john bauer

El sueco John Bauer es tal vez el más famoso ilustrador moderno de sagas y mitos nórdicos

La mitología representa, para no pocas culturas, el registro más antiguo de su pasado remoto. Sin embargo, la ausencia de claves interpretativas puede reducir todos esos registros a simple especulación o a un mero resto arqueológico con el que atraer a investigadores y a turistas. Para recuperar la memoria, la mitología precisa completarse con otro tipo de fuentes que nos permitan ofrecer claves de comprensión que vayan un paso más allá de lo figurativo y/o de lo representativo. Fuentes de naturaleza tan diversa como, por ejemplo, las Sagas cortas islandesas (Alianza, 2015), que comentamos aquí.

En Sagas cortas islandesas encontramos cincuenta y nueve textos de extensión breve a través de los cuales podremos comprender mejor tanto la historia de la zona -especialmente en el período de su cristianización y posterior conversión a la “nueva fe”-, como la mitología de una de las culturas que más incidencia han tenido en la modernidad y postmodernidad. Los textos tienen cierto nivel de dificultad que complica, excepto a los especialistas en la cultura nórdica, su lectura; a superar estas dificultades preliminares ayudan la aclaratoria “Nota preliminar” y las certeras notas a pie de página, responsabilidad de su editor y traductor, Luis Lerate de Castro. Además, otro de los valores de este libro está en la inclusión final de una “Relación de sagas y breves publicados en castellano”, a la postre una perfecta guía de seguimiento para todos los interesados en este tema.

Este volumen contiene textos relacionados con las peripecias de un personaje individual o colectivo, de distinto origen social y naturaleza, ambientados en distintos momentos de la historia islandesa a caballo entre finales del siglo X y comienzos del XII. Si nos fijamos en los espacios donde tienen lugar los sucesos narrados, podemos identificar referencias espaciales amplísimas como Inglaterra, Dinamarca, Suecia, Groenlandia y Laponia, las tierras de Roma o de Turquía (encuadrables en el proceso de cristianización por entonces en marcha) y, por supuesto, Noruega e Islandia. Se hace referencia tanto a la colonización de Islandia por los entonces habitantes de Noruega (finales del siglo X) como a la cristianización de Noruega y la conversión al cristianismo de Islandia (año 1000), o a los mandatos de algunos de sus más importantes reyes -especialmente Ólaf hijo de Tryggvi (995-1000), Ólaf el Santo (1015-1028) y Hárald el Severo (1046-1066)-.

Los textos se han escrito entre finales del siglo XII y el siglo XIII, a excepción del “Breve de Jókul hijo de Búi” (siglo XV), perteneciente a un estilo conocido como las “Sagas mentirosas”, debido a los elevados trazos de fantasía contenidos en él como consecuencia de su objetivo de entretener y divertir a la audiencia. Esta distancia cronológica entre los hechos narrados y la voz narradora nos lleva a adoptar dos precauciones. La primera nos abstiene de considerarlos textos históricos, aun cuando se refieran a personajes realmente existentes y/o a hechos documentados, pues, además de carecer del rigor historiográfico exigido, también tienen su origen en una tradición oral deformadora -con efectos desfiguradores cuanto mayor sea la distancia cronológica entre los sucesos y su registro-. La segunda precaución nos advierte de considerarlos una mera ficción: sí existe en ellos una intención de veracidad o, cuanto menos, de recoger sucesos acaecidos, aunque su registro pueda tender a veces al exceso o a la exageración.

Ambas advertencias poseen, sin embargo, un lado muy positivo para el lector contemporáneo. Primero, muestran un más que interesante valor sociohistórico. A través de estas sagas breves podemos hacernos una idea de la vida y costumbres de la época: sobre cómo vivían los reyes en su casa, haciendo de su salón el punto neurálgico; sobre la organización informal de su séquito de compañeros de armas (hird), o sobre las figuras sociales por debajo de la Corona: la clase noble (jarl); los terratenientes o representantes de los hacendados en los distritos del país (gobi); la figura del guerrero-poeta responsable del arte cortesano (escalda1), o las mujeres que recorrían el país diciéndole a las gentes su futuro (volvas). 

Segundo, muestran también un indudable valor antropológico y también literario: aunque el proceso de cristianización se refiere a muchos de sus aspectos mitológicos como “paganos” o, simplemente, antitéticos respecto a “la fe verdadera”, accedemos a un claro reflejo tardío de la tradición pagana nórdica, base de la mitología y la tradición eddica2. Sin embargo, no todas las sagas breves contenidas aquí poseen elementos correspondientes a esta tradición. De los cincuenta y nueve breves recogidos en Sagas cortas islandesas, diez contienen elementos fantásticos encuadrables dentro de la mitología nórdica. Nos referimos en concreto a “Torstein Agobio”, “Tórhall Knapp”, “Torstein Pata de Oro”, el “Sueño de Torstein hijo de Hall de Sida”, “Tídrandi y Tórhall”, “Tórvald Tasaldi”, “Héming hijo de Áslak”, “Orm hijo de Stórolf”, “Ógmund Porrazo y Gúnnar Mitad” y el ya antes referido “Breve de Jókul hijo de Búi”.

oscar arnold wergenald, The Norwegians landing in Iceland in 872 copy

Oscar Arnold Wergenald, Los noruegos desembarcan en Islandia en el 872

Estos elementos fantásticos se encuadran, además, dentro del proceso de cristianización en marcha en este período. Por eso, a muchas de estas figuras antiguas la voz narradora las encuadra como “el demonio” poseedor de poderes “maléficos”, como pasa con el Dios Frey en el “Breve de Ógmund Porrazo y Gúnnar Mitad”, equiparado, por ejemplo, con los poderes abstractos pero demoníacos padecidos por “Torstein Agobio”. Curioso resulta también observar la delgada línea que separa a los seres humanos de gran cuerpo y extraordinaria potencia, como “Orm hijo de Stórolf”, de los gigantes humanoides como Dofri, la abuela de “Jókul hijo de Búi”, de la raza de los ogros de tremenda fuerza pero amorfos y repulsivos cuerpos. O cómo, en estos relatos, ante cualquier poder o influencia maléfica se contraponen los poderes del “verdadero Dios”, de “la fe verdadera”, adquirida a través de “la palabra de Dios” y el rito del “bautismo”.

La voz narradora intenta guardar una sobria distancia sobre lo contado, adquiriendo cierta condición de fedatario sobre los hechos y sobre las relaciones personales y familiares que vinculan a esos hechos. En estos textos es frecuente encontrarnos con conflictos civiles bastante ordinarios, relacionados con pleitos de tierras, animales, préstamos o venganzas respecto a la muerte de algún pariente o hermano de sangre. No obstante, los textos no están desprovistos de emociones, si bien la voz narradora vuelca la expresión de estas notas subjetivas en los personajes: pone en su boca palabras, insinuaciones e incluso creaciones líricas de difícil atribución -por no quedar más testimonio que a través de su palabra-. Por eso, el doble ritmo de estos textos (con una voz narradora aséptica casi notarial y un personaje sumido de lleno en las emociones) enfanga la lectura, más si cabe al ir directamente al grano; es una literatura desprovista de adornos creativos y florituras estilísticas más allá de una lírica escáldica árida tanto de traducir como de comprender. Si bien, a superar estas barreras contribuye decisivamente la excelente labor de edición y traducción de Luis Lerate de Castro.

NOTAS:

1 Estos autores son el origen de la conocida “poesía escáldica”, producida en las cortes reales de Noruega e Islandia entre los siglos IX y XIII, y caracterizada por largas estrofas de compleja sintaxis y rocambolesca retórica.

2 Escrita en nórdico antiguo en el siglo XIII, se divide en Edda poética (o Edda mayor) y Edda narrativa (o Edda menor), contiene referencias consideradas “paganas”, por su carácter mitológico. Fueron una influencia decisiva en Tolkien.