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Wayne Anderson: Futuros dragones, ilustración extraída de su maravilloso libro (con texto de Peter Dickinson) The Flight of Dragons, 1979.

“No es posible llegar a comprender a los niños ni por la imaginación ni por la observación, ni siquiera por el amor. Sólo se les puede comprender por la memoria. La razón de que los niños de mis cuentos se parezcan a los niños de verdad es que yo también fui niña una vez, y por una afortunada casualidad recuerdo exactamente cómo pensaba entonces y cómo sentía”.

La cita retrata a una mujer extraordinaria. Pertenece a la escritora y poetisa Edith Nesbit (1858-1924), una auténtica rareza en la Inglaterra Victoriana: en una época en la que la mujer estaba supeditada totalmente al marido, y condenada exclusivamente a mantener el hogar y a procrear, Nesbit se proclamaba autosuficiente, fumaba en público, se recortaba el cabello y montaba en bicicleta (proezas en su tiempo). Era una vanguardista radical y consciente, que hizo de su indiferencia al qué pensaban los demás, verdadera lacra social del momento, un estilo de vida. La autora, disoluta y despreocupada, vivió como quiso. Y escribió de lo que quiso. Incluso llegó a ganarse bien la vida con las letras.

E.-Nesbit
En 1901, en el año en que muere la reina Victoria y se abre una nueva era para Inglaterra, Nesbit se consagra como respetada escritora de éxito. Como la tortuga que forma parte del blasón de la Sociedad Fabiana, de la que fue miembro fundador, construyó su carrera literaria desde el tesón. La despierta Edith, de carácter soñador e imaginación vivaz hasta sus últimos coletazos, lleva contando historias desde muy jovencita. Primero las oye de su hermanastra Saretta, catorce años mayor y a la que la providencia destinará un espléndido futuro como cuentista, luego las fabrica ella misma a partir de su experiencia con lo cotidiano. Su principal destinatario será su enfermiza hermana Mary, a la que la tisis sepultaría con tan sólo 20 años. Edith, la menor de seis vástagos de un químico agrícola, demostró tener inquietudes muy profundas y el valor para expresarlas. Le ayudó un ambiente propicio, en la casa familiar y, desde 1880, en la propia.

Edith Nesbit tiene 22 años y un embarazo de siete meses cuando contrae matrimonio por lo civil con Hubert Bland, empleado de banca de 25 años, frustrado oficial militar, manirroto, seductor, débil y promiscuo. Bland tendrá cinco hijos, tres con Edith; la esposa adoptará también a los que no parió: Rosamund y John. Este acto de generosa acogida define la relación que unió a los dos conyúges, sólo rota con la muerte de él, ciego y enfermo, en 1914: a pesar de sus enormes diferencias y de sus terribles momentos de crisis, Hubert y Edith se respetaron recíprocamente. Nótese, como hecho extraordinario, que ella mantuviera el apellido natal, y no adoptase, como era costumbre, el del esposo: la decisión no pudo tomarse sin la aquiescencia de Bland.

Como Hubert Bland era un desastre en casi todo lo que no tuviera que ver con divertirse, despilfarrar o la concupiscencia, la esposa tuvo que encargarse pronto de sacar adelante a la familia. Y lo hizo de la única manera en que sabía: publicando. Ya desde el inicio de su unión con Bland, Edith Nesbit descubre que puede valerse perfectamente por sí misma pintando, escribiendo, recitando. El marido la anima. Curioso personaje Hubert Bland: progresista y renovador en ciertas cuestiones populares, como consecuencia de sus escarceos juveniles con las luchas de agitación social, tenía alma burguesa, amistades en el conservador estamento militar, y profunda animadversión al sufragio femenino. Y no obstante, apoyó y alentó sin fisuras a la esposa en su crecimiento personal y profesional.

La Sociedad Fabiana y su repercusión en la literatura de Nesbit

Bland y Nesbit serían dos de los nueve fundadores de la Sociedad Fabiana. Creada en enero de 1884, como filial de La Hermandad para La Nueva Vida, por élites que abogaban por un profundos cambios sociales que redujeran las injusticias, la Sociedad Fabiana se constituyó en una organización poderosa y profundamente influyente. En 1900, auspició la aparición del Partido Laborista, al que todavía hoy sigue asesorando en calidad de think tank. La Sociedad Fabiana, a la que llegarían a pertenecer el Nobel de Literatura (1925) George Bernard Shaw y nuestro querido H. G. Wells, debería su nombre al general romano Quinto Fabio Máximo (ca. 280 a. C. -203 a. C.), héroe de las guerras púnicas apodado “Cunctactor”, “el que retrasa”, por su sistema para diezmar a las tropas de Aníbal a través de guerras de desgaste. Fabio Máximo, uno de los iniciadores de la guerra de guerrillas, era conocido por su temperamento paciente. Los fabianos hicieron, en su activismo, mantra de su paciencia: consideraron que los cambios por los que abogaban eran irremediables; su trayectoria está sazonada por pequeños éxitos que han llevado a victorias totales y definitivas en muchos ámbitos sociales. Como ejemplo, ahí queda la batalla continua de la sufragista Emmeline Pankurst, otra destacada integrante del movimiento, en aras del derecho de voto femenino.

sociedad-fabiana

“Lobos con piel de cordero” (Wolves in Sheep’s Clothing) es como querían mostrarse los socialistas pragmáticos de la Fabian Society, cuyos pequeños éxitos habrían sido un enorme fracaso en el 1917 en Rusia pero que, quizá, gracias a su tibieza y lentitud, también fracasarían en las democracias liberales europeas de hoy día.

Es importante tener clara la adscripción social y progresista de Edith Nesbit, pues impregnará su obra. Incluso en un libro como Historias de dragones, nuestra propuesta para este Día de Reyes, se aprecia la combatividad de la autora, su deseo por cambiar las cosas. Los niños son los protagonistas absolutos de estos relatos maravillosos, en los que Nesbit recrea cuentos de hadas en la Inglaterra victoriana. Nesbit retrata a adultos sin imaginación y con mucha malicia y a niños intrépidos que tienen que resolver los entuertos de sus estúpidos mayores. Los niños resuelven los problemas porque no se limitan a creer en lo que quieren creer, y por tanto a conformarse, sino porque creen en lo que deben creer. Su rapidez de reflejos les permite anticipar las amenazas draconianas de estos cuentos y ofrecer soluciones de una simplicidad aplastante a los obtusos adultos.

Casi siempre, Nesbit desliza moralejas en sus historias. Sabe cómo dirigirse a los críos, pues recuerda a la cría que una vez fue. Sus lecciones pueden ser ligeras o profundas, pero funcionan como coletillas con las que establece un vínculo con sus jóvenes lectores. La niña Nesbit escribe para todos los niños (principalmente ingleses). Les anima a estimular su imaginación y, gotita a gotita, les enseña el valor del esfuerzo como único legítimo fin para triunfar en la vida. Así, escribe frases como: “Se hicieron ricos sin trabajar, lo cual no está nada bien“, o también: “[…] Pues vive de su renta, que es algo de lo que a muchos les gustaría vivir“. Nesbit desprecia a quienes lo tienen todo dado: los considera indignos, abyectos. Con todo, muchos de sus niños acaban convertidos en reyes. Pero reyes que “se lo curran”, que obtienen la corona por su esfuerzo, casi siempre ante un dragón. La monarquía, máximo símbolo de bonanza, es una recompensa idílica en Historias de dragones.

Críticas sociales y otras consideraciones a esta edición

En el sustrato de los cuentos subyace una crítica al trabajo infantil. En su época, y aunque se ha legislado tímidamente para poner coto a la situación, los niños siguen siendo una fuerza importante de trabajo; de hecho, constituyen el 25 % de la población activa. Sus condiciones son precarias: trabajan en la minería, en el sector textil o fabril, expuestos a riesgos tremendos, pues son quienes deben arreglar y mantener las pesadas maquinarias, que muchas veces los mutilan o los machacan. Los niños son ganado para la industria, mano de obra baratísima y útil. El sistema alimenta la explotación: muchos de los niños que acaban en hospicios son vendidos a las fábricas. Los jóvenes trabajadores tienen una esperanza de vida raquítica, y, si llegan a los 40 años, límite máximo de las más esperanzadoras estadísticas, lo hacen con enfermedades deplorables. Sufren tisis, silicosis, tuberculosis, envenenamientos por el contacto con productos tóxicos… Esos jóvenes miden 15 centímetros menos que sus homólogos aristócratas o burgueses.

Los británicos no desconocen el problema. Charles Dickens les ha despertado tempranamente, en 1838, con la publicación de su tremenda novela Oliver Twist. El Pepito Grillo de las letras victorianas no sea ha limitado a denunciar únicamente la explotación, sino que ha ido mucho más allá al señalar que los niños mendigos o ladrones tienen su origen en las dinámicas perversas del Estado. Dickens, como recordará el lector, deja en muy mal lugar a las autoridades siempre que tiene ocasión. Nesbit, que sería asidua de la revista del escritor All The Year Round, seguirá esta misma estela. Sus políticos son cortos de miras, complicaciones antes que soluciones, inútiles sin paliativos. En uno de sus cuentos, un dragón devora al Parlamento, pero la vida en Inglaterra sólo se detiene de verdad cuando ataca los campos de fútbol. Es decir: los bitánicos pueden vivir sin su Parlamento, sin su clase política, pero no sin su ocio, sin sus esencias, sin aquello que les da alegrías y les permite seguir adelante. En el fondo, Nesbit está también influida por la visión pesimista que sobre la democracia, al menos la que les tocó vivir, tuvo Hubert Bland.

La invasión de los dragones

La invasión de los dragones, una de las ilustraciones del artista escocés Harold Robert Millar para la primera edición de The Book of Dragons (Puffin, Londres, 1901), colección de relatos antes aparecidos en The Strand Magazine en 1899.

En Historias de dragones hay princesas apañadas, que no se limitan a esperar a príncipes azules sino que actúan. Niños que derrotan a bestias mientras juegan. Magos muy malos que se dedican a entorpecer y a fastidiar (y que son epítome para Nesbit de ese estatus regalado que tan poco le gusta). Hay dragones benévolos y dragones malévolos. Grandes sierpes de apetitos insaciables y otras mansas como criaturas. Espectáculos preciosos con los que dejar atónitos y atentos a la narración a un corrillo de pequeños, y breves instantes de pánico, expuestos con la certeza de que el público entiende que el niño protagonista (o protagonistas, pues a veces suelen ser dos hermanos) tiene siempre un as en la manga que se revelará, con alivio del respetable, en el momento oportuno. Los niños descritos tienen voracidad por saber, por conocer, por investigar. Triunfan gracias a su talento.

Historias de dragones fue publicado en castellano (1991) por la editorial Anaya, en el catálogo de su fabulosa -y por desgracia, descatalogadísima- colección Tus libros (número 112); es traducción directa del original inglés The Last of the Dragons (titulado así por el último de los diez relatos de este volumen), de 1975. Tus libros fue una colección imprescindible y, nos tememos, irrepetible, que aún hoy se revisita y consulta: todos sus tomos, en tapa dura, estaban ilustrados y contenían apéndices que desarrollaban la vida de sus autores y el trasfondo de sus obras (fenomenal el de la escritora Marisol Dorao a esta edición). No vamos a pecar de tramposos: mucha de la información aquí contada procede de esas páginas concienzudas, sudadas con esfuerzo, expectoradas con cariño, presentadas con la convicción de que van a ser entendidas por el lector, cualquier joven entre la infancia y la adolescencia. Estas páginas son agradecidas en la medida en que premian el tesón de sus lectores, en que amansan su fantasía e imaginación, en que les animan a interesarse por las cosas, a aprender a disfrutar con la lectura (a no tenerla sólo como un simple pasatiempo sino como una estimulante terapia de crecimiento personal y espiritual). No hay mejor cobijo para las palabras de Edith Nesbit.

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No sé si es peor dejar que la gente vaya muriendo, envenenada por los gases de plomo de las fábricas, para dar gusto a unos cuantos que quieren unas vajillas con un brillo especial, o por el veneno del fósforo para conseguir hacer cajas de cerillas por un penique“, dejó escrito. Edith Nesbit fue enterrada en 1924 por el marino mercante Thomas Tucker, de temple sereno e imperturbable. En una tumba simple, rudimentaria, Tucker, su segundo esposo desde 1917, un hombre de continuo buen humor, respetaría la última voluntad de su querida Edith. Alojaría sus restos en una tumba sin lápida en la que Tucker tallaría dos postes que sujetarían una tabla con el nombre de la amada. Edith Nesbit dejaba el mundanal ruido en profunda paz, sabedora de que su misión en la vida había sido realizada provechosamente. Había educado a una amplia generación de niños en el espinoso asunto de crecer con dignidad.