By-Day-She-Made-Herself-Into-A-Cat-Arthur-Rackham

Arthur Rackham: Por el día ella se convierte en gato.

La maestría de Andrzej Sapkowski (Lodz, 1948) en el relato quedó de manifestó en El último deseo (1992, primera edición en castellano en 2002 por Bibliópolis Fantástica) y La espada del destino (1993, Bibliópolis Fantástica 2002), sus dos antologías más celebradas y punto de partida, además, de su saga sobre Geralt de Rivia (hoy conocida, por avatares del videojuego, como la saga de “El brujo”). En aquellas, el polaco reescribió cuentos clásicos (La bella y la bestia; La sirenita) de una manera muy particular, camuflando serios problemas –y dilemas- ecológicos y sociales bajo el envoltorio de la fantasía. Además, dio muestras de un estilo exquisito que se iría puliendo, hasta la excelencia, en sus novelas venideras. Toda la riqueza, la energía, las florituras formales de una pluma única dentro de la fantasía, se hallan contenidos en los relatos de esos dos libros, que recomendamos encarecidamente a admiradores de la literatura elegante, con independencia del amor que profesen por el género al que se adscriben.

En Bibliópolis/ Alamut conocen bien a Sapkowski. Es su filón: numerosas reediciones permiten hoy encontrar la práctica totalidad de sus obras, incluida, claro, su saga más famosa al completo. Sabedor de lo que entraña cada nuevo libro del gran escritor polaco, el editor Luis García Prado se sacó de la manga en 2007 un volumen único, Camino sin retorno, que, tras minuciosa labor de rastrillado, y con la voz invitada del mismísimo Sapkowski a modo de introducción de cada pieza, ofrecía nueve cuentos inéditos en tomo integral. Los nueve abarcan todos los estadios de la etapa del padre de Geralt de Rivia, desde sus albores, en 1988, hasta más allá de su maduración, en 2006.

Los tres géneros fantásticos tienen representación en Camino sin retorno. Incluso se produce un mestizaje inevitable: por ejemplo, en “Tarandarei!”, el mejor texto, conviven el terror y la fantasía. En este cuento, Sapkowski demuestra su erudición y su sensibilidad, al juntar, como sólo él sabe hacer, poesía medieval con pasajes de una belleza bucólica. La naturaleza tiene voz, sonido y color en un relato con toques cthulhianos, protagonizado por otra de las sólidas mujeres que pueblan la literatura del escritor polaco. La suya es casi una producción matriarcal. “Tarandarei!” es un grito de batalla tintineante, una especie de ¡towanda! con el que una mujer, un patito feo, se abre a la sensualidad y se transforma en cisne, desencadenando durante el proceso una hecatombe. No en vano, el Apocalipsis es una de las obsesiones más acentuadas de Sapkowski.

El fin del mundo no implica para él regeneración: el fin del mundo es devastación. Y es responsabilidad exclusiva de la estupidez, de la avaricia y de la ambición humana. De no poseer un despiadado y cínico sentido del humor, gamberro y avieso, que se ceba con los idiotas, posiblemente Sapkowski sería pasto de frenopático o se consumiría en sórdidas barras de taberna por la visión nada amable que tiene de sus compañeros de especie. Afortunadamente, no ahorra carcajadas ni vapuleos. Odia con todas sus fuerzas a los fanáticos, a los que considera el culmen de la idiotez –como se aprecia muy particularmente en “Lo que sucedió en Mischief Creek”, la crónica del intento de linchamiento de una bruja-, y por eso siempre se pone del lado de los débiles, de los derrotados y desamparados. En sus libros toma partido por ellos porque, si bien su voz es débil a fuerza de ser aplacada, por lo general suelen estar asistidos por la razón. No hay cultivador de literatura fantástica que profese una lealtad tan inquebrantable hacia enanos y gnomos, dianas de todos los excesos racistas, hacia los niños, hacia los campesinos. Ningún otro autor se ha atrevido a meter a los elfos en guetos ni a enarbolar la bandera de su causa.

El humorismo, presente en casi todos estos relatos, es el arma de Sapkowski para señalar abusos. A veces, denuncia atentados contra animales. Gatófilo declarado, se inspiró en el maltrato que sus vecinos dispensaban a sus mascotas para componer “Los músicos”, melodía a la justicia poética en clave de terror. El autor es crítico con el género, al que considera mentiroso por definición. Sin embargo, fue su primera opción cuando recibió un preciso encargo de un editor que le señaló que dejase la fantasía para centrarse en el concepto de amenaza. “Los músicos”, su propuesta, inquieta, desasosiega y corporiza una sensación de peligro, de destrucción. Su vuelta de tuerca del clásico de los hermanos Grimm sobre esos animales que ansían con ir a Bremen deriva en cataclismo. En él son evidentes los ecos del Stanislaw Lem más turbio (que el curioso puede leer, si quiere, en la antología Máscara, publicada por Impedimenta en 2013). Los felinos son también protagonistas en “La tarde dorada” (que fue publicado en libro ilustrado independiente por Bibliópolis en 2004): el gato de Cheshire es el personaje principal de un giro truculento a Alicia en el país de las maravillas, que le sale al de Lodz satírico, divertido, altivo. La búsqueda ensoñada de una niña es un pretexto para homenajear a la literatura, y de paso, para repartir mandobles en forma de pullas. El reverendo Dodgson, más conocido por su seudónimo –Lewis Carroll- es el blanco fundamental de los ataques furibundos. Andrzej Hood pasa de nuevo al rescate de los más débiles, los niños y los gatos.

eugène grasset three women and three wolves, 1900

Eugène Grasset, Tres mujeres y tres lobos, 1900.

La escritura sirve de catarsis, para transmitir emociones, para comunicarse con otro; casi siempre nace de una necesidad. En el caso de Sapkowski, además, es diversión. El polaco es incapaz de escribir algo que no le divierta. Por eso, hay muchas trastadas en esta antología: “Battle Dust” es por ejemplo un falso primer capítulo de una falsa space opera, que fue publicado, a modo de falso anticipo, en una revista de su país natal. La acción es constante: “Battle Dust” es la narración de una huida motivada por un asedio alienígena y de la posterior proclamación de venganza. Guy Foyle, el hombre que hizo de las estrellas su destino, encontraría semejanzas, nada casuales, en estos deseos en caliente del superviviente del cerco galáctico. “Algo termina, algo comienza” tiene más enjundia: es el final alternativo a la saga de Geralt de Rivia, “una broma”, en palabras de Sapkowski, pero sobre todo una alternativa amarga al agridulce desenlace de la serie. Este cuento refleja hasta qué punto el autor desarrolló su célebre saga siguiendo un plan preciso: “Algo termina, algo comienza” se escribió dos años antes de La sangre de los elfos (1994, Bibliópolis Fantástica, 2003), la novela-bisagra a partir de la cual las andanzas del brujo albino siguen un argumento elaborado. Nombres, alusiones y personajes ya figuran aquí, en esta cordial peineta a los mitos artúricos. Es más que posible, menos que descabellado, que Sapkowski ajustara bastantes hechos posteriores a partir de este festivo cuento.

“Camino sin retorno” y “En el cráter de la bomba” son, junto con “Tarandarei!” palabras mayores. El relato que da título a la antología es el segundo cuento que escribiera Sapkowski, y debe de ser interpretado como una especie de historia sobre el romance de los padres de Geralt de Rivia. O al menos de su madre, la druida Visenna, protagonista junto al guerrero Korin de una caza y captura al enésimo monstruo sapkowskiano, una criatura que hiede a muerte, a fatalidad, a destrucción. “En el cráter de la bomba”, por su parte, es ciencia-ficción pura, el representante más nítido de su campo, y quizás, el mejor escrito. A la inocencia de la infancia, el polaco superpone el bestialismo, la sinrazón, de quienes se creen en posesión de una verdad tan clara como para organizar la muerte de los demás.

Spanien-Kreuz_in_Silber

La Spanienkreuz fue creada el 14 de abril de 1939 por Hitler para condecorar a los soldados alemanes que habían luchado en la Legión Condor a favor de Franco en la Guerra Civil española.

Queda una última mención: “Spanienkreuz” es su contribución a un volumen especial coordinado por el organizador de la Semana Negra de Gijón (Asturias) y que tuvo por tema “Guernica”. El bombardeo de la Luftwaffe a la ciudad vasca no sólo inspiró a Picasso: Sapkowski puso su granito de arena con este breve relato de cinco páginas de neta fantasía. Lo compuso entre el estupor, por su llamamiento a participar en el volumen, y el orgullo de hacerlo para un festival español. En España se quiere mucho a Sapkowski. Es un país que ha visitado innumerables veces, siempre acompañado por la sombra de su editor y de su traductor, el inconmensurable José María Faraldo. Sin él, tendríamos al polaco por un nombre más dentro de la fantasía, como sucede en Alemania, en Italia, en Francia; gracias a él, sabemos que es uno de los colosos del género. No puede, por lo tanto, cerrarse esta panorámica sin destacar su fundamental trabajo, una vez más. Faraldo nos introdujo a un gigante. Nos desveló que Andrzej Sapkowski, aun en sus días malos, es imprescindible.