El príncipe mandó proclamar que todas las damas debían probarse el zapatito de cristal. Y cuando hallara a quien pudiera calzarlo, esta se convertiría en su esposa.”

No importa cuántos años tengas, ni de dónde seas, seguramente sabrás a qué libro pertenece esta frase. Los “clásicos” son historias que sobreviven al tiempo y que superan cualquier frontera geográfica o cultural. Cenicienta es uno de esos libros que ha alcanzado el carácter universal y atemporal propio de este tipo de relatos. Libros del Zorro Rojo nos propone una maravillosa edición de este cuento y de La bella durmiente en las versión escrita por el británico Charles S. Evans (1883 – 1944) y magistralmente ilustrada por el artista londinense Arthur Rackham (1867 – 1939). El volumen recupera las ediciones publicadas respectivamente en 1919 y en 1920 por William Heinemann en Londres, y por J. B. Lippincott & Co. en Philadelphia.

Una joven doncella, un zapatito de cristal y un príncipe. Todos conocemos la historia de Cenicienta gracias a las innumerables versiones literarias y cinematográficas que han formado parte, de una manera u otra, de nuestra infancia y adolescencia (¡cómo olvidarse de la versión de Disney de 1950!). Sin embargo, los orígenes de Cenicienta se remontan a la lejana tradición oral, y el cuento, tal y como lo conocemos, es el resultado de muchas versiones que han pasado por el Antiguo Egipto, por la China dinástica, la India y Vietnam, entre otros lugares. Centrándonos en Europa, las tres versiones más conocidas son: La gata del hogar del italiano Giambattista Basile (1634), Cendrillon de Charles Perrault (1697), y Aschenputtel de los hermanos Grimm (1812). El escritor Charles S. Evans toma como punto de partida la versión más delicada, fina y edulcorada de Charles Perrault, en la cual, a diferencia del cuento de Basile, Cenicienta decide perdonar a su madrasta y a las dos hermanastras en vez de castigarlas por haberla maltratado durante años. A pesar del paso del tiempo y de la superación de los valores vigentes en el siglo XVII, este cuento de hadas sigue enamorando a generaciones y despertando el interés de muchos estudiosos desde el punto de vista interpretativo y simbólico. Es el caso de la psicoanalista jungiana estadounidense Clarissa Pinkola Estés, que como nos comenta Antonio Rodríguez Almodóvar en el prólogo, ve en las labores domésticas a las que está sometida Cenicienta una forma de catarsis a través de la cual la heroína ordena el mundo y alcanza su emancipación.


La princesa se pinchará el dedo con el huso de una rueca el día que cumpla quince años, pero en vez de morir caerá en un profundo sueño que durará cien años, y cuando pase ese tiempo, el hijo de un rey la despertará.”

Una princesa, una rueca, un palacio encantado y un héroe. Los orígenes de La bella durmiente son muy parecidos a las de Cenicienta, puesto que de la tradición oral surgieron también Sol, Luna y Talia de Giambattista Basile (cuento perteneciente al Pentamerón y que empezó a circular a partir de 1674); la versión de Charles Perrault, de 1683, y la de los hermanos Grimm, ya en los albores del siglo XIX. A diferencia del cuento tradicional que todos conocemos, las versiones de Basile y Perrault son más truculentas e inadecuadas para niños. En estas versiones, la Bella (aún bajo el hechizo del sueño) daba a luz dos gemelos y tenía que protegerlos de la madrasta del príncipe que anhelaba comérselos. En nuestro caso, el antólogo británico modela su historia a partir de la versión de los hermanos Grimm, que fueron los primeros en eliminar la parte más escabrosa del cuento debido al clima romántico e idealista de principios del siglo XIX en Alemania. Si por un lado, la versión de los Grimm se ve privada de la lucha de la heroína para defender a sus propios hijos (símbolo también de la lucha feminista), por otro se hace portadora de un nuevo valor romántico: la libertad de amar. Desde un punto de vista simbólico, el sueño de cien años de la protagonista no es nada más que la espera hasta el momento adecuado para encontrar el amor: un joven príncipe que tras superar la prueba del bosque (típico lugar oscuro y peligroso) podrá por fin despertarla.

Charles S. Evans relata los dos cuentos con elegancia y sencillez, sin olvidarse de dar a la narración un toque de ironía y humor al estilo inglés. Sin embargo, lo que vuelve única e imprescindible esta edición de Libros del Zorro Rojo son las ilustraciones de Arthur Rackham, artista galardonado en 1911 con una medalla de oro por parte de la Société Nationale des Beaux-Arts de París. Nacido en Londres en 1867, con 18 años empezó a trabajar como oficinista en la Westminster Fire Office, a la vez que estudiaba en la Escuela de Arte Lambeth; en 1892 comenzó a colaborar como reportero e ilustrador en The Westminster Budget. Desde entonces, ilustró innumerables libros; por citar tan sólo los más conocidos, recordamos: Cuentos de los hermanos Grimm (1900), Rip van Winkle (1905), Peter Pan (1906) y Alicia en el país de las maravillas (1907). Rackham destacó como el artista británico más reconocido en el ámbito de la literatura infantil por su gran capacidad para representar cuentos populares, paisajes mitológicos y antiguas leyendas. Su estilo se adapta magistralmente a las “necesidades” de la historia, haciendo de cada una de ellas una obra exclusiva.

Las preciosas ilustraciones que enriquecen esta edición han sido fielmente reproducidas a partir de las primeras ediciones de los libros originales (de 1919 y 1920 respectivamente), cada uno de ellos numerado y firmado por el mismo Rackham: el número 19 en el caso de Cenicienta y el número 72 en el caso de La bella durmiente. El artista británico realiza todas las ilustraciones en tonos negros y mostrando simplemente los perfiles de los personajes y su entorno, como si se tratara de sombras chinescas al estilo de Lotte Reiniger. Todos los personajes cobran literalmente vida a través de la sencillez de las siluetas negras que destacan sobre el blanco de las páginas. En las ilustraciones de Cenicienta destaca un ambiente dieciochesco, mientras en La bella durmiente el artista crea una atmósfera entre medieval y renacentista que casa muy bien con la historia. Rackham es capaz de dotar a los relatos de la universalidad y la atemporalidad que los caracteriza; sus dibujos son un canto a la vida, a la naturaleza y a la lucha contra las adversidades. El artista nos transporta a un espacio y un tiempo lejanos (y a la vez cercanos), y siguiendo sus siluetas negras nos sitúa, como por arte de magia, en lujosos palacios y maravillosos bailes, nos hace caer en sueños profundos y nos despierta con el beso del verdadero amor.

Había una vez Cenicienta y La bella durmiente… Dos clásicos de la literatura infantil que seguirán acompañando a grandes y pequeños con su magia y su tan anhelado final feliz.