Antes de que autores como Perrault y los hermanos Grimm recopilaran y plasmaran de forma escrita los cuentos populares, éstos se habían transmitido oralmente a través de la historia. La supervivencia del cuento nos lleva a creer que la creación de relatos simbólicos es un mecanismo fundamental en la psique humana. De hecho, los discursos conforman una visión del mundo cuyo desarrollo implicará, simultáneamente, variaciones en la forma de interpretarlos. Si se cambia el relato que refleja los roles de la sociedad, se modifica su funcionamiento. Qué mejor género que el fantástico para transgredir y crear nuevas funciones. Autores consolidados en el realismo, como Gustave Flaubert, George Eliot o Charles Dickens, por citar tan sólo unos casos paradigmáticos, ya se vieron atraídos por esta vía literaria como evasión de las convenciones sociales.

Tomemos por ejemplo La Cámara Sangrienta (Sexto Piso, 2014, edición sugerentemente ilustrada por la dibujante chilena Alejandra Acosta). El título alude al primero de los diez relatos fantásticos que integran la antología homónima publicada por primera vez en 1979. Inocentes cuentos de hadas y leyendas populares se impregnan de sangre, sexo y terror a través de la reescritura de Angela Carter (Eastbourne, Reino Unido, 1940- Londres- 1992), que pone de manifiesto el contenido latente de textos que han ido conformando el imaginario cultural a lo largo de la historia. La obra no sólo está narrada de forma sobresaliente sino que en ella también se intuyen influencias de autores como Geoffrey Chaucer, William Shakespeare, William Wordsworth, Samuel T. Coleridge, John Keats, William Blake, Bram Stoker o Lewis Carroll, junto a leyendas, mitos y estéticas que conforman en su conjunto una narración con una erótica poética y, a la vez, sobrecogedora.

En la colección de La Cámara Sangrienta nos encontramos con relatos hermosos e inquietantes. El primero, más rico en detalles, se acerca a la literatura del Marqués de Sade con alusiones a Baudelaire en un gótico medieval contextualizado en pleno siglo XX. Entre otros, podemos encontrar dos versiones de La Bella y la Bestia o una de El gato con botas que poco tiene que ver con el cuento original. En este último, Carter reescribe un motivo recurrente en los fabliaux franceses medievales: la mujer joven que es infiel a su marido viejo y avaro; el mismo Chaucer lo recogió en el relato del molinero de los Cuentos de Canterbury (1478). Siguiendo la línea de la infidelidad y el matrimonio, Carter se adentra en la licantropía con “El hombro-lobo” (su adaptación de Caperucita Roja) y “Lobalicia”, protagonizado por una Alicia a través del espejo de aspecto lobuno junto a un duque vampírico aún más terrorífico que el de Stoker.

Angela Carter comenzó su carrera como periodista, pero se abrió camino a través de la crítica cultural y la literatura. Muy influida por el psicoanálisis y el discurso feminista, no es de extrañar que eligiera el mundo fantástico del cuento, el mito y el romance, géneros establecidos por hombres, para cumplir su objetivo de analizar las relaciones entre sexos y la concepción del deseo de la mujer. Las transgresiones del gótico y su “licencia” sexual serán la principal influencia en los relatos de una autora que, si tan sólo se hubiera limitado a llevar a cabo su objetivo teórico, quizás no hubiera llegado a convertirse en un hito de la historia de la literatura británica.

Sensualidad de una belleza oscura y siniestra y violenta sexualidad

Los relatos de La Cámara Sangrienta están escritos con una belleza oscura y siniestra. La pluma de Carter tiene una sensibilidad exquisita, impregna cada cuento de elementos sensibles provocadores y perfumados. Exagera la feminidad de su prosa con rosas rojas y mujeres pálidas, voluptuosas descripciones y un lenguaje evocador. No debemos olvidar, sin embargo, que detrás de esta máscara de exceso hay algo monstruoso. Sangre, sexo, violencia, perversión y terror que, en ocasiones, despuntan abruptamente. La belleza sólo es un maquillaje para esconder los más profundos deseos que se resisten a quedar reprimidos. Las mujeres de Carter parecen excitarse en el sometimiento sadomasoquista. Los hombres son símbolo de muerte y castigo y, sin embargo, la verdadera destrucción se encuentra en las manos de la mujer. La sangre ahoga la narración al igual que la gargantilla de rubíes ahoga a la joven esposa del relato que abre la colección. Rubíes rojos como la sangre pero también como las rosas, casi hipnóticas, de perfume opresivo y peligrosamente llenas de espinas: “[…] Mi padre me pidió una rosa para que así le demostrara que lo había perdonado. Cuando quebré el tallo, me pinché el dedo y él tuvo una rosa llena de sangre”, escribirá en el relato “La novia del tigre”. Un simbolismo explícito que conduce la interpretación a lo largo de la lectura de otros cuentos como “La niña de nieve” o “La dama de la casa del amor”.

Las metamorfosis y la hibridación también participan en la imagen de espanto que va surgiendo tras este juego de máscaras, poder y sexo. En  el relato “La novia del tigre”, una de sus dos versiones del tradicional cuento La Bella y la Bestia, la relación sexual desencadenará la conversión de ella hacia una animalidad bestial. En este mismo relato, el poder económico de la bestia, símbolo de la masculinidad en el imaginario social, servirá para “adquirir” a Bella en una apuesta pero no será suficiente para poseerla por completo. De frialdad conmovedora y voz en primera persona, la protagonista será capaz de domar a la bestia antes de decidir entregarse a ella.

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Las ilustraciones de la chilena Alejandra Acosta para Sexto Piso, como ella misma reconoce, son deudoras de los modos de hacer de los surrealistas. En especial del Max Ernst de Une semaine de bonté o de La femme 100 têtes, en donde, haciendo collage con reproducciones de grabados de los folletines del siglo XIX, recortados y ensamblados, se generaban nuevas escenas e imágenes por asociación formal, invitando al lector a crear la esencia del libro a partir de su mera superficie.

En la segunda versión del cuento (“El cortejo del señor León”), sin embargo, Angela Carter comienza dibujando una Bella estereotipo de bondad y pureza. Carter lo envuelve en la magia de la negación hasta que la realidad física se impone: somos seres deseantes, somos seres sexuados. El inepto padre de Bella (en esto aspecto coinciden las dos versiones) recupera su fortuna y esta se transforma en un ser vanidoso y egoísta, mientras la bestia muere de pena en su ausencia. De nuevo el hombre débil y la mujer pecadora, sexualizada, transformada y subversiva, se impone. La mujer se erige como muerte de nuevo en “El Rey de los Trasgos”, pero es a la vez sujeto de la acción. Así es como Angela Carter descubre la complejidad psicológica de sus protagonistas para comprenderlas antes de caer en la tentación de incurrir en estereotipos y temores disparatados.

Carter indaga en la tradición acerca de la sexualidad y la violencia con especial énfasis en la construcción de los roles de género para reescribirlos y, de esta forma, reconstruir el discurso social en una nueva dirección. En 1985 explicaba a la revista literaria australiana Meanjin cómo reescribió los relatos de La Cámara Sangrienta: “Utilicé el contenido latente de aquellas historias tradicionales, y ese contenido latente es violentamente sexual”1. El sexo en La Cámara Sangrienta es violento; la violencia es la forma de experimentar la sexualidad. Todo se envuelve en la atmósfera tétrica de un gótico provocador. Con tan sólo estas tres pinceladas estamos preparados para adentrarnos en el mundo fantástico de Carter; sin embargo, aún debemos demorarnos para analizar la publicación de su ensayo The Sadeian Woman and the Ideology of Pornography en 1978, claro precedente del libro que nos ocupa.

La visión feminista de Angela Carter

Angela Carter se encuentra a caballo entre el movimiento feminista anti-pornografía (ésta como exponente de la dominación masculina sobre la mujer-objeto, siempre violenta) frente al movimiento que defiende la pornografía como fuente de placer erótico también femenino y de ruptura de barreras entre géneros. En 1978, con la publicación de su ensayo, Carter se colocó en el centro de la controversia. La autora defendía que el Marqués de Sade “invistió (a la pornografía) de una ideología no adversa a la mujer”. Contra la conceptualización de la mujer como objeto pasivo a la que se le negaba el deseo, Sade ofrecía absoluta licencia sexual para ambos géneros sexuales. Como ejemplo, Juliette, personaje de Sade, llega a ser igual de agresiva, tiránica y cruel que el hombre. Junto a ella, aparece también el estereotipo femenino canónico carente de identidad y frecuentemente abusada como objeto sexual. Carter tiene en cuenta la misoginia del autor, su fantasía de mujer-monstruo y su odio a la función materna, pero es por esta misma razón por la que ve a Sade como un libertador para la mujer a la que representa activa y dominante.

La autora también pone en relación el deseo femenino y el masoquismo, algo que se verá plasmado en el relato “La cámara sangrienta”. Posiblemente sea el que más refleja la perspectiva de la escritora. De la mujer- objeto de deseo, vendida a un hombre rico, joven inocente, frágil, virginal, pura, surge una mujer- sujeto de deseo. La protagonista narra en primera persona, aspecto ya de por sí destacable, su perspectiva del matrimonio, de la perversión de su monstruoso marido y del descubrimiento de su sexualidad: “[…] Por primera vez en mi inocente y limitada vida, descubrí en mí tal potencial para la corrupción que me quedé sin aire”. También en el mismo relato aparecerá la figura de la madre libertadora, fuerte, poseedora de características tradicionalmente atribuidas al género masculino. El propósito fundamental de Carter, así, será la comprensión psicológica de los personajes femeninos, el establecimiento de nuevos roles y funciones para la mujer y la apertura de vías de escape para un sexo que, históricamente, ha sido condenado a posicionarse en uno de los dos extremos: ser una puta o ser una santa.

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Angela Carter.

La crítica feminista, sin embargo, llegó a denominar la obra de Carter como “pseudofeminismo”. La autora logra hacer explícito el contenido latente caricaturizando de forma paródica roles y relaciones de poder, exagerándolos para hacerlos visibles y, sin embargo, no ofrece una alternativa convincente. La mujer sigue siendo objeto en un mundo masculino. La obra se encuentra, de esta manera, entre el sometimiento a un canon literario dominado por hombres y la transgresión posmoderna. Ciertamente, en sintonía con la perspectiva de Carter, el pasaje para lograr el cambio es el reconocimiento, tal y como empieza a descubrir la joven virginal del relato viéndose reflejada en el lascivo deseo de su prometido (“La cámara sangrienta”), o la pequeña Lobalicia en el espejo.

Toda la narración estará dominada por la búsqueda y descubrimiento del exceso y el placer, la sangre y el sexo, la muerte y la violencia. Angela Carter hace explícito aquello que está más arraigado en la naturaleza humana, aquello que aún nos conecta con los animales y nos aterra. Por eso el recurso a la metamorfosis y los híbridos le resulta tan eficaz. Las sombras que acechan en el libro, exquisitamente exhibidas, son las que acechan en los placeres más íntimos. En este punto no existe diferencia entre géneros: hombres y mujeres son, por igual, sujetos de deseo. Angela Carter pone en nuestras manos la llave de La Cámara Secreta, una mirada poética a los discursos culturales que nos impregnan y una obra para el disfrute de los sentidos.

NOTAS

1 ”I was using the latent content of those traditional stories, and that latent content is violently sexual” (1985 a Kerryn Goldsworthy en Meanjin). Traducción propia.