A treinta años de la muerte de Jorge Luis Borges, escribir sobre él desde el recuerdo carece de sentido. Puede que el escritor nacido en Buenos Aires en 1899 y fallecido en Ginebra tal día como hoy de 1986, Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, sea hoy polvo al polvo retornado. Pero Borges, el personaje de los libros, la literatura Borges, nunca nos abandonó. Ténganse en cuenta si no el sinnúmero de fajas promocionales que justifican las bondades de un libro recordando la vez en que el escritor bostezó sobre sus solapas: Borges es hoy un argumento de autoridad literaria, una presencia que, para bien o para mal, ya no podemos dejar de sentir por encima de nuestro hombro cada vez que leemos cualquier libro.

Dejo a otros la tarea de historiar a ese Borges desaparecido: yo voy a centrarme en las fantasías del que permanece. Reduciré un puñado de ellas a sus aspectos esenciales, con la esperanza de que el conjunto arroje algo de luz sobre ese Borges imperecedero.


Los libros “de otros”

Lo primero que asociamos a su figura es una proverbial erudición libresca. Casi no hay uno sólo de sus escritos, sea cuento, poema o ensayo, que no comente una obra literaria o que no incluya la cita de algún libro (a veces incluso la cita de una cita). Es por esto que la primera fantasía borgeana que me viene a la memoria es El inmortal (1947).

Se trata de la crónica del anticuario Joseph Cartaphilus, antiguo tribuno militar de Roma, quien alcanza la inmortalidad al beber del río encantado de la Ciudad de los Inmortales. Allí conoce a Homero, otro inmortal, en cuya compañía atraviesa las edades y las naciones bajo sucesivas identidades. Al acabar su relato, Cartaphilus advierte palabras de Homero mezcladas con las suyas, en una confusión de identidades que no extraña a un hombre que ha sido tantos hombres a lo largo de los siglos: “Cuando se acerca el fin”, dice, “ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras”.

Pero lo más interesante de El inmortal está en la postdata con que un narrador anónimo -Borges quizá, o quizá no- apostilla esas últimas palabras de Cartaphilus: “Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos”. “Palabras de otros”: aunque esa “pobre limosna” conviene al efecto dramático del relato, lo que busca el narrador no es compadecerse de Cartaphilus, si no justificarlo. Para lograrlo, primero alude a cierto título, A coat of many colors, de un tal Nahum Cordovero, en el que se enumeran todos los libros compuestos con fragmentos de otros libros, desde los centones griegos hasta la poesía de T. S. Eliot, para denunciar su falta de originalidad. En ese catálogo se incluye “la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus”, o sea, El inmortal de Borges, en el que Cordovero detecta la presencia de Plinio, de De Quincey, Descartes y Shaw.

Por supuesto, ni Cordovero ni su libro existeni. Borges, cuya obra abunda en “palabras de otros” tanto o más que la de Cartaphilus, se vale de un libro imaginario para, rechazando sus acusaciones de plagio, reivindicarse como un escritor, si no original, al menos no más tradicional que el resto. “Sí, me apropio de palabras de otros”, parece decir, “como hacen todos los hombres, como tú también harás con estas palabras que ya apenas si son mías mientras las escribo”. Todos somos frutos de la tradición.

Libros imaginarios y “palabras de otros” hay también en Examen de la obra de Herbert Quain (1941-1944). Sin embargo, en este caso las consecuencias son más sorprendentes que las de El inmortal. Pues, después de comentar la obra ficticia del no menos ficticio Quain, Borges asegura haberse inspirado en uno de sus libros, The secret mirror, para crear la fantasía Las ruinas circulares… que resulta ser un relato real. De esta manera juega Borges a ser el epígono de un personaje de ficción, haciéndose así un poco ficticio él mismo. Porque Las ruinas circulares cuenta la historia de un hombre que empieza soñando a otro hombre para acabar comprendiendo que también él está siendo soñado. Si un sueño real (Las ruinas circulares) surge del sueño imaginario (The secret mirror) de un soñador soñado (Herbert Quain), ¿cómo no ver en todo esto la sugerencia de que el propio Borges es el sueño de otro?

Hay otro relato de Borges que parte de una de las obras imaginarias descritas en Examen de la obra de Herbert Quain, con la diferencia de que esta vez es el propio lector quien ha de advertirlo. La obra imaginaria de Herbert Quain es April March, “novela regresiva, ramificada”, que abarca todas las narraciones posibles que pueden derivarse de una misma situación, en función de las decisiones tomadas. La obra real de Borges es El jardín de senderos que se bifurcan: Yu Tsun, espía alemán infiltrado en Inglaterra, da por azar con un hombre que le revela el misterio del libro escrito por su antepasado Ts’ui Pen, la novela-laberinto El jardín de senderos que se bifurcan. Pues bien, esa novela reproduce punto por punto la estructura de April March. Pero también va un paso más allá. Revelado el misterio de la novela-laberinto de Ts’ui Pen, Yu Tsun comprende, no ya que es un ser imaginario como el protagonista de Las ruinas circulares, sino que su propia historia es sólo una de las muchas combinaciones que admite el universo, sólo una de sus posibles narraciones.

La Biblioteca de Babel y sus paradojas

Esa multiplicidad combinatoria está presente en una de las fantasías más famosas de Borges. Me refiero, por supuesto, a La Biblioteca de Babel (1941- 1944). Esta fantasía describe una biblioteca descomunal que reúne tantos libros como combinaciones caben hacerse con veinticinco símbolos básicos: las veintidós letras de un alfabeto, el punto, la coma y el espacio. Los anaqueles de esa biblioteca “registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas”.

Una de las consecuencias que imagina Borges para esa biblioteca es que en ella hallaríamos “las interpolaciones de cada libro en todos los libros”. Es decir: entre sus incontables libros también figuran aquellos derivados de otros libros, que sin embargo no se consideran plagios, sino una más de las múltiples posibilidades combinatorias. En la Biblioteca de Babel las “palabras de otros” están plenamente justificadas.

Más sorprendente es que en esa biblioteca figurarían “el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero”. Aquí se encuentra una de las dos paradojas del relato. Consiste en la coexistencia del “catálogo fiel de la Biblioteca” con “la demostración de la falacia del catálogo verdadero”. Esto es perfectamente lógico si se tienen en cuenta las posibilidades combinatorias de los veinticinco símbolos, pero también es perfectamente ilógico si se considera que, si un hecho es cierto, entonces no puede haber una demostración de su falsedad: si ésta es una demostración, entonces el catálogo no es fiel; si éste es fiel, entonces aquella no puede ser una demostración. Y sin embargo se nos dice que ambos libros son verídicos.

La otra paradoja es la existencia misma del “catálogo fiel de la Biblioteca”. El narrador se refiere a él como un “libro total”, “la cifra y el compendio perfecto de todos los demás”: las cursivas son de Borges, quien subraya las palabras que dan lugar a la paradoja. Porque, ¿cómo es posible la existencia de un libro que incluya a todos los demás libros de la biblioteca? En ese caso, y puesto que los veinticinco símbolos permiten todas las combinaciones posibles, tendría que haber otro libro que incluya a todos los demás libros de la biblioteca excepto el “libro total”. Pero, sobre todo, si todas las combinaciones son posibles, por fuerza tendrá que existir otro libro que abarque todos los demás libros, incluido el “libro total”; después, otro que abarque todos los demás libros, incluido el libro que abarca el “libro total”; después, otro que abarque este último libro, y después otro más, y así hasta el infinito. Si el número de símbolos a combinar es finito, la lógica matemática impone que el número de sus combinaciones, aunque ingente, también ha de ser finito. Pero si entre esas combinaciones se cuenta una serie infinita de combinaciones que incluye sucesivamente a todas las anteriores, como también es lógico concebir, entonces estamos ante una realidad inconcebible, esto es, ante una paradoja.

Con esto hemos alcanzado el punto a donde quería llegar. Porque, aunque probablemente haya dado la impresión de estar espigando varias fantasías borgeanas sin ton ni son, lo cierto es que he procurado dar las pautas necesarias para comprender el alcance de la siguiente fantasía. Esta vez, sin embargo, su autor no es Borges.

La ilusión del lenguaje

Se trata de unas de sus primeras “palabras de otros”. Como todas las que marcaron su infancia, las encontró en la biblioteca de su padreii. Allí, además de las lecturas consabidas (Stevenson, la Enciclopedia Británica, Las mil y una noches), recibió “palabras de otros” en forma de paradojas que le contaba su padre. Una de ellas lo marcó de por vida: prueba de ello es que la alude en incontables ocasiones, unas como de pasada (en Kafka y sus precursores) y otras como tema principal (el par de ensayos que le dedica en Discusión). Estoy hablando de la paradoja de Aquiles y la tortuga, formulada por Zenón de Elea. Básicamente consiste en que, si Aquiles se encuentra en el punto A, para alcanzar a la tortuga en el punto B primero debe alcanzar el punto C, a mitad de camino entre A y B; pero antes de alcanzar C, tiene que alcanzar D, a mitad de camino entre A y C; pero antes de alcanzar D, tendrá que alcanzar E, a mitad de camino entre A y D; pero antes de alcanzar E… La división del espacio continúa infinitamente, y por eso Zenón concluye que Aquiles jamás podrá dar alcance a la tortuga, puesto que el movimiento es imposibleiii: una negación lógica de la lógica misma.

Pese al fondo absurdo de la paradoja de Zenón, su perfecta estructura lógica causó un impacto definitivo en la mente del joven Borges. Más allá del paralelismo que se pueda establecer entre la infinita descomposición del espacio de Zenón y las “palabras de otros” de Borges, lo definitivo fue el cambio en su concepción del lenguaje. ¿Cómo es posible que las mismas palabras con las que ordenamos la realidad puedan ser empleadas para negarla? Porque a fin de cuentas la lógica es un artificio verbal: prueba de ello es la paradoja de Zenón, que se vale de procedimientos innegablemente lógicos para llegar a una conclusión tan irrefutable de palabra como inútil frente a la realidad.

La lógica es una invención del lenguaje, ese con el que clasificamos el universo entero y en cuyos conceptos depositamos tanta fe que llegamos a sustituir con ellos a la realidad: poco importa que el medio líquido que rodea los continentes varíe de forma y composición a cada instante, que nosotros seguiremos hablando de un mismo mar; el árbol que ayer se doblaba bajo el peso de sus frutos hoy muestra al cielo su desnudez, pero para nosotros sigue siendo el mismo manzano; en ese otro mar de tierra adentro hay llantén, ballico, trébol rojo, flor del cuco y quién sabe cuántas plantas más, pero para nosotros todo es la misma hierba. El lenguaje es taxonomía, pero la realidad es azar, combinaciones irrepetibles de circunstancias, tiempo en fuga imposible de atrapar en la inmovilidad de la palabra. Creemos en el lenguaje, y sin embargo es falso. Es más: el lenguaje es una ilusión, y sin embargo lo sentimos, nos emocionamos con las palabras.

Desde muy pronto Borges comprendió que el lenguaje no tiene un vínculo real con la naturaleza, que es un artificio en el cual, como él mismo escribió en Avatares de la tortuga, “hemos consentido tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso”. Esa íntima contradicción de una criatura irreal que provoca emociones reales le reveló una sorprendente certeza: la de que, aunque sepamos que la índole del lenguaje es fantástica, ya no somos capaces de percibir el mundo sin su mediación. La certeza de saber que vivimos en una fantasía.

La distinción entre “pasado” y “presente”, la generalización de los nombres, la misma afirmación “yo soy Borges”: todo eso es tan fantástico como el hada, como el trasgo, como el unicornio. Así empieza el prólogo de su Libro de los seres imaginarios (conocido también como Manual de zoología fantástica, 1957):

El nombre de este libro justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, de la línea, de la superficie, del hipercubo, de todas las palabras genéricas y, tal vez, de cada uno de nosotros y de la Divinidad.”

Después de equiparar los conceptos básicos de la geometría a un hombre soñado, ese “tal vez” parece un pobre intento por disfrazar de duda una afirmación.

Si todo el lenguaje es una fantasía, ¿cómo no defender la apropiación de las “palabras de otros” de Joseph Cartaphilus, cuando plagio y original, cuando yo mismo, designan abstracciones inexistentes? ¿Cómo pretender de hecho que exista algo así como la originalidad, cuando uno está compuesto de “palabras de otros”, y esos otros a su vez de otras “palabras de otros”, y así con todos los seres humanos, en una serie infinita como la de Zenón? Y si todas las palabras son fantasmagorías que intentamos imponer en vano a la realidad, si la esfera inmaculada de la lógica con la que ordenamos el universo no es más que un sueño, ¿cómo no va a creer Borges en la posibilidad de ser una criatura tan soñada como el protagonista de Las ruinas circulares? Si nuestro lenguaje no echa sus raíces en la naturaleza, sino que surge de la convención, ¿por qué no iba a pensar Borges que, como Yu Tsun en El jardín de los senderos que se bifurcan, como los libros de La Biblioteca de Babel, su vida, la realidad de todos nosotros, sólo es una de las múltiples narraciones que se pueden formular?

La biblioteca paterna enseñó a Borges que el lenguaje es una fuente de placer y una sarta de mentiras. Es en ese sentido en el que debemos entender su famosa fanfarronada: “Siempre supe, desde que era un niño, que mi destino sería literario, es decir: yo me veía siempre saturado de libros como en la biblioteca de mi padre, quien quizá me dio esa idea”. Ningún niño sabe cuál va a ser su destino. Lo que quería decir es que desde muy joven comprendió que el mundo que vemos -el mundo que comprendemos– es pura literatura: basta una combinación de cuatro palabras como la de Zenón para desbaratar todo lo que damos por seguro. Desde ese punto de vista, las fantasías de Borges son historias realistas. Más sorprendente es comprobar cómo el Borges que no creía en la verdad de las palabras se ha convertido en Borges, una palabra en la que todos creemos y que hoy celebramos.

NOTAS:

i Sí que hubo un Moshé ben Ya’acob Cordovero, cabalista español del siglo XVI de quien Gershom Scholem afirma en Las grandes tendencias de la mística judía (libro que Borges leyó) que “tenía el don de transformar todo en literatura”. Cita también estas palabras del Cordovero real, tan borgeanas: “Cada persona tiene algo de su prójimo. Por lo tanto, quien peca no sólo se perjudica a sí mismo sino también a esa parte de sí mismo que pertenece al otro”. Agrega Scholem que para Cordovero “el otro es realmente uno mismo”. En 1964, Borges publicó un libro llamado El otro, el mismo.

ii “Si me preguntaran por el principal acontecimiento de mi vida, diría que este es la biblioteca de mi padre. A veces pienso que de hecho nunca he abandonado esa biblioteca”. Esta cita está sacada de la Autobiografía que dictó en 1971 para The New York Times.

iii La otra forma de la paradoja de Zenón es como sigue: Aquiles, que parte del punto A, corre diez veces más rápido que la tortuga, que parte desde el punto B, a 10 metros de A; cuando Aquiles recorre los diez metros que lo separan de B, la tortuga ha recorrido un metro más, llegando a C; cuando Aquiles recorre el metro que lo separa de C, la tortuga ha recorrido 10 centímetros más, llegando a C; etcétera. La conclusión, aunque distinta, es igualmente absurda; la estructura del razonamiento, igualmente lógica.