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Fotografía de Ana Picos para Fabulantes.

A lo largo de la historia, el ser humano ha contemplado el mar con temor. Controlar su superficie, su vastedad, fue uno de los primeros logros de la civilización, una conquista no exenta de peligros, miedos y también numerosas frustraciones. En consecuencia, de igual manera que en cada panteón refulgía un dios solar, por lo general dios de todos los dioses, también rugía un dios marino. Los celtas veneraban a Nodens (luego incorporado al mausoleo del horror cósmico); los romanos llamaron Neptuno al Poseidón griego; las tribus escandinavas temblaron ante los caprichos de Ran; los inuits agradecían la bendición de Sedna… En la mitología sintoísta que se difundió en Japón, el dios del mar se llamó Susanoo, hermano de la diosa Amateratsu, una deidad retorcida y compleja, condescendiente y cruel, caprichosa y arbitraria.

Es interesante observar cómo coinciden las diferentes culturas a lo largo de las eras en su percepción arbitraria y caprichosa del mar. No menos interesante es comprobar cómo esta visión ha inundado las manifestaciones artísticas, principalmente la literatura. El mar ha constituido el tema central de la obra de, por ejemplo, el navegante Joseph Conrad, el ballenero Herman Melville o el intrépido William Hope Hodgson; ha sido también tocado tangencialmente por Lovecraft, Poe, Stevenson y Kipling… Casi todos, marinos literarios, por filiación o por préstamo, acorralados, cuando no abrumados, por las inmensidades oceánicas. Su mirada reverencial, aterrorizada o resignada, puede traducirse a cualquier lengua o idioma. Porque si algo hermana a la humanidad es el agua. Somos agua, vivimos entre agua.

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La portada para Satori de Juan Hernanz.

El escritor japonés Kōji Suzuki (Hamamatsu, Shizuoka, 1957) ha incorporado una nueva sensación a este acervo universal: el agobio. En Dark Water, la antología de relatos publicada en 1996 y traducida directamente de su lengua original por la editorial especializada Satori en 2015, se percibe una constante sensación de asfixia, de ahogo permanente. Los siete cuentos que componen el volumen (ocho en verdad si incluimos también su prólogo y epílogo interrelacionados) nacen de la preocupación por haber ganado terreno al mar. Las ciudades que han crecido a sus expensas lo han hecho bajo cimientos inestables. Sus pilares son detritos, basura.

Suzuki denuncia la manera abominable en que se ha mancillado el mar. Al escritor, este progreso urbanístico le repugna totalmente: le parece una total humillación. Su disconformidad con la arrogancia humana por imponerle al mar una ley tan aberrante es absoluta. Por esta razón, todas las estructuras acuáticas que figuran en su libro tienen el aspecto de pacientes instrumentos de implacable venganza (mientras que embarcaciones o islas artificiales dan siempre una sensación de fragilidad extrema). La bahía de Tokio, tan recurrente en estos cuentos, parece siempre un refugio inestable, inalcanzable. El mar que la baña observa con desdén el trajín humano por sobrevivir, por desplazarse, dispuesto a atacar de un zarpazo. Así resulta en “Un crucero de ensueño”, en “Isla solitaria” o en “El agujero”: relatos en los que la bahía es testigo impotente de pequeñas tragedias y desgracias.

En estos cuentos, aflora una violencia emanada de una descarnada amargura social. No se puede afirmar que Suzuki desconfíe o se sienta frustrado ante sus congéneres humanos, pero desde luego es casi seguro que se siente azorado entre ellos. Sus protagonistas, incluso cuando son padres de familia como el héroe de “El bosque en el fondo del mar”, tienen una marcada tendencia a la soledad: sus relaciones con los demás son, por ello, incómodas. Hay seres violentos que no encajan en la sociedad, como el personaje principal de “El agujero” o el amigo maltratador de mujeres del protagonista de “Isla solitaria” (un estereotipo, por cierto, que Suzuki repetirá en su novela de 1991 The Ring); tipos que no entienden a su prójimo, como el técnico de sonido de “La acuarela”; sujetos antiempáticos, como el trío varado en “Un crucero de ensueño”. Sin embargo, y aquí reside la clave de la devastadora amargura del escritor, son estas mismas personas quienes se preocupan, a veces por egoísmo propio (pues los necesitan para subsistir), por los otros. Suele ser habitual encontrar a personajes que se sacrifican, que se inmolan, que realizan una osada proeza por algún desconocido o simplemente por alguien que tienen a mano. Estos héroes, que no quieren serlo, o a los que no les queda más remedio que serlo, de pronto cargan sobre sus espaldas con el peso de los más débiles, no siempre con éxito.

Parece como si estas desesperadas muestras de ayuda, como si los sacrificios estériles o desinteresados, sean una forma de contacto, una manera de establecer relaciones interpersonales. Los personajes de Suzuki tienen problemas para congeniar, mantienen vínculos tenues, no muy consistentes, pertenecen a familias disfuncionales o, los más normales, a familias en las que impera una carencia. Por sus condiciones de aislamiento, o de marginación, son propensos a sentir la llamada del mar, del agua, a la que Suzuki, en el prólogo, da una metafórica corporeidad material, surcándola de venas, de arterias, dándola un corazón.

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Fotografía de Ana Picos para Fabulantes, que ilustra el relato “Agua que se agita”.

Dark Water seguramente active inmediatamente reminiscencias cinéfilas, pues es también el título de una película de Hideo Nakata (2002) y de un ridículo remake estadounidense (Walter Salles, 2005). Nakata es un nombre que ha quedado asociado para la posteridad con el de Suzuki: fue su adaptación de The Ring, ulterior a la de Dark Water, la que prefiguró los rasgos actuales del J-Horror. Nakata no descubrió nada nuevo en sus dos películas basadas en libros de Suzuki, pero supo dotarlas de una furibunda personalidad visual que no sólo pervive sino que ha creado un modelo a imitar (sin gracia). El fantasma infantil de la película Dark Water, y toda su iconografía, pertenece al primer relato de esta antología, “Agua que se agita”: a Suzuki le corresponde el mérito de la buena idea del tanque de agua, de la mochila de la niña que desaparece y aparece a voluntad, como una petición de auxilio lanzada desde el Más Allá, de la ambientación tétrica y el emplazamiento ruinoso. En estos cuentos, la presunta civilización es casi una ruina, un vestigio; si no lo es todavía, está muy cerca de serlo. “Agua que se agita” funciona bien por su ambigüedad: Suzuki insinúa que el fantasma puede ser una proyección de la mente histérica y estresada de una madre recién divorciada y con una hija pequeña. No obstante, el final del cuento fue arreglado por Nakata en su adaptación cinematográfica; o mejor dicho, lo puso al servicio de su talento para impactar.

Si “Agua que se agita” es bueno, y “La acuarela” es un perfecto exponente de la originalidad tan habitual en la obra de Koji Suzuki, “El barco a la deriva” es el mejor cuento de la antología. Suzuki entronca en él con la mitología de Hope Hodgson: hay un barco fantasma que encierra un misterio y que a su vez sugiere una fatalidad. La explicación de lo que sucedió a bordo rompe con la dinámica del resto de relatos, en los que los elementos sobrenaturales pueden llegar a discutirse según el punto de vista. Aquí hay una fuerza maligna que odia sin paliativos y que destruye sin contemplaciones. Ha llegado arrastrada por el mar. Es un detrito, un residuo, que la vasta superficie marina convierte en heraldo de venganza.