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Mundo post-apocalíptico en Valhallan Nebula.

En el siglo XXI el ser humano es más consciente, quizás más que en cualquier otro momento, de los problemas y las amenazas que se ciernen sobre su supervivencia. El aumento de las teorías conspiranoicas y el sentimiento de miedo infundido en la población han alcanzado en este tiempo unas cotas de presencia y relevancia antaño desconocidas. Como consecuencia, se ha reflejado en una desconfianza creciente que, incluso, ha alcanzado a las propias políticas públicas impulsadas por gobiernos e instituciones: la seguridad contra virus o enfermedades, la seguridad alimentaria ante nuevos peligros para la salud, la seguridad informática contra ataques capaces de neutralizar redes de comunicación o robar datos, la seguridad ante las consecuencias de un cambio climático… Más miedo exige más consciencia de peligro y deriva, en consecuencia directa, en la demanda de una creciente seguridad.

La subcultura apocalíptica ha sabido adaptarse mejor que ninguna otra a este nuevo contexto. Nuevos códigos para nuevos tiempos: desde la nueva perspectiva al mundo zombi, pasando por nuevas miradas al apocalipsis, como la epidemiología o la geopolítica, pasando por la genética. Nuevos códigos, en suma, con una enorme potencia de adaptabilidad, observable a la luz de los múltiples formatos viejos y nuevos, en los que su impacto ha sido capaz de plasmarse: música, literatura, cine, televisión, internet o plataformas móviles.

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De todo un inmenso muestrario de obras, La constelación del perro, de Peter Heller (Blackie Books, 2014), emerge con la extrañeza de un unicornio, por su originalidad. Ante una recurrente, aunque novedosa, disposición argumental del subgénero centrada, especialmente, en el lado más dramático, esta novela opta por poner el acento en el sentimiento de pérdida, en la añoranza de un mundo que se ha ido para no volver, así como en las ganas de vivir dentro de las nuevas coordenadas vitales que el post-apocalipsis trae consigo. Todo ello transmitido desde un tono intimista, próximo al lector, que deja casi la sensación de un relato boca-oreja, de un testimonio contado desde la sinceridad de quien sabe que poco o nada nuevo traerá el día siguiente, de quien nada tiene que perder porque ya ha perdido casi todo lo que le importaba en la vida.

Tal punto de partida relega a un segundo plano las circunstancias del apocalipsis. Deberemos hacer una lectura atenta para saber que todo empezó con una extraña gripe que se llevó consigo a miles de millones de personas, en una oleada de espeluznante desconcierto donde nadie parecía conocer los orígenes de la pandemia. En una segunda oleada, una misteriosa enfermedad relacionada con la sangre volvería a mermar la población hasta reducirla casi hasta su total extinción. Sólo algunas personas, inmunes a esta enfermedad, e incluso quizás ciertas poblaciones herméticamente cerradas a su influencia, pudieron haber sobrevivido; poco cierto puede haber en un contexto donde hasta las comunicaciones más básicas ya no existe. Para más inri, las consecuencias del cambio climático han elevado la temperatura del planeta hasta tal punto que muchas otras especies animales, que servían de sustento al ser humano, han acabado desapareciendo, mientras que otras tantas lo harán pronto, en cuanto los recursos que le sirven de alimento también hayan desaparecido.

La esperanza de supervivencia para la especie humana es reducida y las perspectivas no parecen nada halagüeñas.

Sin embargo, aunque quizás lo lógico fuese la depresión y la desesperanza, la voz narradora de Big Hig emerge como un halo de aire fresco pues, en él, triunfa la supervivencia sobre el desánimo, las ganas de vivir sobre la ansiedad: es uno de los protagonistas más intensos y profundos que el subgénero nos haya dado alguna vez. No en vano, La constelación del perro aparece en numerosas clasificaciones (una suma de subjetividades que nos puede dar idea de un consenso más bien amplio al respecto) como una de las mejores novelas publicadas a nivel mundial en 2014.

Junto a él, su perro Jasper y un áspero compañero de luchas, Bangley, malviven a duras penas en un recóndito pedazo de tierra antes perteneciente a Greeley, en el estado de Colorado. A su alrededor han levantado un perímetro de seguridad prácticamente infranqueable para cualquier intruso o amenaza y, cada cierto tiempo, Big Hig coge su avión -un Cessna con más de cuarenta años de vida y apodado “La Bestia”- en busca de algún combustible y latas de Coca-Cola. Esta es su rutina. Una vida normalizada en medio del caos, estabilizada gracias a su relativo aislamiento, y en cierta forma asegurada por esa alerta permanente en la que viven gracias al miedo y a la precaución más extremas. En este clima de sosiego, pasados ocho años desde que el mundo cambiase radicalmente, los ojos de Big Hig nos describen la agonía de un planeta, mientras que su memoria recuerda el fin agónico de un mundo impotente e inoperante ante las sucesivas olas que marcaron su cuasi-extinción.

Yoyogi Station, en Tokyogenso.

Yoyogi Station, en Tokyogenso.

El amor de Peter Heller (Estados Unidos, 1959) por la naturaleza nos regala, además, un tiempo presente donde, frente a las habituales estampas de catástrofe y desolación, reinan las bucólicas e increíblemente melancólicas imágenes de una fauna y flora languideciente. Apenas es perceptible pero, a los ojos del paisajista o del naturalista, la sustitución de los verdes por los ocres o el vacío de los ríos o el mayor dominio en los aires de las aves carroñeras, son síntomas claros de cambio y muerte. Hábil narrador, Heller nos hace llegar con nitidez ese mensaje, nos alerta sobre cómo el equilibrio ecológico determina y puede afectar a nuestras vidas, consigue hacernos sentir parte de ese cambio y, por extensión, también de las medidas que pueden evitarlo o de las causas que pueden llevarnos hasta él. En nuestras manos está el decidir qué camino se escoge.

Junto a la fauna y flora, la novela se hace eco de una humanidad compleja donde el equilibrio entre las distintas formas de supervivencia debilita su futuro casi tanto como los cambios experimentados en el entorno. Mientras Bangley y Big Hig han conseguido construir una cooperación precaria donde la supervivencia se gestiona sólo a través de defender sus propios recursos, a lo largo del camino se van topando con otras formas de conservación en las que el pillaje, el asesinato o la amenaza suponen la principal vía de escape ante la adversidad. También se muestran formas precarias de aislacionismo o de dependencia, si bien el discurso construido en la novela acaba defendiendo con bastante claridad la autogestión de las personas capaces de cooperar a partir de sus distintos conocimientos en agricultura, ganadería, armamentística y táctica militar o medicina. Una idea coherente con cierta parte de la cultura estadounidense, principalmente situada en el medio oeste y sur del país.

Poco a poco, La constelación del perro nos va conquistando como la novela ambiciosamente sencilla que es. Aunque en apariencia pueda parecer un relato naturalista de supervivencia, progresivamente, a medida que los recuerdos y los acontecimientos se van sucediendo, el ritmo se intensifica y, con él, el mensaje se va perfilando cada vez más complejo y completo, aunque igualmente preciso y concreto. En todo momento se mantiene el tono de la narración, las ideas permanecen claras, se gestionan muy habilidosamente los cambios de ritmo entre las partes más contemplativas y las más trascendentales, e incluso la estructura general del texto señala claramente las distintas etapas vitales de Big Hig y cómo estas afectan al conjunto de la novela. Son muestras del control narrativo del autor que, en plena coherencia con el carácter biográfico de la ficción novelada, incentiva la lectura hasta que inadvertidamente se alcanza el final.

La mirada post-apocalíptica que nos regala La constelación del perro sorprende por su punto de vista intimista, por su tono suave y pausado, por su mensaje amplio y complejo o por su reflexión ambiciosa desde tantos puntos de vista sobre la responsabilidad y perspectivas de nuestra humanidad para con sus muchos futuros posibles. Una lectura novedosa al apocalipsis que nos sigue haciendo creer en la todavía inagotable capacidad de este subgénero para crear productos excelentes.

Peter Heller

Peter Heller, risueño en un mundo desolado.