orlandowoolf low

Orlando, por Bastian Kupfer para Fabulantes.

A lonely impulse of delight

W. B. Yeats

¿Qué es la fantasía? Aunque todos la asociamos a la libertad, cada lector la define de una manera distinta. Así, algunos la identifican con cotas de malla y discursos más o menos épicos (otro concepto difuso, el de la épica). Otros entienden lo fantástico como un déficit de racionalidad compensado por un superávit de sinsentido. E incluso hay quienes ven en esta literatura un arte degenerado y la deportan al parvulario. Sin embargo, esa diversidad de pareceres coincide en un punto: todos la consideran un “género”. ¿Es la fantasía un hábito? ¿Podemos clavarla en un corcho con un alfiler y decir: “vedla ahí, la fantasía”? Orlando, de Virginia Woolf, es un pretexto ideal para desarrollar esta cuestión.

Según nuestra prensa cultural, un libro se define por cómo “retrata” algo o por cómo “reflexiona” sobre algo o por cómo lo “radiografía”. Así, erre que erre, nos hemos acostumbrado a leer en función de algo. De acuerdo con esto, leeremos Orlando para conocer el amor de Woolf por Vita Shackville-West, modelo original del personaje. O, también, para ilustrarnos sobre la situación de la mujer en la Inglaterra del siglo XIX. O, ¿por qué no?, para poner en solfa nuestros prejuicios sexuales. Pero, aunque estas y otras cuestiones están en el libro, la suma de todas ellas no agota su lectura. Porque, como dice la propia Woolf en ¿Cómo ha de leerse un libro? (complemento ideal a Orlando):

“¿Quién lee para alcanzar un fin, por muy deseable que este sea? ¿No hay actividades que practicamos porque son buenas en sí mismas, placeres que son absolutos? ¿Y no se cuenta este [la lectura] entre ellos?”

Wn 1916

Vita Sackville-West en 1916.

¿Es Orlando un placer absoluto? A mi juicio, sí. Pero en vez de juzgar, veamos el argumento: cuando lo conocemos, Orlando es un aristócrata adolescente en la Inglaterra del siglo XVI, quien, una buena mañana, amanece transformado en mujer, a la que dejaremos en 1928 con poco más de treinta años. Entretanto conoce personajes y costumbres de las distintos épocas, piel mudable del relato. Sin embargo, también hay unas constantes: la pasión de Orlando por la naturaleza, su búsqueda sin fin de un no-sabe-qué, la devoción por su Santísima Trinidad particular (“la contemplación, la soledad, el amor”). Nada es tan divino para Orlando como la lectura, sea en los volúmenes de su biblioteca o en el libro de la vida. Y ya que mentamos la vida, atendamos un momento al formato del libro.

No suele citarse el subtítulo: Una biografía. Tal cosa finge escribir la voz narradora, pero desde el primer renglón la burla salta a la vista. Porque, contra lo propio del género, apenas se relatan episodios del Orlando “histórico”. Vástago de un genio individualista, quien prima en la novela de Woolf es el Orlando íntimo. No hay otra verdad en un hombre (o en una mujer) que su fuero interno. No hay otro dominio, ni otra riqueza. Y, para más inri, por mucho que pasen los siglos, por más que cambien las costumbres y se acumulen los desengaños, hombre o mujer, la identidad de Orlando es siempre la misma. Ni siquiera la ley natural puede someterla.

Tanto se hunde en sus cavilaciones, que el tiempo fluye a su alrededor sin ponerle un año encima (¿no nos es familiar esa evasión?). En ese ensimismamiento, sus ojos abarcan mayores distancias que un catalejo y perciben lo diminuto mejor que un microscopio (¿no conocemos esa plenitud?). Un sueño profundo basta para convertirlo en mujer, pero en su corazón late el mismo ser humano (¿no nos suena esa mudanza?). ¿Cómo consiente la Literatura, espejo de la Verdad, tanta aberración? Digámoslo sin rodeos: la naturaleza de Orlando es la fantasía.

Sí, la fantasía. ¿Cómo, si no, puede la vida de Orlando transcurrir entre tamaños prodigios sin apenas inmutarse? En primer lugar, porque esa es su historia y no necesita justificación. Pero, sobre todo, porque, aunque sea “muy inglés”, es un ciudadano del País de las Hadas. Y, como tal, obedece a la ley de la lectura. Pero dejémonos de palabras y pasemos a los hechos (que, de hecho, aquí sólo pueden ser más palabras).

Orlando trepa a la colina donde crece su roble favorito y, tendido a sus pies, deja correr el tiempo. ¡Y vaya si corre! Absorto, sólo sigue el compás de su pensamiento, mientras fuera los años continúan a su ritmo habitual. ¿Y no es justo eso lo que ocurre en la lectura? Cuando leemos, un segundo de reflexión ocupa cientos de páginas y una sola línea basta para contar toda una vida. Esto sugiere que tal vez sólo la fantasía dé acceso a la experiencia del tiempo. Porque, al fin y al cabo, nuestro día a día se parece más a una monótona sucesión de presentes.

CWA123968 Mademoiselle de Beaumont or the Chevalier d'Eon, c.1762-63 (engraving) by English School, (18th century); © City of Westminster Archive Centre, London, UK; (add.info.: Charles d'Eon de Beaumont (1728-1810); mi-homme; mi-femme; mi homme; mi femme;); English, out of copyright

Mademoiselle de Beaumont or the Chevalier d’Eon (1728-1810), fue espía para la corte de Luís XV: seguramente transexual, pasó los primeros 49 años de su vida como varón y los últimos 33 como mujer. El debate de género ha sido muy fértil en torno a esta obra de Woolf, como punto de partida y como apoyo para estudiar cómo la sexualidad es algo cultural, delimitada por el orden simbólico: la adjudicación de identidad, las identificaciones, las elecciones de objeto, yendo el género mucho más allá de lo somático.

Así que, cuando se habla de “perder el tiempo” en cuentos de hadas, valdría más decir que es la noción de su curso lo que se pierde. No puede ser de otro modo, habida cuenta de que cuando leemos, como cuando recordamos o cuando soñamos, el tiempo no corre, sino que se ahonda. Y, al tirar de nosotros hacia abajo, se dilata y nos arranca de cuajo del imperturbable presente. Es esa y sólo esa la razón de que Orlando pase por los siglos sin que los siglos pasen por él, dueño de su propio reloj.

Además de sacarlo del tiempo, el ensimismamiento lo aísla de su entorno: “y pudo ser su amor a la poesía lo que tuvo la culpa de que Orlando perdiera la lista de la compra”. Cómo no acordase aquí de ese otro vicio tantas veces atribuido a la fantasía: el de la evasión.

Tolkien llamó cárcel a la vida, pero me temo que exageraba. Leer no es evadirse. Nadie acude a Fantasía huyendo de la vida; más bien, leemos porque la amamos y este es uno de sus mayores placeres. No pasa nada si al entregarnos a un libro olvidamos por un rato el precio del pan: quien no hace esto es porque conoce la felicidad que atesora el pan, pero ignora la del libro. Un solo bocado y, como el pastelillo de Alicia, nos convierte en otra cosa.

Orlando es un personaje libresco. Su nombre es prueba suficiente de ello. Sin embargo, no se trata de un simple juego literario. Ya lo hemos dicho antes: siendo un joven solitario, contemplativo y enamoradizo, su pasión es la lectura. De hecho, Orlando es la mismísima encarnación del lector común, sobre el que tanto escribió Woolf. Como explica en sus ensayos, se trata de alguien que lee, no por oficio ni por interés, sino por placer. Es todo lector que, guiado por su instinto, devora libro tras libro con la esperanza de alcanzar “una especia de unidad”. Y es su condición de lector la que determina cómo se relaciona Orlando con el mundo. Porque si la cosa no ha quedado clara, y eso habiendo dicho que la naturaleza de Orlando es la fantasía y su ley la lectura, sépase lo siguiente: aquí “lectura” y “fantasía” son sinónimos.

Cuando el mundo le disgusta, Orlando busca la belleza bajo sus párpados, que abre después para iluminar todas las cosas. ¿No es esa la virtud de la lectura? ¿No acudimos a Fantasía para prender nuestra antorcha en su llama y encender con ella el mundo? Porque la belleza no está en las cosas mismas, sino en nuestros ojos que la prodigan. ¿Y acaso para los clásicos no iba la Belleza de la mano de la Verdad y la Bondad? La fe trinitaria de Orlando, ese amor por la soledad contemplativa, ¿no es la de todos nosotros, los lectores? Viajamos de vacío a Fantasía y regresamos con belleza para dar y tomar. Vamos solos, pero volvemos cargados de regalos.

“Y bien”, dirá el lector, “¿qué tiene que ver esto con la fantasía?”. Le remito entonces al verso de Yeats que encabeza este texto (mis disculpas: de entre todas las traducciones posibles, la mía sería la peor). La fantasía es ese placer que disfrutamos sin las ataduras de lo anecdótico, lo circunstancial y lo dependiente. Es allí a donde acudimos, no para huir de la vida, sino para cubrir una necesidad sin la cual nuestra experiencia sería, si no incompleta, sí más pobre. No hay otro fin en la lectura que complacer nuestra mente en el encuentro con otra mente. Es la “voz que responde a otra voz” con que Orlando define la literatura. En Fantasía no hay evasión ni pérdida de tiempo, sino la santa dignidad del ocio, que es la búsqueda de la belleza (la cual, como sabemos, es algo más que un surtido de flores y querubines). Sin ella sólo somos máquinas de acciones sagaces.

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La maravillosa transformación de Tilda Swinton en la notable Orlando de Sally Potter (1992).

Pero, si hablamos de belleza, de placer y de ocio, ¿no será entonces que la lectura, y por tanto también la fantasía, es una dedicación egoísta? Bien, aquí es donde entra eso de “la llama” y “los regalos” de hace dos párrafos. Porque, aunque leer fantasías sea un placer solitario, también es la ocupación más necesitada de los otros que pueda concebirse. Es, en palabras del propio Orlando, lo “más parecido a una relación de amantes” (aparte, claro está, del amor). Pues, aunque al hablar del lector común hayamos dicho que este persigue “una especie de unidad” (es decir: un criterio, una personalidad), esto sólo puede lograrlo gracias a una voz ajena, esa que invade la mente del lector y que ya tampoco es la del escritor, una vez seca la tinta.

Eso hace la lectura: durante un rato nos infunde la extraña convicción de ser otros, ayudándonos a conquistar “un espíritu capaz de resistir”. Es la creación del individuo por la gracia de los demás, el acto social por excelencia. Y, si nada de esto es cierto, al menos sirve para practicar nuestra soledad, para recorrer ese fuero interno que, como dijimos antes, es nuestro único dominio, nuestra única riqueza. Que no es poco, y hay que ver cuánto nos regocija. Pero ninguna definición mejor de la fantasía que la que da Orlando, sin nombrarla:

“Es como una sombra sin sustancia ni cualidad propia, y sin embargo posee la facultad de transformar todo aquello a lo que se añada.”

Es por esto que privarse de la fantasía (los susceptibles pueden decir “imaginación” o “ficción”, tanto da) es empobrecerse. Ante un cuento de hadas, la ceja levantada del escéptico sólo denuncia su impotencia. Es el tipo de persona que tildaría al lector de ocioso, a Orlando de ingenuo y a su historia de no ser otra cosa que palabras. Y no habrá entendido nada, porque en efecto el lector es ocioso, Orlando es ingenuo y su historia no es otra cosa que palabras, que son sólo una de las muchas provincias de Fantasía (como el cine, la pintura o la música, por ejemplo).

La biografía de Orlando no distingue entre peripecia, amor o lectura: a través del tiempo, del espacio y de la fisonomía, una es la identidad y uno solo es el deseo que la mueve, llámese este vivir, amar o leer. Todo es la misma fantasía. Visto así, y volviendo a la arena literaria, no hay razón para hablar de un género fantástico, pues realistas o mágicas, en verso o en prosa, todas las historias están hechas con la materia de los sueños. Basta con acomodarse en el sillón y abrir un libro para entrar de golpe en Fantasía, patria de los lectores. Una vez allí, sólo podremos distinguir entre placeres absolutos y placeres moderados. Si nos las apañamos bien, aunque nunca alcancemos una meta, quizá sí encontremos esa otra región de la Felicidad.

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Virginia Woolf