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Thomas M. Disch, de joven y en sugerente pose

A mediados del siglo pasado, la ciencia-ficción se enfrentó a uno de sus principales pasos hacia adelante como género y, por ende, como propuesta literaria y artística. Una generación de nuevos autores, lectores voraces de fanzines en las décadas anteriores, algunos incluso escritores incipientes con relatos ya publicados en revistas prestigiosas, decidieron individualmente impulsar al género hacia nuevas cotas. Nacería así la llamada Nueva Ola (New Wave), en la que se encuadrarían John Brunner, Brian W. Aldiss, J.G. Ballard, Roger Zelazny, Philip José Farmer, Harlan Ellison, Norman Spinrad o Thomas M. Disch (Des Moines, Iowa, 1940- Nueva York, 2008), nuestro protagonista de hoy.

Esta ola está íntimamente conectada con la época en la que surge, la década de 1960, un tiempo de contestación y crítica social, de despertar moral colectivo, de apertura a unos nuevos esquemas morales y éticos. En concreto, la New Wave se caracterizaba por su intención declarada de romper con un estilo estático y una temática repetitiva hasta la saciedad. Era tiempo de probar nuevas fórmulas, de aceptar e intentar incorporar referencias de otras esferas creativas, de abrir la ciencia-ficción a temas y puntos de vista actuales, capaces de interesar al lector con inquietudes. No se trataba sólo de especular con futuros lejanos o de describir las formas y hábitos de espeluznantes criaturas alienígenas. La ciencia-ficción debía participar de su tiempo abriéndose a las realidades posibles del “ahora”, educando y alertando, advirtiendo y proponiendo, considerando al lector ya no sólo como un mero espectador pasivo al que impresionar, sino como un actor con el que poder comunicarse.

Thomas M. Disch adoptó este punto de vista innovador ya desde su primera novela, Los genocidas (1965), pero no sería hasta Campo de concentración (1968; La Factoría, 2011) cuando intentase desarrollar un texto que resultara ser no sólo una prueba artística sino todo un manifiesto personal e intelectual sobre el camino a tomar por el género y su forma de relacionarse con su contexto. El resultado, abrumador, encumbra a esta novela como una de las joyas de la ciencia-ficción.

La novela nos sitúa en un futuro alternativo donde el imperialismo norteamericano ha dado un paso más al iniciar una batalla frontal contra el resto del mundo y la parte de su ciudadanía opuesta a la guerra. Los límites éticos y morales se subvierten. La propaganda gubernamental inunda la opinión pública de esloganes bravucones donde la sensibilidad y la inteligencia son sistemáticamente relegados; la intelectualidad crítica del país es censurada o encarcelada. En una de esas prisiones, donde abundan los escritores, los músicos o los poetas, está recluido por cinco años el vate Louis Sacchetti, objetor de conciencia. Cierto día, inopinadamente, y sin que quede registro en parte alguna, Louis Sacchetti es trasladado desde su prisión de baja seguridad a un lugar ignoto cuyo nombre en clave es Campo Arquímedes. Allí será parte de un experimento para incrementar la potencia mental de los sujetos con intención, por supuesto, de mejorar la capacidad cognitiva de los soldados en el campo de batalla.

Esta premisa básica nos deja un texto ambiciosísimo que, lejos de clichés y convenciones, se abre a una miríada de temas; la mayor parte de ellos, analizados más a fondo por Disch en futuras obras, dado su carácter íntimo y personal. En el centro de todos, Disch explora el mundo de las ideas y, más en concreto, las formas en cómo el pensamiento humano puede no sólo condicionar su mundo sino también intervenir en su cotidianidad a través del pensamiento científico y de la creencia religiosa. De hecho, una de las grandes dicotomías alrededor de las cuales giran no pocos monólogos y diálogos del libro es aquella que separa la idea de Dios de la idea de Verdad, la noción de lo espiritual de la noción de lo material. Un tema omnipresente en su obra, y que alcanza su mayor cota con El cura (1997; Berenice, 2007).

Otro hilo temático fundamentado en el mundo de las ideas nos transporta a la reflexión alrededor de una nueva dicotomía esencial: aquella que parece separar la inteligencia de la socialización. Según su planteamiento, mientras la inteligencia conduce al individualismo inherente a la soledad o a la locura, la socialización cede potencia mental frente al bienestar emocional de la pertenencia a un grupo. El propio Campo Arquímedes plantea su intento de maximizar la inteligencia a través de una droga, el Pallidine, como una forma de transgresión de esa dicotomía, pues se aumenta la potencia mental al tiempo que se incentiva la pertenencia al grupo de los presos/represaliados. Este intento transgresor conduce a la muerte, en todo caso, naturalizando esta dicotomía y, por tanto, transcendiendo la naturaleza de las cosas hasta más allá del mero materialismo científico –otro reflejo más de la crisis existencial inherente al Disch más maduro-.

En un sentido menos trascendental, aunque igualmente filosófico, también se contrapone la imposición a la libertad, el poder omnímodo de las instituciones a la capacidad del ser humano para forjar su propia vida y su propio destino. De un lado, las instituciones están representadas por un poder político que manipula a su antojo a la opinión pública y por un ejército con capacidad para encerrar a quien sea y conseguir cualquier objetivo sin escrúpulos ni conciencia. En este panorama, la justicia luce in absentia, pues se permiten las decisiones arbitrarias e injustificadas del poder a través de su injerencia sin límite moral, criterio ético o derecho alguno sobre la vida de las personas.

La pertenencia de esta novela a la Nueva Ola se deja sentir en cuanto al estilo y recursos artísticos con que el gran novelista elabora esta obra monumental. Al tratarse de un libro escrito en primera persona por Louis Sacchetti, su estilo gira entre la crónica y el monólogo interior, tan propios de los relatos carcelarios. Dentro de este relato desde la prisión, sin embargo, existe una fragmentariedad propia del salto temporal que se refleja, también, en un salto temático y en un salto narratológico, que le da al autor una plena justificación y coherencia en su experimentar constante con técnicas narrativas y formas de texto diferentes. Una experiencia creativa total que alcanza su clímax cuando intuimos que las condiciones mentales de Sacchetti, claramente potenciadas durante la primera parte, se van deteriorado progresivamente hasta el consabido momento de su muerte.

A lo largo de toda la novela nos queda claro que Thomas M. Disch era un autor de una profundísima cultura e inmensa habilidad literaria y también una persona comprometida con su realidad más inmediata. Aunque en el texto se exhiben con crudeza sus luchas interiores más arraigadas, es posible vislumbrar asimismo un compromiso idealista con la libertad más próxima al anarquismo o al libertarismo individualista, con el referente nominal claro tras Louis Sacchetti: los anarquistas italianos Sacco y Vanzetti (a su vez fuertemente defendidos por uno de los referentes literarios de Disch, John Dos Passos). Dicha premisa nos refuerza ante la idea de que estamos no sólo ante una novela de tendencia, sino también ante un proyecto personal que alcanzaba para Disch hasta lo más profundo de su ser.

El paso del tiempo no ha hecho más que acrecentar el valor de Campo de concentración, tanto por su ambición como por su capacidad de demostrar los todavía lejanos límites del género, aún no superados. Esta novela todavía figura entre lo mejor de su autor y de la ciencia-ficción.

portada de Paul Lehr para la edición de 1976

Ilustración de Paul Lehr para la edición estadounidense de 1976