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Ilustración de Gustave Doré para la que tal vez sea más famosa imagen de las aventuras del controvertido Barón (1862).

En 1785 el escritor y científico alemán Rudolf Erich Raspe (Hannover, 1737 – Donegall, Irlanda, 1794) escribió y publicó la primera versión de Las aventuras del barón Münchausen titulada Narración de los maravillosos viajes y campañas del barón Münchausen en Rusia, una narración en clave autobiográfica en la cual el narrador-protagonista contaba a un presunto público de oyentes/lectores sus increíbles y maravillosas aventuras por mar y por tierra. Se rumorea que un primer esbozo de dicha publicación salió cuatro años antes, en 1781, de manos de un autor anónimo, que algunas fuentes hacen coincidir con el propio Raspe.

Os sorprenderá saber que este emblemático personaje, el barón Münchausen, existió realmente: se llamaba Karl Friedrich Hieronymus, descendía de una de las familias más antiguas de la Baja Sajonia, nació en Bodenwerder (Alemania) el 11 de mayo de 1720 y fue el primer “cantor” de sus propias presuntas aventuras. Fue un militar alemán que participó en varias campañas y, cuando volvió de ellas, empezó a narrar a sus amigos y conocidos todas sus grandes hazañas, aderezándolas con un toque fantástico e inverosímil. Así es como tuvo origen este clásico de la literatura. Las increíbles aventuras del barón Münchausen no tardaron mucho en llamar la atención de escritores, ilustradores y directores de cine. El mismísimo Georges Méliès realizó la primera adaptación al cine en 1911 con el cortometraje Les hallucinations du baron de Münchausen, seguido en 1929 por la película de animación de los estudios Mezhrabpomfilm titulada Las aventuras de Münchausen o por el film alemán de 1943 Münchausen, escrito por Erich Kästner y dirigido por Josef von Báky, entre otras. Sin embargo la adaptación al cine más conocida es la que dirigió Terry Gilliam en 1988 bajo el título de Las aventuras del barón Munchausen.

Volviendo al clásico literario, la primera versión de Las aventuras del barón Münchausen, obra del alemán Rudolf Erich Raspe, se puede disfrutar en la maravillosa edición que nos regala la editorial Nórdica Libros, magistralmente ilustrada por el artista español Javier Zabala (León 1962). Premio Nacional de Ilustración 2005 por El Soldadito Salomón y finalista del Premio Andersen 2012, Javier Zabala ha publicado hasta la fecha más de 80 libros e ilustrado textos de Melville, Cervantes, Shakespeare y Rodari, entre otros. Sus dibujos, realizados con un estilo breve e sugerente que recuerda al de los bocetos, acompañan visualmente el lector en este viaje hacia lo absurdo y lo imposible.

El libro se compone de diecisiete capítulos en los que el barón Münchausen cuenta sus aventuras en primera persona como si de un diario de viaje se tratara. Sin embargo una de las características fundamentales de un diario de viaje, un libro de memorias o una autobiografía, es la de una narración basada en hechos reales, objetivos, sometidos al racionalismo humano. Ahora, cabalgar sobre un caballo cortado por la mitad, visitar una isla de queso rodeada de un mar de leche, bailar en el estómago de una ballena, viajar a la Luna o bajar al infierno con Vulcano no son propiamente hechos que se puedan etiquetar como “reales”.

Este choque entre el contenido y la forma no es más que un recurso del escritor alemán para ironizar sobre el protagonista y sus maravillosas aventuras por el mundo. Sin embargo, detrás de la razón meramente literaria, está otra que tiene que ver con su época y el intento de alejarse del racionalismo imperante del siglo XVIII. ¿Cómo lo consigue? Primero, utilizando un género literario basado en lo real para hablar exactamente de su contrario: lo imposible. Segundo, dando (o mejor, restituyendo) vida a un personaje tan excéntrico y vivaz que nos recuerda a otros grandes del imaginario literario como Don Quijote o el capitán Gulliver de Jonathan Swift (Los viajes de Gulliver, 1726).

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Ilustración de Javier Zabala para la edición de Nórdica Libros.

Para contar las aventuras del barón Münchausen, Raspe mezcla, en más de una ocasión, la dimensión de la realidad y la de la fantasía. Así, si por un lado nos encontramos con mundos imaginarios habitados por personajes sobrenaturales (como los selenitas o los dioses Vulcano y Venus), por el otro podemos reconocer en sus historias lugares reales y hechos históricos, como por ejemplo Rusia, la guerra contra los turcos, el monte Etna o Constantinopla. Una vez más, la ironía y el humor del escritor alemán cobran vida a través del choque entre los dos mundos: el de la realidad y el de la imaginación. Entre las aventuras más fantásticas de nuestro protagonista cabe destacar algunas realmente sorprendentes. Es el caso de la famosa “batalla de las pieles de oso”, donde el barón Münchausen, después de haber matado un oso, se viste con sus pieles, gana la confianza de los demás animales y consigue acabar con todo el grupo. El viaje a la luna también es reseñable, más que por el hecho en sí por lo que se encuentra allí: los habitantes de la luna, los selenitas, son hombres que viven en los árboles, miden alrededor de seis metros, comen a través de una puertecita situada en su propio abdomen, pero sobre todo…pueden separarse de su cabeza.

La lógica del absurdo domina no sólo la narración, sino también las ilustraciones; el artista español Javier Zabala ha sabido reflejar perfectamente el contraste entre lo real y lo fantástico, así como la ironía del escritor alemán, a través de su estilo personal, sugerente y dinámico. Los trazos esbozados, sin contornos, los colores cálidos, las figuras planas y extirpadas de su entorno, contribuyen a la creación de un universo conocido (el mundo real) y a la vez aluden a uno desconocido, nuevo y maravilloso (el fantástico). Así no nos sorprenderá su personal representación de los hechos y de los personajes, la libre interpretación de los colores o la falta de contexto (o fondo) a la que todas las figuras están sometidas. Todas y cada una de ellas están como suspendidas entre los dos mundos, en un limbo que nos trasmite la absurda sensación de que puedan salir de la página, y cobrar vida, de un momento a otro.

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John Neville como el Barón de Munchausen en la (como siempre) excesiva cinta de Gilliam. Las perlas: ver a Eric Idle correr como si le fuera la vida en ello y la recreación del Nacimiento de Venus de Boticelli con Uma Thurman surgiendo de una colosal concha de plástico.

A pesar del evidente surrealismo que rodea la obra en su totalidad, el lector acepta el presupuesto de la realidad como base de la narración gracias a la naturalidad, ingenuidad e inocencia de su protagonista. El barón Münchausen es capaz de firmar un tácito pacto con el lector, un pacto sobre la veracidad de sus afirmaciones, que para él no es nada menos que una cuestión de honor. El narrador-protagonista no pierde ocasión para dirigirse a sus lectores y justificar con hechos “científicos” todas y cada una de sus improbables aventuras. Un recurso que le sirve a Raspe para establecer un diálogo entre el excéntrico protagonista y el público y mantener a este último en el plano de la realidad:

Sé que todo esto debe pareceros muy raro, pero ruego a cualquiera que dude de mi palabra que vaya a la luna y lo compruebe por sí mismo, y verá que me acerco más a la verdad que cualquier otro viajero anterior.”

Las aventuras del barón Münchausen nos regalan un viaje único, hacía mundos imaginarios habitados por los personajes más disparatados. Un increíble viaje para niños y adultos donde lo imposible se hace real.

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El famosísimo busto del Barón, por Gustave Doré (sobre esculpido improbable de Antonio Canova), 1962.