Jean Antoine Nollet. Leçons de Physique Expérimentale

Jean Antoine Nollet. Leçons de Physique Expérimentale.

En la literatura universal, como en la vida, siempre hay una primera vez para todo. Con El año 2440. Un sueño como no ha habido otro (Akal, 2016) estamos ante la primera ucronía jamás escrita. O, por lo menos, esta es una hipótesis plausible dentro de un debate más amplio que considera su origen en una amplísima línea temporal que va desde el siglo I hasta el XIX, pasando, claro, por esta obra, que comenzó a escribirse en 1768 y a publicarse en 1770 (o 1771, según distintas versiones). En favor de su candidatura hay varios puntos favorables dignos de comentario. En primer lugar, a diferencia de las utopías escritas hasta entonces, donde no existe más que un espacio imaginario en el cual situar a la acción in abstracto para analizar así su contenido en términos generales y universales -aplicables a cualquier tiempo y espacio-, la ucronía sitúa la acción en un espacio conocido (París) para analizar in concreto el contenido de la acción -aplicable a ese espacio y a ese tiempo-.

En segundo lugar, la acción está situada en un punto histórico perfectamente reconocible: estamos en los últimos rescoldos del Antiguo Régimen, en la etapa sociohistórica previa a la Revolución Francesa, esto es, en plena Ilustración. A este momento llegamos gracias al conocimiento y al pensamiento de los ilustrados y de los enciclopedistas del llamado Siglo de las Luces, por su declarado empeño de reivindicar la capacidad de la razón para “iluminar” el conocimiento, frente al oscurantismo de la metafísica o de la teología. Se trata de una evolución del pensamiento burgués que, alcanzando prácticamente a cualquier aspecto del pensamiento humanista, desde la moral hasta el derecho, pasando por la música o la estética, supone un cambio de paradigma radical respecto al Antiguo Régimen que, con el tiempo, alcanzará al conjunto de las estructuras de la sociedad moderna y postmoderna.

En tercer lugar, aunque este texto se sitúa en un tiempo diferente a ese presente ilustrado -de hecho, se estira la línea temporal hasta más de seis siglos adelante respecto a su momento de escritura y/o de publicación-, la conexión con su tiempo de referencia no se pierde en ningún momento. En coherencia con este punto, el objetivo primordial de la obra no es otro que el de mostrar al lector cómo, de forma práctica y con el paso del tiempo, el pensamiento ilustrado ha conseguido transformar en profundidad la realidad cotidiana de la república francesa y del París del siglo XVIII. Esta transformación de la línea temporal guarda estricta relación con el pensamiento particular de su autor. Y es que Louis S. Mercier (París, 1740-1814) pivota en unas coordenadas más próximas al conservadurismo y al costumbrismo, que al liberalismo o al progresismo.

Aunque El año 2440 encaja casi perfectamente con la definición de “ucronía”, al no tener un punto temporal de ruptura claro (llamado “punto Jonbar”), se ha puesto en duda su carácter ucrónico: el movimiento ilustrado nace a finales del siglo XVII y llega hasta comienzos del XIX, con lo que es un suceso concreto, aunque difuso, y, en consecuencia, difícil de acotar. Además, las normas de la ucronía hacen especial hincapié en el carácter especulativo de la narración, disociando claramente la realidad narrada de Lo Real, y sin embargo las ideas ilustradas sí han influido decisivamente sobre Lo Real. No hay confusión posible, con todo, si nos atenemos al punto en que el texto se escribe y se publica: las ideas ilustradas combatían con el Antiguo Régimen como posible nuevo paradigma, pero su triunfo, e incluso la posibilidad de alcanzar la concreta materialización narrada en el libro, era entonces poco más que una “utopía”.

Por otro lado, las vicisitudes del texto nos ofrecen también interesantes claves interpretativas. Estamos ante una ¿novela? publicada en 1770 (o 1771), y después revisada y ampliada por el autor -la traducción en castellano se realiza sobre la publicada en Londres durante 1775-. El resultado es un texto irregular en su estilo que discurre a salto de mata de un lado para otro, donde el falso diálogo se complementa con la voz narradora en primera persona durante los cuarenta y cuatro capítulos, de extensión variable y temática distinta, aunque complementaria, que componen la obra. El protagonista es una voz narradora sin nombre (dato curioso que nadie tenga la mínima educación de preguntarle cómo se llama, cuando se expone a esta sociedad parisina futurista como una idealización de las ideas ilustradas) que va a dormir para, a través del sueño, ver cómo se materializan sus “ideales”; así se despierta en pleno año 2440.

La voz narradora topa casi desde el principio con una compañía que le irá explicando qué hay en este París renovado, siendo el durmiente un agente-provocador de las explicaciones del habitante de aquel París “futurista”. Aun así, el tiempo sirve únicamente como factor facilitador para la maduración de las ideas ilustradas de Mercier, expuestas mecánicamente por una voz narradora carente de vida propia. En estas circunstancias, el interés creativo-artístico-literario del texto nos resulta anecdótico pues, en sentido estricto, estamos ante un texto filosófico-político que recurre a la ficción como estratagema didáctico-ejemplarizante, intentando facilitar al lector una lectura, en verdad, harto engorrosa, tediosa e improductiva. El interés reside no en cómo se dice o a través de qué mecanismos ficcionales se narra -tan simples como toscos-, sino en qué se dice.

Mercier exhibe aquí un catálogo ideológico muy próximo a la dialéctica republicano-conservadora de la derecha francesa, abogando por un humanismo dirigido por “la sabia ternura del Estado” que se inmiscuye en todas las ramas de la vida: dispone una nueva arquitectura para París, desarrolla un nuevo currículo educativo donde la historia o las lenguas clásicas han sido sustituidas por asignaturas más útiles al desarrollo del Estado y de los hombres, plantea un desarrollo tutelado desde un programa moral asentado sobre la razón austera y moderada. Aquí reside la clave del conservadurismo de Mercier: alejándose de la razón kantiana para abrazar el discurso de Rousseau, entiende al pueblo como un sujeto político pasivo necesitado de un adoctrinamiento y enseñanza ajenos a su propia voluntad, una enseñanza capaz de doblegar su tendencia de carácter en aras de un supuesto beneficio para él.

Eso sí, a pesar de su evidente elitismo, la visión de Mercier nos muestra a un ser humano también pacífico y compasivo. En esta sociedad futurista, la violencia ha sido abolida y reina por doquier la moderación, la mesura y el pacifismo. Las riquezas, las extravagancias o la ostentación han dado paso a la austeridad y a la equidad: no existe una igualdad de recursos, pero tampoco es viable una desigualdad hasta el punto de desproveer al ser humano de los recursos imprescindibles para su dignidad. Esto nos devuelve la imagen de un conservadurismo compasivo, aquel que distribuye recursos en aras de un equilibro social asentado, no obstante, en una escalera social de posición fija (no hay movilidad social), en la desigualdad de recursos y en la homogeneidad moral. Un cuadro no muy distinto del conservadurismo contemporáneo, a excepción del comparativamente excesivo peso del Estado que Mercier imprime al conjunto.

El año 2440. Un sueño como no ha habido otro fue prohibido en España en vida de su autor pues, aunque de tendencia claramente conservadora, demostraba un determinado espíritu ilustrado que combatía frontalmente a las creencias cristiano-católicas de un país rendidamente mojigato. Con todo, su interés literario rozaría la irrelevancia si no fuese por su carácter de primera ucronía; en cuanto a su interés filosófico-político, permaneció eclipsado por las referencias de su tiempo, y de las que Mercier se declaraba deudor, como la obra de Jean-Jacques Rousseau. Estos aspectos hacen a la novela mucho más interesante por su contexto, y su inserción en él, que por su texto, sin afán creativo alguno y sí volcado en utilizar instrumentalmente algunos recursos ficcionales con el fin de servir como enganche pedagógico para el lector.