Stephen King parte de un tópico, el de la casa encantada, para llevar un vampiro a Nueva Inglaterra en El misterio de Salem´s Lot. La segunda novela de King es respetuosa con los arquetipos del terror y el vampiro clásico

Zdzisław Beksiński, 1982.

Stephen King no requiere de presentación alguna. No hay casa que no tenga un libro suyo, librería que no lo venda, ni rincón Hollywood que no lo haya adaptado. El más reconocido escritor de terror es una multinacional literaria en carne y hueso. A pesar de cómo sea valorado por los críticos, desde que dio el salto a la fama, no hay año que no publique un libro que se convierta al instante en best-seller. Es, en efecto, el equivalente en las letras a un Big Mac con patatas fritas.

La imaginación de King es prolija y de una riqueza apabullante; si de algo se le puede acusar, no es de tener malas ideas. Su labor más notoria ha sido traer los clásicos de terror al presente a través de enrevesadas e ingeniosas pesadillas. Esta ha sido su clave del éxito: sacar las más temibles abominaciones de las casas encantadas y resituarlas en grandes ciudades o pueblos contemporáneos; hacer de aquellos extraños y sensibles personajes gente común con vidas aburridas hasta que el horror las interrumpe; cambiar el altanero y adjetivado estilo gótico por otro más sencillo e informal, repleto de referencias a la cultura popular y de vulgarismos propios del estatus social de los personajes.

New York Doubleday and Company, Inc., 1975

Edición norteamericana de Salem’s Lot (Doubleday and Company, Inc., Nueva York, 1975).

A partir de aquí, cabe hacerse una pregunta: ¿cómo podría concebirse que un personaje tan clásico como Drácula pueda aterrorizar en pleno siglo XX a una localidad estadounidense? La respuesta es El misterio de Salem’s Lot (Plaza & Janés, 2007). Partiendo de otro tópico (la casa encantada que popularizó Shirley Jackson), King nos lleva a una pequeña localidad de Nueva Inglaterra en la que se asienta un vampiro en una mansión lúgubre que vigila el pueblo desde una loma. Poco a poco, la paranoia poseerá el pueblo de Salem’s Lot; Barlow, el vampiro, irá tomando el control de la comarca y sólo unos pocos se atreverán a hacerle frente. Como no podía ser de otro modo, tiene dos adaptaciones: una aceptable de 1979, dirigida por Tobe Hooper y que inmortalizó a Reggie Nalder como uno de los vampiros más terroríficos de la televisión, y otra de 2004 que, de criticarla como debiera, esta reseña sería sólo apta para adultos.

Fue su segunda novela, por lo que los lectores todavía no sentían pavor ante la idea de que Stephen King tocara el mito de los vampiros. Visto con perspectiva, uno siente cierta aprensión de lo que pueda concebir King respecto a los vampiros conociendo su irreverente imaginario (desde coches poseídos a teléfonos móviles que convierten en zombis a las personas). No obstante, haciendo justicia, es respetuoso con los arquetipos del terror y los vampiros de Salem’s Lot conservan las características más propias de los vampiros clásicos: viscerales y crueles asesinos que necesitan dormir de día en un ataúd en la tierra maldita en la que fueron enterrados. La visión más erótica del vampiro, fruto sin duda de una mala interpretación del Romanticismo, es prácticamente obviada, quitando ciertos detalles tan esporádicos que no pueden constituir una regla.

El epítome del terror de King queda resumido en un extracto de otra novela suya, Maleficio (1984), en la que el protagonista sufre una maldición gitana que le hace adelgazar hasta morir. Va al médico y éste le dice que «no existe algo como los hombres lobo y las maldiciones gitanas.» La respuesta del protagonista es contundente: «¿No comprendes que esto constituye una parte del problema? […] ¿No comprendes que esa es la forma en que esos tipos han podido salir adelante durante los últimos veinte siglos, o así?». King hereda esa visión de Lovecraft y otros tantos de que el horror reside en una capa subrepticia de la realidad. Bajo la razón, la ciencia, la normalidad, descansa la anomalía y la locura, un espantoso e inconcebible páramo para cualquiera que se atreva a asomarse a él. De aquí parten esos recurrentes personajes de King: los niños que piensan como adultos y los adultos que piensan como niños. Los primeros creen en aquel mundo oculto y actúan de forma madura cuando sus suposiciones (hasta entonces tratadas como infantiles por sus mayores) son confirmadas; los segundos abandonan el reino de lo razonable cuando sus miedos infantiles son revividos por el terror.

Cabe destacar que es la primera novela de Stephen King en la que utiliza el recurso de narrar según la perspectiva de múltiples personajes: dedica un capítulo a cada uno, que confluyen y materializan la trama. Novelas como It (1986) o La niebla (2007) son otros ejemplos notables de ello. De cualquier manera, al margen de esta consideración, y puesto que la temática de la novela no es de relevancia, carece de sentido hacer un análisis profundo de la obra sin caer en un monográfico de vampiros, que los hay en tanta abundancia como para intentar proponer algo novedoso en una humilde reseña. No puede decirse lo mismo sobre la intención de la novela como tal.

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Portada de la producción televisiva de Tobe Hooper, con David Soul y James Mason. Con declaradas inspiraciones en el Nosferatu de Murnau para el vampiro o a Psicosis de HItchcock para la estética de la casa, el filme ha conseguido la aprobación unánime de la critica.

La mayor crítica que se le ha hecho a King es su predisposición a elegir la cantidad a la calidad. No sólo publica libro todos los años, sino que, en la mayoría de los casos, oscilan las seiscientas páginas. Lejos de mi intención criticar la longitud de una obra literaria. Sin embargo, una de las virtudes de todo buen escritor es la economía. Incluso en los autores barrocos, la retórica y opulencia del lenguaje tiene su función dentro de la novela. En el caso de King, su distensión se debe a una increíble capacidad para hacer hincapié en detalles superfluos que nada importan, ya que no aportan nada a la historia o a su significado. Pueden apreciarse, pues, dos novelas superpuestas: una que es de terror y otra que es la sub-trama, más realista y social, de los personajes. En Salem’s Lot, mientras que el vampiro se asienta, somos testigos de un romance entre los personajes principales (algo que puede estar justificado), pero también a la resignación amorosa de un alcohólico, de los problemas maritales de dos campesinos y de una madre precoz que maltrata a su hijo, además de un soporífero entierro descrito al detalle.

King siempre ha construido en sus novelas un trasfondo en el que se sitúa la gente con sus problemas habituales (problemas de dinero, familias rotas, etcétera). Ahora bien, la cuestión que sería interesante plantearse es si esto funciona en una novela de terror. De hecho, seamos más estrictos: ¿puede escribirse una novela de terror? Es evidente, tenemos casos que se han convertido en clásicos universales, para empezar por Drácula, que sirve de germen para Salem’s Lot.

Pensemos en qué quiere transmitirse en una historia de terror. El miedo es una sensación compleja, que tiene sus grados: vamos de un suspense que nos inquieta a un horror que puede alcanzar el asco, la repulsión máxima que existe; es intenso y contradictorio si pensamos en lo difícil que es soportarlo y, a la vez, cómo nos seduce con novelas y películas (fenómeno social, por otro lado, muy interesante, pues sólo el que vive en la seguridad de un país “primermundista” juega así con sus emociones). En resumen, el mayor problema que tiene el escritor de una novela de terror es cómo economizar la sensación del miedo.

En un cuento, uno puede inquietar más y más al lector hasta que la conclusión sea absolutamente pavorosa, hasta que el libro tiemble en sus manos. Al acabar, se produce el sosiego que ofrece la realidad: no era más que ficción. En cambio, en una novela, dada su longitud, no se puede asustar in crescendo, sin mesura, sino que debe establecerse un ritmo óptimo. La única forma que hay para calmar al lector y mantenerlo en cierta tensión, que luego volverá a ascender, es añadir capítulos en los que no ocurra nada sustancial; razón por lo que no hay novela de terror que no le sobre unas cuantas páginas y que no sea, por ello, superada por un buen relato breve. Después de la estancia de John Harker en el castillo de Drácula hay varios capítulos que tratan, en su mayoría, de las travesuras amorosas de Lucy con sus tres pretendientes. ¿A quién le importa la vida de una niña rica cuando hay una vampiro acechando? A nadie, pero se necesita reposar la lectura a la espera del siguiente capítulo de terror. Esta parte no es para nada gratuita ni carente de sentido, es el momento en que Stoker aprovecha para introducir otros personajes, hacer ciertas críticas sociales como presentar dos enfoques sobre la mujer de finales del XIX…

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La versión de 2004, en cambio, dirigida por Mikael Salomon, debería ser perseguida por cazadores de vampiros de todo el mundo. En la imagen, Rutger Hauer interpretando su enésimo bicho raro.

Por su parte, Stephen King tiene el mismo reto: hacer una historia de terror que nos mantenga expectantes durante seiscientas páginas. Es por tanto razonable que haya momentos que sólo sirvan para perfilar los personajes y dar cuenta de sus sospechas o enredar un poco más los acontecimientos; la novela tiene esa posibilidad de amplificación innecesaria que en el relato breve es un delito. El problema de King es pretender escribir una “novela seria”, es decir, que Salem’s Lot tenga que ver con un análisis de la infancia y que los vampiros sean una simple excusa, o que El resplandor trate de una familia que se rompe y no de un hotel embrujado. King quiere que tenga más peso, aunque sea en una balanza tambaleante e insegura, la historia subyacente que la misma trama de terror que se nos oferta cuando cogemos un libro suyo. Tanto es así que suele romper el estilo de la narración (de la tercera persona omnisciente a primera, de epistolar a periodístico) durante uno o dos capítulos, no se sabe si por descollar o despertar al lector de su monorrítmica superficialidad; realidad que demuestra cómo se explaya vanamente, tanto que pierde fuelle. Este es su pecado más imperdonable y es, en esencia, lo que el lector encontrará en Salem’s Lot.

De hecho, como dije al principio, no hace falta presentación ni reseña; quien busca a Stephen King sabe con qué tipo de literatura va a toparse, no hay sorpresa alguna, más allá de comprobar cuál ha sido su última ocurrencia. ¿Es entonces recomendable leer Salem’s Lot? Bueno, cuando me abordan este tipo de dudas yo siempre cojo un papel y un lápiz, escribo: “libros dignos de leerse” y, antes de escribir un título, pienso que mi vida es muy corta.

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