brendan. Edward Reginald Frampton, St. Brendan, 1908

Edward Reginald Frampton, St. Brendan, 1908

Todo buen lector, o en cualquier caso, quien lea de forma recurrente, tendrá cierto resquemor con el texto del presente artículo. La literatura medieval siempre nos aleja, establece una cierta clase de barrera, y nos sumerge en prejuicios muchas veces inducidos bien por el simplismo y la redundancia de una época estimada por muchos “oscura” y poco productiva, o bien por considerar sus obras como fósiles literarios. Nada más equivocado que echar diez siglos a la basura.

El viaje de San Brandán, texto medieval escrito por el monje anglo-normando Benedeit aproximadamente en el siglo XII, no hace más que realzar el increíble pensamiento del hombre feudal inmerso en un mundo poblado de cosas increíbles y fantásticas. En él nos narra las aventuras de un grupo de religiosos que se embarcan en lo desconocido  para intentar hallar el paraíso del cual Adán fue expulsado en los tiempos primigenios. En su larga travesía de siete años, el abad Brandán irá acompañado siempre por la gracia de Dios en la superación de los más oscuros y peligrosos obstáculos que se le interpondrán para alcanzar su objetivo. La editorial Siruela reflotó esta obra perdida en 1996 en el volumen Libros de maravillas, donde es posible leer la única traducción hecha en castellano de esta fascinante aventura. El prólogo de la edición a cargo de Marie José Lemarchand, y las excelentes ilustraciones medievales que acompañan el texto, lo hace indispensable en cualquier biblioteca. Pero, sin detenernos más en los preámbulos de la obra, sumerjámonos de lleno en fantasías medievales.

El texto en sí es un increíble crisol de ideas y creencias propias del período clásico de la parte más septentrional de Europa. A pesar de la evidente cristianización del texto, y de su objetivo totalmente moralizante, que obliga a una única interpretación sobre el viaje iniciático y purificador que toda persona debe realizar para encontrar el paraíso, es posible rastrear desde diferentes ángulos una gran cantidad de elementos paganos propios de los antiguos habitantes de Irlanda, patria del santo protagonista. El personaje histórico de San Brandán vivió entre los siglos V y VI d. C., y su leyenda se fue popularizando y esparciendo por toda Europa hasta el siglo XII, momento en que Benedeit transcribe desde la tradición oral un mito ya universal.

La búsqueda del paraíso anhelada por san Brandán no es más que una característica propia de las culturas paganas de las islas británicas (mucho más adelante, el galés Arthur Machen representará este pasado caótico y místico en su El Gran Dios Pan). Los grifos, dragones y otras increíbles criaturas fantásticas que impregnan la lectura, no son más que un claro ejemplo de la influencia que pudo tener la cultura gaélica en la creación del mito. El gran Pez-Isla en el cual celebran la pascua de resurrección, o el fabuloso paraíso de los pájaros que hablan, son reminiscencias de creencias muy antiguas y populares. Dicho árbol, por ejemplo, estaba presente en las narraciones fantásticas de Alejandro Magno y las tradiciones antiguas, y en esta narración tiene una simbología más acorde a los tiempos de Iglesia. De tal guisa lo introduce un pájaro parlante a San Brandán: “Somos ángeles, y antaño en el cielo habitábamos. De tan alta morada, hemos caído tan bajo, junto con el orgulloso, con el miserable, que se rebeló por soberbia, que en mala hora se alzó contra su señor”. Son aquellas voces que se lamentan los seguidores de Satanás, sin voluntad en su rebelión divina contra Dios, y son también ejemplo de las viejas leyendas, reinterpretadas por Benedeit para crear su texto.

Otro pasaje igual de curioso es el relativo a la confrontación del grifo y el dragón. Aquél, proveniente de las más antiguas tradiciones griegas, “se acerca, bajando el vuelo del cielo, cerniéndose sobre sus cabezas, echando llamas, con las zarpas hacia afuera, prestas para llevárselos como presa, llameante tiene la garganta y afiladas las garras”. Este ser híbrido, mitad águila y león, peleará con un dragón que ya está presente en las leyendas artúricas o en las célticas, especialmente en el Cantar de los Nibelungos, donde el héroe Sigfrido se baña en la sangre mágica de esta bestia para hacerse inmortal. Benedeit describe el enfrentamiento de una forma muy realista: “Arriba en el aire se libra la batalla. Relampaguea el fuego que echan ambos monstruos. Golpes, quemaduras, empellones, mordiscos feroces, se propinan ante la miradas espantadas de los peregrinos”. Nuestros héroes sufren como espectadores los embates realistas que evidencian las viejas leyendas y mitos que aterrorizaron al hombre antiguo, ahora al servicio de un ámbito religioso, moralizante y dotado de una forma en que la imagen debe causar una gran impresión para mover las fibras de una audiencia compleja.

brendan. St. Brendan in his ship, from the German translation of ' Navigatio Sancti Brendani Abbatis', c.1476

Ilustración de la transcripción alemana de la Navigatio Sancti Brendani Abbatis (circa 1476)

Pero entonces, ¿El viaje de San Brandán es una narración fantástica? En estricto rigor, es una de las primeras muestras de la irrupción de elementos fantásticos en la literatura. Aún así es importante no salirse del contexto de producción de la obra. Para el hombre moderno, que lee la narración y se topa con la lucha entre dos serpientes gigantes o entre un dragón y un grifo, el texto es una sarta de eventos que asemejan mucho una mitología, como la griega o la egipcia, que de hecho ni siquiera tomaríamos por bien escrita: no logra el efecto de verosimilitud. Pero es necesario, para no recaer en el prejuicio moderno, entrar antes en el contexto medieval para comprender el texto sin caer en el insondable y alejado agujero mitológico; por eso me remito al ensayo de Regina Valdés(1) sobre la facción estética que habita en cada texto de una época pasada: es necesario entrar en la mentalidad de un hombre medieval para entender y disfrutar una obra medieval. El hombre de aquella época  no crea en ningún caso una literatura hecha para entretener o disfrutar: vive el terror y la fantasía a diario, y cuando escucha o lee El viaje de San Brandán, no hace más que regocijarse en la representación de hechos que sufre siempre, que vive como parte de su mundo simbólico cotidiano, dominado por la iglesia; un mundo que se fue perdiendo conforme la ciencia avanzaba a pasos agigantados y aportaba una explicación racional a cada fenómeno.

En base a esa misma mentalidad, el hombre medieval se siente regocijado ante la representación vívida y exquisita que da el texto sobre lo grotesco, especialmente con el específico episodio de la expiación de Judas: “Tenía el cuerpo todo despellejado, la piel lacerada, desgarrada, hecha trizas. Un trozo de tela tenía atado a la cara, y estaba adosado a una columna”. El regocijo irá en aumento cuando descubra que el pecador está encima de una roca y Brandán explique lo  magistral y mórbido de su castigo: “Con las olas golpeándole fuertemente,  no cesa nunca su muerte: una le golpea, y él casi perece; otra viene detrás y le vuelve a levantar; peligro delante, encima, detrás, debajo; tormento espantoso padece a diestra y no es menor a siniestra”. Toda esta descripción detallada del más intenso terror es producto de y para la mentalidad del medieval, ya que a falta de alfabetización era muy necesaria una imagen fuerte. Así como la belleza es un placer para los sentidos, la fealdad, lo horroroso, debe despertar una sensación y una repulsión en el lector que lo guíe directamente por el camino del deseo de perfección y de belleza propicios a Dios.

El viaje de San Brandán es un antecedente plausible de la Divina Comedia de Dante, ya que de él provienen muchas de las descripciones más horribles del infierno y el purgatorio imaginadas por el poeta florentino. Como muestra, un ejemplo: San Brandán sabe que se acerca al infierno cuando lo divisa desde su barco y alerta a su tripulación: “Señorías, habéis de saber que al mismo infierno estáis siendo llevados a la fuerza. Nunca tuvisteis tanta necesidad de la protección divina”. Aun cuando está adentrándose en la fetidez, hace la señal de la cruz a sus discípulos antes de su ingreso: “De las simas profundas y de los precipicios vuelan disparatadas inmensas cuchillas de fuego. Como fuelles soplando ruge el viento. Ni con truenos resuena tal estruendo. Espadas de hojas candentes, rocas ardiendo a llamaradas, tan alto como el aire vuelan, que roban al día su claridad”. De repente, como en una pesadilla dispuesta para toda la audiencia, aparece un esbirro del Maligno: “Al pasar delante de un monte se asustaron al ver un diablo: colosal era aquel demonio que del infierno salió todo abrazado, llevando empuñado un martillo de hierro, con el que había partido una columna. Ve a los viajeros, y les clava con su mirada –ojos destellantes, como ardiente brasa-, siente impaciencia por no tener presto a su alcance algo con que darles tormento, y echando fuego por la garganta, corre a grandes zancadas hacia su fragua”. El autor, como se aprecia, no escatima ningún detalle a la hora de llevar el terror y el tormento a su nivel máximo. La audiencia medieval quedaba así aterrorizada, temerosa de la existencia de lo apenas representado.

brendan. Henry Justice Ford, How St Brendan found Judas Iscariot, 1912

Henry Justice Ford, Cómo S. Brandán, encontró a Judas Iscariote, 1912

Es importante aclarar, y recalcar, que El Viaje de San Brandán no representa un ideal del terror por el placer, como harían siglos más adelante los románticos. El hombre medieval, tan lejano, estaba imposibilitado para disfrutar de aquellos pasajes del infierno o de Judas, porque veía en ellos un posible futuro o un presente continuo; por lo tanto, lo moralizante de El viaje de San Brandán siempre radicará en las bases del miedo: porque si el hombre es capaz de asombrarse y deleitar sus sentidos por medio de la belleza, de la imagen, puesto ante lo horroroso intentará bajo cualquier medio no incurrir en ello, para acercarse así mucho más a la pureza y a la perfección.

De cualquier forma se disfruta con estas imágenes, heredadas en el moderno cuento fantástico. La otra vuelta de tuerca del lector devoto de Tolkien o C. S. Lewis es saber que está participando de una obra que escapa de la racionalidad al poner patas arriba el mundo real. Los lectores actuales, a diferencia de sus antepasados medievales, practican una escapada necesaria hacia tierras lejanas, en las que cualquier cosa es posible.

NOTAS

[1]. Regina Valdés, “El viaje de San Brandán”, en la revista Taller de letras, número 24, Universidad Pontificia Católica de Chile, 1996, páginas 149 a 169. En este ensayo, la autora expone su tesis de acuerdo a la teoría de recepción de una obra literaria de Hans Robert Jauss, según la cual es necesaria la comprensión total de una obra, en la medida que se disfrute el texto, se investiguen los datos curiosos o el contexto histórico para la interiorización de la obra, permitiéndose así alcanzar una comprensión y una significación global del texto.

brendan. St. Brendan and the Siren, illustration from 'The Voyage of St. Brendan', 1499

S. Brandán y la sirena, ilustración para El viaje de S. Brandán, edición alemana de 1499