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Clifton R. Adams, A woman walks through shoulder-high ferns along Otter Creek, Vermont, 1929.

La ciencia-ficción sufrió un extraordinario momento de catarsis en 2005 con la publicación de Nunca me abandones (Anagrama). Con esta novela se pusieron los cimientos para la reedición con nuevos bríos del viejo debate sobre las fronteras del género que, a día de hoy, continúa sin que nada se haya aclarado todavía. Así y todo, la contribución de Kazuo Ishiguro (Nagasaki, Japón, 1954) quedará indeleble en los anaqueles del género por su capacidad para provocar emociones, estimular reflexiones y mostrar nuevos caminos. Además, su magistral uso de la perspectiva, su capacidad para dotar de vida a una voz narradora inusitada, la potencia emotiva de sus sugerencias y ocultaciones a través de un lenguaje sibilino al servicio de una estructura narrativa compleja perfectamente articulada y definida, o un ritmo narrativo capaz de ir impulsándose poco a poco desde lo aparentemente intrascendente hasta la reflexión moral sobre lo trascendental de la vida, hacen de esta novela fantacientífica una rara avis de altos vuelos digna de profundo análisis.

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El principal motivo de desconcierto es que, aparentemente, cuando empezamos a leer, nos situamos ante un tipo de texto narrativo conocido: la narradora (Kathy H.) hace memoria de sus recuerdos de juventud, cuando convivía junto a otros jóvenes adolescentes en Hailsham, un centro educativo exclusivo cerrado a los demás pero del que tampoco pueden salir. Sin embargo, con la maduración del argumento y el avance de la trama, Hailsham, sus residentes y sus trabajadores, va tomando una forma más precisa y, con él, también el esquema social y cultural en que encaja, aumentando entonces la estupefacción. Porque no se trata aquí de un centro penitenciario, ni tampoco de una escuela de alto standing, sino de un centro de reclusión de los muchos diseminados por Inglaterra donde se retiene a los clones que, pasado el tiempo, servirán de auxilio a las “personas normales” del “mundo exterior” donando sus órganos y dando su vida.

La dialéctica dentro/fuera (de Hailsham) refleja una reflexión más profunda sobre la aparente lógica separación de clones/humanos y, en último término, sobre la separación no-humanidad/humanidad representativa, respectivamente, de cada uno de ellos. Pero esto es en apariencia. Porque la audacia de la novela se fundamenta, precisamente, en que tanto la trama como los distintos hilos argumentales, y por supuesto la construcción del trío de personajes principal, están orientados a poner en discusión la aparente lógica de esta separación. No sólo por las interacciones entre personajes, donde los sentimientos y las emociones siempre están a flor de piel tanto en su etapa adolescente como adulta, sino por las funciones sociales que el destino escrito a fuego parece depararles (“cuidadores de donantes” o “donantes”). En sus distintas escenas o momentos, a lo largo de todo el libro, la fuerza del debate existencial ante un destino apriorístico e inamovible acongoja y sobrecoge hasta casi la indignación.

Con todo, el manejo preciso del tono narrativo y el perfil perfectamente cincelado de los personajes, aunque en un primer momento nos parezca dar voz a una reivindicación humanística del clon, también consigue sembrar en nosotros la sombra de la duda. Ninguno de los personajes principales alberga ideas o pensamientos de salida o de ruptura respecto a su situación más allá de los cauces oficiales establecidos. Cierto es que se buscan fórmulas para alargar la homeóstasis alcanzada en Hailsham, y se da valor a los reiterados rumores sobre la existencia de ciertos requisitos o fórmulas para extender la llegada del momento en que deban elegir ser “donantes” o “cuidadores”. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, se echa de menos la aparición de emociones lógicas como el miedo o el terror, la agresividad o la violencia. Todo semeja tan melancólico, tan emocionalmente contenido o tan racionalmente coherente que, por momentos, nos transmite sensación de gélida irrealidad.

Por otro lado, la insinuación respecto al ser humano, a la sociedad capaz de conceder tan indigno trato a una forma de vida, se nos revela aquí como la técnica narrativa más potente. El uso del velo permite mostrar con claridad aquello que se quiere que permanezca evidente mientras, al mismo tiempo, se dejan abiertas distintas posibilidades para su desarrollo e interpretación. Y al hacer uso de no pocos velos, dispuestos en capas coherentes en cuanto a su sentido e interés, se acaba imponiendo un ritmo preciso e ideas claras tanto sobre quiénes son los clones y su destino como, en último término, sobre la humanidad capaz de tal tropelía. De hecho, casi desde el principio percibimos el miedo en los custodios de Hailsham, el carácter huidizo o reservado de aquellas “personas normales” que tienen cualquier trato con ellos, hasta el punto de sentir su condición de clon como una seña de identidad, una etiqueta o una carga imposible de revelar salvo a cambio del odio de los Otros.

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Cartel de la adaptación cinematográfica de 2010 de la mano de Mark Romanek, con Carey Mulligan, Andrew Garfield y Keira Knightley. La segunda novela de Ishiguro llevada al cine después de la magnífica Lo que queda del día (1993).

De tal manera se siente el pánico humano ante los clones que se llega incluso, en una muestra de máxima degradación moral, a utilizar el arte como forma de supervisión y de control mental. Los cuadros o los dibujos de la “Galería”, un muestrario de representaciones mentales que sirven como fórmula de canje para acceder a recursos del exterior, se transforman en una vía para calibrar estados de ánimo, representaciones mentales o ideas inconscientes. Los trabajos sobre filosofía o literatura, ya en una siguiente etapa de madurez, funcionan más como una fórmula de sugestión o de control del estado de ánimo en un tiempo ya inminentemente más cercano a la etapa final de sus vidas. El arte funciona en Nunca me abandones como una navaja de doble filo: capaz de canalizar las emociones más hermosas como de servir al control más abyecto.

Otra posición crítica con la humanidad se nos muestra en la selección de sujetos para la realización del proceso de clonación. En un momento de la novela, los personajes reflexionan sobre el porqué de elegir a prostitutas o a borrachos o a otro tipo de personas desclasadas como base para el proceso de clonación, inculpándose por sus problemas -reales o percibidos- respecto a este origen considerado también por ellos indigno. Reflexión que no es en sí sino una cosificación del ser humano, una reducción de su condición desde sujeto a objeto, simplificando su existencia a una dimensión únicamente material y/o materialista, reduciendo el cuerpo a la condición de interfaz y la vida a la condición de accidente. Ishiguro pone el acento no sólo en la capacidad de la humanidad para deshumanizar al clon en cuanto forma de vida de segunda o en cuanto forma de no-vida, sino también en la cosificación de la humanidad misma al pensarse a sí misma en términos de funcionalidad y utilidad sociológica (sin tal condición, la vida humana pasa a considerarse también una forma de no-vida).

Este análisis moral, insinuado en las dos primeras partes de la novela, donde la trama se estructura bajo el esquema de la bildungsroman con tintes de novela gótica cuando los centros educativos de reclusión son el lugar no sólo para su madurez intelectual sino también personal, adquiere una verdadera profundidad en la tercera parte: cuando la narradora asume el rol de “cuidadora” de su amiga de la infancia (Ruth) y recuerda también su especial relación de amistad con la pareja de ésta, Tommy. Los velos caen de repente para mostrarnos al clon en sus estadios finales de vida, cuando tiene ante sí la decisión de ser “donante” o “cuidador” pero, en todo caso, de permanecer recluido en las paredes de esa categoría de vida deshumanizada y desclasada, como una forma de no-vida únicamente válida para estar con otras formas de no-vida, “guetizada”. No obstante, podemos sentir su dolor, ese dolor desprovisto de emociones radicales y puras, ajeno a cualquier intento de romper con lo establecido, entregado a un destino apriorístico que cualquiera de nosotros consideraríamos indigno a más no poder.

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Kazuo Ishiguro

Nunca me abandones nos expone ante estos clones y nos obliga a tomar partido. Una ambigüedad perfectamente calculada y una trama capaz de presentarnos los muchos dilemas contenidos en esta cuestión nos acaba llevando, poco a poco, hacia la definición de una postura. ¿Son estos clones una forma de vida o no?, y si lo son ¿se la podría considerarse una forma de vida humana?, e independientemente de si es humana o no, ¿se merecería cualquier forma de vida un destino como el que nuestra humanidad ha escrito para ellos? Kazuo Ishiguro consigue en esta novela una muestra pura de ciencia-ficción, pues, sin artificios técnicos de ningún tipo, nos expone con crudeza ante un dilema moral de inminente futuro que, no por mucho intentar evitar, acabará siendo imprescindible responder. Literatura con mayúsculas para la ciencia-ficción del futuro.