ada_lovelace, por Margaret Sarah Carpenter, 1836.

Ada Lovelace, por Margaret Sarah Carpenter, 1936.

A los doce años soñaba con volar y a los diecienueve ideaba calculadoras mecánicas. Ada Augusta Lovelace (1815- 1852), heredó de su padre, lord Byron, el carácter melancólico y la voracidad intelectual. “Fue la primera programadora de la historia de la informática y pionera de la inteligencia artificial”, refiere a Fabulantes Carmen Corrales, profesora titular del departamento de álgebra en la Universidad Complutense de Madrid y comisaria de una reciente exposición sobre su figura y obra organizada en la biblioteca de la facultad de Matemáticas. Ada Lovelace entendió en 1843 lo que era un ordenador y anticipó varios conceptos claves de la informática.

Según su último biógrafo, James Essinger, la revolución informática podría haberse producido con un siglo de anterioridad si los aportes de Lovelace hubiesen sido valorados convenientemente: “Los científicos no se tomaron en serio un trabajo que sin duda habrían leído con interés de haberlo escrito un hombre” escribe Essinger en El algoritmo de Ada, ensayo ameno y divulgativo publicado por Alba Editorial el pasado mes de noviembre.

Una formación matemática para alejarla del “byronismo”

Ada Augusta Noel nació el 10 de diciembre de 1815, fruto del matrimonio entre George Gordon Noel, sexto barón de Byron, y Annabella Milbanke, heredera de una familia adinerada. A lo largo de su unión, de poco más de un año, serían hostigados continuamente por acreedores; Byron tenía tendencia a despilfarrar a manos llenas. Harta de la situación, y temerosa de la ruina, Annabella Milbanke abandonó al poeta mientras dormía, llevándose consigo a la hija, de apenas un mes. Byron jamás volverá a verla.

La madre se encargará de la tutela de la niña. Le dispensará una educación amplia y severa, volcada en las matemáticas. Pretendía así reprimir la imaginación de su hija, para que no siguiera los pasos “malditos” del padre. Ada era amable, imaginativa, vehemente y nerviosa, “observadora y alegre, con buen carácter”, según lady Byron (Milbanke). Gozó de salud precaria, era alta y de constitución fuerte. Las matemáticas le ayudaban a concentrarse, pero no fueron su única ocupación: dedicaría largas horas al francés (llegaría a hablarlo con soltura) y al alemán, a la aritmética, a la música (tocaría el violín y el piano); sería una pintora aceptable. Como dijo de ella su preceptor Augustus De Morgan, insigne matemático citando por Essinger: “No se contentaba con aprender las lecciones como cualquier dama: sus preguntas iban mucho más allá de lo que se enseñaba“.

Su desarrollo intelectual va a estar constreñido por su destino social. “Incluso para una niña de su condición social – escribe Essinger- y con inquietudes intelectuales, las posibilidades de tener una profesión o dedicar su vida al conocimiento eran casi nulas. La idea de que Ada no hiciera otra cosa que casarse ni se le habría ocurrido a su madre“. A los 17 años, como manda la tradición de su época, será presentada en sociedad, para darse a conocer y encontrar marido. Su primer encuentro social, con el súmmum de la aristocracia británica, será decepcionante. En una fiesta en 1833 conocerá al excéntrico, pintoresco y engreído matemático Charles Babbage, veintisiete años mayor, arquetipo del científico loco: el amigo Charles Dickens le dedicará una parodia en su semanario de literatura All the Year Round incidiendo en su histérica aversión al ruido. Babbage llevaba trabajando más de una década en el invento que no dudaba en mostrar en casa a sus visitas: la máquina analítica.

La máquina analítica

La máquina analítica, “la más brillante invención teórica (pues nunca se ha construido) del siglo XIX” para Essinger, era un armatoste imponente. El artilugio que Babbage mostraba en su salón era un prototipo que representaba la séptima parte del modelo definitivo; el gobierno británico había empleado en ella el presupuesto equivalente a costear dos fragatas de guerra; estaba hecho de bronce y acero y medía unos setenta y cinco centímetros de alto, sesenta de ancho y otros sesenta de largo. Era esencialmente una muy tosca máquina de calcular automática.

“La máquina analítica” -explica Corrales- “estaba diseñada para resolver problemas generales de cálculo. Además de sumar, restar, multiplicar y dividir, podía ejecutar e incluso repetir varias veces instrucciones basadas en condiciones ‘si x entonces y’, un concepto básico de la computación moderna, que se conoce como bifurcación condicional. Tenía una arquitectura en tres partes, similar a la de los ordenadores actuales: un “almacén” (la memoria), un “molino” (la unidad procesadora central), y un lector de cartas perforadas (la entrada de datos). La idea era introducir los datos iniciales codificados en tarjetas perforadas y que los resultados finales saliesen codificados o impresos en éstas”. Las tarjetas perforadas las tomaría prestadas Babbage de los patrones que servían de modelo al telar del maestro tejedor francés Joseph Marie Jacquard (1752- 1834).

Ada Lovelace (llamada así desde 1835 por su matrimonio con William King, pusilánime lord Lovelace) quedaría fascinada por el artefacto de Babbage. Estrecharía una amistad platónica con el matemático que tendría como fulcro la maquina analítica. La joven conjeturaba un potencial tecnológico en ésta que no quería, o podía, ver su creador. En 1843 realiza su mayor contribución al invento de Babbage y postula los conceptos a los que deberá su fama.

Heroína de cómic steampunk

Esta es, básicamente, la Ada Lovelace que Sydney Padua convierte en protagonista de The Thrilling Adventures of Lovelace and Babbage (2015), novela gráfica de 320 páginas, once capítulos, dos apéndices y un epílogo, publicada por la editorial estadounidense Pantheon (la de Maus y Marjane Satrapi) en su colección ad hoc. The Thrilling aún inédita en castellano, convierte a Lovelace y Babbage en personajes steampunk. Ella fuma en pipa, viste con sofisticación (la Lovelace real era notoria por su vestimenta descuidada) y tiene cintura de avispa; él es zafio, tosco, temperamental y bastante más joven que el original.

Padua hace que Babbage y Lovelace vivan aventuras “emocionantes” a partir de una premisa ucrónica: la máquina analítica se construyó realmente, y funcionó. La autora sitúa a ambos matemáticos en lo que ha dado en llamar “Pocket Universe”, universo en miniatura, cerrado, referencial, en el que suceden acontecimientos que tienen al ingenio mecánico por causa y a veces por consecuencia, y por el que desfilan Karl Marx, Dickens o el duque de Wellington, entre otros. Así, Lovelace y Babbage se convierten en detectives, en agentes al servicio de su Majestad, en espías o en instrumentos del gobierno. El parecido con La liga de las hombres extraordinarios de O’Neill/ Moore está sólo en la superficie, no en su calado. Porque este volumen es ligero en su fondo, aunque espeso en su forma.

Sydney Padua adopta la decisión de poner su narración al servicio de la documentación. Planifica páginas y viñetas en base a las notas al margen, abundantísimas, un verdadero corpus que funciona a modo de segundo motor del cómic. Sin embargo, la iniciativa de Padua no tiene la frescura con la que Susanna Clarke construyó el mundo mágico alternativo de Jonathan Strange y el señor Norrell a base de la misma técnica: más bien empalaga a veces, dificulta la lectura. The Thrilling… es una sucesión apabullante de curiosidades. Un ejercicio muy notable de investigación con el que el lector aprenderá muchísimo, si no se fatiga por el camino.

Además, la autora comete un error garrafal: se toma demasiado en serio el corpus de notas pero no la narración. Ella misma, las veces en que se dirige al lector, se retrata como “La Infatigable Anotadora”. El tono humorístico general encajaría mejor si no persistiese esa tendencia un tanto molesta a menospreciarse, o a intentar rebajar en todo momento lo que enseña. Muchos chistes son flojos, los gags pecan de inocentones. Los mejores diálogos son aquellos extraídos de la correspondencia o los discursos verídicos de las personas que los profieren. Se nota las hechuras de “tira cómica” que originó estas “emocionantes aventuras” reunidas en formato libro. Los dibujos, al menos, tienen personalidad, si bien tienden en ocasiones hacia lo manga. La estética y el arte de la paginación de Osamu Tezuka se hace muy evidente a ratos. Para espanto de lady Byron, el mayor mérito del cómic es su logrado mensaje sobre la difusa línea que separa las matemáticas de la imaginación.

Ada Lovelace, matemática

Retomemos la realidad: ignorado por un hastiado gobierno británico, Babbage es invitado a participar en un congreso en Turín para explicar las características de su máquina. El éxito de la ponencia es tan rotundo que uno de los asistentes, Luigi Federico Menabrea, futuro pluri-ministro italiano, accede a publicar un elogioso artículo en una revista suiza especializada y muy prestigiosa. De su traducción al inglés se encargará Ada Lovelace; junto con ella entregará a la imprenta, además, un texto que superará en extensión al de Menabrea. Serán siete notas, numeradas de la A a la G. La última es una versión rudimentaria de un programa informático: es decir, el conjunto de instrucciones escritas que se dan a una computadora para que ejecute una tarea específica.

Las “Notas” de Lovelace son un texto muy técnico en el que conjuga matemáticas con filosofía y religión, y que no discrimina humanidades con ciencias. En ellas aparecen descritos varios conceptos claves de la futura ciencia informática, como “datos” o “procesos”.

Los datos” -cuenta a Fabulantes Ernestina Menasalvas, profesora Titular en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Informáticos de la Universidad Politécnica de Madrid- “son las piezas básicas que nos permiten representar el conocimiento del entorno. Es el elemento primario de información, mientras que los procesos son aquellas acciones que se realizan con los datos”. Ada Lovelace, por tanto, había esbozado los rudimentos de la informática.

Reconocimiento póstumo

Ada_Lovelace_portrait, Alfred Edward Chalon, 1840

Ada Lovelace, acuarela de Alfred Edward Chalon, 1840.

Su trabajo pasó desapercibido. Sólo tras su muerte llegaron los elogios: del generoso Babbage, pero también, mucho más adelante, de Alan Turing, el matemático británico que, con sus investigaciones en la década de 1940-1950, sentaría las bases para la creación de los ordenadores. Turing estableció la “objeción de Lovelace”, en la que retomaba la tesis de la matemática según la cual las computadoras no podían aprender nada por su cuenta.

Desde 2009 se celebra cada 13 de octubre el Día Internacional de Ada Lovelace, con el que se pretende “mostrar un ejemplo inspirador de mujer dedicada a la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas”. La iniciativa pretende promover y estimular la labor de las mujeres en esos campos, en los que aún son minoritarias.

Los estudios parecen mostrar” -señala Menasalvas- cómo el número de mujeres que obtienen un grado en informática ha decrecido; y si bien en 1985 se constataba que el 37% de los graduados eran mujeres, ahora su número estaría entre el 14 o el 18%, dependiendo de las universidades.” El problema no es tan sólo español. Menasalvas apostilla: “el 70% de la plantilla de alto nivel en Silicon Valley (incluyendo en Facebook, Google, Twitter y Apple) está formado por hombres. En los puestos más técnicos la disparidad es incluso mayor: por ejemplo, en Twitter sólo el 10% de la plantilla son mujeres.” La lucha que abrazó Ada Lovelace durante toda su vida por obtener reconocimiento intelectual sigue, por desgracia, bastante vigente.