, el último gran relato de Jack London, el escritor estadounidense despliega sus más originales rasgos estilísticos y sublima los demonios que lo atormentaron a lo largo de su carrera. London forja en este texto de 1916, ambientado en las tenebrosas junglas de Guadalcanal, una de sus mejores apuestas literarias, un crisol de ciencia-ficción y horror primigenio en el que la muerte es el último puntal que impide el colapso de la esencia humana y la redime.


Jack London (1876-1916) es uno de los referentes de la literatura norteamericana del siglo XX, con una amplia obra que aborda todos los géneros, desde la novela y el relato, hasta el ensayo social. Su azarosa trayectoria vital, que le llevo en su corta existencia (murió a los cuarenta años) a viajar por medio mundo y a ser marino, contrabandista, vagabundo, obrero de fábrica, buscador de oro, agitador político, ideólogo socialista, articulista, corresponsal de guerra y escritor, dotó de una riqueza y originalidad sin igual a su producción literaria. Llegó a ser el primer escritor estadounidense que se ganó la vida con el fruto de su imaginación, por lo que siempre tuvo la oportunidad de escribir sobre lo que quería y con una calidad muchas veces al margen de las modas y de la comprensión de los críticos. Sin embargo, sus creaciones más conocidas, como Colmillo Blanco (1906), El lobo de mar (1904) o La llamada de lo salvaje (1903), así como los cuentos que plasman sus viajes por Alaska y el océano Pacífico, injustamente lo han situado ante los ojos de la ortodoxa y miope nomenklatura editorial en el reducido universo de los autores de literatura juvenil y de aventuras. Falaz clasificación ya de partida, pues London desarrolló un estilo personal muy rico, revolucionó la manera de escribir cuentos e impulsó la plasmación literaria de la crítica social, en obras insuperables como La gente del abismo (1903) o El camino (1907).

En este año, en el que se conmemora el centenario de su muerte en 1916 en circunstancias poco claras, parece oportuno recordar otras facetas del cosmos literario de Jack London, en concreto la que le permitió abrir una senda pionera en la titubeante maraña de la ciencia-ficción que marcó el cruce de caminos de los siglos XIX y XX. London, con una conciencia política y social muy señalada desde sus primeros escritos, siempre aprovechó la ciencia-ficción para defender esta impronta. Así ocurre en El talón de hierro (1908), que inaugura el género de las modernas distopías, o en El vagabundo de las estrellas (1915), una implacable crítica a la tortura, la pena de muerte y el encarcelamiento, con el viaje extracorporal como medio de liberación. Al menos una docena de relatos de Jack London pueden incluirse en el género fantástico, al igual que cuatro de sus novelas, entre ellas las dos citadas. La mayor parte de estos escritos tiene una calidad y una originalidad sin parangón.

El género de la ciencia-ficción ya había sido transitado con profusión en la segunda mitad del siglo XIX en Europa, desde Jules Verne a H. G. Wells, pero en Estados Unidos los avances habían sido más tímidos. Aunque Edgar Allan Poe, Ambrose Bierce y el propio Mark Twain habían tocado de pasada el asunto, el terreno aún estaba por abonar en ese país, con pocos autores dispuestos a dotar de un trasfondo más reflexivo al género. London no desaprovechó la oportunidad y se lanzó a tan procelosas aguas con textos como Un millar de muertos (1899), El rejuvenecimiento del mayor Rathbone (de ese mismo año), Una reliquia del Plioceno (1901), Antes de Adán (1907), El enemigo del mundo entero (1908), Cuando el mundo era joven (1910) o La plaga escarlata (1912), entre otros. En la mayor parte de estos escritos quedan de manifiesto el pensamiento y la indagación de London en lo que se refiere a la ciencia-ficción “social”. No importaba que el argumento girara en torno a catástrofes, viajes temporales, utopías o distopías, ahí estaba la reflexión original londoniana sobre las fuerzas motoras de la sociedad, los desafíos de la civilización -la real y la utópica-, o la lucha entre clases sociales con el objetivo de erradicar las desigualdades económicas. La influencia de Huxley y Darwin es evidente en estas historias, así como las corrientes utópicas de la filosofía occidental; pero también destacan las sombras del determinismo racial y del tardío imperialismo del XIX, con la superioridad de la raza anglosajona como elemento civilizador incuestionable. Pese al chirrido que producen hoy día algunos de estos planteamientos elitistas, nada ajenos a sus maestros Wells o H. Rider Haggard, la propia obra de London en este ámbito de la anticipación social inspiró a autores posteriores de la talla de George Orwell, quien reconoció en su momento su deuda hacia El pueblo del abismo o El talón de hierro.

Pero además de reflejar su compromiso con la transformación social, algunos de los relatos de ciencia-ficción de Jack London adquieren una especial trascendencia por su singularidad psicológica. Uno de ellos es el que en estas líneas nos ocupa.

London escribió El Rojo durante su estancia en Waikiki, en las afueras de Honolulu. Lo terminó el 22 de mayo de 1916 y se advertía en él la inspiración, no sólo de la que sería su última estancia en Hawái, sino especialmente de sus anteriores viajes por el océano Pacífico, el más conocido de ellos a bordo del legendario velero Snark. En esos periplos oceánicos tuvo la oportunidad de visitar las islas Salomón, en la Melanesia, un territorio geográfico –y mítico- donde en esos tiempos la aventura era algo todavía real, inspirador y también peligroso. El Rojo es un relato, quizá uno de los más elaborados de la cosecha de Jack London, en el que una permanente sombra se cierne sobre la escritura.

Y no solo como artificio de estilo. En esas semanas, en las que los paseos por las playas de Waikiki y sus reflexiones en el porche de su casa hawaiana iban modelando la trama de El Rojo, el pesimismo y la amargura eran compañeros inevitables de London. La obesidad, los problemas continuos de salud y sus crecientes dudas sobre cuál debería ser su futuro como escritor, con una frustración notable ante la falsedad que había ido encontrando en el mundo periodístico y editorial, modelaron los trazos de este relato. No se desarrollaba en Hawái o en alguna de las localidades paradisiacas que había conocido en sus travesías por el Pacífico, sino en la más bien tenebrosa isla de Guadalcanal, en el archipiélago de las Salomón. Las playas de arena blanca, las aguas cristalinas y los generosos y bellos nativos de la Polinesia evaden las páginas de El Rojo, desplazados por selvas despiadadas habitada por caníbales de aspecto “simiesco” y comportamiento brutal, que desde el principio del relato ya presagian una conclusión fatídica de la historia. El lector no puede menos que recordar la siniestra atmósfera -y también algunas de las referencias que lindan el desprecio racista- que predomina en otro “relato de jungla”, más elaborado quizá, pero con la misma esencia: El corazón de las tinieblas (1899), de Joseph Conrad. Ambas obras parten de realidades y contextos muy diferentes, como muy distintos también lo eran Conrad y London. Sin embargo, la intensidad narrativa se acerca mucho en las dos historias y no es osado defender la proximidad dramática entre el coronel Kurtz y el entomólogo Bassett, el protagonista de El Rojo.

El tema central del relato de London pudo haber surgido de alguna de las conversaciones que mantuvo con su amigo George Sterling, quien le argumentó sobre la posibilidad de que una civilización tecnológicamente mucho más avanzada que la terrestre hubiera enviado a nuestro planeta un mensaje imposible de ser descifrado y que hubiera quedado varado en la Tierra, en este caso en una remota jungla de la cuenca del Pacífico. Algunos biógrafos de London apuntan también a que el escritor conocía la historia del naturalista australiano A. S. Meek, el primer entomólogo “cazador de mariposas”, científico del Museo Tring de Queensland, que se adentró en las inexploradas selvas de Guadalcanal y que descubrió en Nueva Guinea la mayor mariposa del mundo. Meek viajó por las islas del océano Pacífico entre 1901 y 1908, y tuvo la oportunidad de visitar el archipiélago de las Salomón, donde hizo algún importante descubrimiento de una especie de lepidóptero. El entomólogo publicó un diario de su viaje en 1913 al que tuvo acceso London y en el que narraba sus andanzas por la oscuridad de las selvas de Guadalcanal.

El Rojo, que el biógrafo Earle Labor considera la mejor obra de ciencia-ficción de London, es el relato de la búsqueda, por el entomólogo Bassett, del origen de un sonido extraño que emana del corazón de la jungla de Guadalcanal. Un sonido que se escucha como “la trompeta de un arcángel” o el “poderoso grito de un titán de tiempos remotos vejado por la desgracia o la cólera”, con “una intensidad de volumen tal que parecía destinada a oídos allende los estrechos confines del sistema solar” y “un clamor de protesta por la ausencia de oídos capaces de escuchar y comprender su mensaje”.

Bassett es atacado y herido por cazadores de cabezas en una incursión científica en esas selvas, y en su terrible huida por la jungla acaba, enfermo, en manos de un grupo de tales aborígenes. Los otros dos protagonistas del relato son, precisamente, dos de esos primitivos habitantes de la jungla de Guadalcanal: la muchacha que lo encuentra desvanecido por las fiebres, Balatta, cuya fealdad espanta a Bassett de una manera casi irracional a pesar de la atracción que ella siente por él, y el hechicero Ngurnn, un “recolector” de cabezas que espera unir la del malhadado científico a su colección, para ahumarla durante meses hasta obtener una obra de arte que pueda ser mudo contertulio de sus “secretos” chamánicos. Prisionero en la aldea, con las únicas y temibles cadenas de la enfermedad que lo va consumiendo –y matando-, Bassett escucha el sonido de “El Rojo”, también llamado por los nativos “El Tronante”, “El Gran Grito”, “El Cantor del Sol” y, entre otros pintorescos apelativos, “El Hijo de las Estrellas”, un dios primordial al que se ofrecían numerosos y bestiales sacrificios humanos y ante el que incluso los dioses tribales eran torturados y sacrificados.

Con la vana promesa de un matrimonio que no está dispuesto a llevar a cabo, ya por una eventual huida o por su cada vez más segura muerte por el paludismo, Bassett consigue que Balatta le lleve hasta “El Rojo”. Se trata de una gigantesca bola roja, de setenta metros de diámetro, forjada en un metal desconocido y de la emana el increíble tañido de “campana divina”, especialmente cuando es golpeada por los nativos con un ariete con ocasión de los innumerables sacrificios que le son ofrecidos. Bassett llega a la conclusión de que es un artefacto de origen extraterrestre y estalla en carcajadas “al pensar que aquel maravilloso objeto mensajero, lanzado con inteligencia a través del espacio, hubiera ido a caer en un reducto de bosquimanos para ser adorado por simiescos salvajes antropófagos y cazadores de cabezas”. La risa es en realidad una constatación de su histeria: “era como si la palabra divina hubiera ido a caer en el fango abismal del fondo de los infiernos, como si los Mandamientos de Jehová, labrados en piedra, hubieran sido presentados a los monos de una jaula del zoo”. London recurre a comparaciones que podrían parecer racistas, con la exaltación del protagonista ante la degeneración de los nativos, pero que, en realidad, ponen en evidencia la propia miseria y hundimiento paulatino de aquel.

La obsesión de comprender el origen de “El Rojo” y de sentir de nuevo su tañido, “que contenía la palabra y la sabiduría de las estrellas”, lleva a Bassett al borde de la locura y acelera su postración. La conclusión del relato apunta a los peores presentimientos de los lectores. Sin embargo, nada es sencillo en las historias de Jack London y menos el uso y protagonismo que hace de la muerte en algunos de sus relatos, que anticipan el propio final del escritor, apenas unos meses después de la escritura de este cuento. La extinción física aparece como redentora, capaz incluso de que Bassett supere su propia ceguera moral, comprenda qué poco le diferencia de sus captores y enemigos, y dé por buena la ordalía sufrida en ese corazón de las tinieblas de Guadalcanal.

En algunos momentos, el relato de London puede recordar a otro gran escritor norteamericano que lo leyó con profusión. La esencia misteriosa e incomprensible de la bola roja, inmensa y cruel como un ser primigenio capaz de regocijarse desde la indiferencia con la sangre derramada en su honor, sirvió quizá de inspiración a El color que cayó del cielo, de H.P. Lovecraft, autor que también recrea el misterio de esas comarcas perdidas del Pacífico en La llamada de Cthulhu, aunque sin haberlas pisado. Sin embargo, la capacidad de causar horror es mayor en London, que se recrea en detalles macabros que habrían hecho palidecer incluso al genio de Providence.

La notable profundidad psicológica también marca el mayor valor literario de El Rojo y permite comprender a aquellos estudiosos que lo consideran como una obra maestra, no sólo de la ciencia-ficción, sino de la literatura de cuentos universal. Algunos hablan de la influencia de las teorías y arquetipos de Jung en este texto en concreto, con el elaborado contraste entre los primitivos isleños y la errada y enclaustrada visión del científico y “moderno” Bassett. Empero, quizá sea la propia vida de London la que nos dé, con mayores visos de certeza, las claves del relato: el hombre “civilizado” puede cuestionar su destino y el de la naturaleza que lo rodea, pero la verdad no siempre está en las estrellas sino en el variopinto y difícil camino para aceptar y dotar de sentido a la propia muerte.