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El Horla, por Bastian Kupfer para Fabulantes.

“Cuando estamos solos mucho tiempo, poblamos el vacío de fantasmas”

Henri René Albert Guy de Maupassant (Castillo de Miromesnil, 5 de agosto de 1850- París, 6 de julio de 1893) es un asiduo de las antologías terroríficas. En Fabulantes, su nombre ya ha aparecido, hasta la fecha, ligado a cuatro de ellas: La cabeza de la Gorgona; Miedo en el cuerpo; El horror según Lovecraft y Antología universal del relato fantástico. Los antólogos tienen mucho material donde elegir: a lo largo de su vida, Maupassant escribiría más de 300 cuentos. Los más celebrados, pertenecen a la más elegante de las categorías fantásticas.

Maupassant fue lo que los conservadores en materia de costumbres definirían como un libertino. Sexualmente promiscuo, amante de la buena vida, seminarista fracasado por voluntad propia, y temeroso de los compromisos (sentimentales pero también literarios: jamás se sumó a ningún círculo de escritores, aunque pudo pertenecer al cenáculo de Emile Zola), el enfermo de la última época ha sepultado al espíritu brillante y prometedor de los primeros años. Guy de Maupassant fue preparado por una madre dominadora, Laure Le Poittivin, de vieja estirpe normanda, para ser literato.

Guy de Maupassant

Una explicación más que razonable al carácter de Maupassant encuentra motivo en el de Laure de Poittivin. Mujer temperamental, y muy propensa a las crisis histéricas, que manifestaba aun en presencia de sus seis hijos, era culta y carismática. Admirada por sus conocidos, había logrado cultivar la amistad de Gustave Flaubert desde la infancia. A la muerte de Alfred, a los 31 años, hermano mayor de Guy (a quien no llegó a conocer: Alfred fallecería dos años antes del nacimiento del escritor), Laure sufre un golpe tremendo, pues ha depositado en el hijo grandes esperanzas literarias, que trasladará en su próximo joven vástago. La madre le dará una educación clásica y religiosa, que le servirá a medias en su futura carrera en las letras, bajo el amparo del autor de Madame Bovary. Flaubert, amigo, maestro y cicerone, le presentará a los hermanos Goncourt, a Zola, al imponente Ivan Turgeniev, “el gigante ruso” de los salones parisinos, cordial, de melenas blancas, temperamento tímido y voz ligeramente aflautada. Maupassant será cronista de varios de sus amoríos.

Estos son los rasgos principales de un escritor sensible y abierto a la campiña normanda, a la naturaleza, que quedó muy afectado por la guerra franco-prusiana. Son temas recurrentes en sus cuentos. Varios de los más oscuros, de los más sanguinarios, tienen a los dragones prusianos –una fuerza militar de élite- como antagonistas, amenazas, peligros. Pero hay otros en los que el enemigo se encuentra dentro del propio Maupassant, aquejado por continuas crisis nerviosas fruto de su herencia materna. En dichos cuentos, el autor roza el delirio, como se aprecia en ¿Quién sabe?, uno de los relatos preferidos de las antologías. En ellos está volcando la angustia por saberse enfermo.

“El terror que (Maupassant) expresa en sus cuentos”- señala Rafael Llopis en su Historia natural de los cuentos de miedo (ediciones Júcar, 1974)- “es un terror personal e intransferible que nace de su alma enferma –y exclusivamente en ella- como presagio de su próxima desintegración”. Llopis relata muy bien la decadencia física final de Maupassant, a partir de un trastorno pupilar que es la antesala de la sífilis y la demencia que consumirá sus fuerzas y su vida. A pesar de que el escritor celebrara como una victoria de su libertinaje el haber contraído la sífilis, ésta trastornará sus últimos años. A partir de los 30, empezarán a aflorar sus cuentos de miedo, un “intento por sublimar su horror, de conjurarlo expresándolo, de liberarse de él haciéndolo arte” (Llopis). Maupassant asiste con lucidez a la progresiva mengua de sus facultades mentales. El otrora jovial y vitalista se vuelve melancólico. Sus amigos empezarán a llamarle “toro triste”.

Aquí, en ese llamamiento de ayuda, está el germen del más espectacular de todos sus cuentos de raíz terrorífica, que hoy elegimos para velar la Noche de Difuntos, El Horla (1887). El título es una contracción de la expresión “Hors lá!”, y se traduciría como “ahí fuera”: Maupassant busca desconjurar desde el principio al perseguidor interiorizado. Si bien se tiende a identificarlo rápidamente con un estado de locura ya latente, inducido por la enfermedad que le corroe, es un error considerarlo fruto del delirio o la demencia. Mauro Armiño, especialista en literatura francesa, y traductor del cuento para Valdemar, desdeña esta fácil explicación para Fabulantes: “La salud de Maupassant era perfecta en el momento de El Horla, según él mismo dijo a sus amigos, lo cual no quiere decir que el relato no sea evocación de un episodio psicótico ocurrido o padecido mucho antes; pero esa evocación fue trasladada a papel en perfecto estado de lucidez”.

Para reforzar su tesis, Armiño refiere cómo buena parte de los elementos empleados por Maupassant son reciclados de cuentos anteriores. Por ejemplo, una de las imágenes más impactantes del relato, en la que el protagonista se enfrenta a su propio reflejo alucinado ante un espejo, ya aparecía en “Carta de un loco”, de 1885.

El Horla tuvo al menos dos versiones. Una primera, de 1886, aparecida en el diario parisino Gil Blas; la segunda, que es la más extendida del cuento, y también más extensa, pasó directamente, y en contra de lo que solía ser habitual en la carrera literaria de Maupassant, al formato libro (bajo título homónimo), en 1887, cinco años antes de su reclusión en una institución mental, en la que terminaría muriendo en 1893. Las dos versiones poseen episodios en común. Narran la aparición de un “ser invisible” que trunca la normalidad del narrador y protagonista. Sugerido como consecuencia de una epidemia traída desde el nuevo continente por un barco con bandera brasileña (¿no recuerda esta imagen a la introducción de la plaga diabólica de Drácula a bordo del Demeter?), el “visitante” no tarda en enseñorearse del ánimo del cronista, hasta el punto de hacerle dudar de sus sentidos. Le insta a creer en un Mundo Invisible que convive con el “visible, el tangible (y material)” y sobre el que es superior.

Los dos “Horla” tienen diferencias nítidas. El primero es un cuento “relatado”, el caso más raro de un pabellón psiquiátrico que es escuchado por sabios y doctores. El segundo es una narración epistolar. Uno y otro se diferencian por sus emociones; media entre ellos un año de distancia, y la degradación ya hace mella en el escritor. Así, si en 1886 adopta un tono frío, casi de reporte clínico, en 1887 su visión es más pasional: empieza exultante, radiante, deleitándose en la contemplación del río, del verdor de los prados, y concluye en una espiral de demencia alucinatoria, en la que los colores se vuelven desvaídos por culpa de un ánimo decadente.

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Ilustración del siglo XIX para el relato de Maupassant. Grabado sobre un dibujo de William Julian-Damazy.

Hay escenas de ambas versiones que no pueden olvidarse. La constatación de la presencia invisible, y las trampas a las que el narrador la somete para certificar su autenticidad: como ésta es descubierta mediante el súbito vaciado de una botella de agua, el protagonista tapará todas sus jarras, los vasos, le tentará, como si fuese un rey Mago en la madrugada del 5 al 6 de enero, con manjares, que la “cosa” no tocará; sólo beberá líquidos. Durante un paseo, el narrador observará cómo se corta una rosa a su paso por mano invisible. Y, por fin, logrará captar ante el espejo una fugaz visión del ser, empadronado ya de sus rasgos. La segunda versión concluye de una manera tremenda, que a duras penas nos contenemos de mencionar, pero que, podemos asegurar, está entre los momentos álgidos del terror de todos los tiempos. El primer “cuento” hay que interpretarlo a la luz de la superstición, del hipnotismo, del magnetismo e incluso del mesmerismo, pseudociencias que están causando furor en el presente del relato y a las que Maupassant se adhiere en un intento por encontrar sosiego.

Armiño ofrece la clave decisiva de los relatos: “El Horla […] ilustra mejor que cualquier otro de los suyos (sus cuentos) esa idea de la insoportable soledad del ser, más insoportable cuanto más concentrado está en sí mismo”. Y así: “En Maupassant, lo fantástico no nace de circunstancias exteriores, sino dentro de uno mismo; de esta manera alcanza la frontera última de lo fantástico terrorífico, más allá de las cuales no se puede ir, salvo que el personaje se destruya y deje de existir”. Esa interioridad solitaria sería muy apreciada por Lovecraft, quien no vacilaría en mencionar al francés en su El horror sobrenatural en la literatura. Al parecer, inspiró profundamente la redacción y concepción de La llamada de Cthulhu.

No sería la única analogía verificable dentro del género. Cuando Maupassant escribe “Esta noche he sentido a alguien acurrucado contra mí que, con su boca pegada a la mía, bebía mi vida de entre mis labios”, es inevitable pensar en las escenas de succión nocturna de Carmilla (1872), de Sheridan Le Fanu. El ser invisible que desconcierta, interfiere y lucha por sobrevivir, tiene dos gloriosos representantes en el terror literario: ¿Qué fue eso?, el relato más famoso de Fritz-James O’Brien (1859), y La litera de arriba (1894), monumental pieza de Francis Marion Crawford. A diferencia de estas dos aportaciones anglosajonas, en el cuento de Maupassant no se produce una lucha contra el intruso sino una resignación, una aceptación fatal y fatídica del destino por parte de alguien que ya se sabe destruido.

Maupassant confesó en sus estertores (citado por Llopis): “Tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo; pero ante todo tengo miedo de la espantosa confusión de mi espíritu, de mi razón, sobre la cual pierdo el dominio y a la cual enturbia un miedo opaco y misterioso”. Ante este horror, poco queda por hacer salvo odiarse.