Simon Marsden, Statue, Chateau de Veauce, Auvergne, France

Fotografía de Simon Marsden, Chateau de Veauce, Auvergne, Francia.

Espero que el lector de estas líneas sea supersticioso. Que tema al número trece. Que tenga sensibilidad para lo extraño y lo sobrenatural y no le importe reconocerla. Que crea en fantasmas. Porque no existe otra manera de enfrentarse a los relatos de Benson que nos disponemos a comentar.

Edward Frederic Benson nació en 1867. Fue el quinto hijo de Edward White Benson, futuro arzobispo de Canterbury. Tuvo hermanos célebres para la época: el mayor, Arthur Christopher era historiador y biógrafo; el menor, Robert Hugh, tiró hacia la teología; Margareth fue egiptóloga aficionada. E. F. Benson, como le conocería la posteridad, no paró de escribir a lo largo de su vida; a diferencia de otros autores, sin embargo, él siempre quiso ser recordado por sus cuentos de fantasmas. Y lo logró: hoy sus novelas costumbristas y satíricas, más que decentes, han perdido la batalla de la inmortalidad ante sus relatos de sombras, aparecidos y demás pesadillas.

A lo largo de su vida compuso unos 54 relatos de fantasmas, una enormidad. Para comprender su prolífica obra, y las razones por las que se decantara por esta forma de literatura, hay que incidir en su “apertura” a lo sobrenatural. En 1940, año de su muerte, cuando ya “veía” el fin inminente (no era ningún visionario: se estaba muriendo de cáncer de garganta), publicó su autobiografía Final Edition, en el que cuenta con prolijidad sus encuentros con el Más Allá. Algunos serían alentados por Montague Rhodes James, amigo de A. C. Benson, con el que mantuvo una cordial relación durante cincuenta años. Sería el rector de Eton quien iniciaría a Benson en los cuentos de fantasmas: en la Chitchat Society de Cambridge, cada sábado, sus miembros promovían las ventajas de la conversación racional. Y de paso, buscaban formas de divertirse. James y Benson acudían a ella con frecuencia. Sería en una de sus sesiones navideñas cuando el primero leería sus dos cuentos iniciales de fantasmas, “El álbum del canónico Alberico” y “Corazones perdidos”. Con ellos, nacería una vocación, se forjaría una pasión.

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Edward Frederic Benson es parte de la gran trinidad de la ghost story. Joseph Sheridan Le Fanu, “el príncipe invisible”, queda como el configurador de la temática; M. R. James, su albacea literario, es su fino continuador. Benson es el rupturista. Rafael Llopis lo elogia (o lo despacha) en apenas unas líneas en su trascendental Historia natural de los cuentos de miedo (Ediciones Júcar, 1974), afirmando que muchos de sus escritos merecerían figurar en las más exigentes antologías de género. Diríamos más: no sólo en las exigentes sino también en aquellas imperecederas. Porque sus textos fantasmagóricos tienen dos fundamentales características definitorias, que le separan de sus antecesores y maestros y le convierten en un autor muy vigente y rabiosamente actual.

La primera de ellas es su tremenda modernidad. En Benson casi nunca hay castillos encantados, ruinas decadentes, abadías medievales. Lo más parecido que encontramos en su obra son excavaciones arqueológicas en Egipto. Pero incluso éstas son plasmadas con un sentido de la modernidad que las separa de las descritas por Conan Doyle, Gautier u otros. Sus personajes se trasladan en coches. Encienden luces eléctricas. Hablan por teléfono. Toman el metro. La tecnología referida, factor ornamental y casi nunca decisivo, es extrapolable a hoy día, si bien la de los tiempos de Benson, que vivió tan sólo cuatro décadas del siglo XX, era algo más rudimentaria que la nuestra. Pero sólo un poco; Benson en cualquier caso se las ingenia para que ni nos demos cuenta.

Como segunda característica hay que resaltar la enorme naturalidad con la que sus personajes afrontan lo fantástico. Por lo general, en cada relato suele haber un sujeto que asume desde prácticamente el inicio que está enfrentándose a un acontecimiento extraordinario, paranormal. Su resignación deviene aceptación, asimilación. A veces, esta facilidad para aceptar lo que escapa a la comprensión natural es chocante; precisamente por lo que tiene de espontáneo. El terror literario, en su vertiente decimonónica o tardo-decimonónica, nos ha acostumbrado a tipos, habitualmente solitarios, que se resisten a ser objeto de situaciones “fantásticas” y que sólo reconocen lo que les ha pasado, de lo que han sido objeto, cuando ya no les queda más remedio, cuando es inevitable y siempre cuando ya es demasiado tarde. Los personajes de Benson tienen una ligereza y propensión, una tolerancia hacia el Más Allá sorprendente, que, en ciertos textos, llega a rozar lo increíble. Siempre hay una especie de médium, un especialista en lo esotérico, un psíquico sensible. Y sin embargo, ninguno deja de ser un tipo normal.

Porque Benson, y aquí está su gran mérito, no construirá jamás a deus ex-machina plagados de soluciones y de todas las respuestas, como John Silence o Hesselius. Sus psíquicos sabrán que algo existe, que algo hay allende los velos de la realidad, y terminarán comprendiéndolo, aceptándolo. Los fantasmas de Benson no son anomalías: son consecuencias de acciones pasadas. Causas con efectos. Y siempre, siempre, causas lógicas que derivan en efectos lógicos. A es B porque no puede ser C.

Analicemos, y ya entramos en materia, Santuario y otras historias de fantasmas, una selección, y de ahí el llamamiento a la superstición, de trece de sus cuentos. La edición es de Valdemar, de 1999, con traducción de Óscar Palmer y con una errata muy distinguible en el índice, que repite el título de un mismo relato dos veces. Empecemos por “La señora Amworth”. Junto con “La habitación de la torre”, no incluida en esta antología, es el gran cuento de Benson sobre vampirismo. Amworth es una vampiresa que flota ante las ventanas, que reclama entrar en los sitios, que se alimenta de sangre y que genera plagas (de hecho, “nace” de una, en la India). Es un monstruo al que su creador le dedica escenas tan vívidas y tan escalofriantes como esta: “Entonces saltó sobre la tumba, manteniendo las manos elevadas sobre su cabeza, y centímetro a centímetro se hundió en la tierra”. Lo que distingue no obstante a Amworth de Carmilla, de Vera, de Lucy Westenra, es que es una mujer simpática, una vecina afable que cae bien a todos menos al insidioso psíquico de turno. La señora Amworth habla con sus congéneres, es atenta con ellos, se desvive por ellos; es cierto que lo hace por una razón perversa, pero sus motivos, tal y como son presentados, no parecen repelentes. Es más, si acaba siendo un monstruo es por el lugar que ocupa en la narración. Y ese lugar Benson lo ubica gracias a la atmósfera.

Estamos, damas y caballeros, ante un portento de la construcción de efectos. Es muy típico que estos relatos empiecen de una manera y acaben orillándose por caminos insospechados. Así pasa en “El santuario”, una obra maestra, en la que el fantasma no se espera (o no es quien se espera), o en “La casa de la esquina”, donde lo que es, dista mucho de ser lo que parece. “El santuario” es uno de esos cuentos que emanan de Henry James: en un escenario bucólico, pero aislado, con personajes dignos de una novela de realismo social, interfiere una presencia diabólica. Dicha presencia, introducida mediante técnicas cinematográficas, que a buen seguro el autor conocía bien como espectador aficionado, es el resultado de hechos que Benson nos ha estado contando; sus acciones están encaminadas a perpetuar y proseguir esos actos. Si hubiera que establecer una analogía a partir de este caso concreto, podríamos decir que sus cuentos funcionan a veces como un whodunit a lo Agatha Christie: el juego del qué pasará (¿quién es el asesino?) impregna cada esquina de estas historias.

Si esta afirmación genera dudas, vayamos a lo palmario, al relato “Monos”. Benson toma Los crímenes de la rue Morgue de Poe y lo lleva a su máxima y vívida expresión pérfida. Con dos variantes: sus personajes son creíbles y a su simio espectral le basta tan sólo con ser entrevisto para dejar al lector con el aliento entrecortado. “Monos” es un ejemplo de manual sobre cómo cambiar el rol de los personajes, con un presunto protagonista que luego es víctima (como la Marion Crane de Psicosis), y sobre cómo encadenar hechos en apariencia aislados pero que acaban siendo drásticamente, funestamente, eslabones de una pequeña cadena.

The ghost of a man's wife appears before him, c.1870

Fotomontaje francés de 1870 en el que, por medio de superposición de exposiciones se simulan presencias fantasmagóricas. ¿Los fantasmas existen o sólo provocan la risa?

En “La tumba de Abdul Alí” escribe: “[…] Respecto a las cualidades de Machmout yo debería inclinarme o bien por la Magia Blanca, que debería de ser un término muy inclusivo, o bien por la Pura Coincidencia, que es un término más inclusivo aún, y que podría cubrir todos los fenómenos inexplicables del mundo tomados individualmente”. Machmout es el muchacho de doce años dotado de mirada psíquica; es intrascendente. Lo que importa es el calado de la frase: porque a veces, en los cuentos de Benson la Magia Blanca y la Pura Coincidencia se confunden y entremezclan. Y no porque sean supercherías sino porque tiene que haber “Coincidencia” para que se produzca “Magia”. De nuevo, los eslabones inevitables, aderezados además con un humorismo sutil. Benson, al igual que James, Montague Rhodes, se ríe de sí mismo, de sus creencias. Baste esta nueva cita, de “El terror nocturno”, relato digno de Alfred Hitchcok presenta: “En ocasiones […] nos cruzamos con fenómenos que, aunque podrían ser fácilmente tan materiales como cualquiera de esas cosas, son más extraños, y por lo tanto más sorprendentes. Algunos los llaman fantasmas, otros juegos de manos, y otros tonterías”.

¿Tonterías, juegos de manos, fantasmas? Quizás las líneas que los separan sean muy tenues. Benson se divertía escribiendo estos cuentos, pero a la vez se tomaba muy en serio. No olvidemos que la etiqueta que más le gustaba, con la que más cómodo se sentía, era con la de escritor de ghost stories. M. R. James pensaba en la Navidad al concebir las suyas, y por tanto sus aparecidos solían tener el aspecto de cosas peludas o de sábanas arrugadas. En Benson no hay un único prototipo de fantasma: de hecho, cada antología puede hacer que el lector se lleve una impresión distinta del autor, de su estilo, de sus obsesiones. En Miedo en el cuerpo, sin ir más lejos, apareció “Negotium Perambulans”, una historia más cercana a Robert W. Chambers que a Le Fanu o a M. R. James. E. F. Benson tuvo aproximadamente 54 personalidades distintas.

Su filiación fantasmagórica le convirtió en el más prestigioso de su estirpe. Su nombre resuena con ecos de pesadilla.