Bruce penngnton, From The New Sun To Dune

Bruce Pennington, From The New Sun To Dune, 1981.

Cuando el cosmos despierte, si es que despierta, descubrirá que no es la criatura amada de su creador, sino una mera burbuja que flota a la deriva en el ilimitado e insondable océano del ser.

Es habitual que la experiencia filosófica se tope de frente con la penosa experiencia de la comedia humana. Las amarguras personales, las disputas con nuestros congéneres o la incomprensión entre puntos de vista nos arrojan al desencanto. Quizá sea este el principal enemigo de la contemplación, de la suspensión del juicio en la que buscamos aprehender el cosmos y rozar una mejor comprensión de nuestra posición en el mismo. En la locura y el éxtasis del dolor parece que la mente se disgregue en la reconstrucción fútil de recuerdos y, ante la imposibilidad de intervenir en los hechos pasados, a veces se refugia en la construcción de fantasías. Sin embargo, la experiencia no es estéril: del caos inicial pueden surgir nuevas perspectivas, mundos posibles que incrementen nuestra visión. El alejamiento del bullicio personal hacia las cumbres del pensamiento, en cualquiera de sus variadas expresiones, es la expresión más elevada de la humanidad, desde el desinterés de todo valor positivo o negativo que caracteriza a la pregunta fundamental: “¿Por qué?”

«Estériles, estériles y triviales son estos mundos. Pero la experiencia no es estéril». Es esta la declaración que mejor puede definir la lectura de Hacedor de estrellas (Minotauro, 2003). Olaf Stapledon (Seacombe, 1886- Cady, 1950) la concibió en 1937 en Inglaterra, en un momento de extraordinaria agitación para el mundo tras la Primera Guerra Mundial, adivinándose ya los nuevos horrores que sentaría la Segunda, con las fuerzas fascistas en rápida ascensión por todo el continente europeo. Pese a la urgencia de establecer la literatura como un arma más para la lucha, ciertos intelectuales se mostraron reluctantes a una intervención directa. Stapledon, novelista y filósofo, formaba parte de este grupo, en la creencia de que era necesario mantener la crítica de la conciencia humana. No quiso perder de vista esta meta, más grande que la de una propaganda política destinada a convertir a las masas en ciegos partidarios de una u otra causa. A la evidente dolencia del espíritu de su época confrontó la historia de todo el Universo, buscando el significado de esta crisis en un escenario estelar.

Según Arthur C. Clarke, Hacedor de estrellas era «probablemente, la más poderosa obra de la imaginación de todos los tiempos». Tenía toda la razón: Stapledon había conseguido elevar la imaginación humana como la más poderosa cualidad para representar el cosmos, con todas sus glorias y tragedias. Todo ello en una búsqueda que, a falta de mejor concepto con el que expresarlo, sólo puede calificarse de espiritual. Al inicio de la novela vemos cómo un personaje sin nombre (en el que resulta muy fácil reconocer al autor de la obra) contempla el firmamento desde lo alto de una colina. Las preguntas sobre el significado de su existencia, de sus propósitos y del amor de su vida le llevarán a imaginar la inmensidad del cosmos. Esta experiencia le transportará fuera de sus límites corpóreos, permitiéndole trasladarse a través del espacio y el tiempo por toda la galaxia. De este modo, el viajero conoce numerosas civilizaciones inteligentes e interactúa con otros sujetos interesados en las crisis del espíritu y en encontrar un significado a su historia. A la mente incorpórea del protagonista pronto se unen otras mentes en una comunidad telepática.

En el inicio de sus aventuras, esta mente sólo establece contacto empático con mundos en una crisis muy parecida a la humana. No obstante, con la creciente adición de mentes de muy diversas perspectivas a la entelequia del ser explorador de mundos, su visión madura y es capaz de alcanzar nuevas etapas de la evolución universal. Dejando atrás las civilizaciones en guerra se alzan nuevas utopías en las que los seres inteligentes llegan a un entendimiento común, superando sus conflictos. Surgen conjuntos de mentes mundiales en las que cada entidad individual permanece para enriquecer el tapiz global. Conoceremos, desde la perspectiva del ser explorador, el desarrollo del viaje estelar de planetas enteros, la colonización de nuevos sistemas solares e incluso la creación de mundos y estrellas artificiales. Asimismo, la capacidad cada vez más penetrante del viajero llega a conocer las extrañas mentes de las utopías galácticas y puede enfrentarse al reto de comprender las conciencias de estrellas y nebulosas.

Cover for the Gollancz SF Masterworks edition of the novel by Olaf Stapledon.

Portada de la edición británica de la novela de Stapledon en Gollancz SF Masterworks.

La finalidad de este viaje, que puede traernos reminiscencias de todas aquellas novelas de aventuras maravillosas en las que el explorador describía con celo casi naturalista los usos y costumbres de criaturas y culturas muy ajenas, es la de establecer una cosmogonía universal coherente, como bien remarca Jorge Luis Borges en la nota preliminar a la obra. Esta característica narrativa supone dos cosas: la primera que nos encontramos ante unos de los libros más influyentes de toda la historia de la ciencia-ficción y de la literatura contemporánea. Dentro del género su huella es reconocible en los mundos de Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Stanislaw Lem o Brian Aldiss. También ha sido citado como importante referencia para escritoras como Doris Lessing y Virginia Woolf. Políticos como Winston Churchill y filósofos como Bertrand Russell se encontraban fascinados por la obra. Incluso el físico Freeman Dyson, creador de la esfera de Dyson, comentó la relevancia de Hacedor de estrellas para su invención. Ante este apabullante catálogo de menciones resulta asombroso que la novela no goce de mayor reconocimiento y fama.

En contraste, se encuentra la figura de C.S. Lewis, que escribió su “Trilogía Cósmica” (1938-1945) en respuesta a esta obra. Lewis consideraba que la filosofía que mostraba Stapledon era inmoral, pese al atractivo innegable de su inventiva. Tampoco H.G. Wells contemplaba como válidas sus ideas sobre aspectos religiosos. En realidad, Stapledon fue un agnóstico contrario a las estructuras religiosas pero no a los anhelos espirituales que podían contener sus pensamientos. Esto nos lleva a la segunda consecuencia del viaje de Hacedor de estrellas. Es una de las pocas obras de ciencia-ficción que tienen a la metafísica como tema principal. El mismo título nos indica la finalidad a la que aspiran todas las culturas inteligentes del cosmos. El Hacedor de estrellas es adorado y buscado sin mostrarse jamás, el protagonista ausente hasta el final de la historia de las galaxias. Más allá de las simples visiones de los dogmas religiosos (que generan algunas de las peores guerras de la galaxia) se alza la verdadera intuición universal de que un espíritu infinito y perfecto espera más allá del velo del cosmos finito. La unidad mental de todo el universo busca alzarse para amarlo.

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Al final, no obstante, la reflexión metafísica de Stapledon da un giro sorprendente desde la visión casi religiosa hacia la reflexión estética. En este sentido no encontramos una presentación complaciente de las virtudes del amor divino que se suponen desde tantas religiones. El Creador es a un tiempo sustancia infinita y desarrollo creativo que se mejora a través de innumerables creaciones. Y en esta consideración, Stapledon nos golpea con el problema del mal. Por muy perfecto que sea el Hacedor de estrellas éste contempla cada creación de la misma manera en que un artista estudia su obra terminada. No hay amor universal, sino análisis para refinar su arte creador. Incluso la presencia de la crueldad y del mal más abyecto es un sacrificio para que el resto de la creación pueda brillar por contraste. La criatura que contempla a su creador sólo puede angustiarse por el dolor al tiempo que se regocija en la gloria. Es el precio de alcanzar aquello que es inefable.

«Yo sentía piedad por aquellos seres últimos y torturados, sentía vergüenza y furia, y desprecié mi derecho al éxtasis ante aquella perfección inhumana; y deseé volver a mi cosmos inferior, a mi propio mundo, humano y torpe, y a unirme con mi propia especie semianimal contra los poderes de las tinieblas, sí, y contra ese tirano invencible, despiadado, indiferente, cuyos pensamientos eran mundos sensibles y torturados».