HoleInSpace, Peter Elson, 1991.

Hole in Space, por Peter Elson, 1991.

La suma de dos grandes autores no hace una novela doblemente buena, ni siquiera tiene por qué ser medianamente decente. Stephen Baxter (Liverpool, Inglaterra, 1957) lo sabe bien pues, en su pasada suma de voluntades con un Arthur C. Clarke en plena senectud, ha contribuido a publicar engendros vergonzantes como Luz de otros días (La Factoría de Ideas, 2005) o El ojo del tiempo (La Factoría de Ideas, 2007). Precedentes nada alentadores a la hora de afrontar La Tierra Larga (Fantascy, 2014), una nueva colaboración, esta vez con Terry Pratchett (Inglaterra, 1948- 2015), con claras coincidencias respecto al contexto en que se produce: ambos conocidos desde hace tiempo, comparten ideas respecto a una novela y las ponen en común tanto en la teoría como en la práctica, con Baxter como suplemento de las mermadas capacidades del gigante Pratchett.

Dicha labor suplementaria de Baxter se nota con claridad en una novela que ha dejado el toque mágico de Pratchett reducido a una presencia testimonial, más evidente en sus puntos centrales, donde supuestos trolls y elfos campan a sus anchas entre otras extrañas figuras humanoides. Ha desaparecido el humor ácido e irónico para dar paso a uno más discursivo y menos central en el desarrollo del texto. Y las reflexiones fantásticas de un Pratchett mordaz y brillante en la introducción de temas contemporáneos han cedido su lugar a un discurso dialógico, o en las partes más soporíferas injustificadamente monológico, de corte pseudocientífico y falsamente pretencioso –porque aunque se intente, la ciencia tiene aquí un rol más accidental que principal-.

La “Tierra Larga” intenta definir una variante sui generis de la hipótesis del multiverso por la cual, dentro de la posibilidad de que existan infinitos universos, la mayor parte de los humanos podríamos cruzarlos bien ayudados de un gadget (“la cruzadora) o bien por motu proprio (“cruzadores nativos), accediendo así a otras infinitas tierras con otras tantas posibilidades de existencia (o no) de vida. Para materializar esta posibilidad, un extraño científico, de nombre Willis Linsay, inventa una extraña máquina (“la cruzadora”) alimentada por una patata pero que, en verdad, no es más que una excusa para generar el estado mental adecuado para poder atravesar de forma natural y sin artificios. Mientras, uno de los “cruzadores nativos” es Joshua Valienté. Reclutado por la Corporación Black, Valienté cruzará la Tierra Larga para descubrir los patrones (si los hay) que mueven la existencia compleja de todo este multiverso, y lo hará en la nave Mark Twain acompañado de una Inteligencia Artificial llamada Lobsang.

Tan enmarañada trama desvela otra consecuencia negativa de la colaboración, forzadamente accidental, de dos autores con estilos claramente distintos, visible en la construcción narratológica de la novela. Algunos de los supuestos motores narrativos del texto desaparecen de un plumazo: Linsay se volatiliza desde el principio, y todos sus papeles han sido quemados para que nada se pueda saber de él, hasta perder toda importancia más adelante, una vez establecida la posibilidad de los “cruzadores naturales”, sin que se nos haya dado la más mínima explicación ni de los efectos de “la cruzadora” ni de los requisitos mentales necesarios para substituirla. Otros factores, simplemente, pierden trascendencia tan rápido como la han adquirido: Valienté trabaja para transEarth y la Corporación Black, cuya tutela acepta rápidamente y por motivos poco claros, sin que se vuelvan a afrontar apenas durante toda la misión de exploración. Y en el caso más paradójico de todos, la universalización del “cruzamiento” ha desarrollado un increíble espíritu pionero en la población del siglo XXI de Tierra Datum (nuestra Tierra), en el que los nuevos exploradores quieren despojarse de todo cuanto tienen en su mundo (hijos incluido) para comenzar desde cero en un entorno inhóspito al que no pueden llevarse nada de metal (¡con lo fácil que sería irse a las Malvinas, con una densidad poblacional de 0,2 habitantes por Km2!).

William_James_b1842c

Técnicamente, el término “multiverso” fue acuñado por el psicóloco William James, hermano del escritor Henry James, en referencia a nuestra relación experiencial de la naturaleza, plástica y voluble, un haz de posibilidades indiferenciadas.

El tratamiento del espacio-tiempo narrativo también es impreciso y caótico. La novela comienza localizándose en Madison, Wisconsin, un día de 2015 donde muchos jóvenes, por motivos inexplicados, han comenzado a construir las “cruzadoras” diseñadas por Linsay a partir de unos planos que se han publicado en Internet de forma anónima, en un ejemplo de influencia viral sin precedentes en cuanto a sincronía y extensión. La encargada de investigar estos fenómenos será la agente local de policía Mónica Jansson quien pondrá el foco, en especial, en el extraño joven-Joshua Valienté- que, con una tranquilidad pasmosa, ayudó a muchos otros jóvenes desorientados de Madison a volver a su casa sanos y salvos. Esta será la primera y última vez en que sepamos, claramente, en qué tiempo y lugar transcurre la narración. A partir de aquí, los muchos saltos espaciales y temporales que se producirán estarán a oscuras, casi sin referencias, desvinculando la lectura y volviéndola farragosa.

La suma de todos estos factores es clave para comprender cómo es posible un maltrato tan agudo a los personajes como el que aquí se perpetra. El prometedor Valienté, cuyos antecedentes hacen de él un personaje interesantísimo con muchas aristas potenciales por explotar, apenas queda dibujado como un sociópata funcional cuya tendencia al desarraigo se vincula a las condiciones de su nacimiento, fruto de un cruce natural. Su único amigo en toda la travesía, la IA Lobsang, tras haber pasado el test de Turing y demostrar un gran civismo en las primeras páginas, se decanta hacia el perfil de la IA clásica, olvidándose de estos rescoldos de humanidad al poco de que la Mark Twain haya comenzado su viaje. Por tanto, los personajes demuestran una incoherencia alarmante, resultan planos hasta la exasperación, y hacen (por deméritos propios) imposible la empatía con el lector.

Eso sí, en La Tierra Larga existe un leitmotiv ideológico merecedor de una consideración especial. No en vano, estamos hablando de un apéndice de una pentalogía que pretende explorar las posibilidades morales y las consecuencias sociales para la humanidad de la repentina expansión de mundos. En cierto sentido, se trata de una nueva perspectiva complementaria a las exploraciones espaciales clásicas, antecedente histórico de los imperios galácticos, mostrado aquí en un tiempo próximo al inicio de dicha exploración. Numerosos temas y variopintas perspectivas se afrontan aquí, y previsiblemente también en las otras cuatro partes siguientes, para su consideración y debate.

La novela expone algunas ideas de notable interés: los retos humanos en su adaptación a entornos inhóspitos o al levantamiento de nuevas comunidades, los problemas planetarios a consecuencia de una sobreabundancia de recursos (presentes en un infinito número de nuevas tierras), la nueva división social establecida entre los “cruzadores naturales” y aquellos que carecen por completo de esa capacidad, o la preparación ante nuevas amenazas que se pueden presentar desde esas otras tierras… Lamentablemente, este rico mosaico se expone de forma tosca y excesivamente forzada, con una escasa coherencia, llevando al argumento hasta extremos increíbles en cuanto a su lógica o credibilidad. La aparición de Sally (la hija de Linsay), o los hilos argumentales de Mónica Jansson y la familia Greeen, son prueba de cuánto se llegan a forzar personajes y subtramas para introducir ideas mal coordinadas entre sí.

Stephen Bexter Terry Pratchett meeting boardroom collaboration SFX team

Terry Pratchett y Stephen Bexter dirimiendo sobre el ketchup y rodeados de marcas publicitarias. Foto: www.gamesradar.com.

Aunque La Tierra Larga tiene excelentes materiales, la combinación de alquimistas que constituye Pratchett y Baxter no consigue generar ni siquiera una novela coherente. Sólo el primer centenar de páginas presenta una historia bien hilada, con personajes de potencial prometedor, ideas muy interesantes a desarrollar, y una capacidad notable de expansión. Pero es desanudar los distintos hilos narrativos y observar cómo todo se derrumba ante nuestros ojos cual castillo de naipes. Los personajes adquieren personalidades prototípicas o esquizofrénicas, las historias repiten sus esquemas sin aportar nada nuevo, las distintas ideas en desarrollo se vinculan a hilos narrativos independientes sin casi construir un esquema unitario y, como colofón, asistimos a un final forzado donde se intenta poner remedio urgente (demasiado tarde) a una trama sin sentido. Pocas cosas aquí tienen pies y cabeza.

Lo difícil es tomar una decisión sobre si invertir más tiempo en las siguientes entregas o no. Los elementos potenciales pero mal desarrollados, sumados a la contrastada capacidad de dos grandes autores, podrían animarnos a dar un nuevo voto de confianza o de fe en que serán capaces de retomar el rumbo. Pero el hecho de que un buen pasado no obliga a un buen futuro, combinado con el desastre de una novela por momentos exasperante –a pesar de su excelente comienzo-, hacen pensar en el mucho tiempo perdido que podría suponer el seguir adelante con esta pentalogía. Si de mí dependiese, me plantaría aquí sin dudarlo.