Dos chalupas y sus tripulantes supervivientes de un naufragio. Entre ellos y su salvación, islas cubiertas de fango y niebla que no figuran en los mapas; un continente de algas, impenetrable pero habitado por algo que acecha; murmullos en la playa y ominosas presencias nocturnas que buscan, ávidas, todo lo que está vivo… Los botes del Glen Carrig (Valdemar, 2002), del inglés William Hope Hodgson (Essex, 1877- Ypres, Bélgica, 1918), constituye una de las cumbres del llamado “terror marino” y sitúa a su malogrado autor entre los principales artífices de la literatura sobrenatural y de horror de principios del siglo XX, con unas raíces que se hunden hasta una de las obras más extrañas de Edgar Allan Poe y cuya influencia toca a otro de los genios más contemporáneos del género, Howard Phillips Lovecraft.

Con decenas de relatos, cuatro novelas y una amplia obra poética, Hodgson fue un escritor prolífico a pesar de su temprana muerte a los cuarenta años, destrozado por una granada alemana en Ypres, durante la Primera Guerra Mundial. Con independencia de los esfuerzos de su viuda, Bessie Farnworth, los escritos de Hodgson, que habían tenido una notable aceptación inicial, fueron relegados pronto al olvido. Tuvieron que ser, años después, colegas del ámbito fantástico de la talla de Lovecraft y Clark Ashton Smith quienes lo recuperaran de esa injusta oscuridad. Varias reimpresiones a partir de los años setenta del siglo pasado terminaron por asegurar la difusión de sus libros y cuentos hasta convertirlos en un corpus indispensable para el aficionado a la literatura de terror.

De la obra de Hodgson, el escritor de Providence subrayó que estaba dotada “de una fuerza a veces tremenda en sus evocaciones de mundos y seres ocultos tras la superficie ordinaria de la vida”. Lovecraft leyó tarde a Hodgson, hacia 1934, pero quedó tan impresionado con sus libros que no dudó en incluirlo en su canon de literatura sobrenatural como uno de los escritores más capaces a la hora de sumergir al lector en una naturaleza maldita y amenazante, a la par que ajena a este mundo. La misma esencia, en suma, que tenían los escritos del autor de La llamada de Cthulhu, con quien Hodgson compartió también ciertos problemas de expresión literaria que, de cualquier modo, no pudieron eclipsar su común riqueza imaginativa.

Los botes del Glen Carrig fue la primera novela que escribió Hodgson, aunque sería la última que publicó, y en ella refleja, como en otros de sus relatos de inspiración marina, los cerca de ocho años que pasó en altamar en su primera juventud, embarcado como grumete y después como profesional de la marina mercante. Culturista, fotógrafo, conferenciante de éxito y poeta a lo largo de su vida, Hodgson fue por encima de todo un devoto del mar, temiéndolo y amándolo a la vez; odiando el trabajo de marinero, pero sintiendo la inmensidad del océano como su auténtico e irrenunciable espacio vital. Este conocimiento del medio acuático se refleja en la terminología y el rico léxico de la novela que nos ocupa, un valor añadido que para Lovecraft permitía al lector ser condescendiente con la farragosa densidad dominante en algunas partes del texto y relacionada con la intención de dotar de un lenguaje arcaico a una historia ambientada a mediados del siglo XVIII. Esa patina dieciochesca que criticaba Lovecraft aparece ya en el propio subtítulo del libro Los botes del Glen Carrig, del que señala que “es un relato de sus aventuras en los lugares extraños de la Tierra después del hundimiento del buen barco Glen Carrig tras chocar contra una roca oculta en los mares desconocidos del Sur. Así contado por John Winterstraw a su hijo James Winterstraw, en el año de 1757, y por él escrito a mano de manera muy correcta y legible”. La critica de H.P.L., si bien tiene en parte razón, parece cuanto menos un poco apresurada conociendo el gran amor del propio autor de Providence por las bondades del siglo XVIII, en el que siempre quiso haber vivido y que inspiró muchas de las facetas más hurañas de su selectiva misantropía.

Glen Carrig robert LoGrippo

La mítica y setentera cuebierta del libro de Robert LoGrippo para Ballantine Books (1971)

La novela Los botes del Glen Carrig fue publicada en 1907, pero no volvió a editarse hasta 1920 y pasó otra década hasta que los editores se fijaran de nuevo en ella. Fue en Estados Unidos donde, gracias al compilador H. C. Koenig, adquirió la relevancia editorial que se merecía. Fue Koenig quien, tras indagar en librerías inglesas, la difundió, con el resto de relatos, al “círculo” de Lovecraft, donde éste y Ashton Smith se convirtieron, junto a Koenig, en sus principales valedores. Los botes de Glen Carrig destacó en antologías y volúmenes independientes, y, finalmente, en los años setenta tuvo su especial reconocimiento cuando Ballantine Books la incluyó en su colección Ballantine Adult Fantasy Series.

Hodgson sólo es superado por Algernon Blackwood a la hora de tratar con seriedad lo irreal. Pocos le pueden igualar a la hora de bosquejar la cercanía de fuerzas sin nombre y de acosadoras entidades monstruosas, simplemente con insinuaciones casuales o con sentimientos transmitidos tras el contacto con lo espectral y lo anormal”. Estas palabras de H. P. Lovecraft son el trasunto de Los botes del Glen Carrig, donde la trama queda en manos (o más bien en los tentáculos) de esas fuerzas extrañas, poco definidas y cuya entidad monstruosa es en parte velada por la destreza del autor. Y es pertinente, en este punto, la comparación con Blackwood, también maestro a la hora de cubrir con un tenue pero efectivo velo la naturaleza de las fuerzas y seres acechantes en sus relatos, precisamente para conservar esa atmósfera ominosa. En una de las aventuras del libro, el lector no puede menos que rememorar el famoso relato de Algernon Blackwood titulado Los sauces, quizá el más perfecto literariamente de este autor, cuando los náufragos de Hodgson llegan a una extraña isla donde la amenaza emana de los abominables árboles que allí crecen y que nos recuerdan mucho a los torvos sauces del islote de arena en medio del Danubio que tan bien describe Blackwood.

Los escenarios de la novela son el propio mar y las terribles islas de tierra, fango y sargazos que albergan a los seres aberrantes del relato. Hodgson no recurre a una naturaleza fantasmagórica para explicar el horror que aguarda a los marineros, como ocurre en otro de sus libros, Los piratas fantasmas (1909), o en la serie de relatos protagonizados por su detective de asuntos sobrenaturales, Thomas Carnacki. Los monstruos de Los botes del Glen Carrig son muy tangibles, aunque Hodgson evite dar demasiados detalles sobre su aspecto y origen. Prefiere deleitarse en sugerirnos el horror antes que incidir en el morbo.

También se reconcentra, de manera sublime, a la hora de narrar situaciones extremas y pintar ambientes inquietantes, la clave que convierte Los botes del Glen Carrig en un “poderoso relato de horror marino”, como califica a esta obra el especialista en literatura sobrenatural S. T. Joshi. Así, al desembarcar en una de las islas, los náufragos escuchan “una especie de sollozo apagado y extraño que subía y bajaba de tono como el aullido de un viento solitario atravesando un enorme bosque. Sin embargo, no hacía viento”. En otro momento, se alude a “un berrido insistente y voraz […], algo espantoso; una especie de nota de hambre”. Las sugerencias demoníacas, pero nada etéreas, son evidentes.

Glen Carrig les edwards 1982

Portada de Les Edwards en 1982

Es con estas fintas descriptivas con las que Hodgson da sus mejores estocadas de estilo, con una especial destreza a la hora de esbozar los terrores marinos, a veces tan simples y a la vez terribles como una tempestad y lo que ésta puede esconder: “Era como si una bestia desmesurada aullara desde allá lejos, en el sur, como si me estuviera diciendo con suma claridad que no éramos más que dos diminutas embarcaciones en medio de un mar desolado. Luego, mientras el rugido continuaba, vi un súbito resplandor que estallaba en los confines meridionales. Parecía tratarse de un relámpago, aunque no se desvaneció en seguida, como ocurre con cualquier relámpago, y, además, según mi propia experiencia, éstos no brotan del mar, sino que caen de los cielos”.

Hodgson fue un gran fotógrafo del mar. En sus últimos años de marino destacó como uno de los primeros fotógrafos amateurs que capturaron imágenes de tifones y tempestades. Los ciclones fueron uno de los motivos favoritos que Hodgson utilizó para sus fotografías y sus conferencias: el poder del mar en su cúspide, con los marinos como meros intrusos inermes ante la furia y la desaforada voracidad del océano. Ahí pueden encontrarse también las piedras angulares de su literatura y su fuente de inspiración. Hope odiaba la vida a bordo de un buque, la arbitrariedad en las órdenes y los abusos de unos marineros sobre otros. Aunque Los botes del Glen Carrig no se reflejan estas fobias abiertamente, los náufragos quedan sumidos en un anonimato que apenas resuelve con tres o cuatro nombres propios, nunca apellidos, y varias denominaciones por el cargo, por ejemplo, aquel a quien llama “el contramaestre”, o por la constitución física, como el “marino fornido”. Y pese a todo, el mar seguía siendo el vórtice en torno al cual giraba la vida de Hodgson. En la lectura de su obra, y en concreto en esta novela, se percibe sin tapujos esa pasión por la enormidad, la belleza y la infinitud oceánicas, incluso con los horrores que proliferan en las entrañas marinas.

Entre las ignominias que brotan de las páginas de Los botes del Glen Carrig están los “hombres de las algas”, cuya descripción y hábitos traen a la mente del lector esos otros seres marinos creados años después por Lovecraft, sus “profundos” de La sombra sobre Innsmouth. Según el especialista en Lovecraft antes mencionado, S.T. Joshi, el escritor de Providence leyó por primera vez a Hodgson en 1934 después de que el bibliófilo Herman C. Koenig le recomendara algunos de los principales relatos del autor de Essex. El relato La sombra sobre Innsmouth fue escrito en 1931, pero se publicó en 1936, de forma que quizá Lovecraft tuvo tiempo de incorporar algunos de los rasgos de los “hombres de las algas” de Hodgson a sus propios engendros acuáticos.

Lovecraft dedicó una especial mención a Los botes del Glen Carrig en el ensayo “The Weird Work of William Hope Hodgson”, publicado en el número de febrero de 1937 de la revista The Phantagraph. Este texto fue incorporado finalmente a su libro El horror sobrenatural en la literatura y es considerado uno de los primeros ensayos literarios sobre la obra de Hodgson. Se lamentaba Lovecraft de que William Hope Hodgson fuera relativamente desconocido en Estados Unidos, “a pesar de que es uno de los pocos que han capturado la elusiva y más íntima esencia de lo sobrenatural”. El autor de El horror de Dunwich también examinaba en ese artículo la novela que nos ocupa. Según Lovecraft, Los botes del Glen Carrig tiene algunos momentos “difícilmente superables”, a pesar de que el tono aventurero prime en el final del libro. Para Lovecraft la obra definitiva de Hodgson era La casa en el confín de la Tierra (1908), según él con mayores implicaciones sobrenaturales que Los botes del Glen Carrig y sus otras dos novelas, Los piratas fantasmas y El reino de la noche (1912). De esta última, llegó a señalar, no obstante, que se trataba de “una de las más poderosas obras de imaginación macabra jamás escrita”, lo que nos da una acertada idea del aprecio que sentía hacia Hodgson.

Otro apasionado de Hodgson y de Los botes del Glen Carrig, además de ardiente publicista de sus novelas y relatos, fue Clark Ashton Smith, quien, en un artículo escrito también en The Phantagraph, en su número de marzo-abril (de 1937), subrayaba la “visión imaginativa” y “autenticidad” de aquél a la hora de abordar “esas tierras sombrías y fronterizas de la existencia humana”. A la par, manifestaba su esperanza de que Hodgson fuera más leído, un deseo que acabaría cumpliéndose a partir de su plena difusión en los años setenta.

glen carrig ahab

Portada del disco The Boats of Glen Carrig del grupo de metal alemán Ahab (todo muy marinero) de 2015

El nacimiento del siglo XXI ha visto acrecentado el interés por la obra de Hodgson, como lo demuestra el volumen de análisis crítico editado por Jane Frank en 2005 bajo el título de The Wandering Soul y en el que se incluyen fotografías, algunas de las conferencias con temas marinos que diera en vida Hodgson, diversos poemas y estudios poéticos, así como algunos textos sobre la disciplina del culturismo que practicó nuestro escritor casi hasta el abrupto final de sus días. Para su análisis, Frank accedió a los archivos que había reunido Sam Moskowitz sobre Hodgson, una mole de información que aún habrá de darnos algunas sorpresas en el futuro.

Una de estas investigaciones futuras podría ahondar en las fuentes que sirvieron de inspiración a Hodgson a la hora de forjar su poder narrativo. William Hope Hodgson se embarcó a los trece años e interrumpió entonces su formación académica. Fue un autodidacta y entre sus lecturas, como reconoce en algunos de los escritos recogidos por Jane Frank, figuraron Sir George Edward Bulwer-Lytton, autor de la misteriosa novela de ciencia-ficción Vril o el poder de la raza futura, y el padre de la narrativa de terror moderna, Edgar Allan Poe. Es precisamente Poe el escritor cuya huella se observa más profunda en la urdimbre de Los botes del Glen Carrig. En una reseña aparecida el 23 de octubre de 1907, con motivo de la publicación de la novela, un crítico literario de The Daily Telegraph comparaba a Hodgson con el escritor estadounidense en “su extraordinario poder para excitar la emoción del horror simple y físico”.

Pero no sólo. Cuando el amante de la literatura sobrenatural accede a las páginas de Los botes del Glen Carrig no puede menos que sentir una cierta familiaridad en el ritmo del libro que se aleja de las presuntas connotaciones victorianas que algunos han querido ver en la obra. Es, ciertamente, Allan Poe quien subyace en la cadencia del relato, en la forma que tiene el narrador de referir la historia, incluso a la hora de recurrir en ocasiones a un excesivo melodrama o en el momento de fallar en la caracterización adecuada de los personajes. Y la obra concreta de Poe que flota omnipresente como una niebla sobre Los botes del Glen Carrig es La narración de Arthur Gordon Pym, la única novela del autor de Boston. Ahí están las concomitantes pinceladas del naufragio, la densa amenaza que acecha a las respectivas historias e incluso, a la hora de imponer un motivo común de horror supremo, la isla como elemento aberrante casi fuera del tiempo y el espacio, en ambos casos habitada por seres anormales que Poe sitúa en la Antártida y Hodgson en una desconocida región del Pacífico sur. Éste es, seguramente, uno de los secretos que la obra de William Hope Hodgson aún guarda celosa y que quizá pueda ser más oportunamente desvelado de cara al próximo centenario de su muerte, en 2018.