Aunque Charles G. Finney (Sedalia, Missouri- 1905- 1984) recibiera su nombre por un pastor evangélico decimonónico, jamás fue misionero en tierra extraña. A este periodista, corrector y escritor (fundamentalmente de literatura fantástica), el mundo le quedaba pequeño tras su paso por China, al igual que a Barry Hughart. Finney desempeñó cargos militares para la Armada estadounidense en aquel país entre 1927 y 1929. Fue en Tientsin, actual Tianjin, tristemente célebre por la explosión de una central nuclear en agosto de 2015, ciudad septentrional con rango de provincia, donde concebiría la obra que le daría fama universal, El circo del doctor Lao.

Esta novelita, de apenas ciento veinte páginas, es una de las cumbres de lo extraño. Una obra de culto que sobre todo sorprende por su estructura y finalidad. Finney quiere criticar muchos hábitos y defectos, pero su objetivo final es principalmente el de maravillar, generar efectos imposibles. La novelita cuenta las reacciones y los fenómenos que se producen con la llegada de un circo, un 3 de agosto, a la desértica y polvorienta Abalone, en Arizona. Abalone no existe, es una región ficticia, como Macondo o Ruritania: a Finney le sirve como coordenada mítica para emplazar allí su circo de maravillas, al estilo de los que se estilaban en tiempos del empresario Phineas Taylor Barnum (1810-1891), y que luego representaría para el cine Tod Browning en La parada de los monstruos (Freaks, 1932). Principalmente, el autor se sirve de ella para poder narrar, con la impunidad de la imaginación, un choque de culturas, un acercamiento a lo desconocido que subvierte todas las convenciones de lo “común” impuestas por la inocencia y la ignorancia.

Dice Mario Jurado, prologuista de la edición de Berenice de 2006, última hasta la fecha en castellano, que El circo del doctor Lao es la respuesta de Finney a La isla del doctor Moreau, de H. G. Wells. La sentencia es muy acertada: también aquí lo incomprensible se introduce en la cotidianeidad. Pero la estampa del estadounidense, a diferencia de la del inglés, carece de violencia y desborda humorismo e ironía con pinceladas de acidez satírica.

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Como las de la galería que adjuntamos, esta ilustración de Boris Artzybasheff acompañó a la edición original del libro (imágenes extraídas de www.shrineodreams.wordpress.com).

De satirizar se ocupa el propio doctor Lao, un chino misterioso que se embala con prolijas descripciones aforísticas mientras presenta a los oyentes y lectores sus especímenes fantásticos, y que cuando es interpelado adopta la pose tópica del asiático de vocabulario limitado. El doctor Lao es un prestidigitador. Una persona que brota con el polvo, exponente de una cultura milenaria y mágica, para amenizar las tristes vidas de sujetos que tienen a su minúsculo pueblo como la única realidad existente. Lao es el epítome de lo exótico. Su sola presencia ya implica que el mundo es un lugar inabarcable, lleno de conocimientos por descubrir, de secretos, de misterios.

Finney confiere a Lao cualidades de relator de historias. De cuentacuentos que inocula la fiebre por la curiosidad, que es la que alimenta el acto de viajar. Sus descubrimientos no se exponen en vitrinas sino en jaulas o bajo la lona de una carpa. Lao es libertad. No es difícil imaginar a Finney componiendo sus trazos esquemáticos, animados por el fuego de un poderoso molde, entre suspiros de nostalgia. Entre líneas, el escritor nos revela que desearía que su lugar estuviera entre maravillas mundanas. Por eso, su novelita se llena de quimeras, de esfinges, de sirenas. O de perros verdes, que son logros “sin parangón alguno en los anales de la horticultura”.

El circo del doctor Lao es un moderno bestiario. Finney toma algunos “monstruos” de leyenda y los convierte en seres más reales, más naturales, que los propios humanos: los habitantes de Abalone suelen ser casi siempre manchas, ecos de una opinión general difundida de forma casi unánime. Así, Finney emplea muchas páginas en reflejar el estupor general que produce el paso de la caravana circense y, en particular, de las discrepancias sobre uno de sus integrantes, “un oso” o bien “un ruso”, según el punto de vista. La técnica es magnífica porque acrecienta el interés del lector por saber de qué se trata, espolea su imaginación, esa herramienta contra el tedio y las fronteras. Hubo un tiempo en que los viajeros fabulaban para que quienes les leían o escuchaban compartieran una visión del mundo; Finney retoma ese espíritu digno de Marco Polo. No en vano, dice Lao, “la ciencia no es más que ponerle etiquetas con nombres a todas las cosas”.

Al empezar esta reseña, dijimos que El circo del doctor Lao no era una novela al uso. Cuando se agota el caudal de los prodigios, y también de los milagros (de ellos se encarga el venerable Apolonio de Tiana, capaz de resucitar a un muerto muy muerto y con prisas por cumplir tareas pendientes), llega un apéndice en forma de Catálogo. Finney impele a leerlo, porque con él, su misión adquiere sentido: es “una explicación de lo obvio que ha de ser leída para ser apreciada”. Bestiario dentro del bestiario, el autor lo utiliza para afilar la punta de su sátira. En unas líneas, repasa personajes de ambos sexos y de distintas edades, criaturas, ídolos, dioses o ciudades que han ido apareciendo en el texto. La magia contenida en el libro sigue palpitando en este anexo, que otorga circularidad, y vitalidad, al conjunto. Le dota de color, a veces de cierto maquillaje que ensalza o mejora a algunas personas o bestias, nunca elegidas al azar. Finney lo tiene todo pensado, no hay nada arbitrario entre sus páginas. Incluso se permite introducir en ese apéndice una carcajada final que normaliza su fantasía, legitimándola: formula preguntas, dudas y expone puntos oscuros que suenan a auto-pulla y que son vitales para entender que El circo del doctor Lao va más allá de la mera recopilación de hechos fantásticos.

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Charles G. Finney, quien debe su nombre al fanático líder el movimiento evangélico Segundo Gran Despertar (siglo XIX), a quien los padres quisieron así homenajear.

La muy cuidada edición de Berenice incluye las siete ilustraciones a la edición original del dibujante de origen ucraniano afincado en Estados Unidos Boris Artzybasheff (1899-1965). Las ilustraciones de Artzybasheff refuerzan la sensación de extrañeza del relato, con sus formas fuera de toda lógica o con sus retratos que parecen máscaras teatrales. El dibujante era especialista en máquinas antropomorfas y algo de esa preferencia indescriptible queda en sus visiones sobre las maravillas de la novela. Artzybasheff es el ilustrador idóneo, pues su imaginación, como la del escritor al que adapta, es desaforada, carente de límites y de normas.

El circo del doctor Lao ha tenido desde su publicación original en 1935, por la editorial Viking Press, gran presencia y recorrido en el mercado anglosajón, donde es un auténtico clásico con infinidad de admiradores. Uno muy célebre llamado Ray Bradbury la prologó y editó en un volumen de 1956 (The Circus of Doctor Lao and Other Improbable Stories), haciéndola cohabitar con textos de Roald Dahl (“El deseo”), Shirley Jackson (“El pueblo del verano”) o Henry Kuttner (“Treshold”).

Berenice terminó de imprimirla un 7 de marzo de 2006, en la festividad de San Sátiro. Patrón de chinos portadores de maravillas y del extrañamiento de lo fantástico.