Pedro Vera (San Pedro del Pinatar, Murcia. 1967) es un hombre educado y amable, autor de cómics que no te hacen pensar en un autor educado y amable. Nos imaginábamos distinto al padre de Ortega y Pacheco, los personajes más brutales y gañanes que han habitado El Jueves. Pero aquí, cara a cara, en la cafetería del Expocómic Madrid, no se lo decimos. Es probable que él esté ya bastante acostumbrado a esa opinión, y no queremos parecer rancios.

Lo “rancio” es la base de la exitosa serie Ranciofacts (Astiberri Ediciones, 2014-2015), que expone y cataloga toda clase de comportamientos, situaciones y expresiones desactualizadas, tópicas y manidas. Un dedo que apunta a todos los que alguna vez nos reímos con eso de “cero grados, ni frío ni calor”. Pedro Vera es, por tanto, alguien a quien es mejor no preguntar eso de “¿qué va primero, el guión o el dibujo?”, sino alguien a quien escuchar con atención y sin querer pasarse de listo. Hay mucho que aprender de él.


Fabulantes: Hay una pregunta que llevamos tiempo queriendo hacerte: ¿el término “noveno arte” cuenta como ranciofact?

Pedro Vera: Sí, yo diría que sí me resulta un poco rancio lo de “noveno arte”. Claro que lo de llamar “séptimo arte” al cine siempre me ha chirriado, de entrada.

F: Técnicamente, el cómic venía antes.

P. V.: Si somos estrictos, sí, ¿verdad? Pero es que hay cantidad de frases hechas y coletillas con respecto al cómic que odio, aparte de la del noveno arte: que me llamen “viñetista”, o que se refieran a una página mía como “viñeta”. “¡Me gustó tu última viñeta!” No es una viñeta, eso es una parte de la página.

F: Hablando del lío de palabras, nadie pone en duda que el cine se llame cine o que el teatro se llame teatro, pero al cómic se le llama “novela gráfica”, “tebeo”…

P. V.: Creo que es un error gordísimo pensar que es lo mismo. La novela gráfica es un tipo de cómic, y “tebeo” es algo que sólo existe obviamente en España, por aquella publicación que se llamaba TBO. Lo que sí que me llama la atención, y lo que considero rancio, son las bromitas que se hacen con el supuesto “elitismo” de la novela gráfica. Se parece a como se machacan tanto las bromas con la fuente Comic Sans. ¡Ya está bien de hacer coñas con la Comic Sans! A ver, sí, es fea, pero más lo es la Algerian… Cuando se machaca tanto algo, deja de tener gracia. De la novela gráfica siempre se habla con retintín. “Eso es para snobs”, dicen. Es aburridísimo.

F: Quizá el problema esté en la misma palabra “cómic”, que hace que no se tome tan en serio debido a su raíz en la palabra “cómico”. ¿Cómo lo llamamos, entonces?

P. V.: (Se lo piensa durante unos momentos) ¡Cómic! O bueno, está la otra forma de llamarlo, el “arte secuencial”… pero es que de alguna forma hay que llamarlo. En Francia, por ejemplo, lo llaman “bande desinée”. Cada uno tiene lo suyo.

Cuando se machaca tanto algo, deja de tener gracia

F: Hablemos ahora de tu último libro, Mi puto cuñado. En el prefacio, Pepe Colubi describe con gran precisión qué es un “cuñado”, pero querríamos preguntártelo también a ti. ¿Qué es, en palabras de un experto, un “cuñado”?

P. V.: Dejando aparte la acepción de parentesco político, un cuñado es… ese ser de luz que, todopoderoso en su sabiduría, lo sabe todo y opina de todo sin saber de nada. Lleva en el ADN la necesidad de ser gracioso en cualquier situación, de pasar por encima de ti en todo momento. Tiene que ser más gracioso que tú, más inteligente que tú, si te compras un coche él se lo compra más barato o mejor… Si te compras una televisión, te dirá: “me tendrías que haber preguntado a mí, yo te la habría conseguido con más pulgadas y a mitad de precio… ¡Para qué vas al mecánico!, me lo dices a mí y yo voy al chatarrero, compro la pieza y te lo arreglo enseguida”…

F: Es alguien que sabe más.

P. V.: Eso es, se trata de alguien que siempre sabe más que tú. Además, las Navidades son fechas espeluznantesi. Siento una perturbación en Lo Rancio. Se juntan elecciones, cenas de empresa y Navidades: el hábitat preferido del cuñado. Se avecinan conversaciones terribles; habrá expertos en yihadismo y política de Oriente Medio, en series de televisión…

Un cuñado es… ese ser de luz que, todopoderoso en su sabiduría, lo sabe todo y opina de todo sin saber de nada

F: “La Edad de Oro de las series de televisión”.

P. V.: (Ríe) “La Edad de Oro”, “soy seriéfilo”, “el mejor cine de hoy en día son las series”…

F: Pepe Colubi decía que el cuñado es alguien “que siempre tiene algo que decir”. Quizá es nuestro propio entorno el que nos obliga a tener siempre una opinión sobre todo. Si alguien no tiene opinión, le criticamos por ello.

P. V.: La diferencia es que da igual lo que opines ante un cuñado, porque el cuñado no escucha. Si para de hablar, es porque está recopilando información para seguir hablando luego. No está prestando atención y no le interesa lo que tú le digas. Sólo quiere oírse.

F: Espera su turno para hablar.

P. V.: Sí, y eso en el caso de que respete el turno.

F: ¿Quizá la antítesis del “cuñadismo” sea la originalidad?

P. V.: La antítesis del cuñado no es alguien original. Ser un no-cuñado es ser una persona cabal. Una persona que tenga educación, que sepa respetar los turnos de palabra, que no sea prepotente y que no crea saber más que los demás. En resumidas cuentas, es ser una persona normal. Yo es que creo que detrás de estos “comportamientos cuñados” hay algún tipo de problema psicológico. Si uno está razonablemente sano mentalmente, ya no es un cuñado.

F: Ahora queremos hablar de tus otros personajes famosos de El Jueves, Ortega y Pacheco. Una cosa en la que se diferencian Ortega y Pacheco de los Ranciofacts es que ellos podían destrozar cualquier cosa detestable que entrase en sus páginas. En ese respecto, había catarsis. En Ranciofacts, te ves limitado a documentar lo detestable, en vez de destruirlo. ¿Echas de menos este “factor catarsis” que te daban Ortega y Pacheco?

P. V.: Hombre, no puedo hacer cosas tan extremas como hacía en Ortega y Pacheco, pero algún leñazo que otro sí hay. Yo tengo tres posturas diferenciadas con respecto a lo rancio y al “cuñadismo”. La primera es el amor, porque todos tenemos dentro un cuñado pugnando por salir que tarde o temprano se manifiesta. Luego está el odio, que me reservo para las conductas rancias de verdad; hemos titulado el libro Mi puto cuñado aprovechando el tirón de la palabra, que es casi mainstream ya porque todo el mundo se ríe del “cuñadismo”. Hasta en un anuncio de El Corte Inglés hacen una broma con esto. “¡Cuñado vs. Gestor de seguros de El Corte Inglés! El cuñado sabe de todo, pero el gestor de seguros de El Corte Inglés te va a asesorar mejor que él”. Cuando vi ese anuncio, me dije: “Ya la hemos cagado. Se han adueñado del ‘cuñadismo’”.

Y la tercera postura es la del orgullo. Orgullo cuñado. Rancio Pride. Porque hay ranciedades que molan, como la de que en Semana Santa sigan poniendo películas péplum en la tele. Una tradición rancia, pero que me gusta. El odio está reservado para la prepotencia y el querer estar por encima de los demás. A este respecto, volviendo a la pregunta inicial, sí que hay leña, pequeños comentarios hirientes. No tanto como en Ortega y Pacheco, pero leña sí hay.

Ser un no-cuñado es ser una persona cabal y normal: si uno está razonablemente sano mentalmente, ya no es un “cuñado”

F: Ya hemos hablado de tu obra anterior y ahora querríamos hablar de tus influencias. Sabemos que una gran influencia tuya es Jack Kirby, ¿qué podrías contarnos sobre él? ¿Por qué es importante para ti?

P. V.: La verdad es que yo he leído poco cómic. Reconozco que por ello he pasado cierta vergüenza en las conversaciones con compañeros cuando era joven, aunque ahora con cincuenta años ya me da igual (ríe). Ni me jacto ni me avergüenzo de mi ignorancia. Como dibujante, mi ciclo se asemeja al de mucha otra gente de mi época: primero se empieza con los Mortadelos y todo lo de la casa Bruguera, y luego se suele dar el salto a los cómics de superhéroes, de los cuales sólo me gustaban Los 4 Fantásticos y Spiderman. Hablo de Romita y sobre todo de Kirby, que fue quien empezó casi todas las series (menos Spiderman, que la empezó Steve Ditko).

Pero lo que a mí me pasó, además de todo eso, es que de pequeño acabé ingresado con gripe en el hospital y mi madre me trajo un tebeo de la papelería para que me entretuviera. Ese tebeo era 2001: Una odisea en el espacio de Jack Kirby. Imagínate: yo de pequeño, con fiebre, en una situación digamos que absorbente, y me regala eso. Era parte de una serie que Kirby nunca llegó a terminar, en la que el tío contaba los sucesos de la película de Kubrick, pero a su manera. En cada número había un personaje diferente; mientras que la película narraba la evolución de un solo personaje mediante un pajote espaciotemporal, el cómic mostraba varias historias. Una de ellas era bastante similar a la película, pero otras eran muy distintas.

La que me regaló mi madre se titulaba “Akira la diablesa”, por ejemplo. La acción siempre empieza en una época pasada, la prehistoria o algo así, y en este número se veía a esta señora luchando contra una tribu de cavernícolas de manera muy bruta y dinámica. En ese momento, de repente, aparecía un monolito que transforma la existencia del personaje en cuestión. Una especie de evolución, evolución en todos los sentidos. Una especie de renacimiento: muere el antiguo ser y renace en otra época. En el caso de este número, al cambiar la acción se ve a una chavala tomando el sol junto a una piscina en una cálida tarde de verano. Ella se va adormeciendo, la piscina se va vaciando y de repente, cuando se ha quedado sola junto a la piscina vacía, siente como si cientos de años se cebaran de golpe en su cuerpo y va envejeciendo hasta que muere. Luego renace otra vez, y es en esta parte de las historias cuando sale el bebé ese de la película flotando por el espacio en una burbuja.

El odio está reservado para la prepotencia y el querer estar por encima de los demás

F: Y esto lo leíste de pequeño y con fiebre…

P. V.: Así es, y me dejó muy tocado. Estéticamente me encantó, el dibujo de Kirby era poderosísimo. Me chiflaba. El caso es que no pude seguir leyéndolo, porque por aquella época no era fácil adquirirlo. Yo vivía en un pueblo sin acceso a tiendas de cómic, después de todo. Ya de mayor quise recuperar todo aquello y conseguí todo lo de Jack Kirby: la colección completa de 2001, las ediciones nuevas que hicieron para las colecciones de superhéroes clásicos… Los 4 Fantásticos, La Patrulla X, que por aquel entonces no se llamaban los X-Men… Me encantó el dibujo y empecé a imitarlo a ver si me salía igual. Sin embargo, cuando comencé a dibujar con esa intención también tenía otro estilo favorito, el de Charles Burns, y eso desembocó en una cosa muy relamida. Empezaba a dibujar como Kirby y enseguida me ponía a dibujar las rayitas del pelo como Burns. Esto era cuando yo tenía veintitantos años.

F: Una vez dijiste que era un estilo que te salía cuando estabas con (el guionista) Ginés (López Hernández).

P. V.: Ginés y yo empezamos de una manera un poco rara; él era muy de escuchar boleros, tango y cosas así, y me hizo un guión sobre la pasión extrema que había entre un torero y un militar fascista retirado. Algo muy almodovariano. El dibujo que me salía era realista, pero a mí me parecía horrible. Así que le dije: “Ginés, mejor vamos a hacer cosas de risa. Voy a transformar mi estilo”. Y empecé con este estilo mezcla de Kirby y Burns, pero luego lo fui simplificando para acercarme más al monigote de humor. Así fue como llegué a Nick Platino, que fue el embrión de Ortega y Pacheco, y fue por entonces cuando conseguí mi estilo definitivo. Quité lo poco que quedaba en mí de Kirby y Burns, si es que alguna vez tuve algo, y listo.

La verdad es que yo he leído poco cómic. Ni me jacto ni me avergüenzo de mi ignorancia

F: En tu entrada de Wikipedia pone que “Pedro Vera es un exorcista de la sociedad actual”. ¿Es eso lo que haces? ¿Se puede acaso “exorcizar” una sociedad?

P. V.: (Ríe) Intuyo que el que ha escrito eso se refiere a la justicia poética de la que hablábamos antes. A dar leña y quedarse más ancho que largo, vaya. El típico pollazo en la cara. Pero vaya, que a mí me encanta que saquen interpretaciones sesudas de mis historietas. Yo he llegado a definir a Ortega y Pacheco como punk. En su etapa final, cuando empezaron las encuestas de El Jueves y la serie iba mal, intenté mejorarlos tanto que pasé del punk al rock sinfónico.

F: Sin embargo, con Ranciofacts tu papel es más parecido al de un cronista que al de un exorcista.

P. V.: Exacto, sí. Ortega y Pacheco no era un cómic para todo el mundo, porque era muy visceral, muy punky y desagradable… catárquico, si quieres. Ranciofacts es más costumbrista, y también más agradable a la vista por tener color y no llevar trama manual. No es tan sucio. Pero, pese a eso, yo no puedo limarme del todo, no puedo quedarme sin aristas. Sigo teniendo espinas.

F: Hemos leído muchas opiniones tuyas a favor de la educación pública.

P. V.: Por supuesto, es algo fundamental.

F: ¿Crees que eso que llaman “los límites del humor” tiene algo que ver con la inversión en educación pública?

P. V.: ¡Pues claro que tiene que ver! El acceso de todo el mundo a la educación, con independencia de su nivel económico, es algo básico para que una sociedad evolucione, para que no vayamos hacia atrás. Pero es que esto influye en los límites del humor y en cualquier otra cosa. Y creo que estamos degenerando. Sé que suena a la típica pataleta de abuelo Cebolleta, “¡un pico y una pala te daba yo!”, pero es que es verdad. Yo estoy viendo un retroceso en la sociedad, y creo que alguien se está empeñando en aborregarnos. En crear, de alguna manera, un rebaño dócil. Y no hay derecho de que la educación pública sea cada vez de peor calidad; es fundamental que se destine mucho presupuesto a ello. Debería ser la partida más gruesa.

Si creamos ceporros, no hay quien pueda contar un chiste. Mira, hay una serie de Youtube, que por una parte me da risa y por otra me da escalofríos, en la que hacen entrevistas a chavales que hacen botellón por la calle. Y te partes el culo. Les acercan el micrófono y les formulan unas preguntas básicas: “¿Quién fue Adolfo Suárez?” [primer presidente de la actual democracia española entre 1976 y 1981] y un chico responde “sí, Suárez, el de la dinastía! ¡El del… golpe de Estado! ¿No?”, y a su lado una chica pregunta que por qué le preguntan eso, y aún más al lado su amiga dice que lo que le gusta es “el morenillo chiquitillo de La Voz Kids”. No se trata de burlarse de la gente porque sí, es que se trata de un barómetro muy fiable para darse cuenta de cuál es el nivel.

F: Una vez dijiste que “no ofende el texto tanto como el dibujo”.

P. V.: Es verdad. Si tú hicieras una portada con Mi Pequeño Pony y la Abeja Maya diciendo “¡me gusta la pornografía infantil!”, te juro que no pasaría nada. Porque la gente no lee. Se queda con la imagen. Si pones a los Reyes de España follando, ahí sí que te has caído con todo el equipo. Lo realmente ofensivo de esa portada censurada de El Jueves era lo que estaba en el bocadillo de texto, pero nos levantaron la revista por el dibujo.

Si creamos ceporros, no hay quien pueda contar un chiste

F: Cambiando de tema, en Fabulantes nos especializamos en narrativa de terror. El pasado octubre anunciaste un Ranciofacts de terror. ¿Cuándo podremos verlo?

P. V.: Eso aún no está hecho, pero tengo bastantes ideas apuntadas. Sobre todo referentes al género slasher. Son obras que tienen una serie de tópicos que yo considero rancios pero que defraudarían a su público si no estuvieran, creo. La cabaña en el bosque, los adolescentes dentro, el que se ducha muere, “separémonos” y luego van muriendo uno a uno…

Todas las ideas que he tenido sobre cine las he ido apartando. Ninguna aparece en los tomos recopilatorios, porque la idea es sacar un tomo adicional que sea exclusivamente sobre cine. Habrá Ranciofacts sobre el cine bélico, la comedia romántica, el western… Próximamente.

F: Para terminar, una vez dijiste que tu café particular es Twitter. ¿Qué ocurriría si mañana cerrasen Twitter?

P. V.: Pues pasará lo que me ha pasado toda la vida: que no lo tendré. Yo me he pasado muchos años trabajando sin Twitter, en mi zulo, sin comunicación con el exterior. Muchos años sin tener feedback sobre mi trabajo, sin saber si gustaba o no… bueno, intuía que gustaba, porque no me echaban de la revista… He estado sin comunicarme con los lectores, sin saber si les molaba o si odiaban lo que yo hacía, hasta hace muy poco tiempo.

F: Entonces, lo que valoras de Twitter es el feedback.

P. V.: Claro. Lo valoro muchísimo. El que diga eso de “yo no dibujo para la gente” está mintiendo. Todos vivimos para la gente. Todo lo que hacemos en nuestra vida está enfocado a lo que piensen los demás de nosotros. Y el que lo niegue, lo hace porque no se ha parado a meditar sobre ello. Durante el mero hecho de vestirse, uno elige su ropa pensando que no quiere tener mal aspecto. Incluso esos chicos de allí (señala a un grupo de gente disfrazada de personajes de Star Wars).

Todo el mundo quiere molar. La prueba más clara está en las redes sociales: hasta la persona más fea sale atractiva en su foto de perfil. La imagen que quieres proyectar a la sociedad es la imagen idealizada que tú mismo tienes de ti; tus miserias y tus mierdas no las sacas. Sacas lo mejor. Si te has comido un buen centollo o si te has ido de vacaciones, lo sacas en las redes. “Mira qué bien pinto”, “mira cómo molo”… Todos lo hacemos. Tenemos una vanidad que es algo innato al ser humano. Lo que sería saludable es que todos fuéramos conscientes de ello.

Todos vivimos para la gente. Todo lo que hacemos en nuestra vida está enfocado a lo que piensen los demás de nosotros

NOTAS

i Esta entrevista se llevó a cabo el 12 de diciembre.