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John Byam LIston Shaw, The Water-sprite, ca. 1900.

Sumergirse en las páginas de La joven ahogada (2012, Valdemar Insomnia 2014) podría ser comparado con hundirse en aguas cada vez más ponzoñosas hasta caer en el pánico. Caitlín R. Kiernan, sin embargo, no se describe como escritora de terror. La autora rescata del florido repertorio de lo fantástico algunos personajes y busca explorar sensaciones mediante la reescritura de todos ellos, generando una atmósfera tan angustiosa como la que nos presenta en La joven ahogada. En este caso, se consagra a dos personajes arquetípicos tan opuestos como trillados en la historia de la narrativa: la seductora sirena y el salvaje hombre lobo (y agrava el espanto de la hibridación por su condición de hembra-lobo).

Caitlin R. Kiernan empezó a interesarse por el género de lo fantástico desde pequeña. Se contaba historias a sí misma para rellenar el vacío de las amistades que apenas tenía. Su presencia en la literatura contemporánea viene precedida de un sinfín de influencias notables, como puede paladearse en cada una de sus creaciones. La joven ahogada es una muestra de la densa herencia cultural que arrastra la escritora: por sus páginas campan multitud de guiños literarios, plásticos, musicales, históricos… La novela se disfruta con independencia del acervo cultural de cada uno; sin embargo, permite una segunda lectura más analítica sin perder la frescura inicial. Este conjunto de referencias se presenta libremente para aquel que quiera aprender las claves de la historia desde la perspectiva del escritor. Es un arduo ejercicio de investigación, de compleja intertextualidad y de enriquecimiento que la propia autora parece querer compartir con su lector.

Ella misma da cuenta del respaldo literario e inspirador de su obra: desde grandes clásicos como los cuentos de los hermanos Grimm o La Divina Comedia de Dante, hasta autores tan queridos por nosotros como Lovecraft, Tolkien, Poe, Le Fanu, Lord Dunsany, por citar sólo a algunos de los más célebres. El camino a elegir por cada lector será libre, como libre es su elección de referencias de entre otras tantas que se ocultan detrás de las palabras y las formas. Por esto mismo, Kiernan escribe a través de dos vías: la densidad de referencias para el lector analítico y la exploración de sensaciones para aquel que busca el disfrute. Para la construcción de esta segunda vía, Caitlín R. Kiernan utiliza fantasmas, sirenas y hombres lobo para recrear una atmósfera lóbrega que no pretende nunca alcanzar el terror. Las impresiones se acercan más a la angustia de la desesperanza, del desconocimiento del mundo y de sus límites. India Morgan Phelps, la voz narradora, relata sus encuentros con los monstruos que le aterran y por los que, en realidad, se siente atraída de forma incontrolable. Su atracción consiste en la investigación, en la búsqueda de verdades, de límites entre la realidad y la ficción e, incluso, en cierta morbosidad erótica.

Desde que India Morgan Phelps, “Imp”, confiesa que es esquizofrénica, crea un vacío fundamental. La narradora arrastra al lector a la ignorancia absoluta, logrando un efecto del todo intencional por parte de Kiernan. Según sus propias palabras, el género del que escribe se asienta en las bases del desconocimiento: “What is weird fiction but a journey into the unknown, and if you make the unknown known, why bother? If you want to know what’s going on, read Agatha Christie. Or a science textbook. “What happened?” is absolute anathema to weird fiction”.

La narración de “Imp” cae en la ambigüedad. Es un sueño fantástico en el que el lector puede embarcarse o mantenerse escéptico. La realidad se desdibuja con lentitud al comienzo del relato y acelera hasta caer en el delirio esquizofrénico. Una vez que la voz de “Imp” domina por completo la lectura, se hace imposible distinguir qué es real y qué es ficción. El lector enferma en la narración de una demente que incumple las leyes de la lógica; cae en el mar de las palabras que brotan a borbotones con el fin de rellenar el vacío más elemental: el del propio yo.

La fantasía recorre las páginas del libro en forma de imágenes de profunda voluptuosidad que casi se ofrecen a ser tocadas, sentidas. La angustia, sin embargo, permanece fuera de la trama. Los fantasmas y los monstruos se presentan y dialogan, se reconocen mientras tenemos la sensación de estar perseguidos por algo mucho mayor. Esa “cosa” terrible, esa verdad inalcanzable, como un agujero negro alrededor del cual gira el relato que se cuenta: lo desconocido. Si existen las sirenas o los fantasmas es algo que no le pertenece a “Imp” ni a Caitlin R. Kiernan decidir, es una decisión que pertenece a cada intérprete. Por eso, la historia amenaza con un vacío abrumador. “Imp” resume muy bien el sentido de toda su narración de la siguiente forma:

“No es lo conocido a lo que más tememos (…) es algo que nuestro cerebro puede abarcar. Siempre podemos responder a lo conocido. Podemos urdir planes contra ello. Podemos averiguar sus debilidades y derrotarlo (…) Pero lo desconocido se desliza a través de nuestros dedos, tan insustancial como la niebla”. Y prosigue: “Lo desconocido es inmune a las facultades de la razón humana (…) es incluso más aterrador que una de esas verdades tan asombrosas que hacen que todo tu mundo se desmorone”.

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Ilustración que abre la edición.

La “cosa informe” no es la verdad en términos de razón, ni un viejo cuento de miedo, no está dentro ni está fuera, no es. Todo juego de palabras se queda corto cuando se habla de la incógnita. No hay palabras para definir lo que “Imp” tiene (o lo que no tiene, si hablamos en términos de vacío), por eso es que construye ficciones, “para contener otra ficción” hasta ahogarse en un delirio que traspasa las páginas y llega al lector enredado en una historia que no encuentra sustento. Kiernan quiere definirse como autora de “ficción psicológica”, término que abarca de forma excelente el relato.

El personaje que abre las puertas de la fantasía tiene el nombre de Eva Canning. Sin saber de su existencia “real”, sabemos lo necesario: es mujer, amante, obsesión, alucinación, pasado, presente y futuro de “Imp”. Eva Canning, la sirena, puede compararse con la encarnación de la alucinación. Seduce a “Imp” con un mar sin límites, con un vacío flotante en el que permanecer sin pisar nunca la tierra de la que parece partir el relato; olor salado, mar, algas y belleza eterna para un ser que sufre y busca escapar de la abrumadora presión de la realidad. Eva Canning como mujer-lobo es, sin embargo, la bestia de la locura. Consume, devora por dentro, viola y posee brutalmente el cuerpo de “Imp”. Libera por fin su monstruo interno en una psicosis salvajemente (auto)destructiva. Libera el instinto de muerte y destrucción, el lado primitivo de la dulce y atormentada “Imp” que soñaba con sirenas y fantasmas.

Eva Canning es, por lo tanto, la fuerza irrefrenable y siniestramente seductora de la locura. Logra arrastrar a “Imp” a un mundo pleno del que no desea salir porque, cuando sale, se descubre frágil, real y, sin embargo, menos “ella” que nunca. La lectura de La joven ahogada provoca una reflexión acerca de la preferencia entre vivir en el delirio o “ahogarse” en la realidad, tan fría, tan dura, tan impersonal. Despertar del delirio es encontrarse con la soledad y el abandono, una vida de estigma donde es y siempre será una loca.

La elección de sirenas y hombres lobo no parece aleatoria. La sirena, exceptuando la vuelta de tuerca de Andersen, se consideró literariamente como un ser oscuro, seductor e insaciable. El hombre lobo se fusiona con su Caperucita para hacer una loba-mujer bestial, devoradora, psicopática. Casi se establecen paralelismos con “el monstruo interior”, aquel Mr. Hyde en el que la medicina de la locura y el psicoanálisis encontraron tanta inspiración.

Ambos seres se encuentran a medio camino entre la humanidad y la animalidad, son híbridos (del concepto “hibris” griego, es decir, exceso, violación de las leyes divinas). “Imp” también es un ser híbrido, semi-humana, semi-esquizoide, bestia, “pecadora”. Al igual que su compañera sentimental, Abalyn, una joven transexual que desafía la leyes de la biología. La hibridación está terroríficamente presente en todos los personajes del relato como muestra de rebeldía femenina. “Imp” es lesbiana y esquizofrénica, su novia es transexual, su vida es un caos del que no sabe reconocer qué es real y qué no; Eva Canning es una sirena, Eva Canning es una mujer-lobo; “Imp” mira atrás, a sus fantasmas, a sus monstruos, escondidos entre los árboles, y se ahoga en las aguas de su propio delirio.

India Morgan Phelps conduce en La joven ahogada este tren que empieza a descarrilar con las primeras incoherencias. No pretendo llevar a equívocos con esta afirmación, la narración no descarrila en ningún momento. Kiernan se mantiene firme sobre los raíles de la historia hasta el final. Los que descarrilamos somos nosotros, arrastrados por la vorágine de sensaciones e inseguridades del relato mientras enriquecemos el vacío de no saber con referencias culturales y viajes alucinados a los fondos de la psicología humana.

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Caitlin R. Kiernan por Kyle Cassidy.