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Arthur Rackham compuso 16 maravillosas ilustraciones para la obra de Grahame que no se publicaron hasta 1940, tras la muerte del gran dibujante. Todas las imágenes que ilustran este artículo tienen la firma del autor inglés.

¿Por qué creemos que la sección infantil de la librería hará las delicias de un niño? Porque hemos convertido a la estantería en el Crítico Literario Supremo: según el estante donde lo encontremos, un libro será romántico, policíaco, histórico, saldo… De ser esto cierto, el mejor remedio contra el aburrimiento del niño debería estar en la balda de “literatura infantil”. Y sin embargo no es así. O no siempre. No pocos de estos libros son cualquier cosa menos aptos para el disfrute de un crío: pensemos en la Alicia de Carroll, por ejemplo, cuyo sinsentido es inapreciable para la mente infantil (según Chesterton), o en las versiones más antiguas de Caperucita Roja.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿es la “literatura infantil” cuestión de sota, caballo y rey? Y lo que es más: ¿qué diantres se supone que debemos entender por “literatura infantil”? ¿Literatura impúber? ¿Literatura bajo tutela? ¿Literatura de peluche? Para responder a estos interrogantes, primero debemos determinar qué es un niño.

¿Es un “ser egoísta”? No: aunque parasita a sus progenitores, el niño carece de identidad, tan hinchada en algunos adultos que les impide ver todo lo demás. ¿Es un “ser inexperto”? Tal vez, pero entonces hará falta saber qué experiencia convierte al niño en adulto. ¿Es un “ser-que-juega”? Para nada, pues eso supone dar por buena la idea del adulto como “ser-que-no-juega”, falacia de algún amargado para quien el ocio, como la felicidad, es un lujo culpable. Lo cierto es que las canas ni agotan nuestras ganas de jugar ni nos hacen más sabios o generosos.

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Comprobada nuestra incapacidad para decir qué es un niño, ¿por qué usamos entonces la etiqueta “literatura infantil” como si se tratara de un hecho probado? Cuestión peliaguda esta, que nos asalta al leer el El viento en los sauces (The Wind in the Willows, 1908) de Kenneth Grahame. Cuesta imaginarse a un niño disfrutando de esta fantasía. ¿Por qué? Bien, empecemos por ver qué se propuso el autor al escribirla.

Dicho rápido y mal: El viento en los sauces es el sueño onanista de un nostálgico. “Rápido”, porque no se reduce a una mera visión: también es una comedia y a ratos una aventura. “Mal”, porque tampoco se trata de un llanto por el tiempo perdido: lo cierto es que el lector se siente a gusto en el mundo idílico de Grahame. En cuanto a la historia que cuenta el libro, es bien sencilla: el Topo, el Ratón de Agua, el Sapo y el Tejón son cuatro amigos que viven en la Orilla del Río, un pedazo de campiña inglesa con hechuras de Arcadia provinciana, donde reparten el tiempo entre navegar, tumbarse a la bartola y sacar al batracio de los líos en que le mete su pasión automovilística. Y poco más. Porque en El viento en los sauces la acción es escasa.

No es un relato existencial, eso está claro. Pero sí es un relato sobre el tiempo. O, para ser más precisos, sobre su ausencia. Puede que por ahí vayan los tiros de la etiqueta “infantil” que ostenta: si algo caracteriza al Paraíso animal de Grahame es su inmutabilidad, inherente al presente continuo en que viven los niños. Esto ya nos da una primera razón para dudar del infantil como público ideal del libro. Pues, ¿por qué querría un niño leer una copia del mundo tal y como él lo percibe, teniendo el mundo real a su disposición para jugar? Sólo los adultos disfrutan de El viento en los sauces, pues sólo ellos saben que el tiempo se agota. Y es que en este libro es clave la actitud del lector.

Alfredo Lara, librero a contrapelo y lector gourmet, afirma en su introducción a la edición de Valdemar (del 2003, con traducción de Juan Antonio Santos e ilustraciones de Ernest H. Shepard y Arthur Rackham) que un “lector formado” puede disfrutar de El viento en los sauces sin hacer “ningún tipo de concesión niveladora”. Si se me permite, diré aún más: si un libro te pide una “concesión niveladora”, deberías correr a por una apisonadora. O mejor, a por un lanzallamas. Ya le damos nuestro tiempo, no puede pedirnos también nuestra indulgencia. El “lector formado” sabe que cada libro tiene su melodía, pero de ahí a hacer oídos sordos cuando en vez de cantar berrea, hay un trecho.

Para disfrutar del relato de Grahame no hace falta poner bajo el listón, pero, como sucede con cualquier libro, sí se precisa una actitud adecuada por nuestra parte. ¿Y en qué consistirá dicha actitud? Desde luego, no en prescindir de nuestra experiencia. Cuando le ponemos el apellido “infantil” a un libro tendemos a perder de vista al autor, quien por norma general será un adulto. Y, como adulto que escribe, volcará en su texto (lo quiera o no) buena parte de lo que ha ido recogiendo por el camino. Porque, al fin y al cabo, ¿quién dedicaría tiempo y desvelos a escribir un libro deliberadamente simplón?

Kenneth Grahame construye su fantasía con los aspectos de la vida que le son más gratos: el paisaje campestre y la vida hogareña. Más que exponer, se esfuerza por dar vida a su ideal, donde la Seguridad, el Sosiego, la Amistad y la Generosidad son los cuatro pilares que lo sostienen. Grahame se extasía con la observación del paisaje, y eso se nota en sus descripciones: en un estilo poético pero preciso, evoca con exactitud entornos naturales escogiendo las palabras más bellas. Su devoción por la campiña inglesa responde a un punto de vista estetizante, de modo que para entrar con buen pie en el libro es precisa una actitud contemplativa. Y es justo por esto que el niño apenas disfrutará con El viento en los sauces: para él, admirar un paisaje no tiene sentido cuando puede patearlo.

En cuanto a los habitantes de la Orilla del Río, todos sin excepción son animales. ¿Por qué no humanos? Porque queda raro. Y queda raro por culpa de la ausencia del tiempo: los hombres son sus principales víctimas, así que resultaría extraño verlos pasar de la primavera al invierno sin dar señales de corrupción. De hecho, no parece que Grahame tuviera en gran estima al hombre.

A excepción del maquinista y de la hija del carcelero, que sacan al Sapo de sus apuros, el papel de los humanos en esta obra es distante y hostil a partes iguales: sólo toman partido en la acción para perseguir, condenar, encerrar o tirar por la borda a los protagonistas. Esto se entiende si pensamos que, por muy paradisíaca que sea la Orilla del Río, el hábito no hace al monje y los hombres tienden a actuar como hombres. Grahame tuvo que ser consciente de esto, así como de la poca credibilidad de una humanidad angelical, de modo que puso a unos animales al frente de su historia. Porque el objeto del libro es crear un mundo sin pecado original. Bueno: por eso, y porque la propia gestación del libro lo impuso.

Según nos informa Juan Antonio Santos en su traducción para Valdemar, todo empezó con las historias que contaba Grahame a su hijo antes de dormir. Primero inventó al Sapo, y poco a poco fue añadiendo a los demás. Ese proceso se aprecia en el texto final: aunque el Sapo se relaciona con los otros animales, buena parte de su historia discurre en solitario. La crónica de su caída y ascenso a causa de su pasión por los coches es hilarante, frente al lirismo que impera en los capítulos de sus amigos. Y sin embargo, pese a las continuas situaciones cómicas que provocan la vanidad del Sapo y sus cancioncillas, también hay momentos muy oscuros.

Los cuatro amigos de El viento en los sauces comparten su dependencia del Río. Aunque el Tejón vive en el Bosque Salvaje, a todos ellos los ata un vínculo muy profundo con su corriente, la cual, en palabras del Topo, “nunca les daba miedo ni sorpresas desagradables”. Ya lo dijimos: buena parte del aroma idílico que se respira en el libro se debe a la ausencia de los cambios que trae el paso del tiempo.

Por lo demás, cada personaje juega un papel bien diferenciado. Así, el Topo es el más inocente de todos, y es a través de sus ojos como llegamos a la Orilla del Río. Después está el Ratón de Agua, poeta y bon vivant, sin duda el personaje más próximo al propio autor, en tanto que divulgador de sus valores. El Tejón, por su parte, es la figura paternal del relato, el Gandalf en quien los demás buscan amparo cuando toda esperanza parece perdida. Por último está el Sapo, temerario y fanfarrón, adicto a los coches (máquinas infernales para Grahame, sin duda) y protagonista de los pasajes humorísticos. Pero entre tanto episodio cómico o lírico hay no pocas zonas de sombra.

Por un lado están los pasajes que actúan como contrapuntos sombríos de la luminosidad general. Así, por ejemplo, cuando encierran al Sapo “en la mazmorra más recóndita de la torre mejor vigilada del castillo más inexpugnable de la entera Alegre Inglaterra” (¡esa ironía final!). O cuando el Tejón guía al Topo por las catacumbas de su madriguera, que en verdad son las ruinas de una vieja ciudad de los hombres. O cuando el Topo se pierde en el Bosque Salvaje y de pronto se ve acosado… ¡por depredadores! Incontables pares de ojos lo acechan en la oscuridad del bosque, ávidos de sangre. Un frenesí de pisadas va cercándolo, y el pobre animalito, que es el candor en persona, siente al fin el peligro de ser cazado. Sí, cazado. Una escena que ningún niño podrá olvidar jamás.

Pero, frente a estos pasajes tenebrosos que responden a la intención del autor, hay otros cuya oscuridad es involuntaria. Si los arriba citados funcionan por contraste con los episodios luminosos, estos otros se sitúan en su mismo foco: son aquellos en los que Grahame descubre las leyes que garantizan la inmutabilidad de su Edén particular.

El Grahame paisajista prefiere la Inglaterra rural moldeada por el hombre a la intacta Madre Natura: por eso, tras el episodio del Bosque Salvaje, el Topo comprende que su mundo está en los “campos cultivados” y el “jardín bien cuidado”. Más tarde, cuando llega el otoño y algunos animales se preparan para migrar al Sur, el Ratón quiere romper las cadenas que lo atan a su terruño y ver mundo. Pero entonces llega el Topo, que en su momento fue convertido a la fe de la Orilla del Río por el Ratón, y retiene a la fuerza a su amigo hasta sofocar sus antojos viajeros (el narrador habla de una “cura”). Téngase en cuenta que el Ratón es un trasunto del propio Grahame, y que el carácter del Topo ha sido moldeado por autor y sosias: ante la tentación, la criatura acude al rescate de su creador para prevenirlo contra el mundo y su diversidad. “En ningún sitio como en casa”, viene a decirle. “Este Río es cuanto necesitas”. Inquietante.

Pero lo es aún más el caso del Tejón. Al final del libro leemos que las madres lo usaban como Hombre del Saco para meter en vereda a sus crías, por más que el Tejón tuviera en gran estima a los niños. Y entonces añade el narrador: “pero nunca dejaba de dar resultado”. Las consecuencias de esta frase son espeluznantes. Con ella se cierra El viento en los sauces y en ella está la clave del orden de este Edén animal: el respeto basado en el miedo y el rechazo a todo cambio. Nada como una buena dosis de terror para que el niño acate el orden establecido.

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En 1996 Terry Jones intenta una adaptación cinematográfica de The Wind in the Willows, contando con algunos de sus compañeros de la etapa Monty Python (Idle, Palin y Cleese) y actores de categoría como Steve Coogan y Antony Sher. Sin embargo, el director de la mítica La vida de Brian ofrece un ¿musical? ecologista, un tanto ñoño y a menudo aburrido. Sin duda, antes que como Sapo, preferíamos al Terry Jones cuyas vísceras estallaban en un restaurante de lujo.

Queda el Sapo. Siguiendo la idea tópica que muchos tienen de la “literatura infantil”, sobre él debería recaer la moraleja del cuento: roba un coche, va a la cárcel, se fuga y vuelve a las andadas. Sin embargo, su desenlace no es muy ejemplar: si el origen de todas sus desventuras está en su fanfarronería, la humildad que muestra al final sólo responde a la constatación de que cuanto más se arrastra mayor es la admiración que suscita. Es cierto que el castigo del Sapo hubiera puesto un broche muy burdo a su historia, pero a uno le pasma que ese final feliz para todos admita la hipocresía. Entre escarmentar a uno de sus animales y la felicidad sin fisuras de su Paraíso, Grahame opta por lo segundo. Noli me tangere.

Dicho todo esto, ¿cómo ha de leerse El viento en los sauces? Con una disposición contemplativa, sin duda. Pero también es necesario estar alerta. La felicidad de esta Arcadia sólo es posible en tanto que fantasía: llevada a la práctica sería un Infierno. Pero, allí donde el adulto se deleita con la prosa poética de Grahame, el niño se impacienta por la falta de acción. Y cuando el adulto comprende el precio a pagar por ese mundo ideal, el niño ni se inmuta. Porque eso es un niño: un ser que aún ignora el paso del tiempo. Para él, el presente sin fin de El viento en los sauces no es una fantasía, sino la realidad. Es tan consustancial a su visión que pasa por alto el fondo siniestro de esa eterna Edad Dorada. El gran misterio está en si el propio Grahame fue consciente de ello.

Entonces ¿qué es la “literatura infantil”? Literatura, como las otras. ¿Y cuál es el lector ideal de esta literatura? Como en las otras, un lector precavido, un lector preparado para disfrutar.