Dejémoslo claro desde el principio: Star Wars Episodio III: La venganza de los Sith es una mala película.

Lo es por muchas razones que no voy a explicar aquí. Porque esta revista no habla de cine y porque otra persona lo ha hecho ya. Sólo hace falta entender que, al igual que sus dos predecesoras, el episodio III es una película estéril. Floja. Sin vida. Todo en ella refleja desgana, lentitud y torpeza general. Digo esto desde mi posición como fan de Star Wars y como alguien que se ha tragado esta película innumerables veces: es mala. Aunque en el fondo me guste.

Aún así, resulta que Star Wars Episodio III: La venganza de los Sith (Alberto Santos Editor, 2005) es una buena novela. Matthew Stover triunfa donde George Lucas fracasó. La novela es ampliamente superior al material original: ejecuta bien todo lo que una historia como esa necesita para funcionar, y además se permite innovar aun siendo algo claramente concebido como producto de reclamo. Es, desde mi punto de vista, fantástica.

¿Cómo puede una pieza de merchandising pensada como ventas de refuerzo para la franquicia acabar siendo lo mejor de las precuelas? Para responder a esta pregunta, primero quiero hablar de las diferencias fundamentales entre el lenguaje del cine y el de la novela. Así pues, hagamos un paréntesis para hablar del capitán Alatriste.

Os propongo el siguiente ejercicio: vamos a mirar cómo resuelven la misma secuencia dos versiones distintas de Alatriste: la literaria de Arturo Pérez-Reverte (de 1996) y la cinematográfica de Agustín Díaz Yanes (2006). El planteamiento es el siguiente: al principio del primer libro, Alatriste se empareja con el malvado Malatesta para acabar con dos “herejes” por orden de la Inquisición. Encuentran a sus objetivos y los combaten en un callejón de Madrid, pero Alatriste nota algo extraño en sus víctimas y se enfrenta a Malatesta para salvarles la vida, argumentando que “no está claro”. Malatesta se va. Alatriste lo lleva crudo. Fin de la cita.

Primero, veamos la secuencia de la película. A continuación, comprobemos el fragmento correspondiente de la novela:

“Entonces, de nuevo, el inglés hizo algo extraño. En lugar de pedir clemencia para sí […] dirigió un desesperado vistazo al otro joven, que se defendía débilmente en el suelo, y señalándoselo a Diego Alatriste volvió a gritar:

–¡Cuartel para mi compañero!

El capitán detuvo el brazo un instante, desconcertado. Aquel joven rubio de cuidado bigote, largos cabellos en desorden por el viaje y elegante traje gris cubierto de polvo, únicamente temía por su amigo, que estaba a punto de ser atravesado por el italiano. Sólo en ese momento, a la luz del farol que seguía iluminando el escenario de la refriega, Alatriste se permitió considerar los ojos azules del inglés, el rostro fino, pálido, crispado por una angustia que, saltaba a la vista, no era miedo a perder la propia vida. Manos blancas, suaves. Rasgos de aristócrata. Todo olía a gente de calidad. Y aquello […] empezaba a mostrar demasiados ángulos oscuros como para despacharlo en dos estocadas y quedarse tranquilo.

[…] –¡Dejadlo! –le gritó Alatriste al italiano.

[…] –¿Bromeáis? –dijo, dando un paso atrás para tomar aliento.

[…] –Esto no está claro –apuntó el capitán–. Nada claro. Así que ya los mataremos otro día”.

En el libro, queda claro por qué Alatriste cambia de opinión. Pérez-Reverte emplea el lenguaje propio de la novela (cuya ventaja principal es la capacidad de mostrar con claridad lo que tiene lugar en la cabeza de los personajes) para explicar el proceso deductivo que lleva a cabo el capitán. Tiene sentido, por así decirlo. Más aún: Pérez-Reverte recurre a una prosa muy física, describiendo rostros y sobre todo miradas entre personajes (un recurso propio del cine) para encuadrar y dirigir el curso de los acontecimientos de manera que tenga tanta garra como lógica.

En la película, por otro lado, no se entiende nada. Cuatro tipos pelean en plano general, uno de ellos dice “¡cuagtel paga mi compañego!” y cortamos a un medio plano brevísimo de un Alatriste que parece darse cuenta de… algo. ¿O quizá sólo está vacilando? No queda claro. De pronto, el capitán dice “¡dejadlo!”, Malatesta responde “¡bromeáis!” y el espectador no se entera de nada porque ambos actores están a contraluz y en plano general: es decir, no se les ve la cara. Todo resulta atropellado y confuso. ¿Por qué “no son simples herejes”? ¿En qué momento llegó Alatriste a esa conclusión? Díaz-Yanes no usa las herramientas propias del cine para transmitir la misma información que transmitió Pérez-Reverte en su novela. No hay primeros planos. No hay ningún montaje rápido y claro de planos detalle que guíe la mirada del espectador. ¿Por qué?

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Ewan McGregor en la escena clave de la producción de 2005. Su rostro refleja el conflicto que tortura sus pensamientos: ¿cómo he podido acabar en esta saga absurda?

En este caso, la respuesta es “porque no había tiempo”. Alatriste es una película que condensa demasiada información en demasiado poco tiempo. Por eso resulta tan atropellada y confusa. En el caso de La venganza de los Sith, la respuesta es: “porque George Lucas es un vago”. Para demostrarlo, basta con ver el lenguaje visual que usa en la película. En resumen: dos personas hablando en un sofá mediante contraplanos es la manera más aburrida de rodar un diálogo. Y claro, la gente se aburre en su butaca.

No es el caso de la novela, y al aclarar por qué me gustaría explicar también las diferencias fundamentales que hay entre el lenguaje que emplean ambos medios.

En primer lugar, hay que ponerse de acuerdo en lo que necesita una historia como Star Wars para funcionar. Así como una obra de misterio requerirá herramientas distintas a las necesarias para sacar adelante, por ejemplo, un stream of consciousness en la línea de Joyce, el escritor que quiera hacer despegar un space opera como éste tendrá que buscar dos palabras muy concretas en el diccionario. Una de ellas es “claridad”. La otra, “emoción”.

Recordemos que esto es épica aspirando a ser tragedia. Ambos son géneros que necesitan, por encima de todo, explicar las cosas muy bien. Necesitan proveer, no ocultar. Esto no es un folletín de misterio. No es una deconstrucción de género. Aquí hay un personaje, aquí otro. Están enfrentados por un motivo. Luchan. Sus emociones tienen que hacer vibrar al lector. Esto tiene que ser real, venir de las mismísimas tripas. Todos los recursos de la novela deben destinarse a este fin. En este género no hay vuelta de hoja.

La misión de Matthew Stover consiste en explicar en tiempo récord (¡300 páginas!) quiénes son estos personajes, qué sienten y por qué lo que sienten los lleva a entrar en un conflicto que el lector sienta de manera visceral. Más difícil todavía: debe hacerlo ajustándose a una línea argumental absurda y teniendo como supuesta prioridad contentar a los espectadores del “producto principal”, todo ello bajo la atenta mirada de un empresario cuyo único objetivo es forrarse.

La novela empieza y, en medio de una batalla espacial, Stover nos pone esto en las narices:

“Éste es Obi-Wan Kenobi:

Un piloto fenomenal al que no le gusta volar. Un guerrero devastador que preferiría no luchar. Un negociador sin rival que preferiría permanecer solo en una cueva tranquila y dedicarse a meditar.

Maestro Jedi. General del Gran Ejército de la República. Miembro del Consejo Jedi. Pero, en su interior, se siente como si no fuera ninguna de estas cosas.

En su interior aún se siente como si fuera un aprendiz padawan.”

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Escena (lamentable) de la película: McGregor contra un letal fondo croma.

Y luego, nos cuenta quién es Obi-Wan Kenobi. A ojos del gran público, a ojos de sus amigos y a ojos de sí mismo. Nos cuenta quién es… respecto a todos los demás personajes que le rodean.

Stover hace esto con todos los personajes principales de la novela. Sabe que no tiene tiempo de poner en escena según qué cosas debido a los límites que constriñen su tarea, así que se limita a explicarnos quiénes son las personas por las que se supone que debemos preocuparnos. Lo hace con Obi-Wan, lo hace con Anakin, y termina el primer capítulo de esta manera:

“Y éstos, son, finalmente, Obi-Wan y Anakin:

Son más que amigos. Más que hermanos. Aunque Obi-Wan es dieciséis años estándar mayor que Anakin, se han hecho hombres juntos. Ninguno de ellos puede imaginar la vida sin el otro. La guerra ha forjado sus vidas hasta hacerlas una sola.

[…] Anakin y Obi-Wan nunca se enfrentarán en un duelo.

No pueden.

Son un equipo. Son el equipo.

Y los dos están seguros de que siempre será así.”

Ahí está la gracia: Stover nos está contando quiénes son los personajes… en ese momento. No nos va a contar en qué se van a convertir; eso nos lo va a mostrar. A esto se refiere en realidad el viejo dicho de “no cuentes, muestra”, tantas veces malinterpretado. Para que me importe en qué se van a convertir estos personajes, necesito saber primero quiénes son. Y Stover lo hace de la manera más elegante, precisa y eficiente posible.

No contento con esto, convierte las inanes secuencias de acción de la película en escenas que obedecen a una sola función: mostrarnos (¡ajá!) a Anakin y a Obi-Wan peleando juntos y preocupándose el uno por el otro. Siendo amigos, siendo camaradas. Siendo todo aquello que han de ser para que nos duela más lo que terminará por ocurrir. Hasta el puñetero R2-D2 se convierte en un medio para reforzar la conexión emocional entre Anakin y Padmé1. Todo con un objetivo: explicar emociones, clarificar sentimientos… y hacerlo lo más rápido posible.

La ventaja de la novela sobre el cine es mostrar con rapidez y claridad lo que tiene lugar en la cabeza de los personajes. Y Stover se corta muy, muy poco en este sentido. Cada vez que hay que saber lo que siente un personaje (no lo que piensa: lo que siente), nos arrastra con violencia al interior de su cabeza y ocurre algo como esto:

“Esto es lo que se siente siendo Anakin Skywalker, para siempre:

La primera alba de la luz de tu universo te provoca dolor.

La luz te quema. Siempre te quemará. Parte de tu ser siempre reposará sobre la arena de cristal negro, junto a un lago de fuego, mientras las llamas te roen la carne.

Puedes oírte respirar. La respiración es trabajosa y difícil, y te araña nervios que ya están en carne viva, pero no puedes impedirlo. No puedes detenerla. Ni siquiera reducirla.

Ni siquiera tienes ya pulmones.

Abres tus pálidos ojos chamuscados. Sensores ópticos integran la luz y la sombra en un horrible simulacro del mundo que te rodea.

O puede que el simulacro sea perfecto y que lo horrible sea el mundo.

[…] Esto es lo que se siente siendo Anakin Skywalker.

Para siempre.”

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Palpatine luchando contra Yoda. ¿El secreto está en el tamaño o en el empleo de la fuerza?

Segunda persona: tan poco utilizada, tan arriesgada, tan difícil de emplear cuando toca. Y aquí, definitivamente, toca. Stover usa este recurso tres veces, y las tres son con Anakin. Esto es lo que se siente siendo Anakin Skywalker, antes, durante y después de su caída. El resultado es estremecedor, tanto por el formato como por el uso de metáforas tan físicas que duelen. La poesía del autor, sus símiles y comparaciones, se refieren constantemente al cuerpo. Ojos “llenos de arena”, pulmones “como hornos”, personas que parecen “talladas en piedra”… son palabras sólidas. Pesadas. Reales y libres de cursilería por los efectos dañinos que tienen en la mente de los personajes. Una mente representada por su cuerpo, y por el dolor que éste sufre.

Stover no deja de mencionar al cuerpo. Todo el mundo está investido de una corporeidad apabullante. Los personajes se mueven, evolucionan en el espacio, interaccionan y, en suma, ejecutan una serie de acciones que enriquecen mucho los diálogos. Ni siquiera se trata de florituras poéticas excesivas, sino más bien de pequeños toques como éste:

“—[Habla Palpatine] Mira, Anakin, si ese Darth Sidious entrara ahora mismo por esa puerta y yo pudiera arreglármelas para que no lo mataras aquí mismo, ¿sabes lo que haría yo?

Palpatine se levantó, y su voz se levantó con él.

—Le pediría que se sentara y le preguntaría si tiene algún poder que pueda acabar con esta guerra.”

O éste:

“La mano de duracero [de Anakin] se cerró con tanta fuerza dentro de su guante negro que la retroalimentación electrónica le hizo daño en el hombro.

Obi-Wan le miró desde encima de ese hombro.”

Se trata de pequeñeces que terminan por potenciar todo el conjunto. La sincronía entre movimiento físico y cambio de actitud. El movimiento que va desde la mano al hombro. Todo tiene un sentido de la dirección muy marcado; Stover guía la atención del lector hacia donde él quiere que vaya en todo momento. Y no lo hace con sutileza o con alardes de narrativa “seria e importante”, porque no es necesario. Porque Star Wars no es una obra sutil, sino algo que requiere precisión, claridad y velocidad. Cosas que esta novela tiene para regalar.

Es preciso que se me entienda: La venganza de los Sith no es una “gran” novela. No es Faulkner, no es Márquez. Ni falta que hace, claro, porque es un género que nada tiene que ver con ellos. Pero también falla en todo lo que no puede salvar del material original2. Porque hay cosas que, francamente, no hay quien las salve. Cosas que están en la misma estructura, como el atropellado paso de Anakin al Lado Oscuro3. El mérito de Stover no es haber creado la Gran Novela Americana, sino haber tomado un material deplorable y conseguir elevarlo hasta un nivel indudablemente bueno, haciendo uso de las herramientas que le ofrecía el medio.

Y aquí es donde debo hacer un paréntesis para hablar de aquello que Stover sí hace como nadie: las escenas de acción. Y cuando digo “como nadie” digo que, habiéndome tragado bibliotecas enteras, todavía no he encontrado secuencias de lucha tan bien hechas como éstas. Para funcionar, la acción debe seguir un proceso lógico en el que A + B iguale a C, no en el que vuelva otra vez a A. Cada golpe y cada decisión debe conformar un punto de no retorno que desencadene una nueva serie de eventos, y Stover consigue precisamente eso. Que cada estocada implique un cambio en el desarrollo del combate, que cada patada al mentón signifique ser incapaz de ver venir el siguiente golpe4. Quizá la novela sea el peor medio disponible para relatar un combate, pero yo lo tengo claro: no vais a ver muchos tortazos literarios como éstos (excepto en la obra de Andrzej Sapkowski). Y encima, el autor se las arregla para que cada acción subraye una característica nueva de los personajes. Difícil superarlo.

Matthew Stover, con todas sus limitaciones y condicionantes, hace muy bien una cosa: dejar claro lo que sienten las personas. “¡Este personaje está FURIOSO! ¡Este otro está TRISTE!”. Su prosa explica emociones de manera tan candente que parece que todas las frases van con signos de admiración acoplados, y esto lo convierte en un escritor idóneo para una obra como esta. Porque eso es lo que La venganza de los Sith, tanto la película como el libro, necesitaban: claridad emocional. Sólo uno de los dos la consigue.

Estamos ante una obra que hace uso de herramientas sólo disponibles para la novela con un propósito de lo más noble: contarnos una sencilla tragedia. Una historia, como el mismo autor escribe en el prefacio, “sobre la difusa frontera que separa lo mejor de nuestro ser de lo peor”. Nada sugería que el resultado fuese más que el producto de usar y tirar que podría haberse limitado a ser. Pero Matthew Stover fue capaz de darnos algo más. Algo que no tengo ningún reparo en calificar como una de mis novelas favoritas. Es lo que siento. Dadas las circunstancias, no se me ocurre cumplido más apropiado.

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El origen de Darth Vader. Como un moderno Prometeo, nacía aquí uno de los más grandes villanos de la historia del cine, y se pone fin a una de las trilogías más prescindibles del mundo mundial.

NOTAS:

1 Una conexión sin la cual la novela no funciona y que es difícil conseguir porque en el material original Padmé no está presente. No es fácil solventar semejante brete.

2Stover trabajó en estrecha colaboración con George Lucas, reuniéndose con él repetidas veces para entender mejor la psicología de los personajes y las emociones que sentían. Lucas también supervisó los diálogos y estableció límites al respecto. Si bien los diálogos de la novela no tienen nada que ver con los de la película, hay determinadas frases que Lucas quiso ver reflejadas a cualquier precio. La mayor parte del diálogo original, por fortuna, fue sustituido.

3Ante un Anakin que mata niños pequeños, Stover tiene dos opciones: intentar justificarlo, mostrando a un Anakin que en realidad “no quiere hacerlo”, o ir a muerte con su atrocidad. Opta por el mal menor, y como resultado su Darth Vader es deliciosamente malvado. Anakin se lo pasa pipa mientras mata gente. Es malo, lo sabe y le encanta. Es rarísimo. Es alienante. Sinceramente, no funciona. Pero es divertido. Dadas las circunstancias, no había elección mejor.

4Stover es experto en artes marciales y practicante habitual de una variante del famoso Jeet Kune Do, inventado por Bruce Lee. Estos conocimientos le son muy útiles a la hora de escribir escenas de acción.